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Miserables

04/03/2012
Los miserables, queridos lectores, no son los pueblos de la Tierra que se mueren de hambre sino los potentados y avaros que, pudiendo impedirlo fácilmente, no hacen nada en su favor. Espero que haya de verdad un infierno para esos ricos inhumanos que pueden sentirse felices ante las insatisfechas necesidades básicas de un tercio de la Humanidad. Apelo, en última instancia, a la justicia divina. La lista de los millonarios de la célebre revista “Forbes”, a los que tanto admiran y envidian las sociedades consumistas, no es más que el censo de candidatos preferentes a ese juicio final. Con el gasto astronómico que en el mundo se hace en el campo armamentístico, y el vergonzoso dispendio en vicios, lujos y vanidades, cerca de dos mil millones de seres humanos carecen, en pleno siglo XXI, de alimentos, agua corriente, electricidad, asistencia médica y escuelas, cuando no de un simple techo o del más rudimentario retrete.
Los ricos del mundo se empeñan en ignorar que sus ayudas solidarias al doliente Tercer Mundo, no sólo les proporcionarían la máxima paz de conciencia alcanzable por el ser humano, sino que les reportaría ingentes lucros futuros. Esa jequesa de Qatar que ha pagado más de 30 mil millones de las viejas pesetas por un cuadro de Cézanne, habría podido cambiar con esa fortuna la faz de tres naciones enteras de su vecino Cuerno de África, y experimentar con ello un goce que jamás le proporcionará la contemplación de su valiosa colección de arte. No exagero un pelo si les digo que, de haber invertido esa impronunciable cifra en una obra humanitaria, habría alcanzado a ser tan feliz como doña Ramona, la admirable vecina de Peralvillo que, con una pensión que no llega al salario mínimo interprofesional, viene enviando cien euros todos los meses a un paupérrimo país africano, costeando así el mantenimiento y la carrera de un chaval morenito del que es madrina. Espero que me perdone por desvelar algo que ella lleva en secreto, y que un servidor, siempre indiscreto, ha descubierto por azar.
¿Se imaginan, amigos, cómo podría cambiar el Tercer Mundo si los acaudalados de “Forbes” le destinaran un diezmo de sus ganancias anuales? Uno llega a preguntarse por qué no lo hacen, si los millonarios saben cómo desgravar, incluso al cien por cien, este tipo de “donaciones”. Y halla la respuesta en esta otra pregunta: ¿Cómo van a dar algo de su fortuna cuando vemos – o hemos visto no ha mucho – que el banquero Botín donó un manto a La Virgen del Pilar, pero el manto llevaba bordado, y en lugar bien visible, …¡el logotipo del Banco de Santander!
© 2012 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 20 de enero de 2012

