Posted tagged ‘Las lenguas del Quijote’

Mea maxima culpa

27/04/2010

La asociación cultural “Ciudad Real Quijote 2000”, de la que este columnista forma parte, celebró el pasado Día del Libro su tradicional homenaje ante la ciudadrealeña estatua de Cervantes. También se efectuaron las consabidas lecturas y, como todos los años, se procedió a depositar una corona de laurel a los pies de dicha estatua; y un hermoso ramo de flores en el pedestal de la escultura ecuestre de Don Quijote, en la vecina Plaza del Pilar. El problema surgió cuando un servidor se percató de que las cinco palomas, a las que estaba previsto dar suelta al término del acto, se habían quedado olvidadas, dentro de una preciosa cesta de mimbre, en la cochera de su casa en Peralvillo. ¡Con lo que había costado conseguirlas este año de crisis, sin tener que pagar los sesenta euros que en años anteriores se tuvieron que abonar a un sacristán colombófilo de la capital! ¡Con lo mucho que se había esforzado el peralvillero Santiago Trujillo para escogerlas por la noche en su palomar, entre las más blancas, y donarlas generosamente para el cervantino acto de marras!   

Hubo que informar a los medios de comunicación allí presentes de lo ocurrido, para su puntual conocimiento de que la suelta de palomas tendría que realizarse este año “en espíritu”, como así, efectivamente, se hizo.  Ello ha permitido que un diario reseñara que las palomas “ni mucho menos llegaron con puntualidad suiza…”; otro, que “cinco palomas, una por provincia de la región, fueron soltadas en la Plaza de Cervantes”; y que un tercero silenciara totalmente la “suelta”. Bien mirado, todos ellos trataron correctamente la información o, cuando menos, veraz o caritativamente, porque lo espiritual – incluso en los tiempos que corren y por mucho que algunos se empeñen en negarlo – es tan tangible como lo material.

Y un servidor se lo agradece, aunque su reconocimiento no implica que se crea absuelto del monumental descuido cometido. Por ello, el culpable del desaguisado se complace en informar de que aquella suelta de palomas, que alguien pudo considerar frustrada, se produjo “de nuevo” por la noche de aquel mismo Día del Libro en un palomar improvisado a orillas del Bañuelos, al objeto de que esas aves procreen y puedan asegurar el suministro (gratuito, naturalmente, porque esta crisis no es de un día) de los cinco ejemplares anuales que nos seguirán faltando para homenajes sucesivos.

Un servidor entona su más sincero mea culpa por su olvido de unas palomas, y hace votos para que no toque a otros entonarlo por la posible desaparición de una Asociación Cultural de la que esta “Tierra de Don Quijote” y sus instituciones parecen haberse olvidado.

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  26 de abril de 2010
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El Quijote en la Medicina y como medicina

10/03/2010

Discurso inaugural del I Congreso de Estomatología

celebrado en Ciudad Real

“Es un honor para mi esta oportunidad que me ha brindado mi admirado amigo, el Dr. Eduardo Rodríguez, de dirigirme a Ustedes, distinguidos médicos, en estas vísperas del IV Centenario de la primera edición del “Quijote”, y señalar algunas de las connotaciones que esta obra universal, que es mucho más que el mejor texto literario jamás escrito, tiene, en mi modesta opinión, con la Medicina. 

No he de ocultarles, ya que soy un ignorante en la difícil y delicada profesión que ustedes ejercen, que me siento muy cohibido, porque me parece una imprudencia esta incursión mía para hablar ante ilustres doctores en Medicina, cuando yo no lo soy. Hace dos mil años, un adolescente de Nazaret entró en un templo para hablar ante los doctores de la Ley, y salió, según cuentan las crónicas, más que airoso de aquel trance. Pero no hay que olvidar que Él era …quien era. Así que Ustedes, doctores de la Ley Médica, sean clementes conmigo en méritos a la incuestionable realidad de que una cosa es hablar como Dios, es decir, como lo que aquel Joven era, y otra hablar como este pobre mortal va a intentar hacerlo, es decir, “como Dios le da a entender”.

