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Crónicas de África – y VI – Al Andalus, la gran añoranza islámica

21/03/2010

Érase una vez un imperio africano, en un principio bereber, después almorávide y almohade, que señoreó por luengos siglos el Noroeste de África – desde los ríos Senegal y Niger hasta el mar Mediterráneo – y aproximadamente dos tercios de la Península Ibérica. Ocupaba en buena parte el espacio geográfico que otro gran dominador, el Imperio Romano, dejara algún tiempo atrás a medio civilizar.Aquella fuerza poderosa, recién convertida al Islam, que pretendía extenderse por Europa – ¡y llegó hasta Poitiers! – introdujo en la vieja Hispania el refinamiento y el amor por las Artes y las Ciencias que ninguna civilización anterior le había podido inculcar.
No logró su intento de islamizar la Península y más tarde el resto del continente europeo, pero sí el de alumbrar – en Córdoba, Granada, Sevilla…- la más grande de las culturas hasta entonces conocida: el deslumbrante emporio de Al Andalus, que alcanzó a eclipsar el pasado esplendor de Bagdad, Damasco y Bizancio.
Con todo, no fue Al Andalus fruto exclusivo de aquella invasión, sino el feliz resultado de la fusión de dos culturas, o tres, si incluimos la hebrea, las cuales, ora guerreando entre sí, ora conviviendo constructivamente, convergieron en un espacio geográfico y en un periodo de tiempo históricamente propicios. Frente a una Europa medieval, empobrecida por las guerras y las pestes, y permanentemente a merced de invasores extranjeros, ese Al Andalus de las tres culturas brilló con luz propia y admiró al mundo.  
La memoria de aquella época, la más gloriosa de la historia del Islam, y de todo el Medievo, sigue viva y recordada en el mundo musulmán de nuestros días, al igua que el de otros momentos posteriores, los más aciagos de esa historia, que pueden resumirse en la definitiva derrota sufrida por el Islam en las Navas de Tolosa, en 1212, la trascendental toma de Granada, en 1492, y la trágica expulsión de los moriscos en el siglo XVII.
Sobre este último episodio, resulta interesante conocer cómo lo explican hoy a sus alumnos los maestros marroquíes. Les señalan, como razón de la expulsión, la imposibilidad de que los reyes cristianos siguieran tolerando una población dudosamente conversa y susceptible, por tanto, de convertirse en quinta columna de un previsible proyecto de desembarco en España de navíos de guerra turcos.
Son numerosos los signos de este recuerdo de Al Andalus, que, a pesar del paso del tiempo, permanece imborrable en la mente de todas las gentes del Norte de África con los que el viajero español se topa. Hasta el más humilde pastor, que puede ser un ignorante en muchísimas otras cosas, conoce a la perfección esa historia que le enseñaron (en su versión musulmana, como es obvio) sobre lo que para ellos constituye la epopeya descollante de su raza y de su religión. 
Este reportero recuerda, por ejemplo, el enorme interés que estos días ha venido despertando una magna exposición itinerante sobre la Arquitecture Andalusie que se exhibe en las principales ciudades del Sahara, región en la que se fraguó, allá por el siglo VIII, la histórica invasión de la Península Ibérica. Ni las innumerables bellezas arquitectónicas que monumentales ciudades como Fez  o Marrakech ofrecen a la admiración del mundo, alcanzan a despertar en el musulmán de hoy el orgullo y la emoción que su Alhambra de Granada, o su mezquita cordobesa mantienen vivos en su memoria.  
Más de siete siglos de convivencia en Al Andalus, y una consanguinidad que nunca ha sido suficientemente estudiada, han dado como resultado un fuerte parentesco racial entre el pueblo español y el bereber-saharaui, por más que a muchos no les apetezca tratar de ello. De otro lado, son más las coincidencias doctrinales entre Cristianismo e Islam, que los irreconciliables conceptos teológicos que hacen a ambas religiones diferentes. El Concilio Vaticano II, del que tampoco hablamos como merecería, cumplió la histórica función de situar a los tres grandes credos monoteístas en un mismo plano, así como la de reconocer – cosa que no ha secundado el Islam – que los creyentes de buena voluntad de cualquiera de ellas podrá alcanzar la Salvación. Es bueno recordarlo en estas fechas en que los cristianos – 1100 millones de católicos, 900 millones de protestantes y 230 millones de cristianos ortodoxos – despedimos la Navidad; y los musulmanes – cerca de un millón de creyentes – acaban de conmemorar el Ramadán correspondiente al año 1426 de la Hégira.