Abomino del Gobierno

29/12/2010

Como demócrata que soy – y me siento – estaría dispuesto a respetar cualquier gobierno que en nuestro país surgiera de las urnas. Pero como cristiano que soy – y que me siento por encima de cualquier otra consideración – me niego a reconocer como legítimo a un Gobierno como el actual que ataca nuestra Fe. Acepto, como cristiano, la condición de aconfesionalidad de nuestro Estado democrático, porque entiendo que es justo que mi Religión pueda coexistir en armonía con otros credos diferentes; y que España pueda estar presidida por la firme convicción que emana de la libertad religiosa. Pero abomino abiertamente de un Gobierno como el que hoy padecemos, que ataca mi Religión (que es mayoritaria en el Estado), dificulta su práctica (pensemos en el atropello que se ha intentado perpetrar, aunque sin éxito, contra la comunidad religiosa de Cuelgamuros), discrimina y desprestigia socialmente a los cristianos, y carga contra la Familia Cristiana y el sagrado Derecho a la Vida por todos los medios a su alcance. Abomino abiertamente, “me cueste lo que me cueste”, de un Gobierno mal llamado “socialista”, ya que el primer socialista de la Historia, y el único verdaderamente sincero, fue y seguirá siendo Jesús, nuestro Salvador, por los siglos de los siglos. No en vano su Doctrina se resume en dos mandamientos supremos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.
No soy capaz de reconocer a un Gobierno que en medio de la severa crisis económica que padecemos, destina ingentes cantidades del dinero que no es suyo, porque es – o era – de todos los españoles, a bizarras atenciones a extraños colectivos, incluso en otros países; mientras se afana vanamente por erradicar todo sentimiento religioso del corazón de los católicos españoles. ¡Vano intento, como digo, porque nadie puede echar un pulso a Dios! 
Como el Santo Padre nos recuerda a diario – y también algunos medios de Comunicación – el Cristianismo vuelve a ser perseguido en varias regiones del mundo. Ya suman legión los cristianos que están siendo masacrados por el integrismo islámico. Pero el Gobierno de España, formado por individuos sin cultura ni formación humanística alguna, fomenta la implantación – en particular en Cataluña – de ese fundamentalismo foráneo que ya anuncia mayorías electorales en distintos municipios de mi castigada patria chica. Entre ese nuevo factor transformador contra natura de mi católica tierra catalana, y las minorías, igualmente foráneas, surgidas del cinturón industrial de Barcelona (que no de la Cataluña histórica), se está logrando el objetivo, enunciado por Gadafi y otros locos revanchistas, de afianzar la quinta columna de una futura UE islámica.
Me desmarco abiertamente de un Gobierno que se ha tornado en paladín del desacato a nuestra Ley Fundamental, y en adalid imparable del desmembramiento de España. Pero, por encima de todo, abomino de un Gobierno impresentable que osa retar a Dios, inventa el “bautismo civil” y nos hace preguntarnos sin cesar qué fuerza del Maligno lo mueve, qué suerte de masonería lo impulsa. No tengamos miedo, amigos míos, de hablar claro. Rechacemos de una vez el cobarde silencio de los corderos.    

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  27  de diciembre de 2010

La gran benefactora del mundo

10/12/2010

¡FELIZ NAVIDAD!

Hay ciertas injusticias que claman al cielo. Una de las mayores es la ingratitud que algunos muestran hacia la Iglesia Católica, al pretender ignorar la incomparable obra social y humanitaria que lleva a cabo en el mundo. Independientemente del credo que uno profese o deje de profesar, es de elemental justicia reconocer una labor que ningún Estado ni institución ha alcanzado a igualar.
Al constatar los ataques que se dirigen a la Iglesia con ocasión, por ejemplo, de los lamentables casos de pederastia que afectan a uno de cada diez mil sacerdotes católicos, o que vienen motivados por la no aceptación de alguno de sus dogmas o reglas, un servidor echa en falta que no se alaben con igual énfasis esas obras de incalculable valor que la Iglesia realiza y que todos, incluso los no creyentes, deberíamos agradecer profundamente.
El arzobispo de Zaragoza ha dado a conocer el dato (ya era hora de que alguien lo hiciera) de que la Iglesia Católica ahorra al Estado español – se refiere al año 2007 – la impresionante cifra de 36.060 millones de euros. Aunque el prestigioso economista José Barea ha reducido dicha cifra a 31.189 millones; el dato sigue siendo aplastante. Es el coste que soporta la Iglesia para mantener vivos y en pleno funcionamiento – ¡agárrense! – 51.141 centros de enseñanza, 107 hospitales, 1.004 centros asistenciales, 365 centros de reinserción social, 937 orfanatos, Cáritas, Manos Unidas, Domund e infinidad de otros programas de beneficencia. ¡Y esto sólo en España!
Con independencia de ello, la Iglesia Católica española soporta el 80 por ciento de los gastos de conservación y mantenimiento del Patrimonio eclesiástico (catedrales, iglesias, conventos, monasterios, ermitas, bibliotecas, museos, archivos, etcétera) existente en nuestro país. Gracias, en buena parte, a que la Iglesia desarrolla esta costosísima función, España puede hoy disfrutar de la más alta posición como país turístico, con todos los beneficios para las arcas del Estado que de ello se derivan. Y aún habría que mencionar el beneficio económico que nuestras Semanas Santas, el Camino de Santiago, y tantas otras tradiciones generan para el erario público; así como el coste de remunerar, aunque sea austeramente, a millares de religiosos que día a día sirven a los ciudadanos (misas, confesiones, bautizos, funerales, primeras comuniones, bodas, viáticos, catequesis y demás servicios religiosos y sociales).
Uno siente vergüenza de tener que recurrir a estos datos económicos para convencer a cierta gente de la bondad de la Iglesia Católica, cuando son infinitamente más valiosos los beneficios morales que ella aporta al ser humano a lo largo y ancho del mundo. Resulta aburrido escuchar las torpes y manidas críticas sobre el «poder» de la Iglesia, o sus «riquezas», porque quienes las vierten ignoran, entre muchas otras cosas, que ese poder no es otro que el de la Fe incombustible que mil ciento sesenta y seis millones de cristianos profesamos, aunque nunca alcancemos a dar fiel testimonio de ella; y que esa riqueza (»su» patrimonio) es el fruto acumulado de los bienes materiales que nuestros antepasados quisieron donar a la Iglesia a lo largo de veinte siglos, y que, dicho sea de paso, pertenece y beneficia a todos, creyentes y no creyentes. 