 En el “Quijote”, estimados amigos, que es obra en la que se trata de todo y no hay faceta del humano proceder que no halle su asiento en ella, no se habla mucho de Medicina, o al menos de la Medicina como hoy la entendemos. Tal ves sea el humilde “Bálsamo de Fierabrás”, el remedio que con más frecuencia se cita en la gran Novela. Vino, romero, aceite y sal, todo ello bien removido, era la receta preferida de Don Quijote para alivio no sólo de problemas intestinales, sino también como pócima de uso externo para sanar un sinfín de feridas y quebrantamiento de huesos. Su escudero Sancho Panza, no obstante, y por más que lo intentó, jamás llegaría a compartir la entusiasta opinión de su señor sobre aquel bálsamo prodigioso.

 En el capítulo VI de la Primera Parte, el Cura menciona el ruibarbo, cuya raíz ya se usaba en la época de Cervantes como purgante. Lo menciona en relación con el libro de caballerías “Don Belianis”, uno de los predilectos de Don Alonso Quijano, El Bueno, respecto al cual observa, metafóricamente, que tiene necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya.

 En el siguiente capítulo XI, Don Quijote vuelve a lamentarse a su escudero del dolor que siente en la oreja tras el sablazo que le ha propinado el gallardo vizcaíno. Viendo uno de los cabreros, con quienes a la sazón estaban, la sangrante herida, “le dixo” – cito textualmente – “que no tuviese pena, que él pondría remedio con que fácilmente se sanase: y tomando algunas hojas de romero, del mucho que por allí había, las mascó y las mezcló con un poco de sal, y aplicándolas a la oreja, se la vendó muy bien, asegurándole que no había menester otra medicina, y así fue la verdad”. El remedio del cabrero se me antoja precursor de aquellos “cataplasmas Llenas” que los menos jóvenes de ustedes recordarán porque se usaban cuando yo era niño.

 En el XVIII, por una sola vez echa de menos Don Quijote un cuartal de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques de las alforjas de Sancho. Por una vez siente hambre el frugal caballero. Y su escudero, socarrón, le remite a las “yerbas de los prados, “que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan mal aventurados caballeros andantes como vuestra merced es”. Hace el amo mención, acto seguido, a “quantas yerbas describe Discórides en su libro, así como al tratado del anatomista Doctor Laguna”, médico y herbolario de Felipe II, concluyendo “que Dios que es proveedor de todas las cosas no nos ha de faltar, y más andando tan en su servicio como andamos…”, Cervantes muestra aquí su conocimiento de esa inagotable fuente de medicamentos, antiguos y modernos, que es el reino vegetal. También de las cuitas del odontólogo sabía Don Quijote, como muestra al decir, tras el apedreamiento de que fuera objeto por parte de los pastores, “que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante”.

“He menester tu ayuda y favor”, – ruega a su escudero – “llégate a mí y mira cuántas muelas y dientes me faltan, que me parece que no me ha quedado ninguno en la boca”. “Metió Sancho los dedos” – seguimos leyendo – “y estándole atentando, le dixo: ¿cuántas muelas solía vuestra merced tener en esta parte?” – “Cuatro”, respondió Don Quijote” -. “Mire vuestra merced lo que dice, señor”, respondió Sancho”. “Digo cuatro, si no eran cinco…”- masculló el caballero. “Pues en esta parte de abaixo” – dijo Sancho “no tiene vuestra merced más de dos muelas y media, y en la de arriba, ni media, ni ninguna, que toda está rasa como la palma de la mano”.

El barbero, en la Mancha y en todos los pueblos de España, era en tiempos el sangrador local, alguien a quien decían “el cirujano” y que afeitaba barbas, aplicaba las sanguijuelas a cuanto enfermo las podía precisar, y extraía muelas podridas con tenazas, cuando era menester. Ese oficio profesaban el vecino de Don Quijote llamado Maese Nicolás, tertuliano habitual del Cura y de nuestro hidalgo, y también aquel barbero infortunado a quien nuestro héroe arrebató un célebre “yelmo de Mambrino” que no era más que una pintipirada bacía de azófar.

