Posted tagged ‘LA MANCHA’

Peculiaridades manchegas

23/03/2010

Siempre me llama la atención esta expresión eminentemente manchega: “a orilla de…”, que se usa para dar a entender “junto a…” Me hace pensar en un río, o en el mar, aunque quien la pronuncia se refiera a un lugar junto al mercado, o pegado a la farmacia (“pegadito”, dicen en Madrid). “A orilla de…”, e incluso su versión más corta “orilla de…”, es decir, “muy cerca de…”, viene a significar lo contrario de esa otra locución, no menos manchega, “muy largo de…”. Así nos resultan muy habituales las frases de este tenor: “La Poblachuela queda orilla de Ciudad Real, pero muy largo de Valdepeñas”. Para el forastero, este “muy largo” le crea en un principio cierta confusión, hasta que lo asocia con “muy lejos”, o “muy distante”.
Son muchas las peculiaridades de la forma manchega de hablar español. Hace unas semanas, en un programa televisivo que se emitía desde Barcelona, uno de los invitados dijo: “siempre he oído de decir a mi padre…”, y yo inmediatamente pensé que esa persona debía de ser manchega. Al poco rato, oí que decía: “cuando le vi de venir, aluciné…”. En este preciso momento ya no tuve la menor duda: forzosamente tenía que ser de la Mancha. Efectivamente, tal como yo esperaba, el presentador del programa confirmó su procedencia unos minutos después. Esos “oír de decir…”, “ver de venir…” y tantas otras variantes en las que se adhiere ese simpático y gratuito “de”, son tan manchegos como las mismísimas berenjenas de Almagro; aunque son pocos los manchegos que lo admiten. Creen hablar como en el resto de España, cuando acaban de decir “le he dejado de salir a la discoteca…”, o “espero de poder venir a las migas del sábado…”. Por último, a nadie deben molestar observaciones como las vertidas en esta columna, ya que todas las regiones españolas, sin excepción, han desarrollado su léxico peculiar. ¡Viva la diversidad!

© 2004 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  19 de enero de 2004
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Los “Marco Polo” del vino

21/03/2010

La mayor parte de los que se dedican a elaborar vinos o llevarlos de un lugar a otro, acuden a Fenavin, la gran Feria Internacional del Vino que un día se sacó de la manga Nemesio de Lara Guerrero y que hoy ya vemos felizmente consolidada. Tal es la cita, (este año será del 5 al 7 de mayo) obligada para cuantos producen, elaboran y comercializan las incontables variedades de ese líquido elemento que constituye nuestro producto más distintivo. Y también lo es para gran número de consumidores.

Imagen del grupo de expertos que han visitado estos dias varias bodegas de la región

Pero hay otro grupo de personas, de las que han hecho del amor al vino su vida, que van como si dijéramos por libre y se dejan llevar por esa pasión común por aumentar sus conocimientos en la materia y por hacerlo de una forma más completa, directa y autodidacta. Me refiero a esos exploradores que organizan y recorren largas rutas, ora en una región o un país, ora en otros, y dedican largas jornadas a tratar, con los pies hundidos en las viñas, de las tipologías del terreno, la climatología y las variedades vitícolas; de los riegos y labores; de fertilizantes, maquinaria especializada y nuevas formas de plantación como la modalidad «de espaldera».
No es lo mismo el tiempo consumido en los despachos, o en bodegas y laboratorios altamente equipados, que el dedicado a esa suerte de peregrinaje que permite discutir en profundidad con los verdaderos artífices de ese milagro de la Naturaleza y del ingenio humano que arranca en esas mismas viñas y culmina, tras largo y sofisticado proceso, en ese néctar novedoso y distinto, y digno por tanto de ser degustado (en compañía, si es posible) por el consumidor más exigente.
A este último grupo pertenecen los doce expertos, productores y enólogos de regiones italinas y francesas como Véneto, Piamonte, Sicilia, Alto Adigio, Alsacia, y también deHolanda, que estas últimas semanas han visitado una representación (todas era impensable) de las mejores bodegas de Castilla-La Mancha y de Ribera del Duero, de la mano de un manchego orgulloso de serlo y capaz de hacer como nadie los honores de la casa. Me refiero a Isidro Hidalgo Pérez, simplemente amante que no profesional del vino, aunque sí muy vinculado al sector por su actividad de proveedor de maquinaria de alta tecnología, el cual se ofreció al grupo, por meras razones de amistad, para programar el itinerario y actuar de cicerone.

