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ARGAMASILLA DE ALBA Y EL CABALLERO DEL VIOLÍN

05/02/2010

Ha caído en mis manos un ejemplar de la obra Don Gipsy (Don Gitano), que allá por 1935 compuso Walter Starkie para dar continuación a sus exitosas Aventuras de un Irlandés en España. O sea que mientras mi madre apretaba en una apartada ciudad del otro extremo de España para darme a luz, el célebre hispanista recorría, bloc en mano e inseparable violín a cuestas, esa Andalucía gitana de Carmen y cante jondo que anhelaba retratar.

¡Y vaya si la retrató!. Con la máxima precisión y detalle, como sólo de un gran observador de su talla se habría podido esperar. Hay una parte en el libro, titulada Viernes Santo en Sevilla, de auténtica antología. Leerla hoy es como si el tiempo no hubiera pasado, salvo por aquellas saetas cantoras que en esa Semana Santa del año en que yo nací , y ante el célebre paso del Cristo del Gran Poder, improvisaba en las calles sevillanas la Niña de los Peines. El lector, concentrado en la narración, viene arrastrado por el ritmo ensordecedor de las palmas de acompañamiento y la embriagadora fragancia del azahar, el incienso y la cera quemada. “La cabeza me daba vueltas”- anotaría el irlandés en su diario. – “Estaba ebrio de ritmos y excitación. Mis piernas rehusaban llevarme más lejos y me tumbé a un lado de la carretera…Poco a poco el aire fresco de la mañana me reanimó…”. Y termina el ajetreado capítulo con estas palabras: “Llegué a mi cenit en esta Semana Santa por las calles de Sevilla. Necesitaba huir a algún solitario paraje, donde meditar algún tiempo y recobrar mi equilibrio mental, después de Andalucía… Por este motivo partí para Sierra Morena…”

Es aquí, ya en las páginas finales del diario, donde encontramos a nuestro irlandés errante vivaqueando, como antes hiciera  Don Quijote, en las profundidades de Sierra Morena, muy cerca de Venta de Cárdenas. “Debió de ser en esta pradera” – maquinaba el escritor, gran conocedor y amante de la fábula cervantina- “donde Don Quijote cumplió su penitencia amorosa”. “Y cerca de aquí debió de andar el andrajoso Cardenio, triscando de roca en roca, en su vano intento por huir de una mala conciencia que no le daba tregua…”. Con Don Quijote en la mente,  Starkie se pregunta si no podría reclamar para sí el sobrenombre de “Caballero del Violín”, tras haber recorrido gran parte de España con su instrumento musical a cuestas. “Al poco tiempo…”- seguimos leyendo en la obra- “llegaba a Argamasilla de Alba, la patria de Don Quijote, tan orgulloso de mis proezas como el propio Amadís de Gaula”.

No le cabe duda al hispanista –ni siquiera se lo cuestiona- de que Argamasilla de Alba es el lugar de la Mancha del que Cervantes no quiso acordarse. Y divierte seguir aprendiendo, al tiempo que leemos, que “en Argamasilla hay un exceso de filósofos” que Starkie divide en dos clases: los ascéticos y los epicúreos; es decir, altos y delgados quijotes y sanchopanzas barrigones. Nos habla, así mismo, de esos lienzos con escenas de Don Quijote que admiró en el casino local hace ya sesenta y cinco años, y que aún pueden contemplarse hoy, algo más deteriorados; y de un tal don Jaime (“que no era de Argamasilla, sino de un pueblo vecino e industrioso llamado Tomelloso”), que le sirvió de cicerone durante su estancia. Recuerda, igualmente, que llegó a tocar su violín ante los tertulianos del casino, y a consumir largos ratos de charla sobre Don Quijote con aquel culto y ascético “don Jaime” que tanto le había recordado al Ingenioso Hidalgo.

También nos habla de una venta de Villarta de San Juan en la que paró y donde obtuvo permiso para tocar de nuevo su violín (imagino que para pagar la posada). “Pagué al pregonero para que tocase su campana anunciando mi concierto” –confiesa. Y narra, a continuación, la curiosa cena con unos arrieros manchegos, en la que las navajas –llamadas en la época “fe de bautismo”- hacían las veces de tenedor y cuchillo a la hora de llevarse a la boca los trozos de cordero del caldero. El cuento nos traslada, inevitablemente, a la escenografía zarzuelística de “El Cantar del Arriero”, y creemos estar oyendo la bronca voz del susodicho cuando ordena el vino al mesonero (“…del más negro que tenga, del menos fino”).  “Los hombres iban sacando sus navajas” –recuerda el irlandés- “abriéndolas con un ruido de muelles”. Rememora más tarde su paso por Herencia, donde una turba de chiquillos, pegada a sus talones, se dedicó a hacer burla de su aspecto estrafalario, obligándole a “acogerse a sagrado” en la iglesia del pueblo. El lector tiene la sensación de que Herencia  fue para Walter Starkie su particular lugar de la Mancha del que jamás querría acordarse.

Y de Herencia pasó a Alcázar, donde deseaba saludar al gallego don Juan González Paramós, renombrado director de la banda del pueblo. Llegado a su domicilio, preguntó por él, alargando una tarjeta personal a la sirvienta que salió a abrirle. Al rato regresaba ésta para devolverle la tarjeta y entregarle una peseta, diciéndole: “esto es lo que el señor puede darle”. “¡Pero, señora, yo no soy un mendigo! Tengo mucho dinero…”- protestó arrogante, “como si fuera propietario de los tesoros de Creso”. Aclarada la confusión, y afirmada con el dueño de la casa esa celta afinidad de gallegos e irlandeses, hubo de escuchar la consabida historia de que “Cervantes nació aquí, en Alcázar de San Juan”. En cuanto a Don Quijote, reconoció el gallego, como está mandado, su patria argamasillera, mientras situaba la de Sancho en Campo de Criptana.