Manifiesta Cervantes en el “Quijote”, así mismo, un gran conocimiento de las ciencias de la mente. El proceso entero de la locura padecida por don Alonso Quijano ha dado y seguirá dando pábulo inagotable a  psiquiatras, neurólogos y psicólogos. Magistral es la dirección de ese proceso, como lo es la de ese mal de amores que lleva a Grisóstomo al suicidio, a Cardenio a la demencia y al propio protagonista de la Novela a la creación de un ser utópico, jamás superado, en la universal figura de Dulcinea.

Plantea Cervantes situaciones harto prolijas, desde el punto de vista médico, como la de “la medicina recetada por famoso Médico al enfermo que recibir no la quiere”. Con mayúscula escribe Cervantes, hijo por cierto de un cirujano, la palabra “Médico”, en este pasaje del capítulo XXVII, mostrando así su profundo respeto por vuestra profesión. “¿Dónde estás, Señora mía, que no te duele mi mal…?” – exclama Don Quijote, tras su desafortunada primera salida. “Yo no quiero salud sin Luscinda…”- confiesa el desventurado Cardenio. En la carta que Don Quijote escribe a Dulcinea, le dice que “le envía la salud que él no tiene”. Y al final de la historia, vemos a Sancho suplicando, junto el lecho de muerte de su señor: ” ¡Ay! (…) no se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dexarse morir sin más, ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben, que las de la melancolía…”  Y puntualiza el Autor que “fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan”.

En cuanto a los médicos de medicina interna, Cervantes usa de unos de ellos, el doctor don Pedro Recio de Agüero, aquél que se decía natural de un lugar llamado Tirteafuera -“que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo a la derecha mano” – para tejer el divertido episodio de la cena de Sancho en su palacio de Barataria, uno de los más sabrosos de la inmortal novela.

Excesivo amante de lo que hoy llamamos “dietas adelgazantes”, aquel doctor por Salamanca arruinó el yantar del bueno de Sancho, si bien dio pretexto a Cervantes para traer a colación su profundo sentido del humor. “Yo, señor,” – explica al Gobernador – “soy médico, y estoy asalariado en esta ínsula para serlo de los Gobernadores della, estudiando de noche y de día, y tanteando la complexión del Gobernador para acertar a curarle, cuando cayere enfermo, y lo principal que hago es asistir a sus comidas y cenas, y a dexarle comer de lo que me parece que le conviene, y a quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño, y ser nocivo al estómago, y así mandé quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente húmeda, y el plato de otro manjar también le mandé quitar, por ser demasiado caliente, y tener muchas especias, que acrecientan la sed, y el que mucho bebe, mata y consume el húmedo radical, donde consiste la vida”. Y contestó Sancho: “Desa manera aquel plato de perdices que están allí asadas, y a mi parecer bien sazonadas, no me harán ningún daño”. A lo que el médico respondió: “esas no comerá el señor Gobernador en tanto que yo tuviere vida (…) porque nuestro maestro Hipócrates, norte y luz de la medicina, en un aforismo suyo dice: omnis saturatio mala, perdix autem pessima”. “Aquel platonazo que está más adelante vahando, -dijo Sancho – me parece que es olla podrida, que por la diversidad de cosas que en tales ollas podridas hay, no podré dexar de topar con alguna que me sea de gusto, y de provecho”. “Absit, dijo el médico, vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida (…) y dexemos libres las mesas de los Gobernadores, donde ha de asistir todo primor y toda atildadura (…) y porque siempre son más estimadas las medicinas simples, que las compuestas. (…) Mas lo que yo se que ha de comer el Gobernador, ahora, para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de canutillos de suplicaciones, y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le asienten el estómago, y le ayuden a la digestión”. “Quíteseme luego de delante” – tronó Sancho, incapaz de aguantar tanto rigor – “si no, voto al sol, que tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por vos, no me ha de quedar médico en toda la Ínsula, alomenos de aquellos que yo entiendo que son ignorantes, que a los médicos sabios, prudentes y discretos, los pondré sobre mi cabeza, y los honraré como a personas divinas (…) y…¡ denme de comer, o si no tómense su Gobierno, que oficio que no da de comer a su dueño, no vale dos habas!

 Broma a parte, Cervantes aprovecha la ocasión para afirmar su alta consideración por la profesión médica; opinión que no duda en reiterar en sus Novelas Ejemplares y en multitud de sus otras obras siempre que se presenta la ocasión.

