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Las lenguas del Quijote -III – El “tiempo” de la gran novela

30/01/2010

La extensa serie de libros conocida como “Hymark Outlines” (Esbozos  Hymark), que hace más de medio siglo viene publicando la Students Outline Company, de Boston, ofrece atinados análisis de las grandes obras de la literatura universal que ayudan extraordinariamente al lector y al estudiante. Antes de comenzar a leer una de esas grandes obras, ya se trate de “La Ilíada” o de los “Cuentos de Canterbury”, el interesado puede encontrar en los tratados de dicha colección toda la información previa que precisará para aprovechar y disfrutar a fondo de su lectura. En el volumen dedicado a “Don Quijote” (1960), descubrimos dos capítulos, uno sobre la España en la que vivió Cervantes, y otro a modo de breve comentario crítico sobre la novela; ambos de gran interés, tanto por su concisión como por la valiosa perspectiva que la distancia geográfica parece haber proporcionado a su autor estadounidense.

Abordar la lectura de un libro, máxime si es de un gran autor, requiere una preparación de la ruta y la acumulación de conocimientos previos sobre el tiempo y circunstancias en los que la acción se desarrolla. Algo parecido a lo que todo buen viajero debe hacer antes de emprender un viaje importante. Lamentablemente, nos olvidamos con frecuencia de procurarnos ese bagaje previo. Y es también de lamentar que no dispongamos en España de traducciones de esos libros utilísimos a los que me estoy refiriendo.

Volviendo a ellos, leo en el primero de los citados capítulos el resumido retrato de una España, la de Carlos I, caracterizada por una prosperidad, un poder y un prestigio sin precedentes; y la descripción de un país cuyas flotas surcaban todos los mares y sus conquistadores contaban a su regreso historias de grandes gestas realizadas en los más apartados lugares del globo. Dichas narraciones, tan reales para aquellos que sin salir de sus casas llegaban a conocerlas, como para los aventureros que las habían vivido, constituían temas de máxima atracción. No era, pues, de extrañar que la gente, interesada por las nuevas glorias atribuidas a la nación por las hazañas personales de sus héroes, se sintiera hechizada por cualquier narración romántica que tuviera por centro una figura heroica individual, aunque ésta fuera imaginaria.

Sigo leyendo ese opúsculo, que refleja la historia tal como se debe de enseñar a los escolares de Estados Unidos – al tiempo que lo voy traduciendo al español y resumiéndolo – y anoto que también en aquella época circulaban en España multitud de romances caballerescos, escritos en la forma literaria iniciada por el llamado “ciclo artúrico”. No me descubre de hecho nada nuevo, pero me agrada proseguir con tan concisa, objetiva y pedagógica versión, en la que no falta puntual mención a las historias de “Amadís” y de esos héroes y libros de los que en el propio “Quijote” se hace exhaustiva relación; y se nos recuerda que aquellos libros de caballerías seguían siendo lectura preferida del pueblo en los tiempos de Cervantes; y que éste probó conocer a fondo, aunque lo aborrecía, este género literario. También se indica en el librito de marras que la moda de los libros de caballerías se desvaneció definitivamente debido a la aparición del “Quijote” en el mercado literario europeo, porque la novela de Cervantes los atacaba frontalmente.

Es interesante la constancia que en el librillo se da sobre el hecho de que el vacío vino ocupado , principalmente, por la literatura pastoral y la novela picaresca, ambas representativas de una España, posterior al desastre de Trafalgar y a la desafortunada expulsión de los industriosos moriscos, otra vez empobrecida; de una nueva España en la que la lucha por la supervivencia había vuelto a ser la mayor aventura de buena parte de los españoles.

En el capítulo dedicado al análisis crítico del “Quijote”, se apunta certeramente el carácter pretencioso y artificial de muchas de las obras que en aquel tiempo se componían, y al hecho de que el “Quijote”, por el contrario, no sólo fue un arma para destruir la absurda seriedad con la que los mitos caballerescos eran tomados por el público, sino el instrumento para infundir naturalidad a una literatura sobrada de afectación y grandilocuencia. Lo que Don Quijote fundamentalmente representa – sigo leyendo – es al romántico idealista, al hombre que insiste en transformar el mundo en un lugar más justo. En cuanto a Sancho, es también interesante la versión que este texto nos ofrece de que este hombre rústico, aún reteniendo las características del personaje literario más humilde, hace gala de una sabiduría que viola abiertamente la tradición literaria. Cuando Sancho se convierte en gobernador de la ínsula, nos revela que también él, un miembro de la clase baja, puede tener ideales. En contraste con los ideales de Don Quijote, los de Sancho son enteramente terrenales: para él, el estómago lleno y un lecho confortable son las cosas más importantes de la vida; y ello porque Cervantes quiso hacernos ver que sólo cuando el hombre carece de estas cosas básicas, alcanza a idealizarlas. No es tanto, pues, cuestión de materialismo – sugiere Paul B. Bass, perspicaz autor del texto que hoy utilizamos – sino de otra forma de idealismo con los pies en la tierra.

Como verás, querido lector, intento cumplir en estas columnas la promesa de ir glosando algunas de las infinitas reflexiones que la obra maestra de Cervantes ha inspirado a lectores y estudiosos. La universalidad de la obra y la talla intelectual de muchos de sus apologistas, nos obligan a tomar sus juicios y apreciaciones con la mayor consideración. Al igual que solemos afirmar que todo lo importante que el hombre pueda decir hoy, ya se dijo ayer en griego, en lo tocante al “Quijote” debemos admitir que los que somos sus “fans” ya sólo podemos repetirnos en nuestras opiniones o pretendidos hallazgos. Se han escrito tantas cosas, en tantas épocas y en tantas lenguas distintas sobre esta siempre impresionante obra, que sería ingenuo pretender – aunque no hay pecado en intentarlo – que podamos añadir algo nuevo.

Ilustran hoy estas líneas el célebre óleo de Daumier cuyo original se conserva en la Nueva Pinacoteca de Munich.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 15 de febrero de 2004

Las lenguas del Quijote -II- “Actos del habla…”

30/01/2010

Parece obligado hablar de lenguas, en plural, si nos referimos al “Quijote”, ya que en la obra convive – democráticamente, usando un vocablo actual – el léxico más variado. No en vano Cervantes confirió la mayor importancia al componente lingüístico de su gran novela, como descubrimos en el propio prólogo de la primera parte de la obra y, ya entrados en materia, en los diálogos de muchos de sus personajes que no sólo nos muestran conocer las más célebres composiciones literarias de la época y de siglos precedentes, sino que discuten con frecuencia sobre ellas.

José Luis Girón Alconchel, tratando de esto, observa que el título de varios capítulos tiene como núcleo palabras que denotan “actos del habla” y los califican muy significativamente. He aquí algunos ejemplos:
“De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos” (II, 32); “De la sabrosa plática que la Duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note” (II, 3); “Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote” (I, 49); “De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos” (I, 50); “Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el Bachiller Sansón Carrasco” (II, 3), etcétera.

Es evidente, según Girón, que Cervantes valoraba explícitamente el diálogo como “acto de habla”. Los sintagmas “discreto coloquio”, “sabrosa plática”, “ridículo razonamiento”, indican que para Cervantes era tan importante el “decir”, como lo “dicho”; tan significante la forma como el fondo.

En nuestra opinión, Cervantes escribe el “Quijote”, en particular su segunda parte, trasladando al folio, con pionera fidelidad, diálogos y coloquios previamente captados por el oído. Las más distintas formas de hablar de aquella España de los siglos XVI y XVII, se hallan presentes en el “Quijote”. Se trata de lenguaje en estado puro: de un inmenso caudal de ideas expresadas por el órgano de la lengua. Manuel Criado de Val (Anales Cervantinos, 1855-56) aprecia toda la obra como un maravilloso coloquio, y considera que “el diálogo es lo que más conserva hoy su plena eficacia estilística”. Gracias a ello, Cervantes sigue mostrándosenos como el gran innovador del arte literario.

El filólogo Ángel Rosenblat, reconocido – junto con Weigert – como indiscutible autoridad en el estudio del “Quijote”, confiesa que “esta obra admira por la perfecta adecuación entre personaje y habla. Cada estrato social, cada profesión y aun cada individuo nos hacen sentir sus peculiaridades lingüísticas”. Y añade que “Don Quijote, hombre de libros, habla como hablan los libros; Sancho, hombre del pueblo, se expresa como el pueblo lo hace. El caballero caerá a veces en la fabla anacrónica; el escudero acudirá al tesoro del pobre, al refranero sin fondo”. “Hay en ella” – concluye – “como un juego sin fin con los distintos niveles del habla (desde lo vulgar y germanesco hasta lo aristocrático) que se entrecruzan y confunden entre sí”.

Todas las variantes del habla que Cervantes aprendió de los avatares de su azarosa vida las vuelca, juntas pero jamás revueltas, en la catedral lingüística del “Quijote”. En ella nos topamos, sucesivamente, con el modo de hablar del cabrero, del bachiller y del eclesiástico; del hombre culto, del arriero y de la moza “del partido”. Hablan los galeotes en su jerga, el bandolero o el vizcaíno en las suyas. Hasta el propio autor muda de léxico al compás de las circunstancias. En nada se parece el estilo que utiliza en el prólogo con el que usa en las dedicatorias; y distinto es, así mismo, el idioma del narrador en cada una de las partes de la obra, por no mencionar la gran distancia lingüística que separa el “Quijote” de cualquier otra obra cervantina.

Entendemos a quienes piensan que en el caso de esta gran novela, acaso también por su contenido ético, Dios tocó al escritor con la palma de su mano. Ello nos explicaría más de un misterio encerrado en esta obra admirable que Schiegel calificó de epopeya y, ¡ahí es nada!, “como la más viva imagen que se haya dado jamás de la vida y genio de una nación”. ¡Qué paradójico se nos hace saber que ese libro apenas fue considerado en España, a su publicación, como una divertida parodia, o  “carcajada de ganapanes”, que se transformó luego en sonrisa (hacia el siglo XVIII) y, finalmente, en lágrima (siglo XIX). Gracias habría que dar, en todo caso, a los traductores y prologuistas ingleses – Jarvis, Warburton y Bowle – que antes, mucho antes que los españoles, supieron levantar en triunfo –  cito a Santos Oliver – “como obra príncipe, como la más universal, benévola y perenne de las historias, esa desconcertante humorada manchega, hija de una cárcel”.

Desconcertante fue también, en aquellos tiempos, la precoz devoción de los ingleses por la obra de un autor español. No olvidemos que Felipe II había enviado la “Invencible” a invadir Inglaterra apenas dos décadas atrás. Reconforta pensar que el mundo de la cultura, o el de las artes, puedan lograr la proeza se sobreponerse al odio. Tal vez deberíamos utilizarlas más como instrumento de concordia.