Sigue Starkie su periplo por la famosa población en cuyo cerro divisara Don Quijote treinta o cuarenta molinos de viento, lamentándose el escritor de que “hoy, al pasar por la ventosa carretera, veo sobre la cresta de la montaña las giratorias aspas de siete u ocho molinos de viento…”. Así que, constatamos, en 1935 ya sólo había siete u ocho molinos en el Cerro de la Paz, aunque todavía se realizaba en algunos de ellos su tradicional función: “…trepé vacilante por la torcida escalera y llegué a la plataforma en que se hallaba el molinero”. Refiere Starkie, acto seguido, que  “estaba todo blanco de harina …; una enorme rueda crujía con estrépito y todo el molino trepidaba como un velero agitado por la tempestad”. Y aquí, en Criptana, un pastor explica al irlandés su particular versión sobre ese célebre plato, los “duelos y quebrantos”, que le ofrecen en la posada para cenar. “Los pastores” –le dice- “desempeñan un puesto de confianza cerca de sus amos y son responsables de cada oveja que está a su cuidado. Si muere una por accidente, el pastor la desuella y cura la carne con sal y ajo. Luego, el sábado, día de entregar la cuenta, va a ver a su amo y le enseña la piel como prueba de que el cordero ha muerto. Entonces él se lleva la carne para cocerla en su casa. La pérdida del cordero es una pena (duelo) y un ,,quebranto,, para el amo. He aquí la explicación”. También le sorprende a Starkie, unos días más tarde, que el combustible del fuego en el que se cuecen unos galianos sea estiércol seco. Y uno cae en la cuenta de que esta práctica, ya desaparecida, bien pudo ser una herencia de aquellas tribus invasoras, procedentes del Sahara, que siglos atrás habitaron estas tierras. Piensa el lector que Starkie debiera habérselo preguntado a algún viejo pastor, pues era éste, en el medio rural, quien solía saberlo todo; como en la actualidad sucede, en cualquier ciudad, con el taxista avezado.

En El Toboso conoce nuestro viajero a don Jaime Pantoja, el alcalde del pueblo que desde 1922 ha venido proclamando al mundo entero la importancia de El Toboso como patria de la “hermosa doncella imaginaria a quien Don Quijote juró eterna fidelidad”. “En su antigua y hermosa mansión”- sigue informándonos el hispanista- “construida en 1520, ha formado una biblioteca dedicada a la literatura de Cervantes. Escribe a todos los gobiernos del mundo para obtener de ellos traducciones del Quijote en varios idiomas, con dedicatorias a la ciudad de Dulcinea, firmadas por los primeros ministros…”.  Al leer estos pasajes, el ávido lector se pregunta si se habrá seguido honrando en El Toboso la memoria de ese alcalde irrepetible. Puede ser tan ingrata a veces nuestra España…

Es admirable constatar, en todo caso, cómo supo captar la Mancha Walter Starkie. La lectura de su libro nos permite imaginárnoslo, como él mismo nos describe, reposando por la noche bajo un árbol mientras tañe el violín para poblar su soledad, o “alimentándose de pan, jamón crudo (como un trozo de correa del cual cortaba finas lonchas), queso manchego (conservado en aceite) y rojo vino de la Mancha cuyo gusto se parece al borgoña”.  Retrató estas tierras a la perfección al afirmar que “la atmósfera de la Mancha es tan diáfana que tuve la sensación de caminar con botas de siete leguas por estepas ilimitadas…”. O cuando consigna en su diario, recordando el paisaje recorrido, que “era una tierra encantada y silenciosa”; o nos explica la leyenda de la aparición de la Virgen en el castillo de Peñarroya; o su interesante visita a la cueva de Montesinos (“los manchegos de Ruidera dicen que la caverna tiene varios kilómetros y termina en el castillo feudal de Rochefría…”). Y publicitó, también, madrugador, justo es constatarlo -¡y agradecerlo!-, los productos tradicionales de esta región.

Pero antes de dar por concluido su viaje por la Mancha, siente Walter Starkie la necesidad de regresar a la Argamasilla, para dar su último adiós, “desde la villa del tomillo y del romero más fragantes”, a esta tierra mágica que le ha hechizado y que nunca volverá a visitar. El “peregrino en la ruta de Don Quijote” (así se define a sí mismo en la obra comentada), concluye melancólicamente su diario: “Desde un otero contemplé el pueblo de Argamasilla. Era avanzada la tarde y oía remotas voces de muchachos y el chirriar de las carretas volviendo al pueblo…”. Y la última línea, en la página 429 del libro, como en un deseo de dejar constancia geográfica y temporal de su viajera experiencia,  reza, escuetamente: “Argamasilla de Alba, 1935”. Anotación ésta que nos recuerda el célebre colofón – “Hoc scriptserunt”- con el que también unos antiguos Académicos quisieron dejar testimonio para la posteridad del lugar –“la Argamasilla”- en el que “compusieron” sus no menos célebres sonetos.

Concluyo también yo esta reseña, a la que la lectura de tan apasionante obra me ha llevado, lamentando (aunque sea off the record, para no molestar a nadie) que no se mencione a Walter Starkie en el libro “Viajeros por la Historia, Extranjeros en Castilla-La Mancha”, de Ángel y Jesús Villar Garrido, impreso en Toledo en 1997. En la exhaustiva e interesante publicación se relatan los viajes por Castilla-la Mancha de notables viajeros y escritores desde el siglo XIII hasta nuestros días (Abu-abd-Alla, Abulfeda, León de Blatna, Jerónimo Münzer, Andrés Navagero, Jacobo Sobieski, A. Jouvin, Madame D´Aulnoy, cierto embajador marroquí, José Blanco White, Giacomo Casanova, el Barón de Bourgoing, José Townsend, el mayor W. Dalrymple, Richard Ford, George Borrow, Ricardo Quetin, Hans Christian Andersen, Gustave Doré y Ch. Davillier, August Jaccaci, Vasily Namirovich-Danchenko, Maurice Barrés, Rainer M. Rilke, Jan Morris, etc.). Pero en dicho libro se omite cualquier mención a Walter Starkie, el penúltimo extranjero célebre que se prendó de la Mancha, y al cual debemos también, por si los relatos de sus viajes por España no bastaran, una de las mejores traducciones a la lengua inglesa de nuestro Quijote inmortal.

