Posted tagged ‘Cervantes’

Mea maxima culpa

27/04/2010

La asociación cultural “Ciudad Real Quijote 2000”, de la que este columnista forma parte, celebró el pasado Día del Libro su tradicional homenaje ante la ciudadrealeña estatua de Cervantes. También se efectuaron las consabidas lecturas y, como todos los años, se procedió a depositar una corona de laurel a los pies de dicha estatua; y un hermoso ramo de flores en el pedestal de la escultura ecuestre de Don Quijote, en la vecina Plaza del Pilar. El problema surgió cuando un servidor se percató de que las cinco palomas, a las que estaba previsto dar suelta al término del acto, se habían quedado olvidadas, dentro de una preciosa cesta de mimbre, en la cochera de su casa en Peralvillo. ¡Con lo que había costado conseguirlas este año de crisis, sin tener que pagar los sesenta euros que en años anteriores se tuvieron que abonar a un sacristán colombófilo de la capital! ¡Con lo mucho que se había esforzado el peralvillero Santiago Trujillo para escogerlas por la noche en su palomar, entre las más blancas, y donarlas generosamente para el cervantino acto de marras!   

Hubo que informar a los medios de comunicación allí presentes de lo ocurrido, para su puntual conocimiento de que la suelta de palomas tendría que realizarse este año “en espíritu”, como así, efectivamente, se hizo.  Ello ha permitido que un diario reseñara que las palomas “ni mucho menos llegaron con puntualidad suiza…”; otro, que “cinco palomas, una por provincia de la región, fueron soltadas en la Plaza de Cervantes”; y que un tercero silenciara totalmente la “suelta”. Bien mirado, todos ellos trataron correctamente la información o, cuando menos, veraz o caritativamente, porque lo espiritual – incluso en los tiempos que corren y por mucho que algunos se empeñen en negarlo – es tan tangible como lo material.

Y un servidor se lo agradece, aunque su reconocimiento no implica que se crea absuelto del monumental descuido cometido. Por ello, el culpable del desaguisado se complace en informar de que aquella suelta de palomas, que alguien pudo considerar frustrada, se produjo “de nuevo” por la noche de aquel mismo Día del Libro en un palomar improvisado a orillas del Bañuelos, al objeto de que esas aves procreen y puedan asegurar el suministro (gratuito, naturalmente, porque esta crisis no es de un día) de los cinco ejemplares anuales que nos seguirán faltando para homenajes sucesivos.

Un servidor entona su más sincero mea culpa por su olvido de unas palomas, y hace votos para que no toque a otros entonarlo por la posible desaparición de una Asociación Cultural de la que esta “Tierra de Don Quijote” y sus instituciones parecen haberse olvidado.

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  26 de abril de 2010

El IV Centenario de las “Novelas Ejemplares” y de una obra póstuma

16/03/2010

Dado que el IV Centenario de la primera edición del “Quijote” ha sido prolongado hasta 2015, para incluir así en la celebración su “Segunda Parte” impresa en 1615, este columnista opina que también deberíamos celebrar  la primera edición de las “Novelas Ejemplares” que tuvo lugar en 1613. Es cierto que no hay otra obra cervantina del calado del “Quijote”, pero esas doce novelas (trece, con “La tía fingida”) también merecen recordarse por haber marcado un hito en la Historia de la Literatura Española. En una época en la que los libreros se afanaban en publicar traducciones de novelas ejemplares italianas, Cervantes tuvo el acierto de escribir sus propias narraciones en ese género, y de reinventarlo. Una vez más, don Miguel innovaba, convirtiéndose, sin pretenderlo, en el creador de la novela corta española.
La verdad es que sería atinado conmemorar en estos años no sólo las dos partes del “Quijote” y esas geniales “Novelas Ejemplares” que hoy traigo a colación, sino también las sabrosísimas comedias y entremeses, porque todas esas obras fueron editadas en la década prodigiosa –  de 1605 a 1615 – en la que Cervantes, despertando de su letargo literario, logra ofrecer al mundo las más admirables muestras de su genio. Y aún habría que añadir “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, magna obra escrita por Cervantes, “puesto ya un pie en el estribo” para emprender su último viaje, que viera la luz, póstumamente, en 1616.
Limitarnos a conmemorar el “Quijote”, cuando también cumplen cuatro siglos esas otras obras igualmente universales, sería una exclusión injusta. Sin la febril actividad creadora de Cervantes durante el periodo comprendido entre la publicación de una y otra parte del “Quijote” (1605-1615), su apasionante Segunda Parte – que acaso no habría visto la luz sin la provocativa aparición en 1614 de la apócrifa de Avellaneda -no habría contenido, a buen seguro, la sustancia que en el mundo entero se celebra. 
Bien habría podido suceder que Cervantes, el autor que quiso incluir sus narraciones cortas “El Curioso Impertinente”, “La Historia del Cautivo”, la de la “Dueña Dolorida”, las de “Cardenio”, “Dorotea”, “El loco de Sevilla” y varias más, en su obra cumbre, hubiera querido incluir algunas de las que en 1613 publicó de golpe bajo el título genérico de “Novelas Ejemplares”. Sabemos que no lo hizo, pero, ¿por qué excluirlas de una celebración histórica de la importancia de un IV Centenario? Cualquier personaje e historia de los que Cervantes crea para sus “Novelas Ejemplares” habría podido encajar perfectamente en el “Quijote”, en el contexto de una narración independiente y bien traída. No en vano se ha apuntado que el “Quijote”, amén de la gran novela pionera de la literatura moderna, es también un compendio de breves y ejemplarizantes narraciones, algunas autobiográficas. Y, de otro lado, no es menor el peso específico de los protagonistas de “La Gitanilla”, “El Coloquio de los Perros” o “Rinconete y Cortadillo”, que el de los numerosos personajes que Cervantes inventa para esas historias que amenizan  el “Quijote” y nos ayudan a respirar.
Tal vez nuestra Junta de Comunidades, o el Ayuntamiento capitalino podrían tomar en consideración la posibilidad de conmemorar – sin distraer la atención de la Segunda Parte del “Quijote” en 2015 – los aniversarios intermedios de esos históricos acontecimientos literarios ocurridos en 1613 y 1616.

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  15 de marzo de 2010

ARGAMASILLA DE ALBA Y EL CABALLERO DEL VIOLÍN

05/02/2010

Ha caído en mis manos un ejemplar de la obra Don Gipsy (Don Gitano), que allá por 1935 compuso Walter Starkie para dar continuación a sus exitosas Aventuras de un Irlandés en España. O sea que mientras mi madre apretaba en una apartada ciudad del otro extremo de España para darme a luz, el célebre hispanista recorría, bloc en mano e inseparable violín a cuestas, esa Andalucía gitana de Carmen y cante jondo que anhelaba retratar.

¡Y vaya si la retrató!. Con la máxima precisión y detalle, como sólo de un gran observador de su talla se habría podido esperar. Hay una parte en el libro, titulada Viernes Santo en Sevilla, de auténtica antología. Leerla hoy es como si el tiempo no hubiera pasado, salvo por aquellas saetas cantoras que en esa Semana Santa del año en que yo nací , y ante el célebre paso del Cristo del Gran Poder, improvisaba en las calles sevillanas la Niña de los Peines. El lector, concentrado en la narración, viene arrastrado por el ritmo ensordecedor de las palmas de acompañamiento y la embriagadora fragancia del azahar, el incienso y la cera quemada. “La cabeza me daba vueltas”- anotaría el irlandés en su diario. – “Estaba ebrio de ritmos y excitación. Mis piernas rehusaban llevarme más lejos y me tumbé a un lado de la carretera…Poco a poco el aire fresco de la mañana me reanimó…”. Y termina el ajetreado capítulo con estas palabras: “Llegué a mi cenit en esta Semana Santa por las calles de Sevilla. Necesitaba huir a algún solitario paraje, donde meditar algún tiempo y recobrar mi equilibrio mental, después de Andalucía… Por este motivo partí para Sierra Morena…”

Es aquí, ya en las páginas finales del diario, donde encontramos a nuestro irlandés errante vivaqueando, como antes hiciera  Don Quijote, en las profundidades de Sierra Morena, muy cerca de Venta de Cárdenas. “Debió de ser en esta pradera” – maquinaba el escritor, gran conocedor y amante de la fábula cervantina- “donde Don Quijote cumplió su penitencia amorosa”. “Y cerca de aquí debió de andar el andrajoso Cardenio, triscando de roca en roca, en su vano intento por huir de una mala conciencia que no le daba tregua…”. Con Don Quijote en la mente,  Starkie se pregunta si no podría reclamar para sí el sobrenombre de “Caballero del Violín”, tras haber recorrido gran parte de España con su instrumento musical a cuestas. “Al poco tiempo…”- seguimos leyendo en la obra- “llegaba a Argamasilla de Alba, la patria de Don Quijote, tan orgulloso de mis proezas como el propio Amadís de Gaula”.

No le cabe duda al hispanista –ni siquiera se lo cuestiona- de que Argamasilla de Alba es el lugar de la Mancha del que Cervantes no quiso acordarse. Y divierte seguir aprendiendo, al tiempo que leemos, que “en Argamasilla hay un exceso de filósofos” que Starkie divide en dos clases: los ascéticos y los epicúreos; es decir, altos y delgados quijotes y sanchopanzas barrigones. Nos habla, así mismo, de esos lienzos con escenas de Don Quijote que admiró en el casino local hace ya sesenta y cinco años, y que aún pueden contemplarse hoy, algo más deteriorados; y de un tal don Jaime (“que no era de Argamasilla, sino de un pueblo vecino e industrioso llamado Tomelloso”), que le sirvió de cicerone durante su estancia. Recuerda, igualmente, que llegó a tocar su violín ante los tertulianos del casino, y a consumir largos ratos de charla sobre Don Quijote con aquel culto y ascético “don Jaime” que tanto le había recordado al Ingenioso Hidalgo.