La pintura que ilustra estas líneas constituye una de las primeras interpretaciones al óleo realizadas de Don Quijote. Trátase de una obra del italiano Alessandro Magnasco (1690 circa). Prueba evidente de la temprana popularidad alcanzada por el “Quijote”, también en Italia.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 1 de febrero de 2004

Las lenguas del Quijote -I- “Haciendo boca…”

29/01/2010

Inauguro esta columna, dedicada a las lenguas del “Quijote”, con el doble deseo de permanencia en las páginas de este diario a lo largo de la conmemoración del IV Centenario de la primera edición de la universal novela, y de poder analizar, de consuno con el lector, el “prodigio de expresividad y de arte” que en dicha obra se encierra. La certera frase entrecomillada, que es de Ángel Rosenblat, viene como de molde para calificar un texto, cimero en la Historia de la Literatura, en el que el habla propia de cada estrato social se nos hace presente de un modo magistral e insuperable. Ese “coloquio” entre las distintas formas de nuestra lengua, máxima invención de nuestro inmortal Cervantes, sigue brindándonos hoy, en el fondo y en la forma, la sorprendente cualidad de su validez intemporal. Reconocemos en ellas, a pesar del tiempo transcurrido, las mismas formas de nuestro idioma actual; o, cuando menos, sus formas más directamente precursoras.

Exploraremos esa obra – “Don Quijote de la Mancha”- con sencillez y humildad y desde el punto de visión del lector medio, no erudito. Sólo así podremos entendernos y saborear, paso a paso, observaciones y hallazgos – del modesto autor de estas líneas y de estudiosos de verdadera autoridad – dignos de ser compartidos. Cuatro siglos son muchos para que una obra literaria mantenga incólumes la frescura y el interés que ofrecía cuando se compuso. El “Quijote”, no obstante, lo ha logrado. Veremos, también, que el “Quijote” es más que la primera y la mejor de las novelas. Para ello nos apoyaremos, a menudo,  en algunos de los juicios y reflexiones que las mentes más preclaras han producido al respecto desde aquel siglo XVII en el que la mejor novela jamás escrita viera la luz.

He hablado del “lector”, porque sería absurdo conversar sobre el “Quijote” con quien no lo ha leído.  Tal vez esta columna sirva para animar a su lectura a aquellos que, por una razón u otra, aún no han sentido la necesidad de hacerlo. Sería imperdonable que dejásemos pasar esta histórica efeméride – la del IV Centenario – sin franquear la sicológica barrera que con frecuencia nos separa de tan caudalosa fuente de agua viva.

La distribución ya iniciada de esa edición de la empresa pública “Don Quijote de la Mancha 2005”, que se encarta en la campaña “Un Quijote, Un Euro”, conseguirá, sin duda,  – como ha declarado su presidente, don José María Barreda Fontes – “que todos los castellano-manchegos tengan en su biblioteca el paraíso que nos desea Borges, otro gran habitante del territorio del Quijote, un ejemplar, usado por la relectura, de la gran obra de Cervantes por la que nos conoceremos mejor a nosotros mismos”.

La misma empresa citada, creada bajo los auspicios de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha para impulsar y dirigir los actos conmemorativos del IV Centenario del Quijote, ha lanzado, así mismo – en soporte DVD y a precio muy reducido – el  “Quijote” en dibujos animados; la producción española en la que to intervine como productor y que hace unos veinticinco años hizo las delicias de más de diez millones de españoles, niños y mayores. Otra nueva generación podrá, por tanto, saborear un producto audiovisual que convoca eficazmente a la lectura de la gran novela. Trátase en suma de conseguir que sea cada día menor el número de ciudadanos de esta Comunidad que no haya leído ese “Quijote” reconocido por todos como máximo exponente de nuestro común acervo cultural.

Balzac, Tolstoy, Flaubert, Carducci, el propio Shakespeare, coetáneo éste de Cervantes, y un sinnúmero de escritores célebres de todos los tiempos y latitudes, cuya lista sería imposible de reproducir, fueron devotos lectores del “Quijote”, obra literaria sobre la que volcaron unánimes y encendidos elogios. ¿Qué otro aval, qué otro impulso necesitamos los españoles, y en especial los castellano-manchegos para ponernos a leer, ¡pero ya!, tan importante obra? ¿No sentimos curiosidad por comprobar personalmente si son ciertos esos méritos y ese embrujo que en el mundo entero se atribuyen al “Quijote”? Resulta extraño observar que esta misma sociedad que a menudo se desvive por indagar en la vida privada  de personajes hueros que nada legan ni legarán jamás a nuestro tiempo, sea la que desdeña conocer esa gran historia en la que todos los tipos de España estamos representados.

Ningún español alcanzará a realizar plenamente la clásica consigna “noscete ipsum” (conócete a tí mismo) si no conoce el “Quijote”, porque es una lectura básica y fundamental para organizar nuestra personal y particular forma de ser, de pensar y de sentir.  Con razón insiste Barreda no sólo en la lectura, sino en la “relectura” de esta obra “por la que nos reconoceremos mejor a nosotros mismos”. Como ciudadano de un país en el que se lee muy poco, o en el que no se lee lo que más habría que leer, he pensado una y otra vez en que ello afecta negativamente a nuestra democracia porque impide el constante desarrollo del “mejor criterio” de los electores y pone en cuestión, por tanto, la calidad y madurez de su voto. Las lenguas del “Quijote” encierran por ello – y de añadidura – un incuestionable “valor” político.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 19 de enero de 2004

Pregón, año 2005: Pronunciado por Pepe Romagosa con ocasión de las Fiestas Patronales del “Barrio de Santiago” (Ciudad Real)

26/01/2010

Queridos vecinos y “adherentes” del Barrio de Santiago:

En el breve “saluda” que dirigí a los vecinos de “El Perchel” en el programa de actos de estas Fiestas, os hacía el comentario de que casi todos los días, cuando llego a Ciudad Real procedente de Peralvillo, doy con una señal indicadora que reza: “Iglesia de Santiago, Siglo XIII…” Trátase, sin duda, del templo más antiguo de la ciudad y del centro neurálgico del no menos antiguo barrio que lleva su nombre. La mención que en ese cartel se hace de la iglesia, y por extensión de este histórico barrio de Santiago – castizo también, si me permitís, como el madrileño de Chamberí – me hace meditar, casi todas las mañanas, sobre la gran importancia de aquel primer asentamiento humano, formado por los supervivientes del desastre de Alarcos que en aquel lejano siglo, y en el anterior, por decisión de un rey Sabio, constituyó el embrión de esta Ciudad Real moderna y pujante que en estos días ha registrado su habitante 70.000.

Mis reflexiones sobre el origen de este barrio – que ya algunos sabéis que me gusta reflexionar, e incluso, a veces, buscarle tres pies al gato – también me transportan a otro célebre barrio marroquí, el de Sete, integrante de la ciudad de Rabat, que hace años visité; porque según consta en los textos de historia de ese barrio africano, a él fueron llevados muchos de aquellos supervivientes de Alarcos, tras la destrucción e incendio, en 1195, de esa ciudad cristiana por el caudillo almohade Almanzor. Aún hoy pueden encontrarse en el citado barrio marroquí, familias enteras con apellidos tales como Carrión o Sabariegos, e incluso algún Barrera, nombres eminentemente manchegos que también debieron de ser los de muchas familias de aquellos exilados de Alarcos que, más afortunados, vinieron a poblar este barrio de Santiago en el siglo XII. Creo, sinceramente, que habría que realizar un estudio sobre esa rama de antepasados vuestros que se vio obligada a rehacer su vida allende el Estrecho, en tan lejano lugar de la Berbería. Y acaso estaría justificado promover un “rehermanamiento” – entre este histórico barrio de Santiago y el no menos histórico de Sete, en la ciudad marroquí; máxime si consideramos que ambos núcleos de población tuvieron su origen en el mismo tronco castellano hace la friolera de 800 años.

Como bien sabéis, en aquellos años en que tantos habitantes de Alarcos perdieron su hogar y su hacienda, cuando no la vida, Ciudad Real
se estaba formando en torno a un pozo de agua que era propiedad del hacendado más rico de estos parajes: don Gil Turro Ballesteros. El lugar se conocía, al parecer, como “Pozuelo de Don Gil”, y se extendía por las inmediaciones de lo que hoy es la Plaza del Pilar; aunque hay autores que lo mencionan como “Pozo de Don Gil”. Habréis observado que suele decirse que Villa Real (que tal era entonces el nombre de esta ciudad) fue fundada en el lugar llamado “Pozo (o pozuelo) seco de Don Gil”, y esto de “seco”, en mi opinión, podría ser inexacto. Digo ésto porque no habría tenido sentido fundar una ciudad junto a un pozo seco, y menos en una época en que el agua, como hoy, constituía la mayor fuente de vida de una población. Otra cosa, amigos, es que se tratara de un pozo de agua abundante en un principio, que llegara a secarse algún día, acaso siglos después, y que – entonces sí – hubiera pasado a llamarse con toda propiedad “el pozo seco de Don Gil”.

Curiosamente, y al contrario de lo que ocurría en otras regiones de España, y de Europa, por no decir del mundo, ninguna nueva población de la cuenca del Guadiana se construía cerca del río, porque en este tramo del Guadiana Alto las aguas fluían muy escasas y se estancaban en épocas de sequía, dando origen a graves epidemias. De ahí que algunos pueblos de nuestra actual provincia, como es el caso de Argamasilla de Alba, tuvieran que desplazarse dos o más veces de su lugar original, para irse alejando de ese río tan poco saludable entonces. A menudo, con cada cambio de emplazamiento el pueblo cambiaba de nombre, como sucedió en la localidad citada que antes de adoptar su actual topónimo se había llamado, sucesivamente, “Santa María” y “Lugar Nuevo”.
No pudo haber otra razón para no fundar Villa Real en un lugar más cerca del río, sobre todo si pensamos que la economía de su barrio más antiguo, éste de “Santiago” en el que nos encontramos, dependía en aquella época de la actividad de la pesca en sus aguas, mucho más que de la agricultura. En los campos aledaños a las casas del barrio estaban plantados los “percheles”, estructuras de madera destinadas al tendido de las redes después de cada jornada, o de cada noche de faena en el río.
De aquellas perchas proviene el apodo de “El Perchel” que acabó dándose al barrio.  Allí, al igual que en esos “Percheles de Málaga” que se hallaban situados a orillas del río Guadalmina y que Cervantes nos menciona (en boca del ventero, en el capítulo III de la Primera Parte del “Quijote”), se cosían y remendaban las redes. Sólo la proliferación de mosquitos y los insalubres efluvios provenientes del río pueden justificar la fundación de esta ciudad a tanta distancia de ese río – el Guadiana – que, paradójicamente, proporcionaba a este barrio, si no agua para consumo humano, sí abundantes capturas diarias de carpas, barbos y lucios de importante valor económico.Los percheles de este barrio, puestos a imaginar, habrían estado situados en esos parajes en los que iban a morir las dos o tres calles principales del barrio, exceptuando la antiquísima calle de Calatrava que continuaba extramuros, tras atravesar la célebre puerta, para fundirse con el camino real que llevaba, amén de a Toledo, a los restos de esa ciudad fortaleza – también arrasada por Almanzor, tras la destrucción de Alarcos – que había sido capital de la poderosa Orden de Calatrava. Los percheles debieron de ocupar los lugares periféricos del barrio, aunque todavía intramuros, al modo en el que se situaban las eras en las poblaciones de economía agraria, es decir, basada en el cereal. En las proximidades de los percheles debieron de estar, así mismo, los corrales destinados a recoger el ganado dentro de la ciudad realenga, en casos de ataques agarenos, o de incursiones de los entonces poco amistosos vecinos de Miguelturra y de otras poblaciones del Campo de Calatrava. Es también de suponer que en lugar de los madrugones para ir a trabajar las tierras, propios de otros lugares de La Mancha, aquí habría que madrugar para hacer el largo trayecto en carro, por ese tramo del Camino Real que se llamaba “de Peralvillo” (el cual seguía el antiguo trazado de la calzada romana), hasta el río, a dos leguas de esa Puerta de Calatrava que ya entonces, junto con la bellísima iglesia del siglo XIII, señoreaba el barrio; más allá, por tanto, de las antiguas quinterías de La Dehesilla y Valcansado, y hasta alcanzar las riberas próximas a los Baños del Emperador, o al molino de Malvecinos, donde estarían amarradas las barcas.