En cualquier caso, amigos, tengo para mi que el “Quijote”, antes que tratar de médicos y medicinas, es una medicina en sí mismo. Y me atrevo a decir más: que una sociedad compuesta en buena parte por lectores de esta obra, sería sin duda una sociedad mejor; una sociedad más sana y más justa.. El “Quijote” es, al igual que los entrañables galenos de antaño, un médico “de cabecera”; que está siempre a nuestro alcance y presto a ayudarnos. Su medicina actúa, como ocurre con la buena música, en nuestro espíritu. Y, por tanto, en nuestra salud física y mental. Giosué Carducci, una de las grandes plumas de la Literatura Universal, recomendaba a sus lectores que no leyeran ninguno de sus libros antes de leer el “Quijote”. Flaubert, Dostowyeski y milllares de intelectuales de todo el mundo se han volcado en encendidos elogios hacia esta obra española,  la mejor pieza literaria jamás escrita. Y un prestigioso actor de nuestro tiempo, Peter O´Toole, acertó plenamente al declarar que el “Quijote” es el mejor regalo que España ha hecho al mundo, que es como decir “la mejor medicina”. Una medicina carente de contraindicaciones que, no obstante, conviene administrar a pequeños sorbos, sobre todo al principio del “tratamiento”.

 Tob de Carrión escribió una vez en uno de sus poemas: “Aquí la rosa, vive mientras muere”. También Cervantes, enfermo de diabetes (aún tendrían que pasar tres siglos para que la medicina diagnosticara esta enfermedad),… también Cervantes, digo, el mejor de los escritores, “escribe mientras muere”, porque cuando concluye la segunda parte del “Quijote”, la publicada en 1616, Cervantes es ya un enfermo terminal. El propio hecho de haber sido invitado a pronunciar estas palabras inaugurales de vuestro Congreso, en atención a mi pertenencia a la Asociación Cultural “Ciudad Real Quijote 2000”, constituye, directamente, un tributo de pleitesía a ese monstruo de nuestras letras – don Miguel de Cervantes – y a esa magna obra suya cuya segunda parte completó, sorprendentemente, en su madurez, y bajo los achaques de una grave enfermedad. Apasionante tema, sin duda, para su investigación desde el punto de vista geriátrico.

 Mi ilustre paisano y nunca bastante recordado Dr. Puigvert, quien hace treinta años me curó del “mal de piedra”, era, amén de lector devoto del “Quijote”, un quijote en sí mismo. Sus pacientes no lo sabían, pero eran ellos quienes fijaban los honorarios del eminente cirujano. La tarifa, en tres niveles distintos, se aplicaba en función de la categoría y precio de la habitación de la clínica que el paciente elegía en la secretaría de la clínica. Y a muchos enfermos que no podían pagar una habitación, ésta se les ofrecía gratis, al igual que la delicada operación que realizaba en multitud de casos el propio maestro. A pesar de que fingía cierta brusquedad, Puigvert era el arquetipo del médico humano y comprensivo. En su conferencia de ingreso en la Sociedad Española de Médicos Escritores, insistió precisamente en esto: “Creo que estamos” – dijo – “en un momento en el que el médico debe aprovechar cuanto la técnica y la ordenación burocrática aportan a nuestra labor, y sumar estos elementos al saber hipocrático, pero teniendo en cuenta que la calidad humanística y servicial de la medicina no se transforme en una fría servidumbre tecnocrática olvidando que el “hacer médico” no es una simple función sino que comporta  el más elevado culto del hombre médico al hombre doliente”.

 Profesáis el oficio más hermoso, porque lucháis por la vida. Al combatir la enfermedad, tratáis de deshacer, como hiciera Don Quijote, entuertos y sinrazones que a menudo el ser humano no acierta a comprender. Y hay momentos, lo sabéis bien, en los que la Medicina, ciencia avanzada pero siempre en pos de nuevas metas, poco puede hacer. Como en la muerte de Don Quijote. Y para esos trances, el mencionado urólogo catalán daba este consejo: “Cuando la dolencia abre al hombre el último capítulo de su vivir, en el cual finaliza la misión del médico, éste, para respetar tan sagrado momento, debe recordar una frase del poeta Rainer María Rilke en que dice: ” ¡Oh, Señor, da a cada uno su muerte propia , una muerte que derive de su vida, en la cual hubo amor, comprensión y desinterés..!” “De ahí – concluía el doctor – cuán necesaria es la búsqueda de la verdad en nuestro incierto saber, supliendo tal incertidumbre con la mayor ternura en nuestro cotidiano hacer.