También nos habla de una venta de Villarta de San Juan en la que paró y donde obtuvo permiso para tocar de nuevo su violín (imagino que para pagar la posada). “Pagué al pregonero para que tocase su campana anunciando mi concierto” –confiesa. Y narra, a continuación, la curiosa cena con unos arrieros manchegos, en la que las navajas –llamadas en la época “fe de bautismo”- hacían las veces de tenedor y cuchillo a la hora de llevarse a la boca los trozos de cordero del caldero. El cuento nos traslada, inevitablemente, a la escenografía zarzuelística de “El Cantar del Arriero”, y creemos estar oyendo la bronca voz del susodicho cuando ordena el vino al mesonero (“…del más negro que tenga, del menos fino”).  “Los hombres iban sacando sus navajas” –recuerda el irlandés- “abriéndolas con un ruido de muelles”. Rememora más tarde su paso por Herencia, donde una turba de chiquillos, pegada a sus talones, se dedicó a hacer burla de su aspecto estrafalario, obligándole a “acogerse a sagrado” en la iglesia del pueblo. El lector tiene la sensación de que Herencia  fue para Walter Starkie su particular lugar de la Mancha del que jamás querría acordarse.

Y de Herencia pasó a Alcázar, donde deseaba saludar al gallego don Juan González Paramós, renombrado director de la banda del pueblo. Llegado a su domicilio, preguntó por él, alargando una tarjeta personal a la sirvienta que salió a abrirle. Al rato regresaba ésta para devolverle la tarjeta y entregarle una peseta, diciéndole: “esto es lo que el señor puede darle”. “¡Pero, señora, yo no soy un mendigo! Tengo mucho dinero…”- protestó arrogante, “como si fuera propietario de los tesoros de Creso”. Aclarada la confusión, y afirmada con el dueño de la casa esa celta afinidad de gallegos e irlandeses, hubo de escuchar la consabida historia de que “Cervantes nació aquí, en Alcázar de San Juan”. En cuanto a Don Quijote, reconoció el gallego, como está mandado, su patria argamasillera, mientras situaba la de Sancho en Campo de Criptana.

Sigue Starkie su periplo por la famosa población en cuyo cerro divisara Don Quijote treinta o cuarenta molinos de viento, lamentándose el escritor de que “hoy, al pasar por la ventosa carretera, veo sobre la cresta de la montaña las giratorias aspas de siete u ocho molinos de viento…”. Así que, constatamos, en 1935 ya sólo había siete u ocho molinos en el Cerro de la Paz, aunque todavía se realizaba en algunos de ellos su tradicional función: “…trepé vacilante por la torcida escalera y llegué a la plataforma en que se hallaba el molinero”. Refiere Starkie, acto seguido, que  “estaba todo blanco de harina …; una enorme rueda crujía con estrépito y todo el molino trepidaba como un velero agitado por la tempestad”. Y aquí, en Criptana, un pastor explica al irlandés su particular versión sobre ese célebre plato, los “duelos y quebrantos”, que le ofrecen en la posada para cenar. “Los pastores” –le dice- “desempeñan un puesto de confianza cerca de sus amos y son responsables de cada oveja que está a su cuidado. Si muere una por accidente, el pastor la desuella y cura la carne con sal y ajo. Luego, el sábado, día de entregar la cuenta, va a ver a su amo y le enseña la piel como prueba de que el cordero ha muerto. Entonces él se lleva la carne para cocerla en su casa. La pérdida del cordero es una pena (duelo) y un ,,quebranto,, para el amo. He aquí la explicación”. También le sorprende a Starkie, unos días más tarde, que el combustible del fuego en el que se cuecen unos galianos sea estiércol seco. Y uno cae en la cuenta de que esta práctica, ya desaparecida, bien pudo ser una herencia de aquellas tribus invasoras, procedentes del Sahara, que siglos atrás habitaron estas tierras. Piensa el lector que Starkie debiera habérselo preguntado a algún viejo pastor, pues era éste, en el medio rural, quien solía saberlo todo; como en la actualidad sucede, en cualquier ciudad, con el taxista avezado.

En El Toboso conoce nuestro viajero a don Jaime Pantoja, el alcalde del pueblo que desde 1922 ha venido proclamando al mundo entero la importancia de El Toboso como patria de la “hermosa doncella imaginaria a quien Don Quijote juró eterna fidelidad”. “En su antigua y hermosa mansión”- sigue informándonos el hispanista- “construida en 1520, ha formado una biblioteca dedicada a la literatura de Cervantes. Escribe a todos los gobiernos del mundo para obtener de ellos traducciones del Quijote en varios idiomas, con dedicatorias a la ciudad de Dulcinea, firmadas por los primeros ministros…”.  Al leer estos pasajes, el ávido lector se pregunta si se habrá seguido honrando en El Toboso la memoria de ese alcalde irrepetible. Puede ser tan ingrata a veces nuestra España…

Es admirable constatar, en todo caso, cómo supo captar la Mancha Walter Starkie. La lectura de su libro nos permite imaginárnoslo, como él mismo nos describe, reposando por la noche bajo un árbol mientras tañe el violín para poblar su soledad, o “alimentándose de pan, jamón crudo (como un trozo de correa del cual cortaba finas lonchas), queso manchego (conservado en aceite) y rojo vino de la Mancha cuyo gusto se parece al borgoña”.  Retrató estas tierras a la perfección al afirmar que “la atmósfera de la Mancha es tan diáfana que tuve la sensación de caminar con botas de siete leguas por estepas ilimitadas…”. O cuando consigna en su diario, recordando el paisaje recorrido, que “era una tierra encantada y silenciosa”; o nos explica la leyenda de la aparición de la Virgen en el castillo de Peñarroya; o su interesante visita a la cueva de Montesinos (“los manchegos de Ruidera dicen que la caverna tiene varios kilómetros y termina en el castillo feudal de Rochefría…”). Y publicitó, también, madrugador, justo es constatarlo -¡y agradecerlo!-, los productos tradicionales de esta región.

Pero antes de dar por concluido su viaje por la Mancha, siente Walter Starkie la necesidad de regresar a la Argamasilla, para dar su último adiós, “desde la villa del tomillo y del romero más fragantes”, a esta tierra mágica que le ha hechizado y que nunca volverá a visitar. El “peregrino en la ruta de Don Quijote” (así se define a sí mismo en la obra comentada), concluye melancólicamente su diario: “Desde un otero contemplé el pueblo de Argamasilla. Era avanzada la tarde y oía remotas voces de muchachos y el chirriar de las carretas volviendo al pueblo…”. Y la última línea, en la página 429 del libro, como en un deseo de dejar constancia geográfica y temporal de su viajera experiencia,  reza, escuetamente: “Argamasilla de Alba, 1935”. Anotación ésta que nos recuerda el célebre colofón – “Hoc scriptserunt”- con el que también unos antiguos Académicos quisieron dejar testimonio para la posteridad del lugar –“la Argamasilla”- en el que “compusieron” sus no menos célebres sonetos.

Concluyo también yo esta reseña, a la que la lectura de tan apasionante obra me ha llevado, lamentando (aunque sea off the record, para no molestar a nadie) que no se mencione a Walter Starkie en el libro “Viajeros por la Historia, Extranjeros en Castilla-La Mancha”, de Ángel y Jesús Villar Garrido, impreso en Toledo en 1997. En la exhaustiva e interesante publicación se relatan los viajes por Castilla-la Mancha de notables viajeros y escritores desde el siglo XIII hasta nuestros días (Abu-abd-Alla, Abulfeda, León de Blatna, Jerónimo Münzer, Andrés Navagero, Jacobo Sobieski, A. Jouvin, Madame D´Aulnoy, cierto embajador marroquí, José Blanco White, Giacomo Casanova, el Barón de Bourgoing, José Townsend, el mayor W. Dalrymple, Richard Ford, George Borrow, Ricardo Quetin, Hans Christian Andersen, Gustave Doré y Ch. Davillier, August Jaccaci, Vasily Namirovich-Danchenko, Maurice Barrés, Rainer M. Rilke, Jan Morris, etc.). Pero en dicho libro se omite cualquier mención a Walter Starkie, el penúltimo extranjero célebre que se prendó de la Mancha, y al cual debemos también, por si los relatos de sus viajes por España no bastaran, una de las mejores traducciones a la lengua inglesa de nuestro Quijote inmortal.

De modo que…, para que este artículo encierre un fin práctico concreto,  pido una calle en la Argamasilla  para ese gran tipo irlandés –Walter Starkie-, “caballero del violín”, que supo ensalzar nuestra tierra. Sería un acto de justicia. Leo en la “Guía Turística y Callejero de Argamasilla de Alba”, del cronista argamasillero José Díaz-Pintado Carretón, que este municipio dedicó una calle al poeta y escritor español Víctor de la Serna, entre otras razones, por haber escrito un libro (“Nuevo Viaje de España”) en el que mencionaba las lagunas de Ruidera, Argamasilla de Alba y la Mancha en general. No es tan peregrina mi petición, por tanto; máxime cuando también constato en la citada “Guía” que otros muchos literatos nacionales (José María Pemán, Rafael Alberti, Azorín,  Antonio Machado, León Felipe, Blas de Otero…) merecieron este tipo de distinción, y aún no se ha producido el hecho de que una calle de la Argamasilla luzca nombre extranjero. ¡Venga, pues, esa ”Calle Walter Starkie”, señor Alcalde, y démosle un toque cosmopolita al callejero!