De modo que…, para que este artículo encierre un fin práctico concreto,  pido una calle en la Argamasilla  para ese gran tipo irlandés –Walter Starkie-, “caballero del violín”, que supo ensalzar nuestra tierra. Sería un acto de justicia. Leo en la “Guía Turística y Callejero de Argamasilla de Alba”, del cronista argamasillero José Díaz-Pintado Carretón, que este municipio dedicó una calle al poeta y escritor español Víctor de la Serna, entre otras razones, por haber escrito un libro (“Nuevo Viaje de España”) en el que mencionaba las lagunas de Ruidera, Argamasilla de Alba y la Mancha en general. No es tan peregrina mi petición, por tanto; máxime cuando también constato en la citada “Guía” que otros muchos literatos nacionales (José María Pemán, Rafael Alberti, Azorín,  Antonio Machado, León Felipe, Blas de Otero…) merecieron este tipo de distinción, y aún no se ha producido el hecho de que una calle de la Argamasilla luzca nombre extranjero. ¡Venga, pues, esa ”Calle Walter Starkie”, señor Alcalde, y démosle un toque cosmopolita al callejero!

 © 2004  José Romagosa Gironella

A cien años de Jiménez Aranda

30/01/2010

Unos llevan la fama y otros cardan la lana. Podríamos aplicar este dicho al gran pintor sevillano, José Jiménez Aranda, fallecido en 1903 y eclipsado, como tantos otros ilustradores del “Quijote”, por la celebridad de un Gustavo Doré que ha venido ostentando el cetro como ilustrador de la gran novela de Cervantes, desde 1862. En efecto, Doré se llevó la fama y a Jiménez Aranda le tocó cardar la lana, al igual que a muchos otros creadores plásticos de su época: Moreno Carbonero, Nanteuil, Smirke, Madrazo, Espalter, Puiggarí o Pellicer. Pero el caso de Jiménez Aranda es particularmente digno de mención por haber realizado la obra pictórica más extensa – y una de las de más calidad artística – sobre esa fábula universal del Caballero de la Triste Figura.
Prácticamente toda su obra pictórica dedicada al “Quijote” – 689 láminas – vinieron magníficamente reproducidas en la célebre edición llamada “Quijote del Centenario”, que desde el punto de vista artístico constituye, según consta en el “Catálogo de la Primera Exposición Bibliográfica Cervantina” (Biblioteca Nacional, Octubre 1947), “el más valioso intento de expresión gráfica del Quijote”. La citada edición (José Blass, Madrid, 1905) forma hoy parte del fondo bibliográfico del Museo del Quijote, de Ciudad Real, merced a la donación realizada en 1998 por el autor de estas líneas. La obra de Jiménez Aranda viene complementada en dicha edición con otras láminas de Sorolla, Moreno Carbonero, Alpériz, Bilbao, García Ramos, Sala y Villegas, Luis (hermano de José Jiménez Aranda) y López Cabrera. La edición consta de 4 tomos de texto y 4 de láminas. “La parte tipográfica” – leemos en el citado Catálogo – “sólo elogios merece; admirablemente impresa, en tipos grandes y claros y en magnífico papel verjurado”. Se hicieron dos tiradas en distinto papel.
 
Sirvan estas líneas de homenaje a un artista español singular que dedicó buena parte de su vida a ilustrar esa obra máxima de la literatura universal cuya primera publicación en Madrid, en 1605, estamos ya conmemorando. No sería justo que nos olvidásemos de tan importante pintor, compatriota nuestro, precisamente en este año 2003 en que se cumple un siglo de su muerte, o que se nos pasara elevar siquiera una oración por su merecido y eterno descanso.
 

© 2003  José Romagosa Gironella
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 21 de diciembre de 2003

“Con la iglesia hemos dado, Sancho”

30/01/2010

Son muy pocas, por desgracia, las frases célebres del “Quijote” que traemos a cuento al hablar. Y cuando se nos ocurre hacerlo, solemos citarlas mal. Tal es el caso de una conocida exclamación de Don Quijote a su llegada a El Toboso, en compañía de Sancho (9, II). “Con la iglesia hemos topado, Sancho”, acostumbramos a decir, trastocando enteramente una de sus seis palabras, ya que la frase original reza: “Con la iglesia hemos dado, Sancho”.

Pero no nos conformamos con alterar la oración, sino que pretendemos encajarla en circunstancias reales de nuestra vida en las que no resulta bien aplicada, por diferir sustancialmente de la situación que Cervantes nos describe y también de la intención con que Don Quijote la pronuncia. Al componer esa frase, sólo pudo haber en la mente de Cervantes el propósito de señalar un obstáculo físico – “un bulto grande y sombra” – que les impedía avanzar. Pronto descubren los viajeros que lo que tienen enfrente no es sino la iglesia principal del pueblo. Y Cervantes escribe “iglesia” con letra inicial minúscula. Si la frase hubiera abrigado una doble intención, como ahora algunos pretenden, en el sentido de que Cervantes quiso aludir a la Iglesia como institución, o al poder representado por ésta, Cervantes habría escrito el nombre “Iglesia” con letra inicial mayúscula, como hace en otros pasajes de la novela en los que se refiere, siempre respetuosamente, a la Santa Iglesia Católica.

“¡Qué importancia dan a esta frase, que no dice más de lo que suena, los intérpretes esoteristas del “Quijote”! – protesta oportunamente Rodríguez Marín. También Martín de Riquer considera que la frase “no tiene segunda intención y sólo quiere significar lo que dice”; y Francisco Rico, finalmente, viene a coincidir con las opiniones de los dos ilustres anotadores del “Quijote” citados más arriba. Sirvan estos juicios, todos ellos coincidentes, para desbaratar una sospecha infundada que está en la mente de algunos. Quid prodest?, ¿a quién aprovecha?, cabría preguntarse.