También sería saludable reflexionar sobre el hecho de que no todos los países musulmanes son integristas, y que muchos de ellos – Marruecos, por ejemplo – está haciendo un gran esfuerzo para evitar que los motivos religiosos sigan esgrimiéndose como arma arrojadiza por esos líderes musulmanes – anacrónicos defensores de la yidah – que amenazan la paz mundial tanto o más que ciertos líderes occidentales que dicen defenderla. Conviene recordar, así mismo, que nuestro mundo cristiano fue un día – por no decir muchos años – fundamentalista. ¿Qué nombre dar, si no, a nuestras cruzadas y a esa fanática locura de la Inquisición?
Hoy son muchos, por fortuna, los musulmanes que entienden y profesan su religión de una forma nueva, basándose en una interpretación del Corán más acorde con los tiempos. Quiera Dios – O Aláh, que es el mismo – que el concepto de “hereje” que el citado Concilio ha venido a proscribir, desaparezca de todos los idiomas, como ya ha desaparecido de un libro singular – L´Islam expliqué aux enfants – escrito por Tahar Ben Jelloun, un musulmán de nuestro tiempo. Trátase de una obra objetiva en la que se explica – no enseña – el Islam y la civilización árabe a los hijos del autor y a todos los niños del mundo, y se les aconseja respetar como a la propia las otras grandes religiones. Se habla incluso en ese libro de ese histórico Concilio ecuménico que declaró solemnemente que también el Islam es depositario de “preciosos valores”.
Los cristianos, aunque nos duela, debemos aceptar la evidencia de que los musulmanes nieguen la naturaleza divina de Jesús y no asuman nuestra creencia en María, Madre de Dios. También debemos comprender que no admitan el misterio de nuestro Dios único, que es a un tiempo trino, porque tampoco nosotros los cristianos lo entendemos muy bien, por mucho que, por obedecer el dogma, afirmemos creer en él. Consuélenos a los cristianos considerar que en el Corán no se omite la figura de Jesús, a quien ven como el profeta que precedió a su Mahoma, ni la de María – Lela Mairén – aunque solo reconozcan su maternidad biológica.
Más conflictiva resulta de cara a la buena convivencia entre cristianos y musulmanes, la misión que en el Corán se asigna a la mujer y, consecuentemente, el inhumano sometimiento al varón que ella sigue sufriendo en buena parte del mundo mahometano; situación que se va viendo gradualmente mejorada en los países que van experimentado un mayor progreso democrático. Viene a cuento recordar aquí que fue en esa sociedad andalusí que antes glosábamos, donde la mujer musulmana conoció su momento álgido de igualdad con respecto al varón. Y es que el verdadero progreso siempre se manifiesta a través de múltiples facetas. Basta leer El collar de la paloma, del andalusí Ben Hazm, para calibrar el respeto y la consideración con que a la sazón se trataba a la mujer. Y sería justo preguntar por qué la decadencia del Islam, tras la pérdida del emporio andalusí, conllevó la pérdida, por parte de la mujer, de la dignidad social que ya había alcanzado. 
La mundialización a la que tendemos, y el buen ejemplo que ya están dando algunos países de mayoría musulmana, contribuirá a reducir la magnitud de este problema – la marginación de la mujer – que ha pasado a constituir uno de los mayores obstáculos para la convivencia de distintas culturas en nuestro siglo XXI. No es éste, pues, el menor de los lastres que África deberá sacudirse.
Con todo, el quid de la cuestión africana seguirá residiendo en la mejor o peor fortuna, o en la mayor o menor libertad que los pueblos puedan tener a la hora de elegir a sus dirigentes políticos, pues son éstos, por lo general, quienes impiden el auténtico desarrollo de los pueblos del Tercer Mundo. Y, por último, lamentar que la ONU, útil algunas veces para el sostenimiento de la paz, resulte siempre ineficaz cuando se trata de construirla.