 © 2004  José Romagosa Gironella

Las lenguas del Quijote -III – El “tiempo” de la gran novela

30/01/2010

La extensa serie de libros conocida como “Hymark Outlines” (Esbozos  Hymark), que hace más de medio siglo viene publicando la Students Outline Company, de Boston, ofrece atinados análisis de las grandes obras de la literatura universal que ayudan extraordinariamente al lector y al estudiante. Antes de comenzar a leer una de esas grandes obras, ya se trate de “La Ilíada” o de los “Cuentos de Canterbury”, el interesado puede encontrar en los tratados de dicha colección toda la información previa que precisará para aprovechar y disfrutar a fondo de su lectura. En el volumen dedicado a “Don Quijote” (1960), descubrimos dos capítulos, uno sobre la España en la que vivió Cervantes, y otro a modo de breve comentario crítico sobre la novela; ambos de gran interés, tanto por su concisión como por la valiosa perspectiva que la distancia geográfica parece haber proporcionado a su autor estadounidense.

Abordar la lectura de un libro, máxime si es de un gran autor, requiere una preparación de la ruta y la acumulación de conocimientos previos sobre el tiempo y circunstancias en los que la acción se desarrolla. Algo parecido a lo que todo buen viajero debe hacer antes de emprender un viaje importante. Lamentablemente, nos olvidamos con frecuencia de procurarnos ese bagaje previo. Y es también de lamentar que no dispongamos en España de traducciones de esos libros utilísimos a los que me estoy refiriendo.

Volviendo a ellos, leo en el primero de los citados capítulos el resumido retrato de una España, la de Carlos I, caracterizada por una prosperidad, un poder y un prestigio sin precedentes; y la descripción de un país cuyas flotas surcaban todos los mares y sus conquistadores contaban a su regreso historias de grandes gestas realizadas en los más apartados lugares del globo. Dichas narraciones, tan reales para aquellos que sin salir de sus casas llegaban a conocerlas, como para los aventureros que las habían vivido, constituían temas de máxima atracción. No era, pues, de extrañar que la gente, interesada por las nuevas glorias atribuidas a la nación por las hazañas personales de sus héroes, se sintiera hechizada por cualquier narración romántica que tuviera por centro una figura heroica individual, aunque ésta fuera imaginaria.

Sigo leyendo ese opúsculo, que refleja la historia tal como se debe de enseñar a los escolares de Estados Unidos – al tiempo que lo voy traduciendo al español y resumiéndolo – y anoto que también en aquella época circulaban en España multitud de romances caballerescos, escritos en la forma literaria iniciada por el llamado “ciclo artúrico”. No me descubre de hecho nada nuevo, pero me agrada proseguir con tan concisa, objetiva y pedagógica versión, en la que no falta puntual mención a las historias de “Amadís” y de esos héroes y libros de los que en el propio “Quijote” se hace exhaustiva relación; y se nos recuerda que aquellos libros de caballerías seguían siendo lectura preferida del pueblo en los tiempos de Cervantes; y que éste probó conocer a fondo, aunque lo aborrecía, este género literario. También se indica en el librito de marras que la moda de los libros de caballerías se desvaneció definitivamente debido a la aparición del “Quijote” en el mercado literario europeo, porque la novela de Cervantes los atacaba frontalmente.

Es interesante la constancia que en el librillo se da sobre el hecho de que el vacío vino ocupado , principalmente, por la literatura pastoral y la novela picaresca, ambas representativas de una España, posterior al desastre de Trafalgar y a la desafortunada expulsión de los industriosos moriscos, otra vez empobrecida; de una nueva España en la que la lucha por la supervivencia había vuelto a ser la mayor aventura de buena parte de los españoles.

En el capítulo dedicado al análisis crítico del “Quijote”, se apunta certeramente el carácter pretencioso y artificial de muchas de las obras que en aquel tiempo se componían, y al hecho de que el “Quijote”, por el contrario, no sólo fue un arma para destruir la absurda seriedad con la que los mitos caballerescos eran tomados por el público, sino el instrumento para infundir naturalidad a una literatura sobrada de afectación y grandilocuencia. Lo que Don Quijote fundamentalmente representa – sigo leyendo – es al romántico idealista, al hombre que insiste en transformar el mundo en un lugar más justo. En cuanto a Sancho, es también interesante la versión que este texto nos ofrece de que este hombre rústico, aún reteniendo las características del personaje literario más humilde, hace gala de una sabiduría que viola abiertamente la tradición literaria. Cuando Sancho se convierte en gobernador de la ínsula, nos revela que también él, un miembro de la clase baja, puede tener ideales. En contraste con los ideales de Don Quijote, los de Sancho son enteramente terrenales: para él, el estómago lleno y un lecho confortable son las cosas más importantes de la vida; y ello porque Cervantes quiso hacernos ver que sólo cuando el hombre carece de estas cosas básicas, alcanza a idealizarlas. No es tanto, pues, cuestión de materialismo – sugiere Paul B. Bass, perspicaz autor del texto que hoy utilizamos – sino de otra forma de idealismo con los pies en la tierra.

Como verás, querido lector, intento cumplir en estas columnas la promesa de ir glosando algunas de las infinitas reflexiones que la obra maestra de Cervantes ha inspirado a lectores y estudiosos. La universalidad de la obra y la talla intelectual de muchos de sus apologistas, nos obligan a tomar sus juicios y apreciaciones con la mayor consideración. Al igual que solemos afirmar que todo lo importante que el hombre pueda decir hoy, ya se dijo ayer en griego, en lo tocante al “Quijote” debemos admitir que los que somos sus “fans” ya sólo podemos repetirnos en nuestras opiniones o pretendidos hallazgos. Se han escrito tantas cosas, en tantas épocas y en tantas lenguas distintas sobre esta siempre impresionante obra, que sería ingenuo pretender – aunque no hay pecado en intentarlo – que podamos añadir algo nuevo.

Ilustran hoy estas líneas el célebre óleo de Daumier cuyo original se conserva en la Nueva Pinacoteca de Munich.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 15 de febrero de 2004

Las lenguas del Quijote -II- “Actos del habla…”

30/01/2010

Parece obligado hablar de lenguas, en plural, si nos referimos al “Quijote”, ya que en la obra convive – democráticamente, usando un vocablo actual – el léxico más variado. No en vano Cervantes confirió la mayor importancia al componente lingüístico de su gran novela, como descubrimos en el propio prólogo de la primera parte de la obra y, ya entrados en materia, en los diálogos de muchos de sus personajes que no sólo nos muestran conocer las más célebres composiciones literarias de la época y de siglos precedentes, sino que discuten con frecuencia sobre ellas.

José Luis Girón Alconchel, tratando de esto, observa que el título de varios capítulos tiene como núcleo palabras que denotan “actos del habla” y los califican muy significativamente. He aquí algunos ejemplos:
“De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos” (II, 32); “De la sabrosa plática que la Duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note” (II, 3); “Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote” (I, 49); “De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos” (I, 50); “Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el Bachiller Sansón Carrasco” (II, 3), etcétera.

Es evidente, según Girón, que Cervantes valoraba explícitamente el diálogo como “acto de habla”. Los sintagmas “discreto coloquio”, “sabrosa plática”, “ridículo razonamiento”, indican que para Cervantes era tan importante el “decir”, como lo “dicho”; tan significante la forma como el fondo.

En nuestra opinión, Cervantes escribe el “Quijote”, en particular su segunda parte, trasladando al folio, con pionera fidelidad, diálogos y coloquios previamente captados por el oído. Las más distintas formas de hablar de aquella España de los siglos XVI y XVII, se hallan presentes en el “Quijote”. Se trata de lenguaje en estado puro: de un inmenso caudal de ideas expresadas por el órgano de la lengua. Manuel Criado de Val (Anales Cervantinos, 1855-56) aprecia toda la obra como un maravilloso coloquio, y considera que “el diálogo es lo que más conserva hoy su plena eficacia estilística”. Gracias a ello, Cervantes sigue mostrándosenos como el gran innovador del arte literario.

El filólogo Ángel Rosenblat, reconocido – junto con Weigert – como indiscutible autoridad en el estudio del “Quijote”, confiesa que “esta obra admira por la perfecta adecuación entre personaje y habla. Cada estrato social, cada profesión y aun cada individuo nos hacen sentir sus peculiaridades lingüísticas”. Y añade que “Don Quijote, hombre de libros, habla como hablan los libros; Sancho, hombre del pueblo, se expresa como el pueblo lo hace. El caballero caerá a veces en la fabla anacrónica; el escudero acudirá al tesoro del pobre, al refranero sin fondo”. “Hay en ella” – concluye – “como un juego sin fin con los distintos niveles del habla (desde lo vulgar y germanesco hasta lo aristocrático) que se entrecruzan y confunden entre sí”.

Todas las variantes del habla que Cervantes aprendió de los avatares de su azarosa vida las vuelca, juntas pero jamás revueltas, en la catedral lingüística del “Quijote”. En ella nos topamos, sucesivamente, con el modo de hablar del cabrero, del bachiller y del eclesiástico; del hombre culto, del arriero y de la moza “del partido”. Hablan los galeotes en su jerga, el bandolero o el vizcaíno en las suyas. Hasta el propio autor muda de léxico al compás de las circunstancias. En nada se parece el estilo que utiliza en el prólogo con el que usa en las dedicatorias; y distinto es, así mismo, el idioma del narrador en cada una de las partes de la obra, por no mencionar la gran distancia lingüística que separa el “Quijote” de cualquier otra obra cervantina.