El río Guadiana, el de menor pendiente de la Península, y sin duda el más estepario, ofrecía a la sazón un limitado valor antropogeográfico, al no ser aptas sus aguas para el consumo humano (pensemos que las depuradoras se inventaron en épocas más modernas). Su único aprovechamiento, entonces, era el de la pesca y, más tarde, el riego. Poco contribuyó, pues, nuestro río a la pujanza o a la riqueza de este barrio. No tuvo El Perchel la suerte de esos barrios de otras ciudades europeas a las que los grandes ríos hicieron ricas. El Guadiana apenas servía, como se dice vulgarmente, para ir tirando.

No se si será por deformación profesional, pero habréis observado que este catalán “amanchegado” que os habla, se ha fabricado minuciosamente su “película”, o por lo menos un esbozo de un guión para ella, como si en lugar de vivir en el siglo XXI lo hubiera hecho en los siglos XII o XIII, cuando Villa Real contaba con 2000 habitantes, tenía ocho hermosas puertas recién construidas (Calatrava, La Mata, Granada, Ciruela, Alarcos, Santa María, El Carmen y Toledo) y su muralla completa. Esa época medieval en la que el 95 por ciento de la población no sabía leer ni escribir, y la ciudad era capital de esa organización famosa, enemiga del crimen y de la violencia, amén de precursora de nuestra moderna Guardia Civil, que se llamó “La Vieja y Santa Hermandad de Ciudad Real”. ¡Qué tiempos aquellos..!

No puedo dejar de imaginar el umbral de la iglesia, lleno como debía de estar en aquel tiempo de mendigos y mutilados. Hay que pensar que aquella Santa Hermandad, con todo y haber sido eficaz en la lucha contra los bandoleros – los “golfines” – que asolaron los caminos, aplicaba, con licencia del Rey, cruelísimos castigos; tales como el de cortar un pie a los reos de hurtos de hasta 500 maravedises (unos 70 euros de hoy), o de privar de las dos orejas a los convictos por robos de hasta 5000 maravedises (700 euros actuales); sin contar que para delitos o crímenes mayores se aplicaba la pena máxima (muerte por asaetamiento, o en la horca, en un paraje próximo a la aldea de Peralvillo). ¿Os imagináis el panorama que debió de ofrecer la entrada a esta iglesia junto a la que hoy nos encontramos, al igual que las entradas a la iglesia de San Pedro o a la Basílica Catedral?

Y es que, amigos, siempre es interesante conocer el ayer de los parajes en los que nos toca pastar hoy. Ahora, cuando me ha tocado pastar en La Mancha, he de confesaros que El Perchel (este extenso barrio que en un libro antiguo que conservo se dice que lo limitaban las calles Libertad, Paloma, Tintoreros y Jacinto) me ha cautivado. Y me ha cautivado por su sugestiva historia, por esa calidad de sus gentes que les – os – ha permitido sobrevivir a épocas muy difíciles; por su espíritu solidario (incluso, como he podido comprobar, con el Tercer Mundo); por ese Rey Santo que lo fundó, junto a los otros dos barrios importantes que en la época surgieron en la ciudad: el de Santa María y el de San Pedro; y por esa asociación de vecinos, siempre activa y entregada al barrio, que con tanto entusiasmo preside mi buen amigo e infatigable quijote local llamado Félix Barrera. 

Me gusta que vuestro barrio se llame “de Santiago” que es también el nombre de un hijo mío. El nombre que, como sabéis, equivale a Jacobo, a Jaime, a Yago, a Yagüe y a Diego. Es el nombre de uno de los hombres de confianza de nuestro Salvador; ese “Santiago el Mayor” que recibiera ese apelativo (permitirme el recordatorio) por ser el hermano mayor de San Juan Evangelista, y el que mejor supo transmitirnos la Buena Nueva. Sólo renuncio, me parece oportuno decirlo, a ese apodo hoy malsonante de “Santiago Matamoros”, que atrás quedó para siempre lo de matar moros, y ¡ojalá pudiéramos decir lo mismo de ese odioso verbo: “matar”!

Está bien esa conocida copla que reza “Mira si soy perchelero, que hasta en la Plaza Mayor, yo me siento perchelero”. Pero me gusta más la nueva idea de los vecinos de este barrio que se sienten “ciudadanos del mundo”, aunque también en Nueva York, o en Tokio, se sientan percheleros; porque ya todos leemos y escribimos, viajamos y navegamos por redes electrónicas y es tiempo de hablar y entenderse, en un plano de igualdad, con todos los pueblos de la tierra. Yo, por ejemplo, que soy catalán, también me siento manchego.

Metiendo como he metido mis narices en la historia de este barrio, me ha sorprendido gratamente descubrir cuántas personalidades de excepción han surgido de estas viviendas, antaño más humildes, entre las que nos encontramos. Perchelero fue Bernardo Mulleras, nacido precisamente en el número diez de la calle Calatrava, famoso médico y filántropo; y uno de los mayores pintores – López Villaseñor – que ha dado Castilla-La Mancha. ¿Y aquel sacerdote – “el Cura Castro” –  de perdurable recuerdo? Percheleros son también un montón de amigos míos, como los ex pandorgos Pío Gómez, rey de los cromados; Rafael Arcos, el que fuera mi padrino un día muy solemne para mí; Julián Gutiérrez, el “Guti”, incansable dirigente de peñas; el veterinario Eugenio, de la calle Juan de Ávila; el deportista fotógrafo David Céspedes; el ya mencionado Félix Barrera, verdadero culpable de que un servidor les esté dando esta paliza, y tantos otros que no voy a mencionar para no hacer la competencia a la guía telefónica, pero que han contribuido a hacer de El Perchel el amable y acogedor barrio que hoy es.

¡Ojalá que los percheleros, herederos de aquellos esforzados pescadores del Guadiana, sigan proyectando hacia el exterior su buen ejemplo de trabajo, capacidad de diálogo, amor y solidaridad. Por mi parte, seguiré alternando en mis conversaciones “barrio de Santiago” y “barrio de Perchel”, a partes iguales, cuando me refiera a este privilegiado distrito de la capital.

No quiero terminar sin levantar por un momento la mirada hacia esas celosías del Convento de Concepcionistas, tras las cuales deben de estar escuchándonos las monjitas… a las que dedico, desde aquí, al igual que al Apóstol Santiago, y a todos vosotros, un cariñoso saludo y mis mejores deseos de que paséis unas Felices Fiestas “de Santiago”.., o… “¡el Perchel!”

© 2005  José Romagosa Gironella

El Guadiana muere en Ruidera

16/01/2010

“El Guadiana ya no nace en las Lagunas de Ruidera”. Así reza el triste titular que encabeza un reciente y bien documentado artículo en El País. ¿Tendremos que decir a nuestros jóvenes que el Guadiana, el Nilo de la Mancha, hastiado de tanto saqueo y pillaje, se ha ido a nacer a otra parte? ¿Cómo vamos a explicarles que mientras el Ebro, por ejemplo, seguirá naciendo en Fontibre, como hace un millón de años, el Guadiana ya no brotará más de la tierra de Ruidera porque malvendimos su primogenitura por un plato de hortalizas? ¿Colgaremos el muerto a los infinitos pozos ilegales que sangraban el acuífero mientras mirábamos hacia otro lado, o a esos otros, “legales”, cuya perforación tan imprudentemente consentimos?  Los chicos, por fortuna, no aquilatarán la importancia del desastre, porque son demasiado bisoños para apiadarse de un mar subterráneo que no ven, o condolerse por un río mutilado que pronto dejarán de ver. Se limitarán a coger el tippex y quitar del mapa un par de centímetros de ondulante línea azul: de Ruidera al borde occidental de las Tablas de Daimiel, para ser precisos.   El maltrecho Acuífero 24, incapaz de seguir bombeando más hectómetros de agua tras tantos arponazos, pasa el relevo a su vecino, el 23, que tampoco está ya para estos trotes. ¡Cómo iba estar en mejor forma si ya venimos extrayéndole al pobre mucha más agua de la que recarga! Pero, ¿y los mayores?. ¿Nos hemos apiadado los mayores de ese mar, o de ese río? ¿Se han condolido los regantes, en su ceguera, al descubrir que también los Ojos del río se cegaban y las Tablas y demás humedales del sistema agonizaban de sed?  Leemos en el artículo citado que ciento ochenta y dos kilómetros del Guadiana se han perdido en su cabecera, y sobrecoge pensar que acaso nuestros jóvenes tengan que peregrinar algún día cauce seco abajo, para poder encontrarlo, ancho y ufano -¡e incluso navegable!-, allá por las vegas extremeñas o lusitanas.  ¡Qué tristeza, amigos, que tras un año como éste, único en medio siglo, en el que el espejismo de las lluvias nos ha permitido gozar del oasis manchego en su máximo esplendor, tengamos ahora que admitir que podemos perderlo para siempre! Señores políticos, señores confederados hidrográficos, señores regantes: poneos de acuerdo de una maldita vez para salvar con generosidad y talento esta región exuberante de la tierra de Don Quijote. Que los que vengan después puedan seguir embriagándose contemplando, como pudimos contemplar nosotros, el insólito espectáculo de este río guasón que, tras dejarse alumbrar por la tierra, teje ganchillo con ella. Que no seamos los últimos en gozar de estas lagunas lapislázuli que ora fluyen apacibles entre los lirios y las espadañas del Parque, ora saltan, blancas y alborozadas, en su atracción favorita: el Hundimiento.   Como resumió el Ayuntamiento de Argamasilla de Alba al prologar un magistral estudio de José Díaz-Pintado, debemos “denunciar y combatir cualquier intento, soterrado o abierto, de alterar, manipular, secuestrar o supeditar a intereses particulares este natural y verdadero bien común que es el Alto Guadiana”.