Les deseo un feliz y provechoso Congreso. Su éxito será también un éxito para toda la sociedad. Parafraseando a Cervantes, y en concreto el último párrafo del prólogo a la Primera Parte del “Quijote”, me despido de ustedes diciéndoles: “Dios les de salud y a mí no olvide”.

 

Las lenguas del Quijote -IV- “Cervantes, joven promesa …”

06/02/2010
La primera imagen de Cervantes, en una traducción de sus Novelas Ejemplares (1705)

La primera imagen de Cervantes, en una traducción de sus Novelas Ejemplares (Amsterdam, 1705)

Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá de Henares en 1547, según su propia manifestación en documento autógrafo que ha llegado hasta nuestros días. Si bien se desconoce el día exacto en que vino al mundo, en el primer libro de nacimientos de Santa María, parroquia mayor de aquella ciudad, bajo la fecha del 9 de octubre de 1547, consta que “fue baptizado Miguel, hijo de Rodrigo Cervantes e su mujer doña Leonor”.
Es creencia generalizada, no obstante, que Cervantes debió de nacer diez días antes, el día de San Miguel, es decir, el 29 de septiembre, dada la costumbre de la época de imponer a los nacidos el nombre propio correspondiente al santo del día de su nacimiento.
Los Cervantes, otrora orgullosos e influyentes, se hallaban a la sazón muy venidos a menos. El cabeza de familia, modesto cirujano, amén de sordo, viajaba de un lugar a otro de España en busca de trabajo; siendo ésta la causa de los continuos cambios de residencia de la familia durante la infancia de Miguel. Fue educado desde niño por los jesuitas de Sevilla y, más tarde, en la escuela literaria que dirigía en Madrid el humanista Juan López de Hoyos, a pesar de que aquel aplicado estudiante de Letras se sentía interiormente destinado a seguir la carrera de las armas. Blas Nasarre, el primero que nos da noticias sobre la asistencia del joven Miguel a la escuela de López de Hoyos, escribió que Cervantes, desde su temprana juventud, habíase aplicado a la lectura de cuantos libros caían en sus manos (…) y que compuso varios versos entre los que destaca por su calidad una Elegía a la Reina de España, Doña Isabel de Valois, compuesta con ocasión de su enfermedad y muerte”. Las referencias que Cervantes haría más tarde en sus escritos a la vida universitaria – por ejemplo, en La Tía Fingida – han dado pie a pensar que Cervantes estudió durante algún tiempo en la universidad de Salamanca, tal vez en los años siguientes a su periodo escolar en Sevilla (1566-68).
En la biografía de la Hispanic Society of America, (1932), leemos lo siguiente: “Aceptemos o no la supuesta escolarización de Cervantes en Madrid y Sevilla, y su residencia en la gran universidad, uno puede estar seguro, al menos, de que en su juventud fue ávido lector; en segundo lugar, que fue amante de la comedia y capaz de recordar diálogos enteros de multitud de obras escénicas; y, por último, que Cervantes ya componía hermosos versos a la edad de veintiún años”. Curiosamente, la biografía añade que “hay razones para creer que destacó en varios deportes (…) que su carácter era cortés y  encantador (…) si bien no emanaba aún signo alguno del genio por el que hoy el mundo entero le venera”. Trataremos en próximas columnas de su azarosa vida de soldado y de cautivo, y de su sorprendente actividad literaria en llegando a la edad madura. Acompaña hoy estas líneas un retrato de Cervantes adulto (grabado holandés del setecientos), ya que no ha llegado a nuestro tiempo retrato alguno de sus años de juventud.
Algo sucedió, no obstante, que motivó la inesperada marcha de Miguel a Roma. Se da hoy por cierto que pudo tratarse de una huida para eludir determinada condena, ya que hay constancia (carta conservada en el Archivo General de Simancas) de que Miguel se había visto envuelto en una riña, o duelo, con un tal Antonio de Segura, a quien había herido con su espada. Cualquiera que fuera la causa de su viaje, Miguel consiguió hacerse con un certificado de limpieza de sangre, acreditativo de su larga estirpe cristiana, lo que en 1569 le permitiría zarpar para Italia y entrar al servicio del cardenal Acquaviva. Ignoramos lo que sucedió a Cervantes durante los dos años siguientes; pero lo encontramos de nuevo el 7 de octubre de 1571, a bordo de la galera Marquesa, combatiendo heroicamente contra la armada turca en la decisiva batalla de Lepanto. Su vocación castrense veíase finalmente realizada en detrimento, siquiera por unos años, de su prometedora carrera literaria. Su brillante participación en aquella batalla, de la que salió con dos heridas en el pecho y la mano izquierda lisiada, le valió merecida fama de valiente y el célebre sobrenombre de “el manco de Lepanto”.
Tras intervenir en 1572 en la expedición naval a Navarino, toma parte, en 1573, en las acciones que culminaron en la conquista de Túnez y Bizerta. En 1975 embarca en la galera Sol, acompañado de su hermano Rodrigo, rumbo a España, donde confiaba conseguir un importante ascenso militar. No podía esperar menos de las cartas de recomendación que portaba. Pero tampoco podía prever que la nave en la que regresaba a la patria sería de improviso atacada por tres navíos turcos, y que él y su hermano serían apresados y conducidos a Argel donde consumirían cinco y dos años, respectivamente, de durísimo cautiverio. La entereza de Miguel y su talante altruista y generoso para con los demás cautivos, se hicieron patentes durante aquellos años de prueba. Rescatado Miguel tres años después que su hermano, tras interminables esfuerzos de su familia y de los frailes Trinitarios, pudo embarcar hacia España en octubre de 1580, recién cumplidos los treinta y tres años.
Tan intensa y novelesca fue la vida del futuro autor del Quijote en aquellos años, que no puede causarnos la menor sorpresa esta reflexión del novelista inglés Walter Starkie:
“el Quijote es una de esas raras novelas en las que el héroe y el autor están tan estrechamente relacionados entre sí que no es posible estudiarlos por separado”. Y tampoco esta otra: “De igual forma que Don Quijote fue el reflejo de Cervantes el hombre, sólo en la biografía de este último podemos encontrar la verdadera interpretación del Caballero de la Triste Figura”.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 29 de febrero de 2004