Entendemos a quienes piensan que en el caso de esta gran novela, acaso también por su contenido ético, Dios tocó al escritor con la palma de su mano. Ello nos explicaría más de un misterio encerrado en esta obra admirable que Schiegel calificó de epopeya y, ¡ahí es nada!, “como la más viva imagen que se haya dado jamás de la vida y genio de una nación”. ¡Qué paradójico se nos hace saber que ese libro apenas fue considerado en España, a su publicación, como una divertida parodia, o  “carcajada de ganapanes”, que se transformó luego en sonrisa (hacia el siglo XVIII) y, finalmente, en lágrima (siglo XIX). Gracias habría que dar, en todo caso, a los traductores y prologuistas ingleses – Jarvis, Warburton y Bowle – que antes, mucho antes que los españoles, supieron levantar en triunfo –  cito a Santos Oliver – “como obra príncipe, como la más universal, benévola y perenne de las historias, esa desconcertante humorada manchega, hija de una cárcel”.

Desconcertante fue también, en aquellos tiempos, la precoz devoción de los ingleses por la obra de un autor español. No olvidemos que Felipe II había enviado la “Invencible” a invadir Inglaterra apenas dos décadas atrás. Reconforta pensar que el mundo de la cultura, o el de las artes, puedan lograr la proeza se sobreponerse al odio. Tal vez deberíamos utilizarlas más como instrumento de concordia.

La pintura que ilustra estas líneas constituye una de las primeras interpretaciones al óleo realizadas de Don Quijote. Trátase de una obra del italiano Alessandro Magnasco (1690 circa). Prueba evidente de la temprana popularidad alcanzada por el “Quijote”, también en Italia.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 1 de febrero de 2004

Las lenguas del Quijote -I- “Haciendo boca…”

29/01/2010

Inauguro esta columna, dedicada a las lenguas del “Quijote”, con el doble deseo de permanencia en las páginas de este diario a lo largo de la conmemoración del IV Centenario de la primera edición de la universal novela, y de poder analizar, de consuno con el lector, el “prodigio de expresividad y de arte” que en dicha obra se encierra. La certera frase entrecomillada, que es de Ángel Rosenblat, viene como de molde para calificar un texto, cimero en la Historia de la Literatura, en el que el habla propia de cada estrato social se nos hace presente de un modo magistral e insuperable. Ese “coloquio” entre las distintas formas de nuestra lengua, máxima invención de nuestro inmortal Cervantes, sigue brindándonos hoy, en el fondo y en la forma, la sorprendente cualidad de su validez intemporal. Reconocemos en ellas, a pesar del tiempo transcurrido, las mismas formas de nuestro idioma actual; o, cuando menos, sus formas más directamente precursoras.

Exploraremos esa obra – “Don Quijote de la Mancha”- con sencillez y humildad y desde el punto de visión del lector medio, no erudito. Sólo así podremos entendernos y saborear, paso a paso, observaciones y hallazgos – del modesto autor de estas líneas y de estudiosos de verdadera autoridad – dignos de ser compartidos. Cuatro siglos son muchos para que una obra literaria mantenga incólumes la frescura y el interés que ofrecía cuando se compuso. El “Quijote”, no obstante, lo ha logrado. Veremos, también, que el “Quijote” es más que la primera y la mejor de las novelas. Para ello nos apoyaremos, a menudo,  en algunos de los juicios y reflexiones que las mentes más preclaras han producido al respecto desde aquel siglo XVII en el que la mejor novela jamás escrita viera la luz.

He hablado del “lector”, porque sería absurdo conversar sobre el “Quijote” con quien no lo ha leído.  Tal vez esta columna sirva para animar a su lectura a aquellos que, por una razón u otra, aún no han sentido la necesidad de hacerlo. Sería imperdonable que dejásemos pasar esta histórica efeméride – la del IV Centenario – sin franquear la sicológica barrera que con frecuencia nos separa de tan caudalosa fuente de agua viva.

La distribución ya iniciada de esa edición de la empresa pública “Don Quijote de la Mancha 2005”, que se encarta en la campaña “Un Quijote, Un Euro”, conseguirá, sin duda,  – como ha declarado su presidente, don José María Barreda Fontes – “que todos los castellano-manchegos tengan en su biblioteca el paraíso que nos desea Borges, otro gran habitante del territorio del Quijote, un ejemplar, usado por la relectura, de la gran obra de Cervantes por la que nos conoceremos mejor a nosotros mismos”.

La misma empresa citada, creada bajo los auspicios de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha para impulsar y dirigir los actos conmemorativos del IV Centenario del Quijote, ha lanzado, así mismo – en soporte DVD y a precio muy reducido – el  “Quijote” en dibujos animados; la producción española en la que to intervine como productor y que hace unos veinticinco años hizo las delicias de más de diez millones de españoles, niños y mayores. Otra nueva generación podrá, por tanto, saborear un producto audiovisual que convoca eficazmente a la lectura de la gran novela. Trátase en suma de conseguir que sea cada día menor el número de ciudadanos de esta Comunidad que no haya leído ese “Quijote” reconocido por todos como máximo exponente de nuestro común acervo cultural.

Balzac, Tolstoy, Flaubert, Carducci, el propio Shakespeare, coetáneo éste de Cervantes, y un sinnúmero de escritores célebres de todos los tiempos y latitudes, cuya lista sería imposible de reproducir, fueron devotos lectores del “Quijote”, obra literaria sobre la que volcaron unánimes y encendidos elogios. ¿Qué otro aval, qué otro impulso necesitamos los españoles, y en especial los castellano-manchegos para ponernos a leer, ¡pero ya!, tan importante obra? ¿No sentimos curiosidad por comprobar personalmente si son ciertos esos méritos y ese embrujo que en el mundo entero se atribuyen al “Quijote”? Resulta extraño observar que esta misma sociedad que a menudo se desvive por indagar en la vida privada  de personajes hueros que nada legan ni legarán jamás a nuestro tiempo, sea la que desdeña conocer esa gran historia en la que todos los tipos de España estamos representados.

Ningún español alcanzará a realizar plenamente la clásica consigna “noscete ipsum” (conócete a tí mismo) si no conoce el “Quijote”, porque es una lectura básica y fundamental para organizar nuestra personal y particular forma de ser, de pensar y de sentir.  Con razón insiste Barreda no sólo en la lectura, sino en la “relectura” de esta obra “por la que nos reconoceremos mejor a nosotros mismos”. Como ciudadano de un país en el que se lee muy poco, o en el que no se lee lo que más habría que leer, he pensado una y otra vez en que ello afecta negativamente a nuestra democracia porque impide el constante desarrollo del “mejor criterio” de los electores y pone en cuestión, por tanto, la calidad y madurez de su voto. Las lenguas del “Quijote” encierran por ello – y de añadidura – un incuestionable “valor” político.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 19 de enero de 2004

Esbozo histórico-geográfico de Peralvillo, reflexiones sobre su vinculación quijotesca y su proyección hacia el futuro

16/01/2010

En primer lugar, gracias a todos los presentes por haber venido hoy a Peralvillo. Constituís la mejor prueba de que esta aldea miguelturreña despierta interés. Antes de comenzar mi intervención, que espero no les aburra, quiero explicarles la razón de este mapa cuyos veinticuatro fragmentos acabamos de montar como los niños montan un puzzle. Su interés radica en que nos ayudará a situarnos, a algunos acaso por primera vez, en  este lugar de la Mancha en el que vivimos. Me consta que no todos saben que hay, por lo menos geográficamente, dos Miguelturra: el que podríamos llamar “Miguelturra Sur”, compuesto esencialmente por el pueblo de este nombre y sus campos circundantes, y el “Miguelturra Norte”, también denominado “Territorio Separado”, “Anejo de “Peralvillo” o, antiguamente, “Peralvillo Alto” y “Peralvillo Bajo”. Y ello se debe, creo, a que en los mapas al uso no se engordan lo suficiente sus respectivos límites, como aquí hemos hecho. Hay también quien  piensa que los dos territorios se comunican por algún punto, cosa que, como podéis ver, no sucede. Y, finalmente, otros dan por hecho que hay tan sólo un Miguelturra, el del pueblo, y que Peralvillo es, apenas, una pequeña aldea  al otro lado del río que depende de Miguelturra pueblo, es decir, como si toda esta extensa pedanía se limitara a un reducido número de casas y a 18 habitantes censados.

 Hace unos meses, cuando ya llevaba algún tiempo jugando a los detectives por estos pagos,  publiqué un artículo en la prensa titulado “Peralvillo: Miguelturra Norte”, que ya iba acompañado de una reproducción a escala reducida de este mismo plano. Como sea que dicho artículo contenía variada información sobre esto que estamos comentando, he traído conmigo suficientes fotocopias para que los que lo deseéis, podáis cogerlas después si es que no las habéis cogido ya. Sólo añadiré ahora que, territorialmente hablando, esta parte Norte en la que nos encontramos es la más importante de todo el término municipal, y basta una simple ojeada a este mapa para constatarlo. Como curiosidades adicionales, puedo añadir que esta Miguelturra Norte, donde ahora mismo estamos, acapara todos los ríos que bañan el municipio, a saber: el Guadiana, que hace de frontera natural al mediodía, y sus afluentes el Bañuelos y el Becea, los cuales, procedentes de Malagón y Fernán Caballero, pasan por Peralvillo unidos.