© 1998  José Romagosa Gironella

 

Esbozo histórico-geográfico de Peralvillo, reflexiones sobre su vinculación quijotesca y su proyección hacia el futuro

16/01/2010

En primer lugar, gracias a todos los presentes por haber venido hoy a Peralvillo. Constituís la mejor prueba de que esta aldea miguelturreña despierta interés. Antes de comenzar mi intervención, que espero no les aburra, quiero explicarles la razón de este mapa cuyos veinticuatro fragmentos acabamos de montar como los niños montan un puzzle. Su interés radica en que nos ayudará a situarnos, a algunos acaso por primera vez, en  este lugar de la Mancha en el que vivimos. Me consta que no todos saben que hay, por lo menos geográficamente, dos Miguelturra: el que podríamos llamar “Miguelturra Sur”, compuesto esencialmente por el pueblo de este nombre y sus campos circundantes, y el “Miguelturra Norte”, también denominado “Territorio Separado”, “Anejo de “Peralvillo” o, antiguamente, “Peralvillo Alto” y “Peralvillo Bajo”. Y ello se debe, creo, a que en los mapas al uso no se engordan lo suficiente sus respectivos límites, como aquí hemos hecho. Hay también quien  piensa que los dos territorios se comunican por algún punto, cosa que, como podéis ver, no sucede. Y, finalmente, otros dan por hecho que hay tan sólo un Miguelturra, el del pueblo, y que Peralvillo es, apenas, una pequeña aldea  al otro lado del río que depende de Miguelturra pueblo, es decir, como si toda esta extensa pedanía se limitara a un reducido número de casas y a 18 habitantes censados.

 Hace unos meses, cuando ya llevaba algún tiempo jugando a los detectives por estos pagos,  publiqué un artículo en la prensa titulado “Peralvillo: Miguelturra Norte”, que ya iba acompañado de una reproducción a escala reducida de este mismo plano. Como sea que dicho artículo contenía variada información sobre esto que estamos comentando, he traído conmigo suficientes fotocopias para que los que lo deseéis, podáis cogerlas después si es que no las habéis cogido ya. Sólo añadiré ahora que, territorialmente hablando, esta parte Norte en la que nos encontramos es la más importante de todo el término municipal, y basta una simple ojeada a este mapa para constatarlo. Como curiosidades adicionales, puedo añadir que esta Miguelturra Norte, donde ahora mismo estamos, acapara todos los ríos que bañan el municipio, a saber: el Guadiana, que hace de frontera natural al mediodía, y sus afluentes el Bañuelos y el Becea, los cuales, procedentes de Malagón y Fernán Caballero, pasan por Peralvillo unidos.

Observaréis que siempre hablamos del Bañuelos y casi nunca del Becea, por lo que es importante señalar que son los dos los que bañan esta vega, aunque lo hagan de consuno, antes de confluir en el actual embalse del Vicario. Algo así como el Tigris y el Éufrates, y la Mesopotamia, pero a escala, podríamos decir, de juguete.

Desde un punto de vista hidrográfico, por tanto, esta zona Norte de Miguelturra concentra una de las mayores riquezas hídricas de la región. Por otro lado, nuestra Ermita de Santa María la Blanca, en la que también se venera a San Marcos, conserva la última Virgen Blanca (aunque no la imagen original) que nos queda en este Campo de Calatrava en el que esta advocación mariana fue en un tiempo la más extendida. Curiosamente, sólo quedan dos vírgenes Blancas más en toda la Mancha, y éstas se encuentran en ese  Campo de Montiel  que perteneciera antaño a la Orden de Santiago.

 Y también otra aclaración oportuna que se refiere a los “Baños” o “Hervideros del Emperador”, situados en la margen derecha del Guadiana, dentro del anejo de Peralvillo. La aclaración, para conocimiento de cuantos están confundidos sobre este tema (que también me confundí yo en un principio), estriba en que dichos Baños o Hervideros del Emperador, no son distintos a los denominados “Baños” o “Hervideros de Trujillo”, por la sencilla razón de que se trata de los mismos. El error proviene, seguramente, del nombre  “Trujillo” que era el de la familia que los adquirió a mediados del siglo XIX , los reconstruyó y  tuvo en explotación hasta principios del siglo XX; así como al hecho de que, por dicha causa, unas veces se les haya llamado “del Emperador”, y otras, “de Trujillo”. Se que a algunos les sorprenderá esta aclaración, como a mí me sorprendió, y les invito a que consulten , si les resta alguna duda, el número dos de los excelentes Fascículos de Historia Local editados en 2001 por la Universidad Popular de Miguelturra. Si lo hacen quedarán atónitos, además, por la reproducción que dicho número contiene de un curioso anuncio en el que los propietarios del “Balneario Hervideros del Emperador” ofrecen habitaciones con cuarto y alcoba al precio de 1 peseta 50 céntimos diarios, y otras, sin alcoba, a peseta. Advierten que no se permitirá bañarse juntas a personas de distinto sexo. Eran, sin duda, otros tiempos.

Las ruinas, pues,  que hoy contemplamos gran parte del año inundadas por las aguas del Vicario, son las de unas construcciones del siglo XIX. El negocio, tras el ingente esfuerzo de recuperar los antiguos baños y volverlos a poner en servicio, debió de irles mal a los Trujillo y todo se vino abajo. Tal vez algunas de las piedras de aspecto ciclópeo que entrevemos entre las ruinas, sean las de los primitivos baños. Sea lo que fuere, impresiona esa capacidad que hemos tenido de permanecer impávidos ante la rápida destrucción de signos de nuestro pasado, incluso de nuestro pasado reciente. ¡Cómo pensar, viendo el desolado panorama actual, que hace menos de un siglo nuestros abuelos pudieron haber alquilado uno de esos cuartos a peseta diaria para curarse el reuma o la ictericia! Con nuestro vecino Luis, el dueño de “El Campestre”, he tenido ocasión de recorrer esas ruinas y de visitar la “hospedería” que los Trujillo se agenciaron mediante la adaptación de un viejo cortijo en cuya fachada aún puede verse el azulejo que reza “Casa de Baños” Luis me ha contado que vivió de niño con su familia en dicho edificio y que recuerda perfectamente aquellas dependencias que poco tiempo atrás habían sido utilizadas para las consultas médicas de los baños, así como las tablillas con los números de las antiguas habitaciones que aún estaban clavados en las puertas. También he leído que cuando en aquella hospedería no había habitaciones vacantes, los usuarios del balneario se hospedaban en casas particulares de esta aldea. Luis también ha comprendido por qué los que suponíamos dos baños distintos, son en realidad el mismo.

 La historia podríamos aplicarla igualmente a los célebres molinos harinero “del Emperador” y de “Malvecinos”, cuyas lamentables ruinas podemos contemplar hoy a uno y otro lado de los citados baños. y a distancias parecidas de éstos.

Tras mis pesquisas y lucubraciones sobre el tema, tiendo a unirme a cuantos afirman que estos baños y molinos fueron originalmente construidos por los romanos; dañados a lo largo de los siglos por frecuentes avenidas del río, y reconstruidos ya en el siglo XIX, para acabar en el XX en el abandono y ruina total en que hoy, en los albores del XXI, los contemplamos.  Retengamos, por el momento, estos datos:

 Miguelturra Norte, 18 habitantes censados, y casi 70.000 kilómetros cuadrados; Miguelturra Sur, 11.620 habitantes, y algo más de 50.000 kilómetros cuadrados.

A cada habitante de Miguelturra Sur, le tocan, por tanto, 4 Km. 2, mientras que a cada uno de los de esta zona Norte le corresponden en cómputo 4.000 Km.2. ¿No están notando ya ustedes que en esta apartada orilla como que se respira mejor?

Convendrán conmigo que siempre es bueno conocer el pasado y la historia del lugar en el que vivimos. El paisaje, con sus ríos, montes y dehesas; veredas o puentes, adquiere otra significación cuando hemos averiguado de qué batallas, flujos migratorios y demás acontecimientos humanos son testimonio mudo; cuando ya sabemos quienes fueron a lo largo de los tiempos sus dominadores de turno, o cómo vivió la población en cada una de las épocas. El motivo, pues, de esta charla no es otro que compartir el resultado de la modesta investigación documental y bibliográfica que éste que les habla ha ido realizando durante los últimos años, desde que reside en estos pagos. Dicha actividad, o si preferís “chafardeo” – para el que me siento muy inclinado – la he ido alternando, a ratos libres, con apasionantes inspecciones sobre el terreno, porque el campo, todos los campos, son también como libros que se leen con los pies.

Gracias a  ilustres expertos como Manuel Corchado Soriano, o Inocente Hervás y Buendía, así como a la existencia de importantes estudios ordenados por determinados reyes o ministros – Repertorios de Villuga y de Meneses, Relaciones Topográficas de Felipe II, Crónica General, Diccionario de Madoz, Catastro de Ensenada, etc. – sabemos bastante de lo sucedido por estas tierras del antiguo Campo de Calatrava, si bien las lagunas informativas se hacen cada vez más profundas a medida que intentamos remontarnos a periodos anteriores al año 1306, año, precisamente, en el que aparece mencionada por primera vez la aldea de “Per Alviello” (Peralvillo) como antiguo cortijo fortificado situado en terrenos baldíos de la Orden de Calatrava y dependiente, por tanto, desde la Reconquista, o más concretamente desde la victoria cristiana en las Navas de Tolosa, en 1212, de Calatrava la Vieja, donde la poderosa Orden , de cuyo poder sucesivos reyes castellanos estuvieron celosos, tenía en su castillo lo que podríamos llamar su cuartel general. Y así continuaron las cosas hasta la didolución de la Orden en 1836, junto al resto de órdenes militares, a excepción de las consagradas a la asistencia de enfermos, enseñanza de niños pobres, etc. que continuaron su actividad.

Miguelturra quedó huérfana, en cierto modo, de aquellos frailes guerreros que con aciertos y errores imposibles de valorar fuera de las circunstancias de la época, controlaron sus designios durante seis siglos. Claro que antes de la abolición, en el año citado, hace por tanto menos de dos siglos, la Orden hubo de presenciar la total destrucción de aquella ciudad y fortaleza por los ejércitos del caudillo Almanzor, en enero de 1196, tras haber arrasado aquellos ejércitos la ciudad de Alarcos en su avance imparable hacia Toledo. La Orden se refugió en Ciruela, después en Cobos, y, finalmente, en el castillo de Salvatierra, hasta que se decidió la construcción de un nuevo convento-fortaleza en el cerro del Alacranejo de Aldea del Rey, complejo arquitectónico que pasó a llamarse “Calatrava la Nueva”.

Terminadas las obras, en 1217, la Orden fijó definitivamente su residencia en ese nuevo lugar hasta que, otra vez, en 1802, tuvieron que abandonar el Sacro Convento para fijar su última residencia en el Monasterio de las Comendadoras Calatravas, de Almagro. Siguió luego, en 1835 la forzosa exclaustración de todos los religiosos y la extinción total de la Orden, como he dicho, en 1836. Increíble historia la de aquellos monjes-soldado que una mezcla de calumnias y de corrupciones internas llevó fatalmente a su fin, y que justificaría que en otra ocasión la analizáramos con más detenimiento, ya que fueron muchos los beneficios que la Orden había proporcionado a esta región, librándola primero de las devastadoras irrupciones agarenas y proporcionando después a sus pobladores tierras de labor para sus cosechas, extensos montes para sus ganados y hasta a muchos de ellos la autonomía política y administrativa de sus municipios para facilitar el desarrollo de su vida económica. He sacado estos últimos datos, principalmente, del libro “¡Salvemos a Calatrava” publicado en 1930 por Emilio Morales y Rivera, párroco arcipreste de Ciudad Real y correspondiente que fue de la Real Academia de la Historia.

