Archive for the ‘PREGONES’ category

Pregón Barrio Puerta de Toledo

10/03/2010

Excmos. Srs. Alcalde en funciones de Ciudad Real,  Presidente de la Diputación Provincial, Subdelegado del Gobierno, Bienvenidos a los actos que la Asociación de Vecinos Puerta de Toledo ha organizado este año para celebrar el inicio de las Fiestas en honor de San Antonio de Padua.  Santo. por cierto, que no es sólo patrón de este barrio de la ciudad, sino también de los albañiles. Las gentes devotas le invocan, además, para encontrar objetos perdidos y para librarse de accidentes fortuitos.  Según la leyenda, predicaba a los peces cuando no querían escucharle los hombres. Por ello y porque no me veo, sinceramente, pronunciando mi pregón metido hasta las rodillas en el Guadiana, les ruego  que me escuchen con atención .¡Ah!, y buenas noches a todos.

Alguno se preguntará qué hace aquí, de “pregonero” de los vecinos de esta Puerta de Toledo ciudadrealeña, un catalán. A este asistente extrañado (y no sin cierta razón), empezaría diciéndole: “Escolti”, no se extrañe tanto, porque hay varias clases de manchegos, a saber: de nacimiento, de nacimiento y residencia, y de adopción. Y un servidor – seguiría aclarándole – pertenece al último grupo: al de los manchegos de adopción”. Y todos ustedes saben que en cualquier familia como Dios manda, en la que se adopta algún hijo, los padres acaban sin sentir diferencia alguna, ni siquiera en lo tocante al cariño, entre sus hijos biológicos y los adoptados. Así que yo soy manchego de adopción, cosa que no me causa ningún trauma, que yo hago vida normal, sino todo lo contrario. Sobre todo porque, miren por donde, fui yo quien lo decidió. Todo empezó un buen día en que me fui al ayuntamiento de Miguelturra y les dije que ya estaba cansado de deambular por el mundo y que quería ser “churriego”. Me repasaron de arriba abajo para asegurarse de que no portaba armas,  ni huía de la justicia de algún otro condado y,  para mi sorpresa, oí que me decían: “firme aquí”. Y aquel papel, al que dicen “padrón”, fue como mi partida de bautismo manchego.

De modo que soy doblemente manchego, por adopción y por elección, cosa de la que muy pocos se pueden jactar. Y miren ustedes de qué modo mi nueva ciudadanía manchega funciona, hasta qué punto mi nueva condición muestra tener futuro. De momento, aquí me tienen ustedes de pregonero, que no es moco de pavo, de la principal puerta de la ciudad. Y digo la principal porque, lamentablemente, ésta de Toledo es la única puerta superviviente de las ocho que tenía la vieja ciudad amurallada. Y menos mal, porque igual me habría tocado recitar ocho veces este pregón para que ninguna puerta se molestara.  Ocurre con esta puerta lo que ocurría hace veinte años con una Televisión Española de la que se decía que era la mejor televisión de España. Y es que no había otra.

Dicho esto y aclarada mi doble legitimidad manchego-pregonil, aceptarán ustedes que hoy les hable de igual a igual. ¡Ah!, se me olvidaba decirles, por si les interesa saberlo, que mi madre adoptiva – la Mancha – me trata como si me hubiera “parío”. No habría queja, por mi parte, en este sentido, si no fuera por esas gachas y esas calderetas casi diarias, que –  “para que me haga un hombretón”, me dice – me obliga a embaular. (“Embaular” es un precioso verbo que usa Cervantes en el “Quijote” como sinónimo de comer en exceso, y estoy seguro de que lo inventaría en la Mancha).

En fin, que aquí estoy, como les decía, de flamante pregonero de ustedes para lo que gusten mandar. Si ustedes, por ejemplo, me mandan que toque la trompetilla de pregonero, como antiguamente se hacía, pues, ningún problema, que aquí me he traído el artilugio que antaño usaban mis homólogos, aunque los más jóvenes no podéis recordarlo, y que ya es hoy artículo de anticuario. Por vosotros la he traído: para los más jóvenes.