Observaréis que siempre hablamos del Bañuelos y casi nunca del Becea, por lo que es importante señalar que son los dos los que bañan esta vega, aunque lo hagan de consuno, antes de confluir en el actual embalse del Vicario. Algo así como el Tigris y el Éufrates, y la Mesopotamia, pero a escala, podríamos decir, de juguete.

Desde un punto de vista hidrográfico, por tanto, esta zona Norte de Miguelturra concentra una de las mayores riquezas hídricas de la región. Por otro lado, nuestra Ermita de Santa María la Blanca, en la que también se venera a San Marcos, conserva la última Virgen Blanca (aunque no la imagen original) que nos queda en este Campo de Calatrava en el que esta advocación mariana fue en un tiempo la más extendida. Curiosamente, sólo quedan dos vírgenes Blancas más en toda la Mancha, y éstas se encuentran en ese  Campo de Montiel  que perteneciera antaño a la Orden de Santiago.

 Y también otra aclaración oportuna que se refiere a los “Baños” o “Hervideros del Emperador”, situados en la margen derecha del Guadiana, dentro del anejo de Peralvillo. La aclaración, para conocimiento de cuantos están confundidos sobre este tema (que también me confundí yo en un principio), estriba en que dichos Baños o Hervideros del Emperador, no son distintos a los denominados “Baños” o “Hervideros de Trujillo”, por la sencilla razón de que se trata de los mismos. El error proviene, seguramente, del nombre  “Trujillo” que era el de la familia que los adquirió a mediados del siglo XIX , los reconstruyó y  tuvo en explotación hasta principios del siglo XX; así como al hecho de que, por dicha causa, unas veces se les haya llamado “del Emperador”, y otras, “de Trujillo”. Se que a algunos les sorprenderá esta aclaración, como a mí me sorprendió, y les invito a que consulten , si les resta alguna duda, el número dos de los excelentes Fascículos de Historia Local editados en 2001 por la Universidad Popular de Miguelturra. Si lo hacen quedarán atónitos, además, por la reproducción que dicho número contiene de un curioso anuncio en el que los propietarios del “Balneario Hervideros del Emperador” ofrecen habitaciones con cuarto y alcoba al precio de 1 peseta 50 céntimos diarios, y otras, sin alcoba, a peseta. Advierten que no se permitirá bañarse juntas a personas de distinto sexo. Eran, sin duda, otros tiempos.

Las ruinas, pues,  que hoy contemplamos gran parte del año inundadas por las aguas del Vicario, son las de unas construcciones del siglo XIX. El negocio, tras el ingente esfuerzo de recuperar los antiguos baños y volverlos a poner en servicio, debió de irles mal a los Trujillo y todo se vino abajo. Tal vez algunas de las piedras de aspecto ciclópeo que entrevemos entre las ruinas, sean las de los primitivos baños. Sea lo que fuere, impresiona esa capacidad que hemos tenido de permanecer impávidos ante la rápida destrucción de signos de nuestro pasado, incluso de nuestro pasado reciente. ¡Cómo pensar, viendo el desolado panorama actual, que hace menos de un siglo nuestros abuelos pudieron haber alquilado uno de esos cuartos a peseta diaria para curarse el reuma o la ictericia! Con nuestro vecino Luis, el dueño de “El Campestre”, he tenido ocasión de recorrer esas ruinas y de visitar la “hospedería” que los Trujillo se agenciaron mediante la adaptación de un viejo cortijo en cuya fachada aún puede verse el azulejo que reza “Casa de Baños” Luis me ha contado que vivió de niño con su familia en dicho edificio y que recuerda perfectamente aquellas dependencias que poco tiempo atrás habían sido utilizadas para las consultas médicas de los baños, así como las tablillas con los números de las antiguas habitaciones que aún estaban clavados en las puertas. También he leído que cuando en aquella hospedería no había habitaciones vacantes, los usuarios del balneario se hospedaban en casas particulares de esta aldea. Luis también ha comprendido por qué los que suponíamos dos baños distintos, son en realidad el mismo.

 La historia podríamos aplicarla igualmente a los célebres molinos harinero “del Emperador” y de “Malvecinos”, cuyas lamentables ruinas podemos contemplar hoy a uno y otro lado de los citados baños. y a distancias parecidas de éstos.

Tras mis pesquisas y lucubraciones sobre el tema, tiendo a unirme a cuantos afirman que estos baños y molinos fueron originalmente construidos por los romanos; dañados a lo largo de los siglos por frecuentes avenidas del río, y reconstruidos ya en el siglo XIX, para acabar en el XX en el abandono y ruina total en que hoy, en los albores del XXI, los contemplamos.  Retengamos, por el momento, estos datos:

 Miguelturra Norte, 18 habitantes censados, y casi 70.000 kilómetros cuadrados; Miguelturra Sur, 11.620 habitantes, y algo más de 50.000 kilómetros cuadrados.

A cada habitante de Miguelturra Sur, le tocan, por tanto, 4 Km. 2, mientras que a cada uno de los de esta zona Norte le corresponden en cómputo 4.000 Km.2. ¿No están notando ya ustedes que en esta apartada orilla como que se respira mejor?

Convendrán conmigo que siempre es bueno conocer el pasado y la historia del lugar en el que vivimos. El paisaje, con sus ríos, montes y dehesas; veredas o puentes, adquiere otra significación cuando hemos averiguado de qué batallas, flujos migratorios y demás acontecimientos humanos son testimonio mudo; cuando ya sabemos quienes fueron a lo largo de los tiempos sus dominadores de turno, o cómo vivió la población en cada una de las épocas. El motivo, pues, de esta charla no es otro que compartir el resultado de la modesta investigación documental y bibliográfica que éste que les habla ha ido realizando durante los últimos años, desde que reside en estos pagos. Dicha actividad, o si preferís “chafardeo” – para el que me siento muy inclinado – la he ido alternando, a ratos libres, con apasionantes inspecciones sobre el terreno, porque el campo, todos los campos, son también como libros que se leen con los pies.

Gracias a  ilustres expertos como Manuel Corchado Soriano, o Inocente Hervás y Buendía, así como a la existencia de importantes estudios ordenados por determinados reyes o ministros – Repertorios de Villuga y de Meneses, Relaciones Topográficas de Felipe II, Crónica General, Diccionario de Madoz, Catastro de Ensenada, etc. – sabemos bastante de lo sucedido por estas tierras del antiguo Campo de Calatrava, si bien las lagunas informativas se hacen cada vez más profundas a medida que intentamos remontarnos a periodos anteriores al año 1306, año, precisamente, en el que aparece mencionada por primera vez la aldea de “Per Alviello” (Peralvillo) como antiguo cortijo fortificado situado en terrenos baldíos de la Orden de Calatrava y dependiente, por tanto, desde la Reconquista, o más concretamente desde la victoria cristiana en las Navas de Tolosa, en 1212, de Calatrava la Vieja, donde la poderosa Orden , de cuyo poder sucesivos reyes castellanos estuvieron celosos, tenía en su castillo lo que podríamos llamar su cuartel general. Y así continuaron las cosas hasta la didolución de la Orden en 1836, junto al resto de órdenes militares, a excepción de las consagradas a la asistencia de enfermos, enseñanza de niños pobres, etc. que continuaron su actividad.

Miguelturra quedó huérfana, en cierto modo, de aquellos frailes guerreros que con aciertos y errores imposibles de valorar fuera de las circunstancias de la época, controlaron sus designios durante seis siglos. Claro que antes de la abolición, en el año citado, hace por tanto menos de dos siglos, la Orden hubo de presenciar la total destrucción de aquella ciudad y fortaleza por los ejércitos del caudillo Almanzor, en enero de 1196, tras haber arrasado aquellos ejércitos la ciudad de Alarcos en su avance imparable hacia Toledo. La Orden se refugió en Ciruela, después en Cobos, y, finalmente, en el castillo de Salvatierra, hasta que se decidió la construcción de un nuevo convento-fortaleza en el cerro del Alacranejo de Aldea del Rey, complejo arquitectónico que pasó a llamarse “Calatrava la Nueva”.

Terminadas las obras, en 1217, la Orden fijó definitivamente su residencia en ese nuevo lugar hasta que, otra vez, en 1802, tuvieron que abandonar el Sacro Convento para fijar su última residencia en el Monasterio de las Comendadoras Calatravas, de Almagro. Siguió luego, en 1835 la forzosa exclaustración de todos los religiosos y la extinción total de la Orden, como he dicho, en 1836. Increíble historia la de aquellos monjes-soldado que una mezcla de calumnias y de corrupciones internas llevó fatalmente a su fin, y que justificaría que en otra ocasión la analizáramos con más detenimiento, ya que fueron muchos los beneficios que la Orden había proporcionado a esta región, librándola primero de las devastadoras irrupciones agarenas y proporcionando después a sus pobladores tierras de labor para sus cosechas, extensos montes para sus ganados y hasta a muchos de ellos la autonomía política y administrativa de sus municipios para facilitar el desarrollo de su vida económica. He sacado estos últimos datos, principalmente, del libro “¡Salvemos a Calatrava” publicado en 1930 por Emilio Morales y Rivera, párroco arcipreste de Ciudad Real y correspondiente que fue de la Real Academia de la Historia.

 “Per Alviello”, al igual que “Miguel Turra”, eran los nombres de sus respectivos primeros pobladores. En la Mancha, más que en cualquier otra región de España, solía darse el nombre de su primer habitante a los caseríos que iban formándose en torno a la vivienda de aquél. Así, por ejemplo, la actual Ciudad Real, que se había llamado antes Villa Real, llevaba el nombre de Pozuelo de Don Gil cuando empezó a poblarse por familias procedentes de Alarcos que habían sobrevivido a la gran batalla y a la destrucción de sus hogares. Obviamente, Don Gil debió de ser si no el primer poblador, sí el vecino más relevante.