 “Per Alviello”, al igual que “Miguel Turra”, eran los nombres de sus respectivos primeros pobladores. En la Mancha, más que en cualquier otra región de España, solía darse el nombre de su primer habitante a los caseríos que iban formándose en torno a la vivienda de aquél. Así, por ejemplo, la actual Ciudad Real, que se había llamado antes Villa Real, llevaba el nombre de Pozuelo de Don Gil cuando empezó a poblarse por familias procedentes de Alarcos que habían sobrevivido a la gran batalla y a la destrucción de sus hogares. Obviamente, Don Gil debió de ser si no el primer poblador, sí el vecino más relevante.

 Con respecto a Miguelturra, no falta quien defienda la tesis de que su primer poblador se llamaba Miguel, pero que la desinencia “turra” no responde al apellido de aquel señor sino que tendría su origen en el verbo “turrar”, quemar, en alusión a las siete veces que Miguelturra fue quemada durante los enfrentamientos con Ciudad Real. Recordemos que Villa Real fue fundada por  Alfonso X en 1255 (en este año 2005 en que nos encontramos, los ciudadrealeños celebrarán, como sabéis, el 750 Aniversario de dicha fundación) y que se fundó con el propósito principal de frenar con un nuevo e importante núcleo urbano, debidamente armado y amurallado (situado a tres kilómetros de Miguelturra y a doce de Per Alviello), el creciente poder de la Orden de Calatrava. De aquellas contiendas derivaron los nombre de los bandos enfrentados : “realengos”, también llamados “culipardos”, los que luchaban por Ciudad Real, y “churriegos”, los que lo hacían por Miguelturra.. Las causas  más frecuentes de las continuas refriegas entre ambas facciones era el muy conflictivo derecho a “leñar”.

 Vuelve a hablarse del cortijo de Per Alviello en las crónicas del incendio y ocupación de los que fue objeto por fuerzas de Ciudad Real, en 1323;  y poco más tarde, en 1329, con ocasión de la devolución de Per Alviello, con todo su término, a la Orden de Calatrava, por decisión de Alfonso XI. Finalmente, hay constancia de que en 1383 este término y su cortijo, junto con las dehesas del Corralejo y de las Navas de Ucenda, con  todos sus términos, es donado al concejo de Miguelturra. Es decir que la actual aldea en la que nos encontramos, y todo su término, pertenece a Miguelturra desde hace la friolera de 622 años. Por cierto que es en el documento de donación, firmado por el rey antes citado, donde por primera vez puede verse  escrito el nuevo nombre de Peralvillo, por deformación, obviamente, del original “Per Alviello”.

 Según Corchado Soriano (inicio la cita), “evidentemente se quiso compensar a los vecinos de Miguelturra las calamidades que por su posición fronteriza respecto a Villa Real les habían sobrevenido” (fin de la cita). Conviene recordar aquí que mientras Peralvillo fue incendiada una vez, Miguelturra fue quemada siete; lo que hoy la habría cualificado, sin duda,  para el Libro Guinnes de los Records.

 De Miguelturra sabemos que recibió la “Carta Puebla” en el año 1230, de manos del Gran Maestre de turno de la Orden de Calatrava, es decir, tres cuartos de siglo antes de la primera mención de Per Alviello de la que tenemos constancia. Las “cartas puebla”, como es sabido, consistían en una especie de diploma que contenía el repartimiento de tierras y derechos que se concedían a los pobladores del sitio o paraje en que se fundaba un pueblo. La historia de Miguelturra y la de su territorio separado de Peralvillo han dependido de dicha Orden  hasta la disolución de esa institución religioso – militar en el siglo XIX, es decir, no hace tanto tiempo.

Sobre el pasado remoto de estas tierra, son extraordinariamente escasos los restos arqueológicos encontrados, tanto en Miguelturra – pueblo como en el territorio separado de Peralvillo, por lo que sólo conjeturas pueden hacerse sobre su pasado íbero o romano. Personalmente, creo – así lo he escrito en alguna ocasión – que toda la Mancha es un inmenso yacimiento arqueológico todavía sin desvelar. Y esta zona no es una excepción. Prueba de ello son esas monedas romanas, restos de antiguas cerámicas y puntas de flecha de remotas épocas que más de un labrador ha encontrado al remover la tierra con el arado. Otra prueba la encontramos en esos castillejos anterromanos situados en la zona de la mojonera lindante con Fernán Caballero, al Oeste de Peralvillo.

Y es que esta comarca, y Peralvillo muy concretamente, por su emplazamiento privilegiado junto a un ramal de la calzada romana que unió Gades y Corduba con Toletum, tuvo que ser lugar de intenso tránsito durante siglos, al igual que escenario de diferentes batallas. Nos lo confirman esas ruinas, a media legua de la aldea, de los llamados “Baños, o Hervideros del Emperador”, y del Molino del mismo nombre, en pleno Guadiana. ¿A qué emperador se referirán? ¿A Julio Cesar? ¿Por qué no, si Julio Cesar estuvo por tres veces en Hispania y las batallas que libró forzosamente tuvieron que hacerle cruzar por esta región repetidas veces? ¿Por qué no si hay un largo tramo de calzada romana a pocos kilómetros de aquí, detrás de esa gasolinera próxima a la Azucarera de Ciudad Real; si el Camino Real que más tarde se construyó – y que también se llamó “Camino de Peralvillo” – seguía el trazado, casi exactamente, de la antigua vía romana? En el anuncio antes citado de estos baños, fechado en 1847, se indica que “existen desde tiempo inmemorial” y “que han permanecido abandonados y desconocidos de la generalidad”. Al describirse en ese documento sus instalaciones y la descomunal obra que en su día habría tenido que realizarse para aprovechar las virtudes medicinales de sus aguas ácido-ferruginosas, sólo ha lugar en nuestra mente para la inmensa capacidad constructora de esos providenciales invasores que supieron trocar la primitiva y pastoral Iberia en esa nueva y pujante Hispania que fue orgullo del Imperio y cimentación  principal para la España actual.

En un estudio que realicé en 1999 por encargo de los promotores de “El Reino de Don Quijote”, sobre la romanización del territorio que hoy comprende La Mancha, y que se inició, por cierto, en el siglo II antes de Cristo, pude hacer una lista de 37 lugares de Castilla-La Mancha en los que se han encontrado restos romanos, desde la importantísima villa del patricio “Materno”, en Carranque, hasta los yacimientos arqueológicos de Segóbriga, pasando por los de La Bienvenida; Granátula de Calatrava y, por descontado, Alarcos, amén de los puentes romanos de Orgaz, Villarta de San Juan, Tarazona de la Mancha, Villanueva de los Infantes, Talavera de la Reina y Granátula, entre otros. Indicaba en dicho estudio que con independencia de las ciudades y asentamientos romanos en la “Oretania”, sub-provincia del Imperio con capital en “Oretum”, en las proximidades de la actual Granátula, el territorio que hoy conocemos como la Mancha fue importante cruce de calzadas romanas militares (“vías consulares”, o “pretonianas”, de interés primordialmente estratégico), así como de vías “vecinales” destinadas a facilitar el comercio y los movimientos de la población. Como parte integrante de la provincia romana “Tarraconensis”, y zona de paso obligado entre las más prósperas ciudades de Hispania, la región alcanzó pronto el más alto grado de romanización. La Mancha entera, avanzaba en aquel informe, constituye un inmenso yacimiento arqueológico cuya exploración no ha hecho más que empezar. Por tanto, concluía, no resulta peregrina la idea de situar un “Palacio del César” (o un “domus imperator”) en algún lugar central de esta región, máxime cuando el propio Julio Cesar hubo de recorrerla repetidas veces durante sus largas estancias en Hispania: de un año de duración, como gobernador de la Hispania Ulterior, en el año 61, a.C.; con fines eminentemente bélicos en el 49, y de nuevo en el 45 a.C., cuando logra derrotar en Munda (la actual Montilla), prácticamente en el linde Sur de la Mancha actual, a los hijos de Pompeyo, en la trascendental batalla que puso fin a la guerra civil.

 Según Mariano Mondéjar Soto, la Miguelturra de hoy podría haber sido el lugar de la “Aquílice” romana, pero su presunción aún no ha sido demostrada. Lo que sí se ha demostrado, en cambio, y muy satisfactoriamente, como todos ustedes podrán comprobar en cuanto finalice esta charla, es que el nombre de “Aquílice”, posible antecesora romana de Miguelturra,  es, por el momento, el nombre de unos nuevos y excelentes vinos producidos por la miguelturreña cooperativa agraria que, a fe mía, van a dar mucho que hablar y para los cuales deseamos, dicho sea de paso, el mejor de los éxitos comerciales.

Pero, en llegando a este punto, también tendremos que hablar, digo yo, de esa historia que a algunos “nativos” parece producirles un poco de repelús, pero de la que debemos hablar porque pertenece a la Historia de España con mayúscula. Me refiero a ese “cerro de las horcas”, también llamado “de los palos”, en el que la Santa Hermandad, precursora de la actual Guardia Civil, cumplió durante siglos el triste oficio de ejecutar a los reos de graves crímenes y delitos. Allí está el cerro de marras, a medio kilometro más o menos de nuestra aldea, yendo hacia el Piélago, aunque partido ahora como por un hachazo por la carretera Ciudad Real-Toledo.

 Allí está junto al antiguo “camino real”, como ha estado siempre, sólo que ahora, afortunadamente, en el lugar en que se levantaron aquellos instrumentos de muerte, vemos crecer esos árboles plantados por Saturnino Asensio y que nos ofrecen el más optimista signo de vida y de esperanza.

 De aquellas horcas, nos guste o no, deriva la fama universal que Cervantes, por medio de su “Quijote”, quiso regalar a Peralvillo. Al igual que el nombre “Gólgota” es inseparable del  recuerdo de la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo; el “Colisseo” romano, del martirio de millares de cristianos; la “Torre de Londres” de un sinfín de decapitaciones por  perversas razones; o la Roca Tarpeya de la fea costumbre de precipitar al vacío a los reos de alta traición; Peralvillo no puede volver la espalda a esos episodios causantes de su universal celebridad. Después de todo, no fueron los escasos habitantes de Peralvillo (hubo un tiempo en que sólo había uno, que era el encargado de una  posadilla que aquí hubo del concejo), sino aquella severa institución llamada Santa Hermandad, la que, y desde Ciudad  Real para más señas, dictaba las condenas y ordenaba su ejecución en estos parajes alejados de la capital. 

Negarnos a rememorar aquellos tristes sucesos sería como si en Madrid, o en el propio Museo del Prado, se silenciaran los fusilamientos de La Moncloa durante la Guerra de Independencia, o se corriera un tupido velo sobre los  “autos de fe” y las horrendas  ejecuciones del Santo Oficio que se celebraron en la madrileña Plaza Mayor. La elección de Peralvillo con el sórdido fin para el que fue elegido, venía justificada únicamente por ser éste un lugar muy pasajero, y por la necesidad de que la exposición de los cuerpos de los ajusticiados en tan visible y elevado lugar subrayara el carácter de “castigo ejemplar” que quería darse a tales ejecuciones. Se trataba de obtener el deseado efecto disuasivo entre aquellos terroristas de la época, llamados “golfines”, que asolaban estos campos manchegos con sus crímenes y fechorías.