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  6  de diciembre de 2010

Fe cristiana y fe democrática

25/12/2009

Esta reflexión es la de un cristiano demócrata. Quien no sea ambas cosas no podrá suscribirla, pero le conviene por lo menos leerla, dada la alta proporción de españoles que profesamos a un tiempo una y otra creencia.
Si iniciamos la meditación por nuestra fe religiosa, observaremos que la mayor parte de los cristianos no la supeditamos a la mayor o menor perfección de la práctica que hacemos de ella: reconocemos que nuestra Iglesia, esa «asamblea» católica formada por sacerdotes y seglares, ha desarrollado una misión civilizadora de valor incalculable, pero también ha errado hartas veces porque está construida con material humano. Las lamentables historias de los cismas, de la Inquisición o del reprobable comportamiento de algunos cristianos – de los Papas abajo – no nos han hecho perder la fe, porque entendemos que por encima de esa Iglesia está la doctrina de Jesús, y ésta es perfecta e incuestionable. Lo único imperfecto que pudiéramos encontrar en el mensaje que nos transmite el Evangelio, se debería, en todo caso, a enmiendas o corolarios añadidos a posteriori por el hombre. Que la Iglesia pidiera un día perdón por su condena a Galileo, o que lo pida en el futuro por otros errores más recientes, en nada debe hacernos cuestionar nuestra fe en Jesucristo, ni la bondad universal de su Palabra.
A este columnista le pegaron mucho algunos padres escolapios en su edad escolar, pero no por ello deja de reconocer las buenas enseñanzas que le inculcaron. No le pasó lo del escritor Javier Reverte, que niega la exisencia de Dios simple y llanamente porque – cito aquí sus palabras – «los curas me hicieron ateo a hostias». ¡Qué falta de discernimiento en un hombre tan inteligente! ¡Qué trágica incapacidad de disociar entre lo divino y lo humano!
Y si continuamos la elucubración y examinamos nuestra fe democrática, constataremos prácticamente lo mismo; es decir, que creemos en un sistema que consideramos el mejor para el gobierno de los pueblos, o cuando menos el menos malo, a pesar de que todavía no hayamos logrado ponerlo en práctica limpiamente. El sistema podría ser perfecto sobre el papel, pero es el hombre el culpable de las guerras devastadoras que bajo tal sistema se han desencadenado y de que el abismo entre ricos y pobres sea cada día más profundo. Y, no obstante, seguimos creyendo en la democracia y llamando reaccionarios a quienes no luchan por ella. Si un político contesta «hoy no toca» ante la pertinente pregunta de un periodista, un presidente del Gobierno se niega a informar al pueblo sobre el pago de un rescate, o un ex presidente comunitario rehusa admitir que favoreció con millones de euros a la empresa de su hija, el creyente democrático no abjura de su fe; sólo lamenta profundamente que el sistema haya sido una vez más burlado.
Conclusión: disponemos de códigos magníficos e inmejorables, pero no cumplimos sus reglamentos. No es posible aspirar a una auténtica solidaridad humana sin Jesús, ni a una verdadera democracia sin demócratas.

© 2009 José Romagosa Gironella

Artículo publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el 07/12/2009 “Puntos sobre las íes”

“EL QUIJOTE, RÍO DE AGUA VIVA”

24/12/2009

¡Feliz Navidad, …y PAZ!