Remitida desde Peralvillo

© 2006 José Romagosa Gironella
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 07 de enero de 2007

Pregón, año 2005: Pronunciado por Pepe Romagosa con ocasión de las Fiestas Patronales del “Barrio de Santiago” (Ciudad Real)

26/01/2010

Queridos vecinos y “adherentes” del Barrio de Santiago:

En el breve “saluda” que dirigí a los vecinos de “El Perchel” en el programa de actos de estas Fiestas, os hacía el comentario de que casi todos los días, cuando llego a Ciudad Real procedente de Peralvillo, doy con una señal indicadora que reza: “Iglesia de Santiago, Siglo XIII…” Trátase, sin duda, del templo más antiguo de la ciudad y del centro neurálgico del no menos antiguo barrio que lleva su nombre. La mención que en ese cartel se hace de la iglesia, y por extensión de este histórico barrio de Santiago – castizo también, si me permitís, como el madrileño de Chamberí – me hace meditar, casi todas las mañanas, sobre la gran importancia de aquel primer asentamiento humano, formado por los supervivientes del desastre de Alarcos que en aquel lejano siglo, y en el anterior, por decisión de un rey Sabio, constituyó el embrión de esta Ciudad Real moderna y pujante que en estos días ha registrado su habitante 70.000.

Mis reflexiones sobre el origen de este barrio – que ya algunos sabéis que me gusta reflexionar, e incluso, a veces, buscarle tres pies al gato – también me transportan a otro célebre barrio marroquí, el de Sete, integrante de la ciudad de Rabat, que hace años visité; porque según consta en los textos de historia de ese barrio africano, a él fueron llevados muchos de aquellos supervivientes de Alarcos, tras la destrucción e incendio, en 1195, de esa ciudad cristiana por el caudillo almohade Almanzor. Aún hoy pueden encontrarse en el citado barrio marroquí, familias enteras con apellidos tales como Carrión o Sabariegos, e incluso algún Barrera, nombres eminentemente manchegos que también debieron de ser los de muchas familias de aquellos exilados de Alarcos que, más afortunados, vinieron a poblar este barrio de Santiago en el siglo XII. Creo, sinceramente, que habría que realizar un estudio sobre esa rama de antepasados vuestros que se vio obligada a rehacer su vida allende el Estrecho, en tan lejano lugar de la Berbería. Y acaso estaría justificado promover un “rehermanamiento” – entre este histórico barrio de Santiago y el no menos histórico de Sete, en la ciudad marroquí; máxime si consideramos que ambos núcleos de población tuvieron su origen en el mismo tronco castellano hace la friolera de 800 años.

Como bien sabéis, en aquellos años en que tantos habitantes de Alarcos perdieron su hogar y su hacienda, cuando no la vida, Ciudad Real
se estaba formando en torno a un pozo de agua que era propiedad del hacendado más rico de estos parajes: don Gil Turro Ballesteros. El lugar se conocía, al parecer, como “Pozuelo de Don Gil”, y se extendía por las inmediaciones de lo que hoy es la Plaza del Pilar; aunque hay autores que lo mencionan como “Pozo de Don Gil”. Habréis observado que suele decirse que Villa Real (que tal era entonces el nombre de esta ciudad) fue fundada en el lugar llamado “Pozo (o pozuelo) seco de Don Gil”, y esto de “seco”, en mi opinión, podría ser inexacto. Digo ésto porque no habría tenido sentido fundar una ciudad junto a un pozo seco, y menos en una época en que el agua, como hoy, constituía la mayor fuente de vida de una población. Otra cosa, amigos, es que se tratara de un pozo de agua abundante en un principio, que llegara a secarse algún día, acaso siglos después, y que – entonces sí – hubiera pasado a llamarse con toda propiedad “el pozo seco de Don Gil”.