La actuación del pregonero, en tiempos antiguos, se desarrollaba así: llegaba el pregonero a la plaza, a la hora de mercado, y hacía sonar la trompetilla (sonarla).. Acto seguido desenrollaba un pergamino y canturreaba aquello de “por orden del señor alcalde, se hace saber…”. Y entonces, el pregonero  informaba de lo que el señor alcalde quería hacer saber. Era como si hoy , por ejemplo, el alcalde Gil-Ortega, que nos honra con su presencia, deseara informaros, a través de este pregonero, de que el Ayuntamiento de la capital va a destinar a este barrio, qué se yo, un millón de euros para construir una piscina olímpica y la mejor terraza de verano de la provincia. Obviamente, es sólo un ejemplo…(tranquilo, señor alcalde); un mero ejemplo de la utilidad que entonces tenía el pregonero y de la que  podría seguir teniendo hoy.

Otro de los aquí reunidos podrá alegar que yo no soy vecino de la Puerta de Toledo. Pues, mira qué bien – le contestaría – pero paso todos los días por este barrio con más frecuencia que los que vivís aquí. ¿No habéis visto pasar cien veces un discretísimo jeep, amarillo rabioso, rodando veloz hacia la Puerta de Toledo, o procediendo de ella; o embocando ese estupendo atajo que se inicia aquí enfrente y que nos permite llegar en un plis-plás – ¡y sin un solo semáforo! – a la carretera de Carrión, a la Universidad o a la estación del AVE? ¡A que sí!  Pues el conductor de ese canario con ruedas al que sólo le falta piar de satisfacción cuando cruza una y otra vez este privilegiado barrio, es, en carne y huesos (más carne que huesos, para ser exacto, de tanto embaular) este aguerrido pregonero.  Nadie, repito, nadie, en su sano juicio, osará decir que yo no soy vecino de la Puerta de Toledo. El hecho de que viva en Peralvillo, nada demuestra, máxime si tenemos en cuenta que un día no lejano este barrio de la Puerta de Toledo, vitalista y expansivo como es, llegará hasta Peralvillo. A esa altura pasará entonces, aunque yo no lo veré, una espléndida “M30” que circundará Ciudad Real, Miguelturra, las Huertas de la Poblachuela, Carrión de Calatrava, etc., como  la actual “M50” madrileña. Y si no me creéis, al tiempo me remito.

¿Quién iba a decir hace menos de doscientos años que aquel agostadero para ganado que se extendía fuera de la ciudad, más allá de su puerta Norte, sería hoy el populoso barrio que es? ¿Quién se habría imaginado, cuando por esta carretera, entonces polvoriento Camino Real, apenas pasaban carros y galeras, rebaños de la Mesta, y alguna que otra carroza o diligencia con destino a Toledo o a Madrid, que este suburbio de la ciudad iba a convertirse en tan hermoso barrio de espectacular crecimiento? Nadie habría anticipado, viendo pasar las tristes comitivas que acompañaban a los reos de la Santa Hermandad a su patíbulo en Peralvillo, que por este tramo del Real Camino se verían un día pasar doscientos coches por minuto, autocares de AISA, bañeras de Horcisa, trailers de Bárcenas, camiones para la Azucarera, para el “Reino de Don Quijote” y también, cargados con variedad de productos manchegos,…para Roterdam. Frankfurt o Bruselas; incluso, de un lado para otro como una lanzadera, un alimonado Jeep traqueteante…?