© 2009 José Romagosa Gironella
Sección Local-Vitivinicultura
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  13 de abril de 2009

ARGAMASILLA DE ALBA Y EL CABALLERO DEL VIOLÍN

05/02/2010

Ha caído en mis manos un ejemplar de la obra Don Gipsy (Don Gitano), que allá por 1935 compuso Walter Starkie para dar continuación a sus exitosas Aventuras de un Irlandés en España. O sea que mientras mi madre apretaba en una apartada ciudad del otro extremo de España para darme a luz, el célebre hispanista recorría, bloc en mano e inseparable violín a cuestas, esa Andalucía gitana de Carmen y cante jondo que anhelaba retratar.

¡Y vaya si la retrató!. Con la máxima precisión y detalle, como sólo de un gran observador de su talla se habría podido esperar. Hay una parte en el libro, titulada Viernes Santo en Sevilla, de auténtica antología. Leerla hoy es como si el tiempo no hubiera pasado, salvo por aquellas saetas cantoras que en esa Semana Santa del año en que yo nací , y ante el célebre paso del Cristo del Gran Poder, improvisaba en las calles sevillanas la Niña de los Peines. El lector, concentrado en la narración, viene arrastrado por el ritmo ensordecedor de las palmas de acompañamiento y la embriagadora fragancia del azahar, el incienso y la cera quemada. “La cabeza me daba vueltas”- anotaría el irlandés en su diario. – “Estaba ebrio de ritmos y excitación. Mis piernas rehusaban llevarme más lejos y me tumbé a un lado de la carretera…Poco a poco el aire fresco de la mañana me reanimó…”. Y termina el ajetreado capítulo con estas palabras: “Llegué a mi cenit en esta Semana Santa por las calles de Sevilla. Necesitaba huir a algún solitario paraje, donde meditar algún tiempo y recobrar mi equilibrio mental, después de Andalucía… Por este motivo partí para Sierra Morena…”

Es aquí, ya en las páginas finales del diario, donde encontramos a nuestro irlandés errante vivaqueando, como antes hiciera  Don Quijote, en las profundidades de Sierra Morena, muy cerca de Venta de Cárdenas. “Debió de ser en esta pradera” – maquinaba el escritor, gran conocedor y amante de la fábula cervantina- “donde Don Quijote cumplió su penitencia amorosa”. “Y cerca de aquí debió de andar el andrajoso Cardenio, triscando de roca en roca, en su vano intento por huir de una mala conciencia que no le daba tregua…”. Con Don Quijote en la mente,  Starkie se pregunta si no podría reclamar para sí el sobrenombre de “Caballero del Violín”, tras haber recorrido gran parte de España con su instrumento musical a cuestas. “Al poco tiempo…”- seguimos leyendo en la obra- “llegaba a Argamasilla de Alba, la patria de Don Quijote, tan orgulloso de mis proezas como el propio Amadís de Gaula”.

No le cabe duda al hispanista –ni siquiera se lo cuestiona- de que Argamasilla de Alba es el lugar de la Mancha del que Cervantes no quiso acordarse. Y divierte seguir aprendiendo, al tiempo que leemos, que “en Argamasilla hay un exceso de filósofos” que Starkie divide en dos clases: los ascéticos y los epicúreos; es decir, altos y delgados quijotes y sanchopanzas barrigones. Nos habla, así mismo, de esos lienzos con escenas de Don Quijote que admiró en el casino local hace ya sesenta y cinco años, y que aún pueden contemplarse hoy, algo más deteriorados; y de un tal don Jaime (“que no era de Argamasilla, sino de un pueblo vecino e industrioso llamado Tomelloso”), que le sirvió de cicerone durante su estancia. Recuerda, igualmente, que llegó a tocar su violín ante los tertulianos del casino, y a consumir largos ratos de charla sobre Don Quijote con aquel culto y ascético “don Jaime” que tanto le había recordado al Ingenioso Hidalgo.

