Las afinidades electivas


El tema de esta columna – la elección que hacemos los humanos de nuestros amigos y afines – ya fue tratado extensamente por el inmortal Goethe. Pero ello no impide que un servidor lo utilice hoy para glosar, por decirlo de algún modo, una de las elecciones de mayor trascendencia que se ha dado, y sigue dándose en nuestros días en el campo de las relaciones internacionales (que no todas laselecciones son personales como las que centraron la atención del célebre escritor). Me referiré hoy, por el interés que encierra, a esa elección recíproca y promesa de eterna amistad que un día fue sellada entre Reino Unido, la penúltima gran potencia hegemónica, y la última, su todavía más potente sucesora y retoño: los Estados Unidos de América. Si me ha dado por este tema ha sido para recordar a ustedes que el Reino Unido de Gran Bretaña, socio nuestro en la UE, es un socio, muy sui generis. Su grado de entendimiento, y su compromiso con Estados Unidos es de tan amplio espectro que constituye, según creo y entiendo, un vínculo mucho más estrecho que el de su pertenencia a nuestra Unión. En alguna noche de insomnio he llegado a cavilar la maldad de que la Rubia Albión, tantas veces pérfida, podría ser un submarino estadounidense en aguas de la vieja Europa (¡que ideas tan retorcidas pueden asaltar nuestra mente!). La analista Christiane Aman ve esa estrecha relación  como “la alianza transatlántica clave”, y otros, aún más favorables a ella, como “piedra angular de la estabilidad mundial”. Y uno piensa que parió la abuela inglesa, por si no le llegaba al mundo con un gendarme americano. ¿No les parece raro todo esto? Pues a mi, si, queridos lectores. Al igual que me han dejado de piedra las noticias sobre la escandalosa actividad de espionaje (de Estados Unidos y otros miembros de su club) en varios de los países aliados de la pareja con rango de “potencia”, y en otros menos amistosos. Pero también aquí uno puede pensar que en algo tenía que ocuparse ese invento denominado “UKUSA”, firmado en 1943 entre United Kingdom (Reino Unido) y los USA, que obligaba a ambas potencias, y a sus afines Canadá, Australia y Nueva Zelanda a compartir las averiguaciones de sus respectivas agencias de inteligencia. Y otro tanto se puede inferir de esa “Alianza Estratégica para la Lucha contra el Crimen Cibernético”, suscrita décadas más tarde por los mismos firmantes del antes citado acuerdo sobre espionaje. ¡Qué inconmensurable archivo de comprometidos chats deben de tener esos cinco!   No me fío yo ni un pelo de un socio como John Bull (otro apodo para Reino Unido) que no duda en mandar buques de guerra de mosqueo al Peñón cada vez que el contencioso con España se pone chungo, con lo pasada de moda que está hoy la vieja y británica “diplomacia de las cañoneras” (que también, por cierto, los USA heredaron). ¿Por qué habría de fiarme de quien dice ser mi socio pero prueba serlo más de un indiano Tío Sam, competidor declarado de esta UE, sentrañas mías, por la que los españoles hemos apostado hasta la camisa?

Publicado en “La Tribuna” el día 4 de noviembre de 2013

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