© 2003  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 22 de septiembre de 2003

Las lenguas del Quijote -III – El “tiempo” de la gran novela

30/01/2010

La extensa serie de libros conocida como “Hymark Outlines” (Esbozos  Hymark), que hace más de medio siglo viene publicando la Students Outline Company, de Boston, ofrece atinados análisis de las grandes obras de la literatura universal que ayudan extraordinariamente al lector y al estudiante. Antes de comenzar a leer una de esas grandes obras, ya se trate de “La Ilíada” o de los “Cuentos de Canterbury”, el interesado puede encontrar en los tratados de dicha colección toda la información previa que precisará para aprovechar y disfrutar a fondo de su lectura. En el volumen dedicado a “Don Quijote” (1960), descubrimos dos capítulos, uno sobre la España en la que vivió Cervantes, y otro a modo de breve comentario crítico sobre la novela; ambos de gran interés, tanto por su concisión como por la valiosa perspectiva que la distancia geográfica parece haber proporcionado a su autor estadounidense.

Abordar la lectura de un libro, máxime si es de un gran autor, requiere una preparación de la ruta y la acumulación de conocimientos previos sobre el tiempo y circunstancias en los que la acción se desarrolla. Algo parecido a lo que todo buen viajero debe hacer antes de emprender un viaje importante. Lamentablemente, nos olvidamos con frecuencia de procurarnos ese bagaje previo. Y es también de lamentar que no dispongamos en España de traducciones de esos libros utilísimos a los que me estoy refiriendo.

Volviendo a ellos, leo en el primero de los citados capítulos el resumido retrato de una España, la de Carlos I, caracterizada por una prosperidad, un poder y un prestigio sin precedentes; y la descripción de un país cuyas flotas surcaban todos los mares y sus conquistadores contaban a su regreso historias de grandes gestas realizadas en los más apartados lugares del globo. Dichas narraciones, tan reales para aquellos que sin salir de sus casas llegaban a conocerlas, como para los aventureros que las habían vivido, constituían temas de máxima atracción. No era, pues, de extrañar que la gente, interesada por las nuevas glorias atribuidas a la nación por las hazañas personales de sus héroes, se sintiera hechizada por cualquier narración romántica que tuviera por centro una figura heroica individual, aunque ésta fuera imaginaria.

Sigo leyendo ese opúsculo, que refleja la historia tal como se debe de enseñar a los escolares de Estados Unidos – al tiempo que lo voy traduciendo al español y resumiéndolo – y anoto que también en aquella época circulaban en España multitud de romances caballerescos, escritos en la forma literaria iniciada por el llamado “ciclo artúrico”. No me descubre de hecho nada nuevo, pero me agrada proseguir con tan concisa, objetiva y pedagógica versión, en la que no falta puntual mención a las historias de “Amadís” y de esos héroes y libros de los que en el propio “Quijote” se hace exhaustiva relación; y se nos recuerda que aquellos libros de caballerías seguían siendo lectura preferida del pueblo en los tiempos de Cervantes; y que éste probó conocer a fondo, aunque lo aborrecía, este género literario. También se indica en el librito de marras que la moda de los libros de caballerías se desvaneció definitivamente debido a la aparición del “Quijote” en el mercado literario europeo, porque la novela de Cervantes los atacaba frontalmente.

Es interesante la constancia que en el librillo se da sobre el hecho de que el vacío vino ocupado , principalmente, por la literatura pastoral y la novela picaresca, ambas representativas de una España, posterior al desastre de Trafalgar y a la desafortunada expulsión de los industriosos moriscos, otra vez empobrecida; de una nueva España en la que la lucha por la supervivencia había vuelto a ser la mayor aventura de buena parte de los españoles.

En el capítulo dedicado al análisis crítico del “Quijote”, se apunta certeramente el carácter pretencioso y artificial de muchas de las obras que en aquel tiempo se componían, y al hecho de que el “Quijote”, por el contrario, no sólo fue un arma para destruir la absurda seriedad con la que los mitos caballerescos eran tomados por el público, sino el instrumento para infundir naturalidad a una literatura sobrada de afectación y grandilocuencia. Lo que Don Quijote fundamentalmente representa – sigo leyendo – es al romántico idealista, al hombre que insiste en transformar el mundo en un lugar más justo. En cuanto a Sancho, es también interesante la versión que este texto nos ofrece de que este hombre rústico, aún reteniendo las características del personaje literario más humilde, hace gala de una sabiduría que viola abiertamente la tradición literaria. Cuando Sancho se convierte en gobernador de la ínsula, nos revela que también él, un miembro de la clase baja, puede tener ideales. En contraste con los ideales de Don Quijote, los de Sancho son enteramente terrenales: para él, el estómago lleno y un lecho confortable son las cosas más importantes de la vida; y ello porque Cervantes quiso hacernos ver que sólo cuando el hombre carece de estas cosas básicas, alcanza a idealizarlas. No es tanto, pues, cuestión de materialismo – sugiere Paul B. Bass, perspicaz autor del texto que hoy utilizamos – sino de otra forma de idealismo con los pies en la tierra.

Como verás, querido lector, intento cumplir en estas columnas la promesa de ir glosando algunas de las infinitas reflexiones que la obra maestra de Cervantes ha inspirado a lectores y estudiosos. La universalidad de la obra y la talla intelectual de muchos de sus apologistas, nos obligan a tomar sus juicios y apreciaciones con la mayor consideración. Al igual que solemos afirmar que todo lo importante que el hombre pueda decir hoy, ya se dijo ayer en griego, en lo tocante al “Quijote” debemos admitir que los que somos sus “fans” ya sólo podemos repetirnos en nuestras opiniones o pretendidos hallazgos. Se han escrito tantas cosas, en tantas épocas y en tantas lenguas distintas sobre esta siempre impresionante obra, que sería ingenuo pretender – aunque no hay pecado en intentarlo – que podamos añadir algo nuevo.