También nos habla de una venta de Villarta de San Juan en la que paró y donde obtuvo permiso para tocar de nuevo su violín (imagino que para pagar la posada). “Pagué al pregonero para que tocase su campana anunciando mi concierto” –confiesa. Y narra, a continuación, la curiosa cena con unos arrieros manchegos, en la que las navajas –llamadas en la época “fe de bautismo”- hacían las veces de tenedor y cuchillo a la hora de llevarse a la boca los trozos de cordero del caldero. El cuento nos traslada, inevitablemente, a la escenografía zarzuelística de “El Cantar del Arriero”, y creemos estar oyendo la bronca voz del susodicho cuando ordena el vino al mesonero (“…del más negro que tenga, del menos fino”).  “Los hombres iban sacando sus navajas” –recuerda el irlandés- “abriéndolas con un ruido de muelles”. Rememora más tarde su paso por Herencia, donde una turba de chiquillos, pegada a sus talones, se dedicó a hacer burla de su aspecto estrafalario, obligándole a “acogerse a sagrado” en la iglesia del pueblo. El lector tiene la sensación de que Herencia  fue para Walter Starkie su particular lugar de la Mancha del que jamás querría acordarse.

Y de Herencia pasó a Alcázar, donde deseaba saludar al gallego don Juan González Paramós, renombrado director de la banda del pueblo. Llegado a su domicilio, preguntó por él, alargando una tarjeta personal a la sirvienta que salió a abrirle. Al rato regresaba ésta para devolverle la tarjeta y entregarle una peseta, diciéndole: “esto es lo que el señor puede darle”. “¡Pero, señora, yo no soy un mendigo! Tengo mucho dinero…”- protestó arrogante, “como si fuera propietario de los tesoros de Creso”. Aclarada la confusión, y afirmada con el dueño de la casa esa celta afinidad de gallegos e irlandeses, hubo de escuchar la consabida historia de que “Cervantes nació aquí, en Alcázar de San Juan”. En cuanto a Don Quijote, reconoció el gallego, como está mandado, su patria argamasillera, mientras situaba la de Sancho en Campo de Criptana.

Sigue Starkie su periplo por la famosa población en cuyo cerro divisara Don Quijote treinta o cuarenta molinos de viento, lamentándose el escritor de que “hoy, al pasar por la ventosa carretera, veo sobre la cresta de la montaña las giratorias aspas de siete u ocho molinos de viento…”. Así que, constatamos, en 1935 ya sólo había siete u ocho molinos en el Cerro de la Paz, aunque todavía se realizaba en algunos de ellos su tradicional función: “…trepé vacilante por la torcida escalera y llegué a la plataforma en que se hallaba el molinero”. Refiere Starkie, acto seguido, que  “estaba todo blanco de harina …; una enorme rueda crujía con estrépito y todo el molino trepidaba como un velero agitado por la tempestad”. Y aquí, en Criptana, un pastor explica al irlandés su particular versión sobre ese célebre plato, los “duelos y quebrantos”, que le ofrecen en la posada para cenar. “Los pastores” –le dice- “desempeñan un puesto de confianza cerca de sus amos y son responsables de cada oveja que está a su cuidado. Si muere una por accidente, el pastor la desuella y cura la carne con sal y ajo. Luego, el sábado, día de entregar la cuenta, va a ver a su amo y le enseña la piel como prueba de que el cordero ha muerto. Entonces él se lleva la carne para cocerla en su casa. La pérdida del cordero es una pena (duelo) y un ,,quebranto,, para el amo. He aquí la explicación”. También le sorprende a Starkie, unos días más tarde, que el combustible del fuego en el que se cuecen unos galianos sea estiércol seco. Y uno cae en la cuenta de que esta práctica, ya desaparecida, bien pudo ser una herencia de aquellas tribus invasoras, procedentes del Sahara, que siglos atrás habitaron estas tierras. Piensa el lector que Starkie debiera habérselo preguntado a algún viejo pastor, pues era éste, en el medio rural, quien solía saberlo todo; como en la actualidad sucede, en cualquier ciudad, con el taxista avezado.