EL QUIJOTE , RÍO DE AGUA VIVA”


En el “Quijote” encontramos la fórmula para construir un mundo más justo, esto es: la preocupación por los más débiles, la defensa del amor, la libertad y la justicia. Es el gran mensaje de Cervantes a la sociedad positivista; al capitalismo desaforado de esta nueva edad de piedra, ebria de tecnología, que no alcanza a comprender la simplicísima verdad de que en la ayuda al desarrollo de los pueblos más pobres de la tierra se esconde su futuro.

 Es igualmente interesante advertir que los conceptos cristianos que brotan con fluidez del madurado espíritu del Autor, vienen a ser tan universalmente aceptados, a fuer de irrefutables, que ningún otro credo o cultura ha osado alzarse en alambrada ante la formidable expansión de una obra que se muestra a un tiempo ecuménica y revolucionaria. Ni aun aquellos regímenes que han propugnado el ateísmo, han puesto jamás traba alguna a la serena difusión de una obra que, cual bálsamo perfecto, carece de contraindicaciones.

Un gran actor anglosajón declaraba hace algún tiempo que el “Quijote” es el mejor regalo que España ha hecho al mundo. Manifestaciones como ésta deberían henchirnos de orgullo, máxime si las sumamos a mil encendidos elogios que las mentes más esclarecidas han venido dedicando a la inmortal novela a lo largo de cuatro siglos. No en vano la vemos hoy elevada, por sufragio universal, a un primerísimo lugar entre todas las obras que se han escrito, después de la Biblia. No obstante, son muy pocos los españoles que se han preocupado de leer el “Quijote” y demasiados los que por desconocer tan magna obra, la menosprecian; por no citar a quienes la leyeron pero no alcanzaron a comprenderla, ni se percataron de que el “Quijote” es también una suerte de “biblia”; pues no hay enseñanza posible que no halle su asiento en uno u otro pasaje de la obra, o parcela del humano proceder que no se glose en ella, a menudo con la agudeza de esa nueva forma de humor que Cervantes supo inventar. No es solamente el “Quijote” la obra adelantada de un modo de narrar, ni el texto cimero de la literatura universal: es, sobre todo, el más convincente tratado de Ética y de Moral. y si alcanza a serlo, débelo sin duda a la extraordinaria calidad humana de su autor -cuya biografía anticipa, en buena parte, la de su más célebre personaje -y a las hondas convicciones religiosas que aquél abrigaba.

El hispanista Havelock Ellis corrobora esta evidencia al descubrir en el “Quijote” una “autobiografía espiritual”, y aun es más conciso René Moreau al afirmar que “don Quijote es Cervantes”. Ni siquiera el paso del tiempo o los cambios en las costumbres han logrado restar vigencia a uno solo de los discursos, coloquios, consejas o arrebatos verbales de don Quijote que leemos hoy en la obra inmarcesible, los cuales están preñados de la idea de Dios. A lo largo de toda la novela constatamos la presencia de la palabra divina en el verbo humano de Cervantes y en las pláticas y ocurrencias del genial caballero atípico, usado como “alter ego”, o testaferro.


Así, leemos en el discurso que pronuncia don Quijote sobre las armas y las letras, que “…las primeras buenas nuevas que tuvo el mundo, y tuvieron los hombres, fueron las que dieron los Ángeles, la noche que fue nuestro día, cuando cantaron a los aires: Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad; y la salutación, que el mejor maestro del cielo y de la tierra enseñó a sus allegados, y favorecidos, fue decirles que cuando entraran en alguna casa, dijesen: Paz sea en esta casa. Y otras muchas veces les dijo: Mi paz os doy, mi paz os dejo, paz sea con vosotros; Bien como joya, y prenda dada, y dejada de tal mano, joya que sin ella en la tierra, ni en el cielo, puede haber bien alguno


Este pasaje del “Quijote” (I-XXXVII), más propio de un texto sagrado que de una novela, vibra del espíritu de Cervantes y nos transporta en estos días navideños al Nacimiento de Cristo en Belén, permitiéndonos imaginar a don Quijote y su escudero envueltos en la noche mágica, camino del Portal, para darnos testimonio, también ellos, del Verbo hecho carne. “Palabra de Dios”, decimos en la Misa tras escuchar las sagradas lecturas, como queriendo recalcar que no hay otra palabra que esté por encima de la de origen divino; pero luego, en saliendo del templo, nos olvidamos de aquélla y obramos como si jamás la hubiésemos escuchado. Mas he aquí que Cervantes, que no es precisamente un orate, sino hombre de su tiempo, con su bagaje de defectos y virtudes, tiene entre estas últimas la de no olvidarse ni un momento del Verbo.