Algo tendrá este barrio, digo yo, cuando hoy tenemos aquí, prácticamente en pleno,  al nuevo Ayuntamiento, salido de  las últimas elecciones. Que casi podría aprovechar, sin esperar al sábado, para celebrar hoy su prescriptiva  Sesión Constitutiva. Sabe bien este Ayuntamiento que aquí, junto a la Puerta de Toledo, a la vera del Guadiana y al pie de la Atalaya, se cocerán en el futuro muchas cosas, se innovarán muchas otras y, en definitiva, podrá palparse, como con un preciso barómetro, el proceso de crecimiento de toda la ciudad. Este es, amigos, como el de mi Barcelona natal, el verdadero “Ensanche” de Ciudad Real. Sólo hay que ver este cuidado lugar en el que nos encontramos, y el extenso nuevo jardín que tengo a mis espaldas y que hermosea sustancialmente la llegada y la salida de la ciudad por su principal puerta de acceso. Afortunadamente, aquí no hay vertederos a la vista, ni gigantescos silos, ni desguaces de automóviles que la estropeen. Deberemos cuidar mucho este barrio para que, cuando la Ciudad de Ocio que se está levantando en Valcansado se termine, a escasos kilómetros de aquí, los visitantes que lo atraviesen puedan admirarlo como un barrio joven,  avanzadilla del nuevo progreso manchego. Lo que he dicho antes sobre una terraza de verano, no es una frivolidad, como podría pensarse. Este lugar precisa de selectos y acogedores lugares, de verano y de invierno – el recientemente inaugurado bar-restaurante “Atalaya Real” es un buen ejemplo –  donde parar, donde venir a comer, a cenar, incluso a bailar en horas de asueto. Muchos tramos de esta carretera, entre Puerta de Toledo y el Guadiana; entre este barrio y el “Reino de Don Quijote”, podrían convertirse en lugar ideal de atracción para esos visitantes, automovilistas, viajeros de autocar, etc. que hoy, como no tengan alguna gestión o cometido concreto, pasan de largo Ciudad Real. La tendencia va por ahí. El nuevo Hotel Guadiana, de próxima apertura en el corazón de la ciudad,  es otro hecho sintomático. No hay que esperar a que los visitantes lleguen. Llegarán cuando la oferta hostelera, gastronómica, cultural, deportiva y de ocio en general, sea una realidad. Y una realidad variada y de calidad. El beneficio posterior, – el “negoci”, como dicen en mi patria chica – se derivará, por descontado, de la incomparable hospitalidad manchega.

Éste que os habla, por sus años, ha podido ver muchas ciudades en los últimos tiempos, que ya había visto hace  cuarenta años. Y ha podido constatar que hay dos formas de progreso de las ciudades. Algunas, en una carrera alocada, han sacrificado sus señas de identidad a la fiebre del cemento. Ahí tenemos a Hong Kong, en Asia, y a Benidorm, en Europa. Han destruido su espíritu y se han creado un alma falsa, sierva del capitalismo.. Otras, por el contrario, siguen siendo ellas mismas a pesar de su progreso incontenible. No puedo privarme de decir que Ciudad Real es hoy, en el terreno monumental, el triste resultado de la ciega gestión de muchas generaciones de antiguos ediles irresponsables. Esta Puerta de Toledo del siglo XII que hoy admiramos, no deja de ser algo así como el mástil de un gran velero desguazado. El soberbio velero, es decir la antigua ciudad fundada por el Rey Sabio, llegó a contar  con otras siete puertas, como es sabido, y una muralla completa de cuatro kilómetros y medio que la circundaba. El trayecto de aquella gran muralla, equiparable a la de Ávila que hoy podemos contemplar, se convirtió un buen día en la actual Ronda de Circunvalación. Aquellas generaciones de ediles, progresistas de pega, responden ante la Historia y ante nuestros nietos de la total pérdida de aquella muralla. En la actualidad, si no hubiera sido por su falta de visión, podríamos contemplar desde aquí un amplio paño de aquella muralla, a ambos lados de la Puerta, con sus adarves y caminos de ronda (o vigilancia) y un amplio tramo de una moderna vía de circunvalación construida “extra muros”, es decir, fuera de la muralla.