En El Toboso conoce nuestro viajero a don Jaime Pantoja, el alcalde del pueblo que desde 1922 ha venido proclamando al mundo entero la importancia de El Toboso como patria de la “hermosa doncella imaginaria a quien Don Quijote juró eterna fidelidad”. “En su antigua y hermosa mansión”- sigue informándonos el hispanista- “construida en 1520, ha formado una biblioteca dedicada a la literatura de Cervantes. Escribe a todos los gobiernos del mundo para obtener de ellos traducciones del Quijote en varios idiomas, con dedicatorias a la ciudad de Dulcinea, firmadas por los primeros ministros…”.  Al leer estos pasajes, el ávido lector se pregunta si se habrá seguido honrando en El Toboso la memoria de ese alcalde irrepetible. Puede ser tan ingrata a veces nuestra España…

Es admirable constatar, en todo caso, cómo supo captar la Mancha Walter Starkie. La lectura de su libro nos permite imaginárnoslo, como él mismo nos describe, reposando por la noche bajo un árbol mientras tañe el violín para poblar su soledad, o “alimentándose de pan, jamón crudo (como un trozo de correa del cual cortaba finas lonchas), queso manchego (conservado en aceite) y rojo vino de la Mancha cuyo gusto se parece al borgoña”.  Retrató estas tierras a la perfección al afirmar que “la atmósfera de la Mancha es tan diáfana que tuve la sensación de caminar con botas de siete leguas por estepas ilimitadas…”. O cuando consigna en su diario, recordando el paisaje recorrido, que “era una tierra encantada y silenciosa”; o nos explica la leyenda de la aparición de la Virgen en el castillo de Peñarroya; o su interesante visita a la cueva de Montesinos (“los manchegos de Ruidera dicen que la caverna tiene varios kilómetros y termina en el castillo feudal de Rochefría…”). Y publicitó, también, madrugador, justo es constatarlo -¡y agradecerlo!-, los productos tradicionales de esta región.

Pero antes de dar por concluido su viaje por la Mancha, siente Walter Starkie la necesidad de regresar a la Argamasilla, para dar su último adiós, “desde la villa del tomillo y del romero más fragantes”, a esta tierra mágica que le ha hechizado y que nunca volverá a visitar. El “peregrino en la ruta de Don Quijote” (así se define a sí mismo en la obra comentada), concluye melancólicamente su diario: “Desde un otero contemplé el pueblo de Argamasilla. Era avanzada la tarde y oía remotas voces de muchachos y el chirriar de las carretas volviendo al pueblo…”. Y la última línea, en la página 429 del libro, como en un deseo de dejar constancia geográfica y temporal de su viajera experiencia,  reza, escuetamente: “Argamasilla de Alba, 1935”. Anotación ésta que nos recuerda el célebre colofón – “Hoc scriptserunt”- con el que también unos antiguos Académicos quisieron dejar testimonio para la posteridad del lugar –“la Argamasilla”- en el que “compusieron” sus no menos célebres sonetos.

Concluyo también yo esta reseña, a la que la lectura de tan apasionante obra me ha llevado, lamentando (aunque sea off the record, para no molestar a nadie) que no se mencione a Walter Starkie en el libro “Viajeros por la Historia, Extranjeros en Castilla-La Mancha”, de Ángel y Jesús Villar Garrido, impreso en Toledo en 1997. En la exhaustiva e interesante publicación se relatan los viajes por Castilla-la Mancha de notables viajeros y escritores desde el siglo XIII hasta nuestros días (Abu-abd-Alla, Abulfeda, León de Blatna, Jerónimo Münzer, Andrés Navagero, Jacobo Sobieski, A. Jouvin, Madame D´Aulnoy, cierto embajador marroquí, José Blanco White, Giacomo Casanova, el Barón de Bourgoing, José Townsend, el mayor W. Dalrymple, Richard Ford, George Borrow, Ricardo Quetin, Hans Christian Andersen, Gustave Doré y Ch. Davillier, August Jaccaci, Vasily Namirovich-Danchenko, Maurice Barrés, Rainer M. Rilke, Jan Morris, etc.). Pero en dicho libro se omite cualquier mención a Walter Starkie, el penúltimo extranjero célebre que se prendó de la Mancha, y al cual debemos también, por si los relatos de sus viajes por España no bastaran, una de las mejores traducciones a la lengua inglesa de nuestro Quijote inmortal.