Curiosamente, y al contrario de lo que ocurría en otras regiones de España, y de Europa, por no decir del mundo, ninguna nueva población de la cuenca del Guadiana se construía cerca del río, porque en este tramo del Guadiana Alto las aguas fluían muy escasas y se estancaban en épocas de sequía, dando origen a graves epidemias. De ahí que algunos pueblos de nuestra actual provincia, como es el caso de Argamasilla de Alba, tuvieran que desplazarse dos o más veces de su lugar original, para irse alejando de ese río tan poco saludable entonces. A menudo, con cada cambio de emplazamiento el pueblo cambiaba de nombre, como sucedió en la localidad citada que antes de adoptar su actual topónimo se había llamado, sucesivamente, “Santa María” y “Lugar Nuevo”.
No pudo haber otra razón para no fundar Villa Real en un lugar más cerca del río, sobre todo si pensamos que la economía de su barrio más antiguo, éste de “Santiago” en el que nos encontramos, dependía en aquella época de la actividad de la pesca en sus aguas, mucho más que de la agricultura. En los campos aledaños a las casas del barrio estaban plantados los “percheles”, estructuras de madera destinadas al tendido de las redes después de cada jornada, o de cada noche de faena en el río.
De aquellas perchas proviene el apodo de “El Perchel” que acabó dándose al barrio.  Allí, al igual que en esos “Percheles de Málaga” que se hallaban situados a orillas del río Guadalmina y que Cervantes nos menciona (en boca del ventero, en el capítulo III de la Primera Parte del “Quijote”), se cosían y remendaban las redes. Sólo la proliferación de mosquitos y los insalubres efluvios provenientes del río pueden justificar la fundación de esta ciudad a tanta distancia de ese río – el Guadiana – que, paradójicamente, proporcionaba a este barrio, si no agua para consumo humano, sí abundantes capturas diarias de carpas, barbos y lucios de importante valor económico.Los percheles de este barrio, puestos a imaginar, habrían estado situados en esos parajes en los que iban a morir las dos o tres calles principales del barrio, exceptuando la antiquísima calle de Calatrava que continuaba extramuros, tras atravesar la célebre puerta, para fundirse con el camino real que llevaba, amén de a Toledo, a los restos de esa ciudad fortaleza – también arrasada por Almanzor, tras la destrucción de Alarcos – que había sido capital de la poderosa Orden de Calatrava. Los percheles debieron de ocupar los lugares periféricos del barrio, aunque todavía intramuros, al modo en el que se situaban las eras en las poblaciones de economía agraria, es decir, basada en el cereal. En las proximidades de los percheles debieron de estar, así mismo, los corrales destinados a recoger el ganado dentro de la ciudad realenga, en casos de ataques agarenos, o de incursiones de los entonces poco amistosos vecinos de Miguelturra y de otras poblaciones del Campo de Calatrava. Es también de suponer que en lugar de los madrugones para ir a trabajar las tierras, propios de otros lugares de La Mancha, aquí habría que madrugar para hacer el largo trayecto en carro, por ese tramo del Camino Real que se llamaba “de Peralvillo” (el cual seguía el antiguo trazado de la calzada romana), hasta el río, a dos leguas de esa Puerta de Calatrava que ya entonces, junto con la bellísima iglesia del siglo XIII, señoreaba el barrio; más allá, por tanto, de las antiguas quinterías de La Dehesilla y Valcansado, y hasta alcanzar las riberas próximas a los Baños del Emperador, o al molino de Malvecinos, donde estarían amarradas las barcas.

El río Guadiana, el de menor pendiente de la Península, y sin duda el más estepario, ofrecía a la sazón un limitado valor antropogeográfico, al no ser aptas sus aguas para el consumo humano (pensemos que las depuradoras se inventaron en épocas más modernas). Su único aprovechamiento, entonces, era el de la pesca y, más tarde, el riego. Poco contribuyó, pues, nuestro río a la pujanza o a la riqueza de este barrio. No tuvo El Perchel la suerte de esos barrios de otras ciudades europeas a las que los grandes ríos hicieron ricas. El Guadiana apenas servía, como se dice vulgarmente, para ir tirando.

No se si será por deformación profesional, pero habréis observado que este catalán “amanchegado” que os habla, se ha fabricado minuciosamente su “película”, o por lo menos un esbozo de un guión para ella, como si en lugar de vivir en el siglo XXI lo hubiera hecho en los siglos XII o XIII, cuando Villa Real contaba con 2000 habitantes, tenía ocho hermosas puertas recién construidas (Calatrava, La Mata, Granada, Ciruela, Alarcos, Santa María, El Carmen y Toledo) y su muralla completa. Esa época medieval en la que el 95 por ciento de la población no sabía leer ni escribir, y la ciudad era capital de esa organización famosa, enemiga del crimen y de la violencia, amén de precursora de nuestra moderna Guardia Civil, que se llamó “La Vieja y Santa Hermandad de Ciudad Real”. ¡Qué tiempos aquellos..!

No puedo dejar de imaginar el umbral de la iglesia, lleno como debía de estar en aquel tiempo de mendigos y mutilados. Hay que pensar que aquella Santa Hermandad, con todo y haber sido eficaz en la lucha contra los bandoleros – los “golfines” – que asolaron los caminos, aplicaba, con licencia del Rey, cruelísimos castigos; tales como el de cortar un pie a los reos de hurtos de hasta 500 maravedises (unos 70 euros de hoy), o de privar de las dos orejas a los convictos por robos de hasta 5000 maravedises (700 euros actuales); sin contar que para delitos o crímenes mayores se aplicaba la pena máxima (muerte por asaetamiento, o en la horca, en un paraje próximo a la aldea de Peralvillo). ¿Os imagináis el panorama que debió de ofrecer la entrada a esta iglesia junto a la que hoy nos encontramos, al igual que las entradas a la iglesia de San Pedro o a la Basílica Catedral?