El nuevo progreso de Ciudad Real debe ser cuidadoso con los pocos vestigios del pasado que nos quedan. Aparte de la piedra noble, también habría que preservar los vestigios modestos que puedan hablar a nuestros nietos, siquiera algo, de las tapias enjalbegadas, de humildes rejas manufacturadas, zócalos de añil y  rústicas techumbres de teja que un día configuraron los barrios – cristiano, judería , morería – de esta antigua villa manchega  que el rey Juan II elevó a rango de ciudad, otorgándole el título de “muy noble y muy leal”.  Da envidia visitar lugares de la costa californiana en los que el progreso económico no ha impedido conservar intactos centenares de edificios y misiones construidos  tres siglos atrás por españoles. El muro de adobes y el tapial siguen todavía  en pie allí – y lo que te arrendaré, morena – con sus nombres en español; mientras que en España continúan siendo pasto de la piqueta. Lo noble y lo humilde puede y debe coexistir. Granada es un buen ejemplo de una ciudad que atrae a los visitantes tanto por su antigua pompa, como por su vieja miseria. Los turistas se agolpan con iguales ansias para visitar la Alhambra que para recorrer el Albaicín. A nadie se le ocurrió, afortunadamente, adecentar las fachadas de las típicas cuevas de tierra, revistiéndolas de barata  piedra “quiero y no puedo”, o alicatándolas como cuartos de baño, como por desgracia se ha hecho y se sigue haciendo en muchos lugares de la Mancha.  Diríase que nos avergonzamos de las cosas humildes de nuestro pasado. Cuando observamos, de un lado, que el legado histórico-monumental de las ciudades encierra hoy el mayor de los atractivos para el visitante; y, de otro, que toda ciudad pugna por entrar en los circuitos turísticos y de negocios, convendría recordar el aforismo oriental: ” No preguntes si el pájaro volverá a cantar mañana; pregunta si aún estará en tu jardín”.

Esta observación última, poco aplicable al moderno barrio de la Puerta de Toledo, pero de obligada aplicación a lo poco que nos va quedando de la vieja ciudad interior, me ha parecido oportuna por la interdependencia existente entre ambos. El progreso de Puerta de Toledo no puede ser aislado, por hallarse claramente vinculado al progreso de toda la ciudad.

Deseo vivamente que ese pájaro simbólico vuelva a cantar, mañana y siempre, y que, ahora que más vamos a necesitarlo, siga estando en nuestro jardín.

Y ya termino. Que disfrutéis a tope de estas Fiestas. No se quién dijo que “Dios nos respeta cuando trabajamos; y nos quiere cuando reímos”.  Así que, ¡dejémonos querer!

Y sólo añadir, porque es de justicia decirlo, que tenéis una extraordinaria presidenta de vuestra Asociación de Vecinos de esta Puerta de Toledo. Frassy es una magnífica profesional, madura a pesar de su juventud y, además – cosas que siempre se aprecian en la mujer – guapa y simpática a rabiar. Os pido un aplauso para ella.  

Muchas gracias.”

Anuncios

Pregón, año 2005: Pronunciado por Pepe Romagosa con ocasión de las Fiestas Patronales del “Barrio de Santiago” (Ciudad Real)

26/01/2010

Queridos vecinos y “adherentes” del Barrio de Santiago:

En el breve “saluda” que dirigí a los vecinos de “El Perchel” en el programa de actos de estas Fiestas, os hacía el comentario de que casi todos los días, cuando llego a Ciudad Real procedente de Peralvillo, doy con una señal indicadora que reza: “Iglesia de Santiago, Siglo XIII…” Trátase, sin duda, del templo más antiguo de la ciudad y del centro neurálgico del no menos antiguo barrio que lleva su nombre. La mención que en ese cartel se hace de la iglesia, y por extensión de este histórico barrio de Santiago – castizo también, si me permitís, como el madrileño de Chamberí – me hace meditar, casi todas las mañanas, sobre la gran importancia de aquel primer asentamiento humano, formado por los supervivientes del desastre de Alarcos que en aquel lejano siglo, y en el anterior, por decisión de un rey Sabio, constituyó el embrión de esta Ciudad Real moderna y pujante que en estos días ha registrado su habitante 70.000.