De ahí que su gran novela contenga un mensaje ético-religioso de tal calado que la hace trascender el ámbito natural de las obras humanas, convirtiéndola en obra eterna, como si en su autor se verificara la promesa de Jesús: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva“. Don Miguel, que tampoco fue un pacato, viene a declarar, pluma y corazón en mano, que espera y confía en Dios; pero que al mismo tiempo le teme, con un temor cristiano -hoy periclitado- que no es miedo sino expresión de un sobrecogimiento cósmico ante la infinitud del Ser Supremo. “Spero lucem post tenebras”, reza el lema del escudo de la portada del “Quijote”, e incontables veces se apela en la novela -¡curiosa novela, en verdad! – a la misericordia , la voluntad o la gracia de un Dios próvido y clemente.

¡Que gran producción cinematográfica, jamás rodada, sería aquella que alcanzara a contar fielmente la apasionante historia de ese Manco de Lepanto en quien, como acertara a señalar Walter Starkie, encontramos a la verdadera España! La idea de Dios constituye un “leit motiv” en el “Quijote” y es precisamente esta presencia pertinaz la que confiere a la obra, cual anticipo de esa luz ansiada, su halo sobrehumano. No precisa Cervantes “bajar a Italia”, como Goethe, para encontrar la luz, porque la descubre en su entusiasmo interior (“enthusía”, inspiración divina). Sorprende, por tanto, que seamos tan remisos en reconocerlo, como si por alguna razón o prejuicio mundano los cristianos temiésemos que alguien pudiera reírse en nuestras barbas por buscarle tres pies al gato; o que algún escritor clarividente, pongamos Rabinad, nos tilde de “demodés” por no haber comprendido, ¡ a estas alturas del siglo XXI!, que el componente moral sobra en toda novela.

¿Es acaso extravagante constatar la evidencia de que el “Quijote” no es tan solo un hecho estético, como algunos creen, sino que nos brinda de añadidura las claves y los argumentos mejor traídos para justipreciar toda suerte de conductas y situaciones? “Lo que nos muestra el “Quijote” -ha observado el autor José Carlos Somoza -“se parece tanto a nuestra propia vida como la mano izquierda a la derecha”. Pero su virtud más sorprendente es esa fuerza misteriosa que nos transmite para huir de lo mezquino y convencional.

Todo y con esto, no puede dejar de admiramos esta amabilidad del “Quijote” en cualquier región del mundo, hasta en feudos de otras creencias, considerando la rotundidad sin ambages de su discurso cristiano. Bien al contrario de su ilustre coetáneo William Shakespeare, considerado como el menos moral de los escritores (“the least moral of writers”, en juicio de Philip Krapp) por no haber sentido la necesidad de proclamar lección moral alguna, Cervantes hace del “Quijote” un manantial inagotable de ideas edificantes.

Expresa don Miguel sus más íntimas creencias cada vez que sus personajes se ven, por ejemplo, en la necesidad de reforzar un aserto, como cuando pone en boca de ellos las exclamaciones “por el Dios que crióme. ..”, “por el Dios que nos rige. ..” y
tantas otras de este tenor .

Su fe en el Ser que todo lo puede está presente, así mismo, en otro centenar de fórmulas pronunciadas en variedad de circunstancias en las que sus personajes impetran la ayuda divina. Todo lector atento del “Quijote” habrá de observar que tales expresiones distan de ser meras frases inertes o añadidos léxicos de los que el autor hubiera podido prescindir, pues nos delatan una clara voluntad de ir destilando grandes conceptos doctrinales a lo largo del texto. Podríamos aventurar que tales conceptos, al igual que ocurre con la profusión de sentencias y refranes que el Autor pone en boca de Sancho, forman parte inseparable del guión. como si don Miguel se hubiera propuesto regalarnos sabiduría por partida doble, para asegurarse de que todos, creyentes o no, la aprehendiésemos y pudiéramos aprovecharla.