Y es que, amigos, siempre es interesante conocer el ayer de los parajes en los que nos toca pastar hoy. Ahora, cuando me ha tocado pastar en La Mancha, he de confesaros que El Perchel (este extenso barrio que en un libro antiguo que conservo se dice que lo limitaban las calles Libertad, Paloma, Tintoreros y Jacinto) me ha cautivado. Y me ha cautivado por su sugestiva historia, por esa calidad de sus gentes que les – os – ha permitido sobrevivir a épocas muy difíciles; por su espíritu solidario (incluso, como he podido comprobar, con el Tercer Mundo); por ese Rey Santo que lo fundó, junto a los otros dos barrios importantes que en la época surgieron en la ciudad: el de Santa María y el de San Pedro; y por esa asociación de vecinos, siempre activa y entregada al barrio, que con tanto entusiasmo preside mi buen amigo e infatigable quijote local llamado Félix Barrera. 

Me gusta que vuestro barrio se llame “de Santiago” que es también el nombre de un hijo mío. El nombre que, como sabéis, equivale a Jacobo, a Jaime, a Yago, a Yagüe y a Diego. Es el nombre de uno de los hombres de confianza de nuestro Salvador; ese “Santiago el Mayor” que recibiera ese apelativo (permitirme el recordatorio) por ser el hermano mayor de San Juan Evangelista, y el que mejor supo transmitirnos la Buena Nueva. Sólo renuncio, me parece oportuno decirlo, a ese apodo hoy malsonante de “Santiago Matamoros”, que atrás quedó para siempre lo de matar moros, y ¡ojalá pudiéramos decir lo mismo de ese odioso verbo: “matar”!

Está bien esa conocida copla que reza “Mira si soy perchelero, que hasta en la Plaza Mayor, yo me siento perchelero”. Pero me gusta más la nueva idea de los vecinos de este barrio que se sienten “ciudadanos del mundo”, aunque también en Nueva York, o en Tokio, se sientan percheleros; porque ya todos leemos y escribimos, viajamos y navegamos por redes electrónicas y es tiempo de hablar y entenderse, en un plano de igualdad, con todos los pueblos de la tierra. Yo, por ejemplo, que soy catalán, también me siento manchego.

Metiendo como he metido mis narices en la historia de este barrio, me ha sorprendido gratamente descubrir cuántas personalidades de excepción han surgido de estas viviendas, antaño más humildes, entre las que nos encontramos. Perchelero fue Bernardo Mulleras, nacido precisamente en el número diez de la calle Calatrava, famoso médico y filántropo; y uno de los mayores pintores – López Villaseñor – que ha dado Castilla-La Mancha. ¿Y aquel sacerdote – “el Cura Castro” –  de perdurable recuerdo? Percheleros son también un montón de amigos míos, como los ex pandorgos Pío Gómez, rey de los cromados; Rafael Arcos, el que fuera mi padrino un día muy solemne para mí; Julián Gutiérrez, el “Guti”, incansable dirigente de peñas; el veterinario Eugenio, de la calle Juan de Ávila; el deportista fotógrafo David Céspedes; el ya mencionado Félix Barrera, verdadero culpable de que un servidor les esté dando esta paliza, y tantos otros que no voy a mencionar para no hacer la competencia a la guía telefónica, pero que han contribuido a hacer de El Perchel el amable y acogedor barrio que hoy es.

¡Ojalá que los percheleros, herederos de aquellos esforzados pescadores del Guadiana, sigan proyectando hacia el exterior su buen ejemplo de trabajo, capacidad de diálogo, amor y solidaridad. Por mi parte, seguiré alternando en mis conversaciones “barrio de Santiago” y “barrio de Perchel”, a partes iguales, cuando me refiera a este privilegiado distrito de la capital.

No quiero terminar sin levantar por un momento la mirada hacia esas celosías del Convento de Concepcionistas, tras las cuales deben de estar escuchándonos las monjitas… a las que dedico, desde aquí, al igual que al Apóstol Santiago, y a todos vosotros, un cariñoso saludo y mis mejores deseos de que paséis unas Felices Fiestas “de Santiago”.., o… “¡el Perchel!”

© 2005  José Romagosa Gironella