Las lenguas del Quijote -III – El “tiempo” de la gran novela

30/01/2010

La extensa serie de libros conocida como “Hymark Outlines” (Esbozos  Hymark), que hace más de medio siglo viene publicando la Students Outline Company, de Boston, ofrece atinados análisis de las grandes obras de la literatura universal que ayudan extraordinariamente al lector y al estudiante. Antes de comenzar a leer una de esas grandes obras, ya se trate de “La Ilíada” o de los “Cuentos de Canterbury”, el interesado puede encontrar en los tratados de dicha colección toda la información previa que precisará para aprovechar y disfrutar a fondo de su lectura. En el volumen dedicado a “Don Quijote” (1960), descubrimos dos capítulos, uno sobre la España en la que vivió Cervantes, y otro a modo de breve comentario crítico sobre la novela; ambos de gran interés, tanto por su concisión como por la valiosa perspectiva que la distancia geográfica parece haber proporcionado a su autor estadounidense.

Abordar la lectura de un libro, máxime si es de un gran autor, requiere una preparación de la ruta y la acumulación de conocimientos previos sobre el tiempo y circunstancias en los que la acción se desarrolla. Algo parecido a lo que todo buen viajero debe hacer antes de emprender un viaje importante. Lamentablemente, nos olvidamos con frecuencia de procurarnos ese bagaje previo. Y es también de lamentar que no dispongamos en España de traducciones de esos libros utilísimos a los que me estoy refiriendo.