 Con respecto a Miguelturra, no falta quien defienda la tesis de que su primer poblador se llamaba Miguel, pero que la desinencia “turra” no responde al apellido de aquel señor sino que tendría su origen en el verbo “turrar”, quemar, en alusión a las siete veces que Miguelturra fue quemada durante los enfrentamientos con Ciudad Real. Recordemos que Villa Real fue fundada por  Alfonso X en 1255 (en este año 2005 en que nos encontramos, los ciudadrealeños celebrarán, como sabéis, el 750 Aniversario de dicha fundación) y que se fundó con el propósito principal de frenar con un nuevo e importante núcleo urbano, debidamente armado y amurallado (situado a tres kilómetros de Miguelturra y a doce de Per Alviello), el creciente poder de la Orden de Calatrava. De aquellas contiendas derivaron los nombre de los bandos enfrentados : “realengos”, también llamados “culipardos”, los que luchaban por Ciudad Real, y “churriegos”, los que lo hacían por Miguelturra.. Las causas  más frecuentes de las continuas refriegas entre ambas facciones era el muy conflictivo derecho a “leñar”.

 Vuelve a hablarse del cortijo de Per Alviello en las crónicas del incendio y ocupación de los que fue objeto por fuerzas de Ciudad Real, en 1323;  y poco más tarde, en 1329, con ocasión de la devolución de Per Alviello, con todo su término, a la Orden de Calatrava, por decisión de Alfonso XI. Finalmente, hay constancia de que en 1383 este término y su cortijo, junto con las dehesas del Corralejo y de las Navas de Ucenda, con  todos sus términos, es donado al concejo de Miguelturra. Es decir que la actual aldea en la que nos encontramos, y todo su término, pertenece a Miguelturra desde hace la friolera de 622 años. Por cierto que es en el documento de donación, firmado por el rey antes citado, donde por primera vez puede verse  escrito el nuevo nombre de Peralvillo, por deformación, obviamente, del original “Per Alviello”.

 Según Corchado Soriano (inicio la cita), “evidentemente se quiso compensar a los vecinos de Miguelturra las calamidades que por su posición fronteriza respecto a Villa Real les habían sobrevenido” (fin de la cita). Conviene recordar aquí que mientras Peralvillo fue incendiada una vez, Miguelturra fue quemada siete; lo que hoy la habría cualificado, sin duda,  para el Libro Guinnes de los Records.

 De Miguelturra sabemos que recibió la “Carta Puebla” en el año 1230, de manos del Gran Maestre de turno de la Orden de Calatrava, es decir, tres cuartos de siglo antes de la primera mención de Per Alviello de la que tenemos constancia. Las “cartas puebla”, como es sabido, consistían en una especie de diploma que contenía el repartimiento de tierras y derechos que se concedían a los pobladores del sitio o paraje en que se fundaba un pueblo. La historia de Miguelturra y la de su territorio separado de Peralvillo han dependido de dicha Orden  hasta la disolución de esa institución religioso – militar en el siglo XIX, es decir, no hace tanto tiempo.

Sobre el pasado remoto de estas tierra, son extraordinariamente escasos los restos arqueológicos encontrados, tanto en Miguelturra – pueblo como en el territorio separado de Peralvillo, por lo que sólo conjeturas pueden hacerse sobre su pasado íbero o romano. Personalmente, creo – así lo he escrito en alguna ocasión – que toda la Mancha es un inmenso yacimiento arqueológico todavía sin desvelar. Y esta zona no es una excepción. Prueba de ello son esas monedas romanas, restos de antiguas cerámicas y puntas de flecha de remotas épocas que más de un labrador ha encontrado al remover la tierra con el arado. Otra prueba la encontramos en esos castillejos anterromanos situados en la zona de la mojonera lindante con Fernán Caballero, al Oeste de Peralvillo.

Y es que esta comarca, y Peralvillo muy concretamente, por su emplazamiento privilegiado junto a un ramal de la calzada romana que unió Gades y Corduba con Toletum, tuvo que ser lugar de intenso tránsito durante siglos, al igual que escenario de diferentes batallas. Nos lo confirman esas ruinas, a media legua de la aldea, de los llamados “Baños, o Hervideros del Emperador”, y del Molino del mismo nombre, en pleno Guadiana. ¿A qué emperador se referirán? ¿A Julio Cesar? ¿Por qué no, si Julio Cesar estuvo por tres veces en Hispania y las batallas que libró forzosamente tuvieron que hacerle cruzar por esta región repetidas veces? ¿Por qué no si hay un largo tramo de calzada romana a pocos kilómetros de aquí, detrás de esa gasolinera próxima a la Azucarera de Ciudad Real; si el Camino Real que más tarde se construyó – y que también se llamó “Camino de Peralvillo” – seguía el trazado, casi exactamente, de la antigua vía romana? En el anuncio antes citado de estos baños, fechado en 1847, se indica que “existen desde tiempo inmemorial” y “que han permanecido abandonados y desconocidos de la generalidad”. Al describirse en ese documento sus instalaciones y la descomunal obra que en su día habría tenido que realizarse para aprovechar las virtudes medicinales de sus aguas ácido-ferruginosas, sólo ha lugar en nuestra mente para la inmensa capacidad constructora de esos providenciales invasores que supieron trocar la primitiva y pastoral Iberia en esa nueva y pujante Hispania que fue orgullo del Imperio y cimentación  principal para la España actual.

En un estudio que realicé en 1999 por encargo de los promotores de “El Reino de Don Quijote”, sobre la romanización del territorio que hoy comprende La Mancha, y que se inició, por cierto, en el siglo II antes de Cristo, pude hacer una lista de 37 lugares de Castilla-La Mancha en los que se han encontrado restos romanos, desde la importantísima villa del patricio “Materno”, en Carranque, hasta los yacimientos arqueológicos de Segóbriga, pasando por los de La Bienvenida; Granátula de Calatrava y, por descontado, Alarcos, amén de los puentes romanos de Orgaz, Villarta de San Juan, Tarazona de la Mancha, Villanueva de los Infantes, Talavera de la Reina y Granátula, entre otros. Indicaba en dicho estudio que con independencia de las ciudades y asentamientos romanos en la “Oretania”, sub-provincia del Imperio con capital en “Oretum”, en las proximidades de la actual Granátula, el territorio que hoy conocemos como la Mancha fue importante cruce de calzadas romanas militares (“vías consulares”, o “pretonianas”, de interés primordialmente estratégico), así como de vías “vecinales” destinadas a facilitar el comercio y los movimientos de la población. Como parte integrante de la provincia romana “Tarraconensis”, y zona de paso obligado entre las más prósperas ciudades de Hispania, la región alcanzó pronto el más alto grado de romanización. La Mancha entera, avanzaba en aquel informe, constituye un inmenso yacimiento arqueológico cuya exploración no ha hecho más que empezar. Por tanto, concluía, no resulta peregrina la idea de situar un “Palacio del César” (o un “domus imperator”) en algún lugar central de esta región, máxime cuando el propio Julio Cesar hubo de recorrerla repetidas veces durante sus largas estancias en Hispania: de un año de duración, como gobernador de la Hispania Ulterior, en el año 61, a.C.; con fines eminentemente bélicos en el 49, y de nuevo en el 45 a.C., cuando logra derrotar en Munda (la actual Montilla), prácticamente en el linde Sur de la Mancha actual, a los hijos de Pompeyo, en la trascendental batalla que puso fin a la guerra civil.

 Según Mariano Mondéjar Soto, la Miguelturra de hoy podría haber sido el lugar de la “Aquílice” romana, pero su presunción aún no ha sido demostrada. Lo que sí se ha demostrado, en cambio, y muy satisfactoriamente, como todos ustedes podrán comprobar en cuanto finalice esta charla, es que el nombre de “Aquílice”, posible antecesora romana de Miguelturra,  es, por el momento, el nombre de unos nuevos y excelentes vinos producidos por la miguelturreña cooperativa agraria que, a fe mía, van a dar mucho que hablar y para los cuales deseamos, dicho sea de paso, el mejor de los éxitos comerciales.

Pero, en llegando a este punto, también tendremos que hablar, digo yo, de esa historia que a algunos “nativos” parece producirles un poco de repelús, pero de la que debemos hablar porque pertenece a la Historia de España con mayúscula. Me refiero a ese “cerro de las horcas”, también llamado “de los palos”, en el que la Santa Hermandad, precursora de la actual Guardia Civil, cumplió durante siglos el triste oficio de ejecutar a los reos de graves crímenes y delitos. Allí está el cerro de marras, a medio kilometro más o menos de nuestra aldea, yendo hacia el Piélago, aunque partido ahora como por un hachazo por la carretera Ciudad Real-Toledo.

 Allí está junto al antiguo “camino real”, como ha estado siempre, sólo que ahora, afortunadamente, en el lugar en que se levantaron aquellos instrumentos de muerte, vemos crecer esos árboles plantados por Saturnino Asensio y que nos ofrecen el más optimista signo de vida y de esperanza.