De modo que…, para que este artículo encierre un fin práctico concreto,  pido una calle en la Argamasilla  para ese gran tipo irlandés –Walter Starkie-, “caballero del violín”, que supo ensalzar nuestra tierra. Sería un acto de justicia. Leo en la “Guía Turística y Callejero de Argamasilla de Alba”, del cronista argamasillero José Díaz-Pintado Carretón, que este municipio dedicó una calle al poeta y escritor español Víctor de la Serna, entre otras razones, por haber escrito un libro (“Nuevo Viaje de España”) en el que mencionaba las lagunas de Ruidera, Argamasilla de Alba y la Mancha en general. No es tan peregrina mi petición, por tanto; máxime cuando también constato en la citada “Guía” que otros muchos literatos nacionales (José María Pemán, Rafael Alberti, Azorín,  Antonio Machado, León Felipe, Blas de Otero…) merecieron este tipo de distinción, y aún no se ha producido el hecho de que una calle de la Argamasilla luzca nombre extranjero. ¡Venga, pues, esa ”Calle Walter Starkie”, señor Alcalde, y démosle un toque cosmopolita al callejero!

 © 2004  José Romagosa Gironella

Otra forma de aprender idiomas

10/01/2010

En un armario con llave que tuve en mi adolescencia, guardaba esas cosas que sólo a mi concernían. Las tenía pegadas a las puertas de aquel armatoste, por su cara interior. Recuerdo que una era la foto de Debbie Reynols (¡qué viejo soy!), que más tarde reemplacé por otra de Silvana Mangano, ¡ay!, en una escena de “Arroz Amargo”, hasta que también la sustituí por la que Aída, amiga postal con la que me inicié en la lengua italiana, me había enviado desde Italia. Todo esto sucedió antes de que procediera a colgar, junto a la de Cortina d´Ampezzo, una foto de Jeannine, parisiense ella, que me escribía en mi lengua para mejorar sus conocimientos, y yo la correspondía en francés con idéntico propósito.
La única carta que he conservado de esta última corresponsal, comienza así: “Mon cher Joselito, Navidad está aquí y no he visto el clima pasar”. Todavía no me había dado tiempo de enseñarle a construir mejor en español. Lo de “Joselito” debió obedecer a la imagen de la España profunda y taurina que mis cartas debían de proyectar. Y lo de “clima” tuvo que deberse a la errada traducción de un “tiempo” que no era meteorológico, sino cronológico. Más de medio siglo después, todavía suena en mis oídos el eco de aquella frase cada vez que oigo el primer anuncio navideño de El Corte Inglés. Me parece escuchar a la francesita con ese acento de Montmartre que sólo me he podido imaginar, porque el destino dispuso que nunca llegáramos a encontrarnos. 
Les cuento esto porque hay muchos jóvenes que no sabe cómo aprender idiomas. Y una de las formas más gratificantes, porque no sólo acelera nuestro aprendizaje sino que nos proporciona gratas relaciones, es la de mantener correspondencia asidua con nativos (mejor nativas, si usted, joven, es varón) de otros países.
Claro está que no siempre todo el monte es orégano. Una hermana mía, hace ya… ni se sabe, vio abruptamente truncada su correspondencia en inglés con un marine estadounidense, tras ponerle en una carta que desde su último encuentro en Barcelona le habían crecido las orejas hasta la cintura. Ya era tarde para remediarlo cuando se percató horrorizada de que donde debió poner “hair” (cabello), había escrito “ears” (orejas).

© 2008  José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 22 de diciembre de 2008

¿Empujar en la misma dirección?