Volviendo a ellos, leo en el primero de los citados capítulos el resumido retrato de una España, la de Carlos I, caracterizada por una prosperidad, un poder y un prestigio sin precedentes; y la descripción de un país cuyas flotas surcaban todos los mares y sus conquistadores contaban a su regreso historias de grandes gestas realizadas en los más apartados lugares del globo. Dichas narraciones, tan reales para aquellos que sin salir de sus casas llegaban a conocerlas, como para los aventureros que las habían vivido, constituían temas de máxima atracción. No era, pues, de extrañar que la gente, interesada por las nuevas glorias atribuidas a la nación por las hazañas personales de sus héroes, se sintiera hechizada por cualquier narración romántica que tuviera por centro una figura heroica individual, aunque ésta fuera imaginaria.

Sigo leyendo ese opúsculo, que refleja la historia tal como se debe de enseñar a los escolares de Estados Unidos – al tiempo que lo voy traduciendo al español y resumiéndolo – y anoto que también en aquella época circulaban en España multitud de romances caballerescos, escritos en la forma literaria iniciada por el llamado “ciclo artúrico”. No me descubre de hecho nada nuevo, pero me agrada proseguir con tan concisa, objetiva y pedagógica versión, en la que no falta puntual mención a las historias de “Amadís” y de esos héroes y libros de los que en el propio “Quijote” se hace exhaustiva relación; y se nos recuerda que aquellos libros de caballerías seguían siendo lectura preferida del pueblo en los tiempos de Cervantes; y que éste probó conocer a fondo, aunque lo aborrecía, este género literario. También se indica en el librito de marras que la moda de los libros de caballerías se desvaneció definitivamente debido a la aparición del “Quijote” en el mercado literario europeo, porque la novela de Cervantes los atacaba frontalmente.

Es interesante la constancia que en el librillo se da sobre el hecho de que el vacío vino ocupado , principalmente, por la literatura pastoral y la novela picaresca, ambas representativas de una España, posterior al desastre de Trafalgar y a la desafortunada expulsión de los industriosos moriscos, otra vez empobrecida; de una nueva España en la que la lucha por la supervivencia había vuelto a ser la mayor aventura de buena parte de los españoles.

En el capítulo dedicado al análisis crítico del “Quijote”, se apunta certeramente el carácter pretencioso y artificial de muchas de las obras que en aquel tiempo se componían, y al hecho de que el “Quijote”, por el contrario, no sólo fue un arma para destruir la absurda seriedad con la que los mitos caballerescos eran tomados por el público, sino el instrumento para infundir naturalidad a una literatura sobrada de afectación y grandilocuencia. Lo que Don Quijote fundamentalmente representa – sigo leyendo – es al romántico idealista, al hombre que insiste en transformar el mundo en un lugar más justo. En cuanto a Sancho, es también interesante la versión que este texto nos ofrece de que este hombre rústico, aún reteniendo las características del personaje literario más humilde, hace gala de una sabiduría que viola abiertamente la tradición literaria. Cuando Sancho se convierte en gobernador de la ínsula, nos revela que también él, un miembro de la clase baja, puede tener ideales. En contraste con los ideales de Don Quijote, los de Sancho son enteramente terrenales: para él, el estómago lleno y un lecho confortable son las cosas más importantes de la vida; y ello porque Cervantes quiso hacernos ver que sólo cuando el hombre carece de estas cosas básicas, alcanza a idealizarlas. No es tanto, pues, cuestión de materialismo – sugiere Paul B. Bass, perspicaz autor del texto que hoy utilizamos – sino de otra forma de idealismo con los pies en la tierra.

Como verás, querido lector, intento cumplir en estas columnas la promesa de ir glosando algunas de las infinitas reflexiones que la obra maestra de Cervantes ha inspirado a lectores y estudiosos. La universalidad de la obra y la talla intelectual de muchos de sus apologistas, nos obligan a tomar sus juicios y apreciaciones con la mayor consideración. Al igual que solemos afirmar que todo lo importante que el hombre pueda decir hoy, ya se dijo ayer en griego, en lo tocante al “Quijote” debemos admitir que los que somos sus “fans” ya sólo podemos repetirnos en nuestras opiniones o pretendidos hallazgos. Se han escrito tantas cosas, en tantas épocas y en tantas lenguas distintas sobre esta siempre impresionante obra, que sería ingenuo pretender – aunque no hay pecado en intentarlo – que podamos añadir algo nuevo.