 En el célebre “Tesoro de la lengua castellana”, de Sebastián de Covarrubias, se define a Peralvillo como “un pago junto a Ciudad Real, adonde la Santa Hermandad hace justicia a los delincuentes con la pena de saetas”.

 Y sobre la mención que en el “Quijote” se hace de Peralvillo, la encontramos, como sabéis (los que hayáis leído la novela, claro), en el capítulo XLI de la II Parte, cuando en el jardín del Palacio de los Duques

están preparando a  Sancho para su vuelo imaginario, que el pobre Sancho piensa que será real, sobre Clavileño, el célebre caballo de madera. Mientras le aúpan sobre Clavileño y le ponen  la venda en los ojos, el pobre Sancho exclama, muerto de miedo: “¡qué mucho que tema no ande por aquí alguna región de diablos que den con nosotros en Peralvillo?”. Porque “dar en Peralvillo”, es decir, acabar los días de uno en Peralvillo, en el lenguaje de la época, equivalía a acabar pero que muy mal.  Tal era la fama que

Peralvillo tenía en toda la Mancha como lugar de ejecuciones. Y no sólo en la Mancha, a decir verdad, porque cuando en el Perú se produjo, en el siglo XVI, una explosión de bandolerismo que asolaba, al igual que en el Sur de España, campos y caminos, el Rey dispuso que se enviara un destacamento de la Santa Hermandad de Ciudad Real a aquel Virreinato para ayudar a fundar lo que pronto sería la Santa Hermandad de Lima. Pues bien, el lugar que se eligió para llevar a cabo las ejecuciones, era una loma junto al Camino Real que estaba situada a unas dos leguas al Norte de Lima. Y a aquel sitio se le dio el nombre, que aún conserva en nuestros días, de Peralvillo, en memoria del célebre lugar de ejecuciones allá en la Mancha, en la lejana España. Un curioso paralelismo de nombre, función y localización geográfica que justificaría, a mi modo de ver, un hermanamiento de aquella comunidad con la nuestra, y no precisamente para ampararnos en el españolísimo refrán “mal de muchos, consuelo de tontos”, sino para recordar con naturalidad una espeluznante historia compartida.

He aquí una lámina de un artista peruano, que curiosamente me descargó de Internet Javier Palomares, nuestro artistazo de hoy (que no sólo es cantante), en la que se reproduce la figura a caballo de un “alcalde”, o “jefe cuadrillero” de aquella Santa Hermandad de Lima, cuyos miembros también eran llamados unas veces “caballeros de la ley”, y otras, “custodios de la paz”. El texto que aparece junto a la imagen reza así: “Alcalde de la Santa Hermandad a fines del siglo XVI. El campo era el espacio en el que operaban los Alcaldes de la Santa Hermandad, apoyados por cuadrilleros (se llamaban así porque, como en la Mancha, formaban patrullas de a cuatro), en casos de robo, hurtos, salteamiento de caminos, muertes y heridas, incendios, raptos y violaciones de mujeres honestas (no dice nada de las deshonestas), todo ello ocurrido en despoblado o en yermo, como su similar lo hacía en España desde tiempos de los Reyes Católicos. Su actuación no fue constante, pues su mantenimiento corría a cargo de los vecinos tributarios (algo parecido a lo que ocurría en mi Cataluña natal con el “Somatén”), de allí su intermitencia.

 El Conde de la Granja envió desde Lima a la ilustre poetisa Sor Juana Inés de la Cruz, un romance laudatorio en el que incluía este verso “tranquilizador” sobre la fundación de aquella Santa Hermandad ultramarina “cuyo Tribunal es ya” – le comunicaba  – “picota del Peralvillo”:

Y aún hay otro “Peralvillo” en México (¡qué famosos fuimos!), fundado durante la colonia, al Norte también de su actual Distrito Federal, del que les hablaré otro día, siquiera para darles hoy un respiro; aunque en ese caso no se trataba de un patíbulo, como en Lima, sino de una aduana construida en tiempos de la corona, junta a la aldea de Tlatetolco y en la calzada llamada de Peralvillo, destinada a cobrar impuestos sobre el pulque que entraba en la capital (el pulque es ese cactus del que se extrae el tequila).

Hay una película mexicana de 1953, dirigida por Alejandro Galindo, que lleva el título “Los Fernández de Peralvillo” Habrá que indagar en la filmoteca nacional de ese país para conseguir una copia.

Otra sorpresa nos la depara el hecho de que en la capital mexicana existe una calle y un populoso barrio, ambos llamados “de Peralvillo”, al igual que  hay una calle en Miguelturra pueblo, sólo que aquellos están a miles de kilómetros de aquí.

Podría mencionar, así mismo, que he descubierto la existencia de una comedia española titulada “Los Beverly de Peralvillo”; de una murga que lleva el nombre de “Los últimos de Peralvillo”, y de otra película, ésta de 1988, intitulada “Los Hijos de Peralvillo”, si bien no he podido averiguar nada más sobre ellas. Habrá que continuar intentándolo. (De seguir así voy a necesitar una subvención del Ayuntamiento)

Pero aún no he terminado con mi informativo sobre ese cerro de los palos de este Peralvillo de nuestros desvelos que es, a fin de cuentas, el que nos ha tocado en suerte y cuya historia ni podemos ni debemos cambiar. Sólo desearía leer algunos textos, extraídos de libros viejos, en los que se transcriben testimonios presenciales de antiguos viajeros por estas tierras. Los considero necesarios para rematar esta historia y poder pasar a tratar, antes de concluir mi intervención, de un par de temas mucho más agradables y, para su tranquilidad, más cortos.

En el libro “El Campo de Calatrava. Los Pueblos”, de Corchado, leemos pasajes como este que sigue, extraído de un documento de 1482 y que a mi me pone la piel de gallina:

 “Desde la fundación de la Santa Hermandad se señaló Peralvillo por su situación sobre el camino real como lugar de las ejecuciones de los reos, razón por la cual arrastró triste celebridad, y de ello a mediados del XVI tenemos un testimonio directo:  …Saliendo yo de Ciudad Real para Toledo vi junto al camino en ciertas partes hombres asaeteados en mucha cantidad, mayormente en un lugar que se dice Peralvillo, y más adelante en un cerro alto, donde está el arca, que es un edificio donde echan los huesos después que se caen de los palos…”  La cita de Corchado, como he podido averiguar, porque él no lo aclara, es de un libro del viajero Pedro de Medina, publicado en 1549, con el título “Libro de grandezas y cosas memorables de España”.  En este libro se ironiza sobre la extrema rapidez de aquellos  procesos que a menudo habían llevado al patíbulo a personas inocentes. Podríamos decir que la Santa Hermandad actuó con frecuencia como precursora de aquel improvisado general que andando el tiempo se haría célebre por dictar sentencias de este tenor: “¡Afusílenlo, que dimpués veremos!”.

 En el viaje literario que a finales del XVIII realizó Don Antonio Ponz, cruzó por Peralvillo dejando el siguiente testimonio:”…tres leguas hay desde Fernán Caballero hasta Ciudad Real, y a medio camino después de Peralvillo, que es una aldea, se sube una lomita, en cuya cumbre se encuentra una especie de depósito o carnerario, en donde la Santa Hermandad solía hacer en otro tiempo sus ejecuciones de justicia contra los salteadores de caminos y dejaban allí sus cadáveres…”

En 1911, el Padre Clemente Cortejón, anotador del “Quijote”, mencionaba que ” en la actualidad (1911) hay dos Peralvillo, alto y bajo, formados por dos caseríos de 15 habitantes, de hecho y de derecho, el primero, y de 7 el segundo. Uno y otro están agregados al término de Miguelturra, partido judicial de Ciudad Real. Viénele la celebridad a Peralvillo, porque en él la Santa Hermandad Real y Vieja de Ciudad Real ahorcaba a los criminales, y para mayor afrenta los asaeteaba después, dejándolos luego insepultos”.

Por cierto que algunos vecinos de Peralvillo creemos haber localizado ese “arca” u osario que algunos escritores sitúan a pocos pies del cerro de marras y desearíamos que los organismos competentes pudieran proceder a su excavación y examen. De la célebre arca, u osario hay referencias también en el  libro “Historia documentada de Ciudad Real”, de Luis Delgado.

Cambiamos ahora de tercio, para acabar mi intervención con buen pie. Hablemos, pues, de cosas bonitas, como es, por ejemplo, que en los últimos dos o tres años, dos vecinos de Madrid, uno ya retirado de una vida más que activa – éste que les habla – y otro – el amigo que ya todos llamamos

aquí  “Tito”, o “el Marqués” – aún en plena actividad empresarial y enamorado de esta aldea y de sus paisajes, han fijado su residencia, fija o intermitente, en esta pedanía. Y hay otras familias que se están asentando aquí, aunque sólo vengan, de momento, los fines de semana y festivos. Pero es una clara señal, tras siglos de escaso crecimiento vegetativo de esta población, de que las cosas cambian y de que, nadie puede negarlo, “Peralvillo atrae”.

Tito es el causante, entre muchas otras cosas, de que ya todos sepamos aquí lo que es un tamarindo; pero, sobre todo, de ese eslogan de su invención que reza “PERALVILLO, ALDEA ECOLÓGICA” que ya tiene hasta una larga pancarta para extender por lo alto de la carretera en ocasiones señaladas, como fue la del reciente “Día Ecológico” que se dedicó a la limpieza. Creo que es bueno que Peralvillo tenga otro vecino – José Antonio Rodrigo – que pinta al óleo y sabe hacer lo que se proponga con sus manos; otros, u otras, como el propio Saturnino, nuestro alcalde pedáneo, y Dª Manuela, que componen poesía; otro, catalán por más señas, que escribe sobre Peralvillo en los periódicos de la región; bastantes vecinos y vecinas que bordan – fíjense que cosa tan difícil – bordan las migas y las gachas. Y también un artista carpintero de la Diputación

Provincial recientemente jubilado; un gran restaurante que hace que la gente se pare a conocernos y a “embaular”, que así es como se llama en el “Quijote” al buen yantar. No nos falta un excelente escultor  – Ramón de la Ossa —  con un bellísimo Cristo labrado en un tronco (un tronco que por su caprichosa forma natural ya proporciona la mitad de la escultura) que parece cosa de milagro. Junto a las aguas más próximas a la aldea, puede contemplarse la llamada “Cruz del Obispo”, triste recuerdo de uno de los enfrentamientos más penosos de nuestra historia, y a este lado de la carretera, junto al viejo camino de Peralvillo, nuestra Asociacion de Vecinos se propone reponer una columna, hoy desaparecida, que estaba coronada por una cruz de forja y en cuya base de granito figuraba la inscripción “Por este lugar pasó Fray Luis de León”.

Disponemos, cómo no, de agricultores con experiencia de muchas generaciones que podrían sentar cátedra de sus conocimientos de “agri – cultura”  en cualquier Facultad de Ciencias Agrarias, cual es mi amigo Sotero, porque aquí, además de los cultivos actuales, se ha cultivado en el pasado desde el tabaco hasta el arroz pasando por toda clase imaginable de productos. También, tenemos en Peralvillo una de las viñas – la del Paraíso – más grandes de toda la Mancha, con sus casi 500 hectáreas de viña de espaldera e irrigada. Y, cómo no, contamos con una importante cabaña de vacuno – la del Congosto – la antigua quintería que toma el nombre de ese estrechamiento de los montes que más abajo se desborda en los amplios pastos de la vega del Bañuelos ¡y el Becea! y que fue antaño, según podemos leer en viejos libros, escenario de numerosas batallas y posible cuna de antiguas civilizaciones. Saludo desde aquí a nuestro vecinos y amigos José Luis, Mª Sagrario, Rocio y Rociito, representantes de las tres últimas generaciones vinculadas a esta antigua heredad.