04/01/2010

Uno de los problemas de algunos políticos (dicho sea con el mayor respeto) es que, a menudo, quieren vendernos una burra que no puede caminar. Insiste nuestro presidente regional – ha vuelto a hacerlo en su mensaje de Navidad – en que nuestra fuerza estriba en que empujemos todos en la misma dirección; cosa que sería formidable, pero que hoy por hoy es imposible. Puede ser que se haya logrado un pacto social con determinados interlocutores, como son esos sindicatos agradecidos que ya parecen verticales; pero no se ha logrado con la oposición, con los pequeños y medianos empresarios, con los trabajadores autónomos, con los agricultores, con los educadores, ni con los obispos. Es inútil apelar a esa fuerza omnipotente – “empujar en la misma dirección” – cuando algunos de los que claman por tal conjunción de esfuerzos han dedicado los suyos a desunir de nuevo a los españoles, por primera vez desde la prometedora década prodigiosa de nuestra transición política. ¿Cómo podríamos remar todos en la misma dirección, cuando la mitad de los españoles no está de acuerdo con el rumbo de obligado seguimiento que el Gobierno ha fijado?  Para muchos – y es lamentable que una parte importante de nuestra clase política no se entere – sería impensable empujar en la dirección marcada por unas nuevas leyes que, como han hecho saber al Ejecutivo, repugnan a su conciencia. Para otros, las medidas adoptadas para paliar la destrucción de empleo, reactivar la economía y restablecer la confianza, no son, en su opinión, ni en la de muchos economistas de relieve internacional, las medidas que la gravedad de la situación demanda.
Pero, sobre todo, la implantación de esas leyes terribles a las que antes aludía, que muchos interpretan como un ataque frontal al derecho a la vida, una andanada contra la familia, o una nueva y arbitraria persecución de cristianos, ha venido a hacer inviable el ideal de siempre – ahora utópico – de que todos los españoles empujemos en la misma dirección.
El señor Aznar, aún siendo un óptimo gestor, se equivocó con su decisión de meter a España en el conflicto de Irak; y el presidente Rodríguez Zapatero ha podido malograr, con sus innecesarias e inoportunas bazas, la ocasión de oro de que los españoles pidiéramos luchar de consuno por lo que debería haber sido nuestro objetivo central desde los mismos inicios de la crisis que hoy nos aflige: salir lo antes posible de ella, y corregir sus causas.
¡Qué lástima que nuestro presidente del Gobierno no haya intentado gobernar para todos, como prometió en campaña! En lugar de eso, ha optado por decidir unilateralmente sobre casi todo lo humano y lo divino. Con lo fácil que le habría sido limitarse a ser gestor de lo temporal, dejar a Dios las parcelas que Él domina como nadie y aplicarse la metáfora que nos aconseja a todos, pero a él con más precisión: “Zapatero, a tus zapatos”.

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 04 de enero de 2010

“La Mancha de Don Quijote”

25/12/2009

“LA MANCHA DE DON QUIJOTE” 

Editorial Everest, S.A.  1980  ISBN: 84-241-4602-6.

© 1980 José Romagosa Gironella

Podrás leer el libro online completo en http://www.quijote.tv/lmdq1.htm

“El nombre de LA MANCHA, derivado de la denominación árabe “AI-Mansha” -tierra seca -.distingue universalmente a una de las regiones más hermosas y atrayentes de nuestro planeta, que en la antigüedad fue conocida como “Campo Espertario”.
Cualquier intento de penetración en La Mancha, en su geografía, en su historia, o en la magnitud oceánica de sus paisajes; cualquier pretensión de comprender la particular idiosincrasia de sus gentes, precisará siempre de dos apoyaturas imprescindibles, sin las cuales todo esfuerzo resultaría inútil: Cervantes y…, sobre todo, Don Quijote, el Señor de La Mancha.

y aún así tendremos que admitir a la postre nuestra impotencia, porque ni siquiera con la ayuda del Príncipe de los Ingenios, o con la de ese personaje tremendamente real creado por él, alcanzaremos a descifrar medianamente el hechizo de esta tierra, que continuará antojándosenos irreal y esotérica, por más que la palpemos o auscultemos.

La historia de la Mancha, que de algún modo arranca de las Ordenes Mili- tares que la arrebataron del dominio árabe, se detiene en Argamasilla de Alba en los albores del Siglo XVII, para reanudarse seguidamente con la llegada a ese mismo lugar de un hombre, ex soldado de Lepanto y escritor de comedias maltratado por la fortuna, llamado Don Miguel de Cervantes Saavedra.

http://www.quijote.tv/lmdq1.htm