Mis reflexiones sobre el origen de este barrio – que ya algunos sabéis que me gusta reflexionar, e incluso, a veces, buscarle tres pies al gato – también me transportan a otro célebre barrio marroquí, el de Sete, integrante de la ciudad de Rabat, que hace años visité; porque según consta en los textos de historia de ese barrio africano, a él fueron llevados muchos de aquellos supervivientes de Alarcos, tras la destrucción e incendio, en 1195, de esa ciudad cristiana por el caudillo almohade Almanzor. Aún hoy pueden encontrarse en el citado barrio marroquí, familias enteras con apellidos tales como Carrión o Sabariegos, e incluso algún Barrera, nombres eminentemente manchegos que también debieron de ser los de muchas familias de aquellos exilados de Alarcos que, más afortunados, vinieron a poblar este barrio de Santiago en el siglo XII. Creo, sinceramente, que habría que realizar un estudio sobre esa rama de antepasados vuestros que se vio obligada a rehacer su vida allende el Estrecho, en tan lejano lugar de la Berbería. Y acaso estaría justificado promover un “rehermanamiento” – entre este histórico barrio de Santiago y el no menos histórico de Sete, en la ciudad marroquí; máxime si consideramos que ambos núcleos de población tuvieron su origen en el mismo tronco castellano hace la friolera de 800 años.

Como bien sabéis, en aquellos años en que tantos habitantes de Alarcos perdieron su hogar y su hacienda, cuando no la vida, Ciudad Real
se estaba formando en torno a un pozo de agua que era propiedad del hacendado más rico de estos parajes: don Gil Turro Ballesteros. El lugar se conocía, al parecer, como “Pozuelo de Don Gil”, y se extendía por las inmediaciones de lo que hoy es la Plaza del Pilar; aunque hay autores que lo mencionan como “Pozo de Don Gil”. Habréis observado que suele decirse que Villa Real (que tal era entonces el nombre de esta ciudad) fue fundada en el lugar llamado “Pozo (o pozuelo) seco de Don Gil”, y esto de “seco”, en mi opinión, podría ser inexacto. Digo ésto porque no habría tenido sentido fundar una ciudad junto a un pozo seco, y menos en una época en que el agua, como hoy, constituía la mayor fuente de vida de una población. Otra cosa, amigos, es que se tratara de un pozo de agua abundante en un principio, que llegara a secarse algún día, acaso siglos después, y que – entonces sí – hubiera pasado a llamarse con toda propiedad “el pozo seco de Don Gil”.

Curiosamente, y al contrario de lo que ocurría en otras regiones de España, y de Europa, por no decir del mundo, ninguna nueva población de la cuenca del Guadiana se construía cerca del río, porque en este tramo del Guadiana Alto las aguas fluían muy escasas y se estancaban en épocas de sequía, dando origen a graves epidemias. De ahí que algunos pueblos de nuestra actual provincia, como es el caso de Argamasilla de Alba, tuvieran que desplazarse dos o más veces de su lugar original, para irse alejando de ese río tan poco saludable entonces. A menudo, con cada cambio de emplazamiento el pueblo cambiaba de nombre, como sucedió en la localidad citada que antes de adoptar su actual topónimo se había llamado, sucesivamente, “Santa María” y “Lugar Nuevo”.
No pudo haber otra razón para no fundar Villa Real en un lugar más cerca del río, sobre todo si pensamos que la economía de su barrio más antiguo, éste de “Santiago” en el que nos encontramos, dependía en aquella época de la actividad de la pesca en sus aguas, mucho más que de la agricultura. En los campos aledaños a las casas del barrio estaban plantados los “percheles”, estructuras de madera destinadas al tendido de las redes después de cada jornada, o de cada noche de faena en el río.
De aquellas perchas proviene el apodo de “El Perchel” que acabó dándose al barrio.  Allí, al igual que en esos “Percheles de Málaga” que se hallaban situados a orillas del río Guadalmina y que Cervantes nos menciona (en boca del ventero, en el capítulo III de la Primera Parte del “Quijote”), se cosían y remendaban las redes. Sólo la proliferación de mosquitos y los insalubres efluvios provenientes del río pueden justificar la fundación de esta ciudad a tanta distancia de ese río – el Guadiana – que, paradójicamente, proporcionaba a este barrio, si no agua para consumo humano, sí abundantes capturas diarias de carpas, barbos y lucios de importante valor económico.Los percheles de este barrio, puestos a imaginar, habrían estado situados en esos parajes en los que iban a morir las dos o tres calles principales del barrio, exceptuando la antiquísima calle de Calatrava que continuaba extramuros, tras atravesar la célebre puerta, para fundirse con el camino real que llevaba, amén de a Toledo, a los restos de esa ciudad fortaleza – también arrasada por Almanzor, tras la destrucción de Alarcos – que había sido capital de la poderosa Orden de Calatrava. Los percheles debieron de ocupar los lugares periféricos del barrio, aunque todavía intramuros, al modo en el que se situaban las eras en las poblaciones de economía agraria, es decir, basada en el cereal. En las proximidades de los percheles debieron de estar, así mismo, los corrales destinados a recoger el ganado dentro de la ciudad realenga, en casos de ataques agarenos, o de incursiones de los entonces poco amistosos vecinos de Miguelturra y de otras poblaciones del Campo de Calatrava. Es también de suponer que en lugar de los madrugones para ir a trabajar las tierras, propios de otros lugares de La Mancha, aquí habría que madrugar para hacer el largo trayecto en carro, por ese tramo del Camino Real que se llamaba “de Peralvillo” (el cual seguía el antiguo trazado de la calzada romana), hasta el río, a dos leguas de esa Puerta de Calatrava que ya entonces, junto con la bellísima iglesia del siglo XIII, señoreaba el barrio; más allá, por tanto, de las antiguas quinterías de La Dehesilla y Valcansado, y hasta alcanzar las riberas próximas a los Baños del Emperador, o al molino de Malvecinos, donde estarían amarradas las barcas.