Sucede con esta propiedad algo parecido a lo que ocurre con la histórica finca “La Torrecilla”, algo más lejos de aquí, que también se menciona muy frecuentemente en antiguos textos. De ella podrían hablarnos mucho mejor que yo Eduardo Barco y su esposa Ana, dos de los excelentes amigos que he hecho en esta tierra y que también veo esta tarde aquí. Tenemos, por citar alguno vecino más, y que los demás me perdonen por no poder dar aquí la lista telefónica, al miguelturreño Federico Valero, “chafardero” impenitente de nuestra historia local, como yo, que escribe sobre nuestro Puente de Hierro en el Guadiana, ese puente que habrá que restaurar urgentemente y que hay quien dice que lo proyectó el mismísimo Eiffel, el de la célebre torre parisiense. 

Pocos kilómetros más arriba, llegando a Fernán Caballero, va a construirse, según me han contado, una urbanización para más de 250 chalets. Pocos kilómetros más abajo, ya disponemos de un centro de golf que pronto será uno de los más importantes de Europa, amén de ese “Reino de Don Quijote”, en parte de cuyo diseño este que les habla tuvo el placer de colaborar, y que albergará, Dios mediante,  hoteles, zonas de ocio de todo tipo y nuevas zonas residenciales. La Puerta de Toledo y su nueva prolongación urbana cada día está más cerca; y lo mismo sucederá con Fernán Caballero. Entre este último pueblo y Peralvillo, el cerrillo de la Casa de Madera pronto estará ocupado por dos vecinos más, aunque sean de fin de semana. Hola, David; hola Pío; y Señoras. Uno de ellos, por cierto, es un joven fotógrafo ciudadrealeño – David Céspedes – avezado piloto en días festivos de ese extraño artefacto llamado “parapente” que a menudo vemos sobrevolar nuestra aldea; el mismo que, como experto escalador, coronó en su primera juventud media docena de las cumbres más altas del mundo: el Aconcagua, el Kilimanjaro, el Mc Kinley,…y plantó en ellas sus consabidas banderillas con la enseña de Castilla-La Mancha. Este es uno de los numerosos libros que publicó sobre sus arriesgadas escaladas: concretamente el referido a la escalada del Mc Kinley, en el corazón de Alaska. Y el otro nuevo vecino que he citado, el conocido industrial ciudadrealeño propietario de “Cromados Pío”.

 Y no podemos olvidar esa autovía Toledo-Ciudad Real que pronto pasará por detrás nuestro, como rozándonos el cogote, y de la que partirá un desvío hacia Peralvillo, con una glorieta a trescientos metros más arriba de la actual carretera que, Dios lo quiera, obligará a aminorar la marcha a los coches que actualmente bajan como locos desde la curva de las “olivas”; ni el gran “Aeropuerto Quijote”, que va a ser “vecino” de ese histórico caserío de “La Torrecilla” mencionado antes, y que ya está en una fase muy avanzada de obras. Obras que afectarán, favorablemente sin duda alguna, a las comunicaciones y al progreso de toda la región. Podríamos hablar aún de esa nueva autovía que a la altura del nuevo Aeropuerto comunicará Valencia, vía la Mancha, con Lisboa. Frente por frente de la aldea, por si los proyectos ya citados fueran poco, el Ministerio de Medio Ambiente y otras instituciones están acondicionando nuestro humedal para convertirlo en un edén en medio de la sequedad y en una importante reserva de fauna acuática. Hasta los flamencos rosa vienen a vernos. Y, para postre, ahora nos han caído, como llovidos del cielo, esos doce kilómetros de la “Ruta del Quijote” y este mismo edificio en el que nos encontramos, ampliación realizada por el Ayuntamiento de Miguelturra del local de la antigua escuela, para que todos estemos contentos, aunque, naturalmente, no lo exterioricemos demasiado para que ese ayuntamiento siga invirtiendo en  Peralvillo sin pausa, como está mandado. Tenemos que ser un poco británicos en estas cuestiones.

 En fín, amigos, que Peralvillo es un pequeño lugar privilegiado. Tanto es así que somos pequeños pero tenemos, ¡ahí es nada!, dos alcaldes. Uno a doce kilómetros de distancia pero que se presenta en cuanto le llamamos, y otro, el alcalde pedáneo, un alcalde de “estar por casa” como podríamos decir cariñosamente, domiciliado a treinta metros de aquí. O sea que somos abundantes, en el buen sentido de la palabra (porque ya he aprendido que en la Mancha lo de “abundante” tiene otras connotaciones). Por tener, hasta tenemos en este Miguelturra Norte todos los ríos del municipio, todos los humedales del municipio y las más hermosas puestas de sol del municipio. Encima, nuestro territorio, Miguelturra Norte, es más extenso que  Miguelturra Sur. Es natural que un servidor vea este territorio como la joya de la corona.

Sólo nos faltaría saber – y ya voy terminando – cómo nos llamamos: ¿peralvillenses?, ¿peralvillescos?. ¿peralvillanos?, “peralvinos” o “peralvilleros”, y esto habrá que decidirlo o, como dicen los políticos, “consensuarlo”.

Por último, yo que antes era defensor de la grafía de Peralvillo con “b” de Barcelona, he de reconocer que me he cambiado de chaqueta y defiendo ahora todo lo contrario, o sea: Peralvillo con “v” de Valencia. Han sido demasiadas las veces que en toda clase de libros y documentos lo he visto escrito con “v”, como corresponde a un nombre derivado de “Per Alviello”, para que verlo escrito con “b” como hace la Dirección Nacional de Tráfico, Telefónica y Correos, no me parezca un atropello. Así que me arrimo a la referencia al respecto, que antes combatía.

Muchas gracias.

Conferencia pronunciada por Pepe Romagosa ,
Presidente de la Asociación Cultural “Ciudad Real Quijote 2000”,
en el Centro de Usos Múltples de Peralvillo (Ciudad Real),
el día 22 de enero de 2005, a las 18,00 horas

© 2005  José Romagosa Gironella

“¡Pardiez, cómo está la Ruta!”

25/12/2009

Contemplo, desplegada ante mis ojos por enésima vez, una generosa ampliación que hace tiempo me agencié de “el mapa”. Me refiero a ese mapa de la Ruta del Quijote, delineado “hacia 1765”, que tengo para mí como el más fiable. Se trata, sin duda alguna, del primer trazado de la Ruta, y mi credulidad se basa en las siguientes razones: PRIMERA, que su confección fue encargada de forma expresa por el propio Rey de España. SEGUNDA, que fue delineado por D. Tomás López, geógrafo de S.M., según las observaciones hechas sobre el terreno por D. Joseph de Hermosillla, Capitán de Ingenieros. TERCERA, que el trabajo se realizó cuando apenas habrían transcurrido 149 años desde la muerte de Cervantes, o 160 desde la primera edición del “Quijote”. Y CUARTA, que tanto el mapa como la Ruta (“Mapa de una porción del Reyno de España que comprehende los pasages por donde anduvo Don Quixote, y los sitios de sus aventuras”), fueron oficialmente adoptados por la Real Academia Española ya en el año 1780.

De igual forma, convendría salir al paso de quienes pudieran objetar que en el mapa de esta Ruta que me he atrevido a llamar “de 1765” (con la matización cautelar “circa”), Argamasilla de Alba no figura señalada con el número “1”, y que este número sí figura, en cambio, indicando el paraje donde los autores del mapa y de la Ruta sitúan la “Venta donde (Don Quijote) fue armado Caballero”. La explicación está en que los autores, al señalar los 35 hitos que habían decidido resaltar, comenzaron la numeración con la primera aventura que le sucedió a Don Quijote tras efectuar cada una de sus célebres salidas. Por decirlo de otro modo, es como si al lugar de partida de la primera salida – Argamasilla de Alba – le hubieran asignado el número “0”, reservando el “1” para la inmediata primera aventura. En cualquier caso, el objetor debería admitir que la venta donde Don Quijote fue armado caballero nunca podría haber sido, simultáneamente, su pueblo, por mucho número “1” que se asignara a la tal venta en la delineación del mapa. A la misma economía numeradora responde el hito “35” y último de la Ruta, que los autores sitúan en un lugar próximo al Ebro, al nordeste de “Osera”, “donde le encontraron (a Don Quijote) los criados del Duque y le llevaron al Palacio desde donde se volvió á su aldea, y murió.” A lo que le sucede a nuestro héroe después del citado encuentro, ya no le asignan número alguno, como si la aventura de los cerdos hubiese sido, como bien puede argüirse, la última de las que le sucedieron. Pero es más que suficiente el encarnado trazo de la Ruta –y los hitos tan claramente señalados en ella – para reconocer en Argamasilla de Alba la patria y el solar de nuestro Hidalgo. El hito “4”de dicha Ruta, que los autores sitúan exactamente en Argamasilla de Alba, se explica al margen del mapa con este más que elocuente doble texto: “Aventura de los Mercaderes donde (Don Quijote) quedó molido a palos, y le conduxo a su lugar Pedro Alonso su vecino. Segunda salida con Sancho por el Campo de Montiel”. Luego, si a la Argamasilla de Alba llega Don Quijote cuando el vecino le conduce “a su lugar”, y de la Argamasilla de Alba sale, esta vez con Sancho, para empezar a caminar por el Campo de Montiel, ¿tan difícil es deducir que Argamasilla de Alba, punto de partida y de regreso del Ingenioso Hidalgo, es el famoso “lugar de la Mancha” al que Cervantes alude al principio de la Novela? ¿A qué viene el empeño por contradecir a los ilustres profesionales que así lo entendieron al confeccionar el mapa y la Ruta, y a estudiosos como Pellicer, Fernández de Navarrete, Clemencín, Hartzenbusch, Robinson Smith, Rivadeneyra, “Azorín”, Walter Starkie, y tantos otros?