Ilustran hoy estas líneas el célebre óleo de Daumier cuyo original se conserva en la Nueva Pinacoteca de Munich.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 15 de febrero de 2004

Las lenguas del Quijote -II- “Actos del habla…”

30/01/2010

Parece obligado hablar de lenguas, en plural, si nos referimos al “Quijote”, ya que en la obra convive – democráticamente, usando un vocablo actual – el léxico más variado. No en vano Cervantes confirió la mayor importancia al componente lingüístico de su gran novela, como descubrimos en el propio prólogo de la primera parte de la obra y, ya entrados en materia, en los diálogos de muchos de sus personajes que no sólo nos muestran conocer las más célebres composiciones literarias de la época y de siglos precedentes, sino que discuten con frecuencia sobre ellas.

José Luis Girón Alconchel, tratando de esto, observa que el título de varios capítulos tiene como núcleo palabras que denotan “actos del habla” y los califican muy significativamente. He aquí algunos ejemplos:
“De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos” (II, 32); “De la sabrosa plática que la Duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note” (II, 3); “Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote” (I, 49); “De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos” (I, 50); “Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el Bachiller Sansón Carrasco” (II, 3), etcétera.

Es evidente, según Girón, que Cervantes valoraba explícitamente el diálogo como “acto de habla”. Los sintagmas “discreto coloquio”, “sabrosa plática”, “ridículo razonamiento”, indican que para Cervantes era tan importante el “decir”, como lo “dicho”; tan significante la forma como el fondo.

En nuestra opinión, Cervantes escribe el “Quijote”, en particular su segunda parte, trasladando al folio, con pionera fidelidad, diálogos y coloquios previamente captados por el oído. Las más distintas formas de hablar de aquella España de los siglos XVI y XVII, se hallan presentes en el “Quijote”. Se trata de lenguaje en estado puro: de un inmenso caudal de ideas expresadas por el órgano de la lengua. Manuel Criado de Val (Anales Cervantinos, 1855-56) aprecia toda la obra como un maravilloso coloquio, y considera que “el diálogo es lo que más conserva hoy su plena eficacia estilística”. Gracias a ello, Cervantes sigue mostrándosenos como el gran innovador del arte literario.

El filólogo Ángel Rosenblat, reconocido – junto con Weigert – como indiscutible autoridad en el estudio del “Quijote”, confiesa que “esta obra admira por la perfecta adecuación entre personaje y habla. Cada estrato social, cada profesión y aun cada individuo nos hacen sentir sus peculiaridades lingüísticas”. Y añade que “Don Quijote, hombre de libros, habla como hablan los libros; Sancho, hombre del pueblo, se expresa como el pueblo lo hace. El caballero caerá a veces en la fabla anacrónica; el escudero acudirá al tesoro del pobre, al refranero sin fondo”. “Hay en ella” – concluye – “como un juego sin fin con los distintos niveles del habla (desde lo vulgar y germanesco hasta lo aristocrático) que se entrecruzan y confunden entre sí”.

Todas las variantes del habla que Cervantes aprendió de los avatares de su azarosa vida las vuelca, juntas pero jamás revueltas, en la catedral lingüística del “Quijote”. En ella nos topamos, sucesivamente, con el modo de hablar del cabrero, del bachiller y del eclesiástico; del hombre culto, del arriero y de la moza “del partido”. Hablan los galeotes en su jerga, el bandolero o el vizcaíno en las suyas. Hasta el propio autor muda de léxico al compás de las circunstancias. En nada se parece el estilo que utiliza en el prólogo con el que usa en las dedicatorias; y distinto es, así mismo, el idioma del narrador en cada una de las partes de la obra, por no mencionar la gran distancia lingüística que separa el “Quijote” de cualquier otra obra cervantina.

Entendemos a quienes piensan que en el caso de esta gran novela, acaso también por su contenido ético, Dios tocó al escritor con la palma de su mano. Ello nos explicaría más de un misterio encerrado en esta obra admirable que Schiegel calificó de epopeya y, ¡ahí es nada!, “como la más viva imagen que se haya dado jamás de la vida y genio de una nación”. ¡Qué paradójico se nos hace saber que ese libro apenas fue considerado en España, a su publicación, como una divertida parodia, o  “carcajada de ganapanes”, que se transformó luego en sonrisa (hacia el siglo XVIII) y, finalmente, en lágrima (siglo XIX). Gracias habría que dar, en todo caso, a los traductores y prologuistas ingleses – Jarvis, Warburton y Bowle – que antes, mucho antes que los españoles, supieron levantar en triunfo –  cito a Santos Oliver – “como obra príncipe, como la más universal, benévola y perenne de las historias, esa desconcertante humorada manchega, hija de una cárcel”.

Desconcertante fue también, en aquellos tiempos, la precoz devoción de los ingleses por la obra de un autor español. No olvidemos que Felipe II había enviado la “Invencible” a invadir Inglaterra apenas dos décadas atrás. Reconforta pensar que el mundo de la cultura, o el de las artes, puedan lograr la proeza se sobreponerse al odio. Tal vez deberíamos utilizarlas más como instrumento de concordia.

La pintura que ilustra estas líneas constituye una de las primeras interpretaciones al óleo realizadas de Don Quijote. Trátase de una obra del italiano Alessandro Magnasco (1690 circa). Prueba evidente de la temprana popularidad alcanzada por el “Quijote”, también en Italia.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 1 de febrero de 2004

Las lenguas del Quijote -I- “Haciendo boca…”

29/01/2010

Inauguro esta columna, dedicada a las lenguas del “Quijote”, con el doble deseo de permanencia en las páginas de este diario a lo largo de la conmemoración del IV Centenario de la primera edición de la universal novela, y de poder analizar, de consuno con el lector, el “prodigio de expresividad y de arte” que en dicha obra se encierra. La certera frase entrecomillada, que es de Ángel Rosenblat, viene como de molde para calificar un texto, cimero en la Historia de la Literatura, en el que el habla propia de cada estrato social se nos hace presente de un modo magistral e insuperable. Ese “coloquio” entre las distintas formas de nuestra lengua, máxima invención de nuestro inmortal Cervantes, sigue brindándonos hoy, en el fondo y en la forma, la sorprendente cualidad de su validez intemporal. Reconocemos en ellas, a pesar del tiempo transcurrido, las mismas formas de nuestro idioma actual; o, cuando menos, sus formas más directamente precursoras.