 De aquellas horcas, nos guste o no, deriva la fama universal que Cervantes, por medio de su “Quijote”, quiso regalar a Peralvillo. Al igual que el nombre “Gólgota” es inseparable del  recuerdo de la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo; el “Colisseo” romano, del martirio de millares de cristianos; la “Torre de Londres” de un sinfín de decapitaciones por  perversas razones; o la Roca Tarpeya de la fea costumbre de precipitar al vacío a los reos de alta traición; Peralvillo no puede volver la espalda a esos episodios causantes de su universal celebridad. Después de todo, no fueron los escasos habitantes de Peralvillo (hubo un tiempo en que sólo había uno, que era el encargado de una  posadilla que aquí hubo del concejo), sino aquella severa institución llamada Santa Hermandad, la que, y desde Ciudad  Real para más señas, dictaba las condenas y ordenaba su ejecución en estos parajes alejados de la capital. 

Negarnos a rememorar aquellos tristes sucesos sería como si en Madrid, o en el propio Museo del Prado, se silenciaran los fusilamientos de La Moncloa durante la Guerra de Independencia, o se corriera un tupido velo sobre los  “autos de fe” y las horrendas  ejecuciones del Santo Oficio que se celebraron en la madrileña Plaza Mayor. La elección de Peralvillo con el sórdido fin para el que fue elegido, venía justificada únicamente por ser éste un lugar muy pasajero, y por la necesidad de que la exposición de los cuerpos de los ajusticiados en tan visible y elevado lugar subrayara el carácter de “castigo ejemplar” que quería darse a tales ejecuciones. Se trataba de obtener el deseado efecto disuasivo entre aquellos terroristas de la época, llamados “golfines”, que asolaban estos campos manchegos con sus crímenes y fechorías.

 En el célebre “Tesoro de la lengua castellana”, de Sebastián de Covarrubias, se define a Peralvillo como “un pago junto a Ciudad Real, adonde la Santa Hermandad hace justicia a los delincuentes con la pena de saetas”.

 Y sobre la mención que en el “Quijote” se hace de Peralvillo, la encontramos, como sabéis (los que hayáis leído la novela, claro), en el capítulo XLI de la II Parte, cuando en el jardín del Palacio de los Duques

están preparando a  Sancho para su vuelo imaginario, que el pobre Sancho piensa que será real, sobre Clavileño, el célebre caballo de madera. Mientras le aúpan sobre Clavileño y le ponen  la venda en los ojos, el pobre Sancho exclama, muerto de miedo: “¡qué mucho que tema no ande por aquí alguna región de diablos que den con nosotros en Peralvillo?”. Porque “dar en Peralvillo”, es decir, acabar los días de uno en Peralvillo, en el lenguaje de la época, equivalía a acabar pero que muy mal.  Tal era la fama que

Peralvillo tenía en toda la Mancha como lugar de ejecuciones. Y no sólo en la Mancha, a decir verdad, porque cuando en el Perú se produjo, en el siglo XVI, una explosión de bandolerismo que asolaba, al igual que en el Sur de España, campos y caminos, el Rey dispuso que se enviara un destacamento de la Santa Hermandad de Ciudad Real a aquel Virreinato para ayudar a fundar lo que pronto sería la Santa Hermandad de Lima. Pues bien, el lugar que se eligió para llevar a cabo las ejecuciones, era una loma junto al Camino Real que estaba situada a unas dos leguas al Norte de Lima. Y a aquel sitio se le dio el nombre, que aún conserva en nuestros días, de Peralvillo, en memoria del célebre lugar de ejecuciones allá en la Mancha, en la lejana España. Un curioso paralelismo de nombre, función y localización geográfica que justificaría, a mi modo de ver, un hermanamiento de aquella comunidad con la nuestra, y no precisamente para ampararnos en el españolísimo refrán “mal de muchos, consuelo de tontos”, sino para recordar con naturalidad una espeluznante historia compartida.

He aquí una lámina de un artista peruano, que curiosamente me descargó de Internet Javier Palomares, nuestro artistazo de hoy (que no sólo es cantante), en la que se reproduce la figura a caballo de un “alcalde”, o “jefe cuadrillero” de aquella Santa Hermandad de Lima, cuyos miembros también eran llamados unas veces “caballeros de la ley”, y otras, “custodios de la paz”. El texto que aparece junto a la imagen reza así: “Alcalde de la Santa Hermandad a fines del siglo XVI. El campo era el espacio en el que operaban los Alcaldes de la Santa Hermandad, apoyados por cuadrilleros (se llamaban así porque, como en la Mancha, formaban patrullas de a cuatro), en casos de robo, hurtos, salteamiento de caminos, muertes y heridas, incendios, raptos y violaciones de mujeres honestas (no dice nada de las deshonestas), todo ello ocurrido en despoblado o en yermo, como su similar lo hacía en España desde tiempos de los Reyes Católicos. Su actuación no fue constante, pues su mantenimiento corría a cargo de los vecinos tributarios (algo parecido a lo que ocurría en mi Cataluña natal con el “Somatén”), de allí su intermitencia.

 El Conde de la Granja envió desde Lima a la ilustre poetisa Sor Juana Inés de la Cruz, un romance laudatorio en el que incluía este verso “tranquilizador” sobre la fundación de aquella Santa Hermandad ultramarina “cuyo Tribunal es ya” – le comunicaba  – “picota del Peralvillo”:

Y aún hay otro “Peralvillo” en México (¡qué famosos fuimos!), fundado durante la colonia, al Norte también de su actual Distrito Federal, del que les hablaré otro día, siquiera para darles hoy un respiro; aunque en ese caso no se trataba de un patíbulo, como en Lima, sino de una aduana construida en tiempos de la corona, junta a la aldea de Tlatetolco y en la calzada llamada de Peralvillo, destinada a cobrar impuestos sobre el pulque que entraba en la capital (el pulque es ese cactus del que se extrae el tequila).

Hay una película mexicana de 1953, dirigida por Alejandro Galindo, que lleva el título “Los Fernández de Peralvillo” Habrá que indagar en la filmoteca nacional de ese país para conseguir una copia.

Otra sorpresa nos la depara el hecho de que en la capital mexicana existe una calle y un populoso barrio, ambos llamados “de Peralvillo”, al igual que  hay una calle en Miguelturra pueblo, sólo que aquellos están a miles de kilómetros de aquí.

Podría mencionar, así mismo, que he descubierto la existencia de una comedia española titulada “Los Beverly de Peralvillo”; de una murga que lleva el nombre de “Los últimos de Peralvillo”, y de otra película, ésta de 1988, intitulada “Los Hijos de Peralvillo”, si bien no he podido averiguar nada más sobre ellas. Habrá que continuar intentándolo. (De seguir así voy a necesitar una subvención del Ayuntamiento)

Pero aún no he terminado con mi informativo sobre ese cerro de los palos de este Peralvillo de nuestros desvelos que es, a fin de cuentas, el que nos ha tocado en suerte y cuya historia ni podemos ni debemos cambiar. Sólo desearía leer algunos textos, extraídos de libros viejos, en los que se transcriben testimonios presenciales de antiguos viajeros por estas tierras. Los considero necesarios para rematar esta historia y poder pasar a tratar, antes de concluir mi intervención, de un par de temas mucho más agradables y, para su tranquilidad, más cortos.

En el libro “El Campo de Calatrava. Los Pueblos”, de Corchado, leemos pasajes como este que sigue, extraído de un documento de 1482 y que a mi me pone la piel de gallina:

 “Desde la fundación de la Santa Hermandad se señaló Peralvillo por su situación sobre el camino real como lugar de las ejecuciones de los reos, razón por la cual arrastró triste celebridad, y de ello a mediados del XVI tenemos un testimonio directo:  …Saliendo yo de Ciudad Real para Toledo vi junto al camino en ciertas partes hombres asaeteados en mucha cantidad, mayormente en un lugar que se dice Peralvillo, y más adelante en un cerro alto, donde está el arca, que es un edificio donde echan los huesos después que se caen de los palos…”  La cita de Corchado, como he podido averiguar, porque él no lo aclara, es de un libro del viajero Pedro de Medina, publicado en 1549, con el título “Libro de grandezas y cosas memorables de España”.  En este libro se ironiza sobre la extrema rapidez de aquellos  procesos que a menudo habían llevado al patíbulo a personas inocentes. Podríamos decir que la Santa Hermandad actuó con frecuencia como precursora de aquel improvisado general que andando el tiempo se haría célebre por dictar sentencias de este tenor: “¡Afusílenlo, que dimpués veremos!”.

 En el viaje literario que a finales del XVIII realizó Don Antonio Ponz, cruzó por Peralvillo dejando el siguiente testimonio:”…tres leguas hay desde Fernán Caballero hasta Ciudad Real, y a medio camino después de Peralvillo, que es una aldea, se sube una lomita, en cuya cumbre se encuentra una especie de depósito o carnerario, en donde la Santa Hermandad solía hacer en otro tiempo sus ejecuciones de justicia contra los salteadores de caminos y dejaban allí sus cadáveres…”

En 1911, el Padre Clemente Cortejón, anotador del “Quijote”, mencionaba que ” en la actualidad (1911) hay dos Peralvillo, alto y bajo, formados por dos caseríos de 15 habitantes, de hecho y de derecho, el primero, y de 7 el segundo. Uno y otro están agregados al término de Miguelturra, partido judicial de Ciudad Real. Viénele la celebridad a Peralvillo, porque en él la Santa Hermandad Real y Vieja de Ciudad Real ahorcaba a los criminales, y para mayor afrenta los asaeteaba después, dejándolos luego insepultos”.

Por cierto que algunos vecinos de Peralvillo creemos haber localizado ese “arca” u osario que algunos escritores sitúan a pocos pies del cerro de marras y desearíamos que los organismos competentes pudieran proceder a su excavación y examen. De la célebre arca, u osario hay referencias también en el  libro “Historia documentada de Ciudad Real”, de Luis Delgado.

