Mi precoz descubrimiento de la Justicia humana


Cuando aún no escribía esta columna, porque un servidor tenía nueve años, descubrió traumáticamente lo falible que puede llegar a ser la Justicia humana. Corría el año 1944 y aquel niño del que hablo cursaba sus primeros estudios, como alumno interno, en los Escolapios de Sarriá. Un día, al acabar una clase, dejamos sobre la mesa del maestro – escolapio, cómo no – los cuadernos en los que habíamos escrito nuestra redacción. En cada cuaderno figuraba el nombre del correspondiente alumno; pero en el mío, sin que yo hubiera tenido parte alguna en ello, figuraba además una hoja, arrancada de aquél, en la que se había escrito esta frase: “El padre X es idiota”. El improperio estaba escrito a mano, imitando hábilmente el tipo de letra que yo solía utilizar. Como ya habrán ustedes adivinado, el padre en cuestión era el maestro. ¡Cuál no sería mi susto cuando horas más tarde, hallándome en pleno recreo, me ví literalmente arrastrado por la oreja por un tal padre XX, responsable de mi sección, que me trasladó de esa guisa hasta el despacho del Director! Allí se me mostró la prueba de “mi” delito y pude constatar, totalmente desconcertado, que ya había sido condenado. A menos que me arrepintiera, pidiera perdón al ofendido y cumpliera puntualmente el castigo que iban a imponerme, se me anunciaba la inmediata apertura de un expediente para mi explusión del colegio. Mis protestas de inocencia ni siquiera fueron escuchadas. Acto seguido, ahora en el despacho del padre XX, fui sometido a una interrogación de media hora en la que cada protesta mía de inocenciia venía seguida de una monumental bofetada, hasta que me quedó la cara como la de un Ecce Homo. La jornada terminó con mi conducción a mi dormitorio y subsiguiente encerramiento en él.  Mas he aquí que a media noche, cuando todos los alumnos (menos yo) dormían en sus habitaciones, me pareció oir el llanto de uno de ellos. Lloraba, según más tarde concluí, de puro remordimiento. (La noche es mala compañera para un crío cainita). Por la puerta de cortinilla de mi cuarto pude ver parcialmente que los bajos de la sotana del cura de marras se detenía ante la puerta del doliente y entraba en su dormitorio, para salir momentos después acompañado de un pantalón de pijama infantil y desaparecer ambos durante largo rato en el despacho del primero.   Al día siguiente, estábamos todos formados en la larga nave para bajar a desayunar. Sentía el sabor de la sangre en mi boca, por la severa sesión de tortas del día anterior. El padre, plantado ante la columna, sólo dijo estas palabras: “Tengo la obligación de decirles que Romagosa es inocente”. Y nada más. Ni el sacerdote, ni el compañero (obviamente absuelto) se disculparon conmigo, y el asunto quedó pronto en el olvido y, supongo, en el secreto de confesión. Pero no en mi horrorizada memoria que desde entonces, y no por última vez por desgracia (si siguiera contándoles…), quedó para siempre marcada con aquel mi primer contacto con la Justicia falible.

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Publicado en “La Tribuna” el 25-02.2013

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