La negación del “seny”


Parece evidente que el seny, esa cualidad que siempre se había alabado en los catalanes, ha desaparecido de la mayoría de su clase política y de buena parte de las gentes de esa región considerada por muchos como el motor de España. Tal vez convenga recordar a los no catalanes el significado de ese vocablo (el cual, si se me permite el inciso, ha de pronunciarse “señ”).  En el  “Diccionari Català-Castellà” (Bruguera, 1989), encontramos las siguientes acepciones: sensatez, cordura, tino. Y el “Diccionari Català-Anglès” (Enciclopèdia Catalana, 1985), aún es más explícito al describir el seny como una mezcla de sense, understanding, judgement, good sense, wisdom, sensibleness, es decir: sentido, comprensión, juicio, buen sentido, sabiduría, sensibilidad. Y aún se podría añadir: templanza, moderación, prudencia. Son muchos los pueblos del mundo (Costa Rica, Canadá, Nueva Zelanda o Noruega, por citar unos ejemplos) a los que hoy podríamos atribuir las mencionadas virtudes con bastante más razón que a Cataluña; porque esta región española, por más que a los oriundos de ella nos duela reconocerlo, parece haber perdido la patente. Los manejos secesionistas de un impresentable Artur Más, dentro y fuera del país, y la intención de una parte de los catalanes de votar su candidatura en las próximas elecciones, así lo acreditan.  Es también un hecho que la Cataluña actual – híbrida en grado máximo tras las oleadas migratorias del pasado siglo XX – poco tiene que ver con la modélica Cataluña de los gremios, o con sus ejemplares revoluciones industrial y agraria; y nada, absolutamente nada con la de esos millares de catalanes que dieron su vida en las Navas por la unidad de España; en el sitio de Gerona y en el Bruch contra el invasor francés; en tierras del Magreb en defensa de posesiones nacionales, y en Cuba y Filipinas ante el agresor estadounidense y las insurgencias nativas por él alentadas. Duele constatar que la identidad catalana se ha diluido gradualmente, al igual que  el seny, esa característica genética que glosara Aussiàs March. Paradójicamente, la Cataluña del presente ha desaprendido a sentirse parte inseparable de España cuando más española había llegado a ser su población: justo en el momento histórico en que millones de compatriotas llegados de todos los confines del Reino, se habían integrado a la perfección, como en ninguna otra región del país, en esa tierra de acogida que un día les brindó trabajo y mejor calidad de vida. Hay una dosis de traición, en opinión de este columnista, en las intenciones de los catalanes de aluvión que hoy aspiran a romper España, renegando de sus propias raíces, tradiciones y familias. Es la triste realidad surgida, en buena parte, de la enseñanza torticera que ha venido impartiéndose en Cataluña en las últimas décadas. Pero, sobre todo, de unos gobiernos autonómicos totalmente faltos de seny, y de otros, los centrales, que sólo estaban interesados en mantenerse en el poder a cualquier precio. Las Elecciones Catalanas del próximo día 25 nos permitirán percibir más claramente lo que ocurre en Cataluña, y calibrar las consecuencias de su imprudente deriva.

 Publicado en “La Tribuna”, el 5-11-2012 

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