Cambiamos ahora de tercio, para acabar mi intervención con buen pie. Hablemos, pues, de cosas bonitas, como es, por ejemplo, que en los últimos dos o tres años, dos vecinos de Madrid, uno ya retirado de una vida más que activa – éste que les habla – y otro – el amigo que ya todos llamamos

aquí  “Tito”, o “el Marqués” – aún en plena actividad empresarial y enamorado de esta aldea y de sus paisajes, han fijado su residencia, fija o intermitente, en esta pedanía. Y hay otras familias que se están asentando aquí, aunque sólo vengan, de momento, los fines de semana y festivos. Pero es una clara señal, tras siglos de escaso crecimiento vegetativo de esta población, de que las cosas cambian y de que, nadie puede negarlo, “Peralvillo atrae”.

Tito es el causante, entre muchas otras cosas, de que ya todos sepamos aquí lo que es un tamarindo; pero, sobre todo, de ese eslogan de su invención que reza “PERALVILLO, ALDEA ECOLÓGICA” que ya tiene hasta una larga pancarta para extender por lo alto de la carretera en ocasiones señaladas, como fue la del reciente “Día Ecológico” que se dedicó a la limpieza. Creo que es bueno que Peralvillo tenga otro vecino – José Antonio Rodrigo – que pinta al óleo y sabe hacer lo que se proponga con sus manos; otros, u otras, como el propio Saturnino, nuestro alcalde pedáneo, y Dª Manuela, que componen poesía; otro, catalán por más señas, que escribe sobre Peralvillo en los periódicos de la región; bastantes vecinos y vecinas que bordan – fíjense que cosa tan difícil – bordan las migas y las gachas. Y también un artista carpintero de la Diputación

Provincial recientemente jubilado; un gran restaurante que hace que la gente se pare a conocernos y a “embaular”, que así es como se llama en el “Quijote” al buen yantar. No nos falta un excelente escultor  – Ramón de la Ossa —  con un bellísimo Cristo labrado en un tronco (un tronco que por su caprichosa forma natural ya proporciona la mitad de la escultura) que parece cosa de milagro. Junto a las aguas más próximas a la aldea, puede contemplarse la llamada “Cruz del Obispo”, triste recuerdo de uno de los enfrentamientos más penosos de nuestra historia, y a este lado de la carretera, junto al viejo camino de Peralvillo, nuestra Asociacion de Vecinos se propone reponer una columna, hoy desaparecida, que estaba coronada por una cruz de forja y en cuya base de granito figuraba la inscripción “Por este lugar pasó Fray Luis de León”.

Disponemos, cómo no, de agricultores con experiencia de muchas generaciones que podrían sentar cátedra de sus conocimientos de “agri – cultura”  en cualquier Facultad de Ciencias Agrarias, cual es mi amigo Sotero, porque aquí, además de los cultivos actuales, se ha cultivado en el pasado desde el tabaco hasta el arroz pasando por toda clase imaginable de productos. También, tenemos en Peralvillo una de las viñas – la del Paraíso – más grandes de toda la Mancha, con sus casi 500 hectáreas de viña de espaldera e irrigada. Y, cómo no, contamos con una importante cabaña de vacuno – la del Congosto – la antigua quintería que toma el nombre de ese estrechamiento de los montes que más abajo se desborda en los amplios pastos de la vega del Bañuelos ¡y el Becea! y que fue antaño, según podemos leer en viejos libros, escenario de numerosas batallas y posible cuna de antiguas civilizaciones. Saludo desde aquí a nuestro vecinos y amigos José Luis, Mª Sagrario, Rocio y Rociito, representantes de las tres últimas generaciones vinculadas a esta antigua heredad.

Sucede con esta propiedad algo parecido a lo que ocurre con la histórica finca “La Torrecilla”, algo más lejos de aquí, que también se menciona muy frecuentemente en antiguos textos. De ella podrían hablarnos mucho mejor que yo Eduardo Barco y su esposa Ana, dos de los excelentes amigos que he hecho en esta tierra y que también veo esta tarde aquí. Tenemos, por citar alguno vecino más, y que los demás me perdonen por no poder dar aquí la lista telefónica, al miguelturreño Federico Valero, “chafardero” impenitente de nuestra historia local, como yo, que escribe sobre nuestro Puente de Hierro en el Guadiana, ese puente que habrá que restaurar urgentemente y que hay quien dice que lo proyectó el mismísimo Eiffel, el de la célebre torre parisiense. 

Pocos kilómetros más arriba, llegando a Fernán Caballero, va a construirse, según me han contado, una urbanización para más de 250 chalets. Pocos kilómetros más abajo, ya disponemos de un centro de golf que pronto será uno de los más importantes de Europa, amén de ese “Reino de Don Quijote”, en parte de cuyo diseño este que les habla tuvo el placer de colaborar, y que albergará, Dios mediante,  hoteles, zonas de ocio de todo tipo y nuevas zonas residenciales. La Puerta de Toledo y su nueva prolongación urbana cada día está más cerca; y lo mismo sucederá con Fernán Caballero. Entre este último pueblo y Peralvillo, el cerrillo de la Casa de Madera pronto estará ocupado por dos vecinos más, aunque sean de fin de semana. Hola, David; hola Pío; y Señoras. Uno de ellos, por cierto, es un joven fotógrafo ciudadrealeño – David Céspedes – avezado piloto en días festivos de ese extraño artefacto llamado “parapente” que a menudo vemos sobrevolar nuestra aldea; el mismo que, como experto escalador, coronó en su primera juventud media docena de las cumbres más altas del mundo: el Aconcagua, el Kilimanjaro, el Mc Kinley,…y plantó en ellas sus consabidas banderillas con la enseña de Castilla-La Mancha. Este es uno de los numerosos libros que publicó sobre sus arriesgadas escaladas: concretamente el referido a la escalada del Mc Kinley, en el corazón de Alaska. Y el otro nuevo vecino que he citado, el conocido industrial ciudadrealeño propietario de “Cromados Pío”.

 Y no podemos olvidar esa autovía Toledo-Ciudad Real que pronto pasará por detrás nuestro, como rozándonos el cogote, y de la que partirá un desvío hacia Peralvillo, con una glorieta a trescientos metros más arriba de la actual carretera que, Dios lo quiera, obligará a aminorar la marcha a los coches que actualmente bajan como locos desde la curva de las “olivas”; ni el gran “Aeropuerto Quijote”, que va a ser “vecino” de ese histórico caserío de “La Torrecilla” mencionado antes, y que ya está en una fase muy avanzada de obras. Obras que afectarán, favorablemente sin duda alguna, a las comunicaciones y al progreso de toda la región. Podríamos hablar aún de esa nueva autovía que a la altura del nuevo Aeropuerto comunicará Valencia, vía la Mancha, con Lisboa. Frente por frente de la aldea, por si los proyectos ya citados fueran poco, el Ministerio de Medio Ambiente y otras instituciones están acondicionando nuestro humedal para convertirlo en un edén en medio de la sequedad y en una importante reserva de fauna acuática. Hasta los flamencos rosa vienen a vernos. Y, para postre, ahora nos han caído, como llovidos del cielo, esos doce kilómetros de la “Ruta del Quijote” y este mismo edificio en el que nos encontramos, ampliación realizada por el Ayuntamiento de Miguelturra del local de la antigua escuela, para que todos estemos contentos, aunque, naturalmente, no lo exterioricemos demasiado para que ese ayuntamiento siga invirtiendo en  Peralvillo sin pausa, como está mandado. Tenemos que ser un poco británicos en estas cuestiones.

 En fín, amigos, que Peralvillo es un pequeño lugar privilegiado. Tanto es así que somos pequeños pero tenemos, ¡ahí es nada!, dos alcaldes. Uno a doce kilómetros de distancia pero que se presenta en cuanto le llamamos, y otro, el alcalde pedáneo, un alcalde de “estar por casa” como podríamos decir cariñosamente, domiciliado a treinta metros de aquí. O sea que somos abundantes, en el buen sentido de la palabra (porque ya he aprendido que en la Mancha lo de “abundante” tiene otras connotaciones). Por tener, hasta tenemos en este Miguelturra Norte todos los ríos del municipio, todos los humedales del municipio y las más hermosas puestas de sol del municipio. Encima, nuestro territorio, Miguelturra Norte, es más extenso que  Miguelturra Sur. Es natural que un servidor vea este territorio como la joya de la corona.

Sólo nos faltaría saber – y ya voy terminando – cómo nos llamamos: ¿peralvillenses?, ¿peralvillescos?. ¿peralvillanos?, “peralvinos” o “peralvilleros”, y esto habrá que decidirlo o, como dicen los políticos, “consensuarlo”.

Por último, yo que antes era defensor de la grafía de Peralvillo con “b” de Barcelona, he de reconocer que me he cambiado de chaqueta y defiendo ahora todo lo contrario, o sea: Peralvillo con “v” de Valencia. Han sido demasiadas las veces que en toda clase de libros y documentos lo he visto escrito con “v”, como corresponde a un nombre derivado de “Per Alviello”, para que verlo escrito con “b” como hace la Dirección Nacional de Tráfico, Telefónica y Correos, no me parezca un atropello. Así que me arrimo a la referencia al respecto, que antes combatía.

Muchas gracias.

Conferencia pronunciada por Pepe Romagosa ,
Presidente de la Asociación Cultural “Ciudad Real Quijote 2000”,
en el Centro de Usos Múltples de Peralvillo (Ciudad Real),
el día 22 de enero de 2005, a las 18,00 horas

© 2005  José Romagosa Gironella