Exploraremos esa obra – “Don Quijote de la Mancha”- con sencillez y humildad y desde el punto de visión del lector medio, no erudito. Sólo así podremos entendernos y saborear, paso a paso, observaciones y hallazgos – del modesto autor de estas líneas y de estudiosos de verdadera autoridad – dignos de ser compartidos. Cuatro siglos son muchos para que una obra literaria mantenga incólumes la frescura y el interés que ofrecía cuando se compuso. El “Quijote”, no obstante, lo ha logrado. Veremos, también, que el “Quijote” es más que la primera y la mejor de las novelas. Para ello nos apoyaremos, a menudo,  en algunos de los juicios y reflexiones que las mentes más preclaras han producido al respecto desde aquel siglo XVII en el que la mejor novela jamás escrita viera la luz.

He hablado del “lector”, porque sería absurdo conversar sobre el “Quijote” con quien no lo ha leído.  Tal vez esta columna sirva para animar a su lectura a aquellos que, por una razón u otra, aún no han sentido la necesidad de hacerlo. Sería imperdonable que dejásemos pasar esta histórica efeméride – la del IV Centenario – sin franquear la sicológica barrera que con frecuencia nos separa de tan caudalosa fuente de agua viva.

La distribución ya iniciada de esa edición de la empresa pública “Don Quijote de la Mancha 2005”, que se encarta en la campaña “Un Quijote, Un Euro”, conseguirá, sin duda,  – como ha declarado su presidente, don José María Barreda Fontes – “que todos los castellano-manchegos tengan en su biblioteca el paraíso que nos desea Borges, otro gran habitante del territorio del Quijote, un ejemplar, usado por la relectura, de la gran obra de Cervantes por la que nos conoceremos mejor a nosotros mismos”.

La misma empresa citada, creada bajo los auspicios de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha para impulsar y dirigir los actos conmemorativos del IV Centenario del Quijote, ha lanzado, así mismo – en soporte DVD y a precio muy reducido – el  “Quijote” en dibujos animados; la producción española en la que to intervine como productor y que hace unos veinticinco años hizo las delicias de más de diez millones de españoles, niños y mayores. Otra nueva generación podrá, por tanto, saborear un producto audiovisual que convoca eficazmente a la lectura de la gran novela. Trátase en suma de conseguir que sea cada día menor el número de ciudadanos de esta Comunidad que no haya leído ese “Quijote” reconocido por todos como máximo exponente de nuestro común acervo cultural.

Balzac, Tolstoy, Flaubert, Carducci, el propio Shakespeare, coetáneo éste de Cervantes, y un sinnúmero de escritores célebres de todos los tiempos y latitudes, cuya lista sería imposible de reproducir, fueron devotos lectores del “Quijote”, obra literaria sobre la que volcaron unánimes y encendidos elogios. ¿Qué otro aval, qué otro impulso necesitamos los españoles, y en especial los castellano-manchegos para ponernos a leer, ¡pero ya!, tan importante obra? ¿No sentimos curiosidad por comprobar personalmente si son ciertos esos méritos y ese embrujo que en el mundo entero se atribuyen al “Quijote”? Resulta extraño observar que esta misma sociedad que a menudo se desvive por indagar en la vida privada  de personajes hueros que nada legan ni legarán jamás a nuestro tiempo, sea la que desdeña conocer esa gran historia en la que todos los tipos de España estamos representados.

Ningún español alcanzará a realizar plenamente la clásica consigna “noscete ipsum” (conócete a tí mismo) si no conoce el “Quijote”, porque es una lectura básica y fundamental para organizar nuestra personal y particular forma de ser, de pensar y de sentir.  Con razón insiste Barreda no sólo en la lectura, sino en la “relectura” de esta obra “por la que nos reconoceremos mejor a nosotros mismos”. Como ciudadano de un país en el que se lee muy poco, o en el que no se lee lo que más habría que leer, he pensado una y otra vez en que ello afecta negativamente a nuestra democracia porque impide el constante desarrollo del “mejor criterio” de los electores y pone en cuestión, por tanto, la calidad y madurez de su voto. Las lenguas del “Quijote” encierran por ello – y de añadidura – un incuestionable “valor” político.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 19 de enero de 2004

Pregón, año 2005: Pronunciado por Pepe Romagosa con ocasión de las Fiestas Patronales del “Barrio de Santiago” (Ciudad Real)

26/01/2010

Queridos vecinos y “adherentes” del Barrio de Santiago:

En el breve “saluda” que dirigí a los vecinos de “El Perchel” en el programa de actos de estas Fiestas, os hacía el comentario de que casi todos los días, cuando llego a Ciudad Real procedente de Peralvillo, doy con una señal indicadora que reza: “Iglesia de Santiago, Siglo XIII…” Trátase, sin duda, del templo más antiguo de la ciudad y del centro neurálgico del no menos antiguo barrio que lleva su nombre. La mención que en ese cartel se hace de la iglesia, y por extensión de este histórico barrio de Santiago – castizo también, si me permitís, como el madrileño de Chamberí – me hace meditar, casi todas las mañanas, sobre la gran importancia de aquel primer asentamiento humano, formado por los supervivientes del desastre de Alarcos que en aquel lejano siglo, y en el anterior, por decisión de un rey Sabio, constituyó el embrión de esta Ciudad Real moderna y pujante que en estos días ha registrado su habitante 70.000.