Respaldo a la verdadera Ruta

En cuanto al año 1765, en el que me ha parecido razonable datar el mapa de forma aproximada, acepto de antemano cualquier réplica que pudiera proporcionar una datación más precisa. Aunque ello, a la postre, sería menos trascendente que reconocer, de una vez por todas, que la mejor “ruta del “Quijote” que se nos ha dado o, si se quiere, “la menos mala”, es la elaborada por Tomás López y Joseph de Hermosilla hace la friolera de 235 años (“circa”). Así debió de considerarlo la Real Academia Española, cuando incluyó dicha Ruta en su edición corregida del “Quijote”, de 1780: En el prólogo de la citada edición, la propia Academia declaraba que “… para satisfacer mas la curiosidad de los lectores, se ha puesto un mapa, que comprehende una buena porción de España, y en el qual se ven demarcados con una linea encarnada los viages de Don Quixote, trabajado con toda exâctitud por Don Tomas Lopez Geógrafo de S.M. con arreglo á las observaciones hechas sobre el mismo terreno por Don Joseph de Hermosilla, Capitán que fue del Real Cuerpo de Ingenieros”. Es en esa misma edición de la Academia, y concretamente en el “Plan Cronológico” que figura a continuación del prólogo citado, donde puede leerse: “…El día 28 continuaron su camino: á la noche acabó Sancho de azotarse por el desencanto de Dulcinea, y al siguiente dia 29 entráron en Argamasilla de Alba su patria”. He aquí, casi sin buscarla, una razón de más para renunciar a estériles discusiones sobre la verdadera patria de Don Quijote. ¿Qué dirían los Académicos de 1780, si levantaran la cabeza, de la unilateral corrección que, andando el tiempo, otro académico intentaría introducir en aquella Ruta, enmendándoles drásticamente la plana?. El hecho de que Cervantes sufriera prisión en dos ocasiones en la cárcel real de Sevilla, parece haber sido el gran argumento, huérfano de rigurosa metodología científica, del interesado repudio que Rodríguez Marín hace de Argamasilla de Alba. A esta conclusión, o a la duda en el mejor de los casos, podrá llegar quien examine objetivamente la controvertida “Crónica del Centenario del Don Quijote”, de 1905. E incluso esa duda, si la abrigara, le vendría de inmediato disipada con sólo hojear el “Quijote” apócrifo de ese coetáneo de Cervantes que se ocultó bajo el falso nombre de “Avellaneda”, ya que en este libro, que pretendía pasar por una continuación de la novela de Cervantes, se menciona repetidamente a la “Argamesilla” como patria del célebre hidalgo, desde la propia dedicatoria que reza: “Al Alcalde, Regidores e Hidalgos de la Noble Villa de la Argamesilla de la Mancha, Patria Feliz del Hidalgo Caballero Don Quijote, Ilustre de los Profesores de la Caballería Andante”, hasta el penúltimo capítulo en el que se dice taxativamente “el Argamesilla de la Mancha, junto al Toboso”. Y lo que venimos diciendo todos, (menos esos “especialistas” que parecen no tener otra cosa mejor en la que entretenerse) es, simple y llanamente, lo que cualquiera puede comprobar: que no hay más Argamasilla “junto a El Toboso”, que Argamasilla de Alba.

Algunos anotadores del “Quijote” (“…de los interpretadores y de los comentaristas, ¡líbranos Señor!”- exclamaba C. J. Cela en su elegía “La Mancha en el corazón y en los ojos”), han venido proponiendo otros muchos lugares como probables patrias de don Alonso Quijano. En una edición anotada de Editorial Sopena, reproducida recientemente por Editorial Óptima sin indicación alguna sobre quién es el anotador, se incluye la nota “Se presume Argamasilla de Calatrava”, a pie de página y a modo de aclaración de la célebre frase “En un lugar de la Mancha…”. La ceremonia de la confusión, o de las presunciones, como se ve, sigue celebrándose, al margen de cuantos permanecemos fieles a las fuentes clásicas. “No hay razón alguna para dudar”- afirma Teignmouth Shore, en su nota biográfica sobre Cervantes, en la edición del “Quijote” de The Hogarth Press – “que (Cervantes) fue en cierta ocasión empleado por el Prior de la Orden de San Juan en la Mancha, y que habiendo intentado desarrollar su misión en el pueblo de Argamasilla, tuvo ciertos problemas con sus habitantes y acabó encerrado en prisión”. Este pueblo (necesariamente Argamasilla de Alba, por ser la única Argamasilla perteneciente en la época al Priorato de San Juan), y no cualquier otro (Argamasilla de Calatrava indica con su propio y nobilísimo nombre de qué otra Orden dependía), es el que debemos tener como lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes. Ergo, ese “hidalgo de los de lanza en astillero, rocín flaco y galgo corredor…” que, según Cervantes nos dice, “había” en ese preciso lugar, únicamente pudo tener a la Argamasilla de Alba como patria. Obviamente, para este viaje no hacían falta tantas alforjas, pues forman legión cuantos vienen aseverando lo mismo desde el siglo XVIII. Ante la falta de pruebas en contrario de quienes , erre que erre, siguen negando lo evidente, la Ruta de López y Hermosilla va, como se dice vulgarmente, a misa. Y, según el principio clásico: “in claris non fit interpretatio”.

Como he podido comprobar, ninguno de las dos profesionales implicados en la ejecución del encargo era oriundo de población alguna española que posteriormente viniera identificada en la Ruta. El geógrafo, era natural de Madrid, y el ingeniero, de Llerena, provincia de Badajoz. De ello puede inferirse que el trabajo vino confiado a expertos absolutamente imparciales –en cuanto a su origen- y supuestamente capaces, por tanto, de llevarlo a cabo con toda objetividad. En cuanto a la fecha que he osado atribuir al mapa, ya que el mismo no fue datado en su día, sólo añadir que la he conjeturado teniendo en cuenta el año en que el ilustre geógrafo contaba 35 años de edad, y el célebre arquitecto rondaba los 55. Ni demasiado joven el primero, ni excesivamente viejo el segundo. En cualquier caso, edades suficientes para que López hubiera podido completar su ambicioso “Atlas Geográfico de España”(que tan a tiempo llegaría para la confección de la Ruta), y Hermosilla, sus célebres proyectos para el Convento de Trinitarios, Hospital General y Paseo del Prado, de Madrid. Trabajos éstos, indicadores de madurez y excelencia, que no podían pasar inadvertidos a un monarca interesado en emprendimientos solventes. No sería lógico pensar que personas de tal relevancia hubieran podido abordar con ligereza la ejecución del real encargo.

La alusión al tiempo transcurrido desde el año de fallecimiento de Cervantes, o desde la primera edición de su obra inmortal, tiene por objeto avalar los siguientes razonamientos complementarios: UNO, que

en el año 1765, en el que he supuesto el trazado de la Ruta, todavía debían de hallarse presentes y fácilmente identificables, muchas de las referencias toponímicas , topográficas y arquitectónicas (ventas, batanes, arroyos, bosques, etc.) que se mencionan en la Novela. DOS, que la información oral que podían proporcionar los lugareños (aún los de tercera o cuarta generación), tanto respecto a posibles viajes de Cervantes por las regiones recorridas más tarde por Don Quijote, como a la localización geográfica de lugares, caminos o pasajes de la Obra, hubo de ser mucho más útil y fehaciente entonces que cualquiera de las investigaciones – con frecuencia más retóricas que otra cosa – acometidas en siglos posteriores. Y TRES, que las noticias sobre personas reales en las que Cervantes hubiera podido inspirarse para la creación de sus personajes (v.g.: el Caballero del Verde Gabán, el bandolero Roque Guinart, y el propio don Alonso Quijano); o sobre los lugares en los que eventualmente vivieron tales personas, debieron de constituir una valiosa información – y “reciente”, podríamos añadir, desde nuestro remoto mirador actual – para aquellos prestigiosos profesionales que en el siglo XVIII habían recibido la regia comisión de establecer una ruta fiel a una obra literaria del XVII que ya era orgullo de las letras españolas, así como a la intención del Autor.

Debido a estas elucubraciones, se siente uno contrariado por todas esas rutas de moderno cuño que se han ido inventando y que con frecuencia parecen obedecer a extraños intereses de sus postulantes. Las teorías prodigadas por un sinfín de “expertos” y “anotadores” del “Quijote” acerca de la manida ruta – en las que se llega a impugnar a menudo a los impugnadores -, han logrado tejer un tupido velo de confusionismo que ya es imposible desentrañar. (“Los estudios cervantinos son tan caóticos, y las posturas tan contradictorias, que cada especialista disiente profundamente de la mayor parte de lo que se ha escrito”- afirma Daniel Eisenberg en su ensayo “A Study of Don Quixote”). Y tiene razón el norteamericano en esto, pues yo mismo, sin ser un especialista, disiento de muchas de sus apreciaciones, al igual que él disentirá del contenido del presente artículo, si llega a leerlo. Diríase que los nuevos “especialistas” se hallan, como Penélope, ante la problemática de un tapiz interminable, debida en este caso al deliberado extravío del patrón. El mismo Rodríguez Marín, por ejemplo, quien contribuyó con impagables aportaciones a un mejor conocimiento de la obra cervantina, pudo haberse dejado llevar por la fuerza de la sangre, o del paisanaje, al afirmar, en el discurso que pronunció en 1905 ante la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, este sofisma: “Destruida para siempre la absurda fábula de la prisión de Cervantes en la Argamasilla de Alba, no cabe duda que se refirió a la de Sevilla”. Huelga añadir el dato de que el prestigioso autor de “El Alma de Andalucía”, y de aquella sentencia, era natural de Osuna (Sevilla). He aquí por qué me ha parecido oportuno subrayar en esta reflexión que los autores de la “Ruta de 1765”, sí pudieron ser tenidos por imparciales en cuanto a su patria chica de origen, tanto por el soberano a la sazón reinante como por cualquier plebeyo quisquilloso como yo. O, si se quiere, aquel “tándem” de investigadores por designación real, pudo ser considerado bastante menos sospechoso de imparcialidad de lo que hoy se nos antoja el ilustre prócer andaluz. No cabe duda, en todo caso, que aquella culta Academia Sevillana, y Sevilla en pleno, tuvieron que quedar encantadas con el veredicto de un reputado intelectual bético que, para más inri, apuntalaba sus construcciones retóricas con el sólito arbotante: “de la Real Academia Española”. 

© 2009 José Romagosa Gironella

“La Mancha de Don Quijote”

25/12/2009

“LA MANCHA DE DON QUIJOTE” 

Editorial Everest, S.A.  1980  ISBN: 84-241-4602-6.

© 1980 José Romagosa Gironella

Podrás leer el libro online completo en http://www.quijote.tv/lmdq1.htm

“El nombre de LA MANCHA, derivado de la denominación árabe “AI-Mansha” -tierra seca -.distingue universalmente a una de las regiones más hermosas y atrayentes de nuestro planeta, que en la antigüedad fue conocida como “Campo Espertario”.
Cualquier intento de penetración en La Mancha, en su geografía, en su historia, o en la magnitud oceánica de sus paisajes; cualquier pretensión de comprender la particular idiosincrasia de sus gentes, precisará siempre de dos apoyaturas imprescindibles, sin las cuales todo esfuerzo resultaría inútil: Cervantes y…, sobre todo, Don Quijote, el Señor de La Mancha.

y aún así tendremos que admitir a la postre nuestra impotencia, porque ni siquiera con la ayuda del Príncipe de los Ingenios, o con la de ese personaje tremendamente real creado por él, alcanzaremos a descifrar medianamente el hechizo de esta tierra, que continuará antojándosenos irreal y esotérica, por más que la palpemos o auscultemos.

La historia de la Mancha, que de algún modo arranca de las Ordenes Mili- tares que la arrebataron del dominio árabe, se detiene en Argamasilla de Alba en los albores del Siglo XVII, para reanudarse seguidamente con la llegada a ese mismo lugar de un hombre, ex soldado de Lepanto y escritor de comedias maltratado por la fortuna, llamado Don Miguel de Cervantes Saavedra.

http://www.quijote.tv/lmdq1.htm