Tan claramente se explica en el “Quijote” la bondad del mensaje de Cristo, y tan universal se muestra, que aun el lector más agnóstico podría llegar a convenir, con Voltaire, que si Dios no existiera habría que inventarlo.

Aquel ex alumno de López de Hoyos, que habría de ser soldado y hombre de acción antes que escritor, debió de ahondar en la idea de Dios a través de las vicisitudes sin cuento que le cupo vivir, en especial durante su largo cautiverio en los baños de Argel y en otras ocasiones en las que tuvo que verse privado de la libertad; y, ¿por qué no?, tal vez movido por la pesadumbre de saberse juzgado en su tiempo, según Santos Oliver, como una de las personas menos importantes de la nación.

¿Por qué no pensar que su tardía explosión de genio, la que parece surgir milagrosamente en el “Quijote”, fue acaso la justa recompensa de lo Alto -de donde emana el don genial -por la probidad de sus intenciones cuando aun bullía en su mente el boceto de aquel libro destinado a ser el mejor obsequio de España a la Humanidad? ¿o quizás el premio por humillarse a declarar que su “estéril y mal cultivado ingenio” le había privado de componer el libro soñado: uno que “fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse” ?

Naturalmente que somos los lectores cristianos los más proclives a descubrir componentes de nuestra propia doctrina en la gran novela, y podrán acusarnos de subjetividad en nuestros juicios. ¿Cómo no ser subjetivos, si somos sujetos? , apostillaría Unamuno. y como tales sujetos (la entera tipología humana de nuestro país muéstrase en el “Quijote”) creemos firmemente que aquel alcalaíno que llega a componer ese libro de sus sueños, ha querido condensar en él todos sus pensamientos de cristiano viejo; y en su afán de transmitírnoslos colmados llega al punto de no olvidarse siquiera del Maligno en el tintero. No ceja don Miguel de aconsejarnos que estemos alerta a sus asechanzas, incluso cuando venga de tapujo, o no hieda a piedra azufre: “Si a ti te parece, que ese demonio, que dices, huele a ámbar, o tu te engañas, o él quiere engañarte con hacer que no le tengas por demonio”, advierte don Quijote a su escudero, casi iterando la segunda Epístola de Pablo a los Corintios (“Satanás se disfraza de ángel de luz”).

Valoramos en la novela que cuando Cervantes-Quijote habla, lo hace siempre con el humanismo del derviche, con la benevolencia del viejo pecador apaciguado, y la sabiduría de un nuevo Ulises felizmente arribado a Ítaca.

Mal podría prever don Miguel que gran parte de la sociedad española acabaría pagándole con mezquindad su apoteósico y universal suceso, desdeñando la lectura de su incomparable obra. Lejos debió hallarse de intuir, así mismo, hasta qué punto habrían de cebarse en su persona envidiosos sin número, o de sospechar que todo un Lope de Vega, Fénix de los Ingenios para más agravio, llegaría a ensañarse con él y con su “Quijote” aun antes de publicarse oficialmente la primera edición de la obra (“no hay poeta tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote”, dejaría escrito en carta autógrafa). Luego aparecería el Quijote apócrifo, de aviesa y calculada intención, pero que – ¡ ironías del destino ! -serviría en cambio para provocar el alumbramiento de la auténtica “Segunda Parte del Ingenioso Cavallero Don Quixote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra, autor de su Primera
Parte”, la cual jamás habría sido compuesta de no mediar el “Avellaneda”. y quiso el destino que aquella Segunda Parte pudiese ver la luz poco antes de que el bueno de don Miguel, puesto ya el pie en el estribo, se dispusiera a emprender su ultimo y definitivo viaje.

Son estas fechas navideñas las más apropiadas para elevar nuestro agradecido recuerdo a ese español singular e irrepetible que, amén de depararnos placer, enseñanzas y honra a espuertas, supo transmitirnos su confortadora idea de lo trascendente.

© 2009 José Romagosa Gironella