Mis reflexiones sobre el origen de este barrio – que ya algunos sabéis que me gusta reflexionar, e incluso, a veces, buscarle tres pies al gato – también me transportan a otro célebre barrio marroquí, el de Sete, integrante de la ciudad de Rabat, que hace años visité; porque según consta en los textos de historia de ese barrio africano, a él fueron llevados muchos de aquellos supervivientes de Alarcos, tras la destrucción e incendio, en 1195, de esa ciudad cristiana por el caudillo almohade Almanzor. Aún hoy pueden encontrarse en el citado barrio marroquí, familias enteras con apellidos tales como Carrión o Sabariegos, e incluso algún Barrera, nombres eminentemente manchegos que también debieron de ser los de muchas familias de aquellos exilados de Alarcos que, más afortunados, vinieron a poblar este barrio de Santiago en el siglo XII. Creo, sinceramente, que habría que realizar un estudio sobre esa rama de antepasados vuestros que se vio obligada a rehacer su vida allende el Estrecho, en tan lejano lugar de la Berbería. Y acaso estaría justificado promover un “rehermanamiento” – entre este histórico barrio de Santiago y el no menos histórico de Sete, en la ciudad marroquí; máxime si consideramos que ambos núcleos de población tuvieron su origen en el mismo tronco castellano hace la friolera de 800 años.

Como bien sabéis, en aquellos años en que tantos habitantes de Alarcos perdieron su hogar y su hacienda, cuando no la vida, Ciudad Real
se estaba formando en torno a un pozo de agua que era propiedad del hacendado más rico de estos parajes: don Gil Turro Ballesteros. El lugar se conocía, al parecer, como “Pozuelo de Don Gil”, y se extendía por las inmediaciones de lo que hoy es la Plaza del Pilar; aunque hay autores que lo mencionan como “Pozo de Don Gil”. Habréis observado que suele decirse que Villa Real (que tal era entonces el nombre de esta ciudad) fue fundada en el lugar llamado “Pozo (o pozuelo) seco de Don Gil”, y esto de “seco”, en mi opinión, podría ser inexacto. Digo ésto porque no habría tenido sentido fundar una ciudad junto a un pozo seco, y menos en una época en que el agua, como hoy, constituía la mayor fuente de vida de una población. Otra cosa, amigos, es que se tratara de un pozo de agua abundante en un principio, que llegara a secarse algún día, acaso siglos después, y que – entonces sí – hubiera pasado a llamarse con toda propiedad “el pozo seco de Don Gil”.

Curiosamente, y al contrario de lo que ocurría en otras regiones de España, y de Europa, por no decir del mundo, ninguna nueva población de la cuenca del Guadiana se construía cerca del río, porque en este tramo del Guadiana Alto las aguas fluían muy escasas y se estancaban en épocas de sequía, dando origen a graves epidemias. De ahí que algunos pueblos de nuestra actual provincia, como es el caso de Argamasilla de Alba, tuvieran que desplazarse dos o más veces de su lugar original, para irse alejando de ese río tan poco saludable entonces. A menudo, con cada cambio de emplazamiento el pueblo cambiaba de nombre, como sucedió en la localidad citada que antes de adoptar su actual topónimo se había llamado, sucesivamente, “Santa María” y “Lugar Nuevo”.
No pudo haber otra razón para no fundar Villa Real en un lugar más cerca del río, sobre todo si pensamos que la economía de su barrio más antiguo, éste de “Santiago” en el que nos encontramos, dependía en aquella época de la actividad de la pesca en sus aguas, mucho más que de la agricultura. En los campos aledaños a las casas del barrio estaban plantados los “percheles”, estructuras de madera destinadas al tendido de las redes después de cada jornada, o de cada noche de faena en el río.
De aquellas perchas proviene el apodo de “El Perchel” que acabó dándose al barrio.  Allí, al igual que en esos “Percheles de Málaga” que se hallaban situados a orillas del río Guadalmina y que Cervantes nos menciona (en boca del ventero, en el capítulo III de la Primera Parte del “Quijote”), se cosían y remendaban las redes. Sólo la proliferación de mosquitos y los insalubres efluvios provenientes del río pueden justificar la fundación de esta ciudad a tanta distancia de ese río – el Guadiana – que, paradójicamente, proporcionaba a este barrio, si no agua para consumo humano, sí abundantes capturas diarias de carpas, barbos y lucios de importante valor económico.Los percheles de este barrio, puestos a imaginar, habrían estado situados en esos parajes en los que iban a morir las dos o tres calles principales del barrio, exceptuando la antiquísima calle de Calatrava que continuaba extramuros, tras atravesar la célebre puerta, para fundirse con el camino real que llevaba, amén de a Toledo, a los restos de esa ciudad fortaleza – también arrasada por Almanzor, tras la destrucción de Alarcos – que había sido capital de la poderosa Orden de Calatrava. Los percheles debieron de ocupar los lugares periféricos del barrio, aunque todavía intramuros, al modo en el que se situaban las eras en las poblaciones de economía agraria, es decir, basada en el cereal. En las proximidades de los percheles debieron de estar, así mismo, los corrales destinados a recoger el ganado dentro de la ciudad realenga, en casos de ataques agarenos, o de incursiones de los entonces poco amistosos vecinos de Miguelturra y de otras poblaciones del Campo de Calatrava. Es también de suponer que en lugar de los madrugones para ir a trabajar las tierras, propios de otros lugares de La Mancha, aquí habría que madrugar para hacer el largo trayecto en carro, por ese tramo del Camino Real que se llamaba “de Peralvillo” (el cual seguía el antiguo trazado de la calzada romana), hasta el río, a dos leguas de esa Puerta de Calatrava que ya entonces, junto con la bellísima iglesia del siglo XIII, señoreaba el barrio; más allá, por tanto, de las antiguas quinterías de La Dehesilla y Valcansado, y hasta alcanzar las riberas próximas a los Baños del Emperador, o al molino de Malvecinos, donde estarían amarradas las barcas.

El río Guadiana, el de menor pendiente de la Península, y sin duda el más estepario, ofrecía a la sazón un limitado valor antropogeográfico, al no ser aptas sus aguas para el consumo humano (pensemos que las depuradoras se inventaron en épocas más modernas). Su único aprovechamiento, entonces, era el de la pesca y, más tarde, el riego. Poco contribuyó, pues, nuestro río a la pujanza o a la riqueza de este barrio. No tuvo El Perchel la suerte de esos barrios de otras ciudades europeas a las que los grandes ríos hicieron ricas. El Guadiana apenas servía, como se dice vulgarmente, para ir tirando.