El río Guadiana, el de menor pendiente de la Península, y sin duda el más estepario, ofrecía a la sazón un limitado valor antropogeográfico, al no ser aptas sus aguas para el consumo humano (pensemos que las depuradoras se inventaron en épocas más modernas). Su único aprovechamiento, entonces, era el de la pesca y, más tarde, el riego. Poco contribuyó, pues, nuestro río a la pujanza o a la riqueza de este barrio. No tuvo El Perchel la suerte de esos barrios de otras ciudades europeas a las que los grandes ríos hicieron ricas. El Guadiana apenas servía, como se dice vulgarmente, para ir tirando.

No se si será por deformación profesional, pero habréis observado que este catalán “amanchegado” que os habla, se ha fabricado minuciosamente su “película”, o por lo menos un esbozo de un guión para ella, como si en lugar de vivir en el siglo XXI lo hubiera hecho en los siglos XII o XIII, cuando Villa Real contaba con 2000 habitantes, tenía ocho hermosas puertas recién construidas (Calatrava, La Mata, Granada, Ciruela, Alarcos, Santa María, El Carmen y Toledo) y su muralla completa. Esa época medieval en la que el 95 por ciento de la población no sabía leer ni escribir, y la ciudad era capital de esa organización famosa, enemiga del crimen y de la violencia, amén de precursora de nuestra moderna Guardia Civil, que se llamó “La Vieja y Santa Hermandad de Ciudad Real”. ¡Qué tiempos aquellos..!

No puedo dejar de imaginar el umbral de la iglesia, lleno como debía de estar en aquel tiempo de mendigos y mutilados. Hay que pensar que aquella Santa Hermandad, con todo y haber sido eficaz en la lucha contra los bandoleros – los “golfines” – que asolaron los caminos, aplicaba, con licencia del Rey, cruelísimos castigos; tales como el de cortar un pie a los reos de hurtos de hasta 500 maravedises (unos 70 euros de hoy), o de privar de las dos orejas a los convictos por robos de hasta 5000 maravedises (700 euros actuales); sin contar que para delitos o crímenes mayores se aplicaba la pena máxima (muerte por asaetamiento, o en la horca, en un paraje próximo a la aldea de Peralvillo). ¿Os imagináis el panorama que debió de ofrecer la entrada a esta iglesia junto a la que hoy nos encontramos, al igual que las entradas a la iglesia de San Pedro o a la Basílica Catedral?

Y es que, amigos, siempre es interesante conocer el ayer de los parajes en los que nos toca pastar hoy. Ahora, cuando me ha tocado pastar en La Mancha, he de confesaros que El Perchel (este extenso barrio que en un libro antiguo que conservo se dice que lo limitaban las calles Libertad, Paloma, Tintoreros y Jacinto) me ha cautivado. Y me ha cautivado por su sugestiva historia, por esa calidad de sus gentes que les – os – ha permitido sobrevivir a épocas muy difíciles; por su espíritu solidario (incluso, como he podido comprobar, con el Tercer Mundo); por ese Rey Santo que lo fundó, junto a los otros dos barrios importantes que en la época surgieron en la ciudad: el de Santa María y el de San Pedro; y por esa asociación de vecinos, siempre activa y entregada al barrio, que con tanto entusiasmo preside mi buen amigo e infatigable quijote local llamado Félix Barrera. 

Me gusta que vuestro barrio se llame “de Santiago” que es también el nombre de un hijo mío. El nombre que, como sabéis, equivale a Jacobo, a Jaime, a Yago, a Yagüe y a Diego. Es el nombre de uno de los hombres de confianza de nuestro Salvador; ese “Santiago el Mayor” que recibiera ese apelativo (permitirme el recordatorio) por ser el hermano mayor de San Juan Evangelista, y el que mejor supo transmitirnos la Buena Nueva. Sólo renuncio, me parece oportuno decirlo, a ese apodo hoy malsonante de “Santiago Matamoros”, que atrás quedó para siempre lo de matar moros, y ¡ojalá pudiéramos decir lo mismo de ese odioso verbo: “matar”!

Está bien esa conocida copla que reza “Mira si soy perchelero, que hasta en la Plaza Mayor, yo me siento perchelero”. Pero me gusta más la nueva idea de los vecinos de este barrio que se sienten “ciudadanos del mundo”, aunque también en Nueva York, o en Tokio, se sientan percheleros; porque ya todos leemos y escribimos, viajamos y navegamos por redes electrónicas y es tiempo de hablar y entenderse, en un plano de igualdad, con todos los pueblos de la tierra. Yo, por ejemplo, que soy catalán, también me siento manchego.

Metiendo como he metido mis narices en la historia de este barrio, me ha sorprendido gratamente descubrir cuántas personalidades de excepción han surgido de estas viviendas, antaño más humildes, entre las que nos encontramos. Perchelero fue Bernardo Mulleras, nacido precisamente en el número diez de la calle Calatrava, famoso médico y filántropo; y uno de los mayores pintores – López Villaseñor – que ha dado Castilla-La Mancha. ¿Y aquel sacerdote – “el Cura Castro” –  de perdurable recuerdo? Percheleros son también un montón de amigos míos, como los ex pandorgos Pío Gómez, rey de los cromados; Rafael Arcos, el que fuera mi padrino un día muy solemne para mí; Julián Gutiérrez, el “Guti”, incansable dirigente de peñas; el veterinario Eugenio, de la calle Juan de Ávila; el deportista fotógrafo David Céspedes; el ya mencionado Félix Barrera, verdadero culpable de que un servidor les esté dando esta paliza, y tantos otros que no voy a mencionar para no hacer la competencia a la guía telefónica, pero que han contribuido a hacer de El Perchel el amable y acogedor barrio que hoy es.

¡Ojalá que los percheleros, herederos de aquellos esforzados pescadores del Guadiana, sigan proyectando hacia el exterior su buen ejemplo de trabajo, capacidad de diálogo, amor y solidaridad. Por mi parte, seguiré alternando en mis conversaciones “barrio de Santiago” y “barrio de Perchel”, a partes iguales, cuando me refiera a este privilegiado distrito de la capital.

No quiero terminar sin levantar por un momento la mirada hacia esas celosías del Convento de Concepcionistas, tras las cuales deben de estar escuchándonos las monjitas… a las que dedico, desde aquí, al igual que al Apóstol Santiago, y a todos vosotros, un cariñoso saludo y mis mejores deseos de que paséis unas Felices Fiestas “de Santiago”.., o… “¡el Perchel!”

© 2005  José Romagosa Gironella