No se si será por deformación profesional, pero habréis observado que este catalán “amanchegado” que os habla, se ha fabricado minuciosamente su “película”, o por lo menos un esbozo de un guión para ella, como si en lugar de vivir en el siglo XXI lo hubiera hecho en los siglos XII o XIII, cuando Villa Real contaba con 2000 habitantes, tenía ocho hermosas puertas recién construidas (Calatrava, La Mata, Granada, Ciruela, Alarcos, Santa María, El Carmen y Toledo) y su muralla completa. Esa época medieval en la que el 95 por ciento de la población no sabía leer ni escribir, y la ciudad era capital de esa organización famosa, enemiga del crimen y de la violencia, amén de precursora de nuestra moderna Guardia Civil, que se llamó “La Vieja y Santa Hermandad de Ciudad Real”. ¡Qué tiempos aquellos..!

No puedo dejar de imaginar el umbral de la iglesia, lleno como debía de estar en aquel tiempo de mendigos y mutilados. Hay que pensar que aquella Santa Hermandad, con todo y haber sido eficaz en la lucha contra los bandoleros – los “golfines” – que asolaron los caminos, aplicaba, con licencia del Rey, cruelísimos castigos; tales como el de cortar un pie a los reos de hurtos de hasta 500 maravedises (unos 70 euros de hoy), o de privar de las dos orejas a los convictos por robos de hasta 5000 maravedises (700 euros actuales); sin contar que para delitos o crímenes mayores se aplicaba la pena máxima (muerte por asaetamiento, o en la horca, en un paraje próximo a la aldea de Peralvillo). ¿Os imagináis el panorama que debió de ofrecer la entrada a esta iglesia junto a la que hoy nos encontramos, al igual que las entradas a la iglesia de San Pedro o a la Basílica Catedral?

Y es que, amigos, siempre es interesante conocer el ayer de los parajes en los que nos toca pastar hoy. Ahora, cuando me ha tocado pastar en La Mancha, he de confesaros que El Perchel (este extenso barrio que en un libro antiguo que conservo se dice que lo limitaban las calles Libertad, Paloma, Tintoreros y Jacinto) me ha cautivado. Y me ha cautivado por su sugestiva historia, por esa calidad de sus gentes que les – os – ha permitido sobrevivir a épocas muy difíciles; por su espíritu solidario (incluso, como he podido comprobar, con el Tercer Mundo); por ese Rey Santo que lo fundó, junto a los otros dos barrios importantes que en la época surgieron en la ciudad: el de Santa María y el de San Pedro; y por esa asociación de vecinos, siempre activa y entregada al barrio, que con tanto entusiasmo preside mi buen amigo e infatigable quijote local llamado Félix Barrera. 

Me gusta que vuestro barrio se llame “de Santiago” que es también el nombre de un hijo mío. El nombre que, como sabéis, equivale a Jacobo, a Jaime, a Yago, a Yagüe y a Diego. Es el nombre de uno de los hombres de confianza de nuestro Salvador; ese “Santiago el Mayor” que recibiera ese apelativo (permitirme el recordatorio) por ser el hermano mayor de San Juan Evangelista, y el que mejor supo transmitirnos la Buena Nueva. Sólo renuncio, me parece oportuno decirlo, a ese apodo hoy malsonante de “Santiago Matamoros”, que atrás quedó para siempre lo de matar moros, y ¡ojalá pudiéramos decir lo mismo de ese odioso verbo: “matar”!

Está bien esa conocida copla que reza “Mira si soy perchelero, que hasta en la Plaza Mayor, yo me siento perchelero”. Pero me gusta más la nueva idea de los vecinos de este barrio que se sienten “ciudadanos del mundo”, aunque también en Nueva York, o en Tokio, se sientan percheleros; porque ya todos leemos y escribimos, viajamos y navegamos por redes electrónicas y es tiempo de hablar y entenderse, en un plano de igualdad, con todos los pueblos de la tierra. Yo, por ejemplo, que soy catalán, también me siento manchego.

Metiendo como he metido mis narices en la historia de este barrio, me ha sorprendido gratamente descubrir cuántas personalidades de excepción han surgido de estas viviendas, antaño más humildes, entre las que nos encontramos. Perchelero fue Bernardo Mulleras, nacido precisamente en el número diez de la calle Calatrava, famoso médico y filántropo; y uno de los mayores pintores – López Villaseñor – que ha dado Castilla-La Mancha. ¿Y aquel sacerdote – “el Cura Castro” –  de perdurable recuerdo? Percheleros son también un montón de amigos míos, como los ex pandorgos Pío Gómez, rey de los cromados; Rafael Arcos, el que fuera mi padrino un día muy solemne para mí; Julián Gutiérrez, el “Guti”, incansable dirigente de peñas; el veterinario Eugenio, de la calle Juan de Ávila; el deportista fotógrafo David Céspedes; el ya mencionado Félix Barrera, verdadero culpable de que un servidor les esté dando esta paliza, y tantos otros que no voy a mencionar para no hacer la competencia a la guía telefónica, pero que han contribuido a hacer de El Perchel el amable y acogedor barrio que hoy es.

¡Ojalá que los percheleros, herederos de aquellos esforzados pescadores del Guadiana, sigan proyectando hacia el exterior su buen ejemplo de trabajo, capacidad de diálogo, amor y solidaridad. Por mi parte, seguiré alternando en mis conversaciones “barrio de Santiago” y “barrio de Perchel”, a partes iguales, cuando me refiera a este privilegiado distrito de la capital.

No quiero terminar sin levantar por un momento la mirada hacia esas celosías del Convento de Concepcionistas, tras las cuales deben de estar escuchándonos las monjitas… a las que dedico, desde aquí, al igual que al Apóstol Santiago, y a todos vosotros, un cariñoso saludo y mis mejores deseos de que paséis unas Felices Fiestas “de Santiago”.., o… “¡el Perchel!”

© 2005  José Romagosa Gironella