Ilustran hoy estas líneas el célebre óleo de Daumier cuyo original se conserva en la Nueva Pinacoteca de Munich.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 15 de febrero de 2004

Las lenguas del Quijote -II- “Actos del habla…”

30/01/2010

Parece obligado hablar de lenguas, en plural, si nos referimos al “Quijote”, ya que en la obra convive – democráticamente, usando un vocablo actual – el léxico más variado. No en vano Cervantes confirió la mayor importancia al componente lingüístico de su gran novela, como descubrimos en el propio prólogo de la primera parte de la obra y, ya entrados en materia, en los diálogos de muchos de sus personajes que no sólo nos muestran conocer las más célebres composiciones literarias de la época y de siglos precedentes, sino que discuten con frecuencia sobre ellas.

José Luis Girón Alconchel, tratando de esto, observa que el título de varios capítulos tiene como núcleo palabras que denotan “actos del habla” y los califican muy significativamente. He aquí algunos ejemplos:
“De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos” (II, 32); “De la sabrosa plática que la Duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note” (II, 3); “Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote” (I, 49); “De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos” (I, 50); “Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el Bachiller Sansón Carrasco” (II, 3), etcétera.

Es evidente, según Girón, que Cervantes valoraba explícitamente el diálogo como “acto de habla”. Los sintagmas “discreto coloquio”, “sabrosa plática”, “ridículo razonamiento”, indican que para Cervantes era tan importante el “decir”, como lo “dicho”; tan significante la forma como el fondo.

En nuestra opinión, Cervantes escribe el “Quijote”, en particular su segunda parte, trasladando al folio, con pionera fidelidad, diálogos y coloquios previamente captados por el oído. Las más distintas formas de hablar de aquella España de los siglos XVI y XVII, se hallan presentes en el “Quijote”. Se trata de lenguaje en estado puro: de un inmenso caudal de ideas expresadas por el órgano de la lengua. Manuel Criado de Val (Anales Cervantinos, 1855-56) aprecia toda la obra como un maravilloso coloquio, y considera que “el diálogo es lo que más conserva hoy su plena eficacia estilística”. Gracias a ello, Cervantes sigue mostrándosenos como el gran innovador del arte literario.

El filólogo Ángel Rosenblat, reconocido – junto con Weigert – como indiscutible autoridad en el estudio del “Quijote”, confiesa que “esta obra admira por la perfecta adecuación entre personaje y habla. Cada estrato social, cada profesión y aun cada individuo nos hacen sentir sus peculiaridades lingüísticas”. Y añade que “Don Quijote, hombre de libros, habla como hablan los libros; Sancho, hombre del pueblo, se expresa como el pueblo lo hace. El caballero caerá a veces en la fabla anacrónica; el escudero acudirá al tesoro del pobre, al refranero sin fondo”. “Hay en ella” – concluye – “como un juego sin fin con los distintos niveles del habla (desde lo vulgar y germanesco hasta lo aristocrático) que se entrecruzan y confunden entre sí”.

Todas las variantes del habla que Cervantes aprendió de los avatares de su azarosa vida las vuelca, juntas pero jamás revueltas, en la catedral lingüística del “Quijote”. En ella nos topamos, sucesivamente, con el modo de hablar del cabrero, del bachiller y del eclesiástico; del hombre culto, del arriero y de la moza “del partido”. Hablan los galeotes en su jerga, el bandolero o el vizcaíno en las suyas. Hasta el propio autor muda de léxico al compás de las circunstancias. En nada se parece el estilo que utiliza en el prólogo con el que usa en las dedicatorias; y distinto es, así mismo, el idioma del narrador en cada una de las partes de la obra, por no mencionar la gran distancia lingüística que separa el “Quijote” de cualquier otra obra cervantina.

Entendemos a quienes piensan que en el caso de esta gran novela, acaso también por su contenido ético, Dios tocó al escritor con la palma de su mano. Ello nos explicaría más de un misterio encerrado en esta obra admirable que Schiegel calificó de epopeya y, ¡ahí es nada!, “como la más viva imagen que se haya dado jamás de la vida y genio de una nación”. ¡Qué paradójico se nos hace saber que ese libro apenas fue considerado en España, a su publicación, como una divertida parodia, o  “carcajada de ganapanes”, que se transformó luego en sonrisa (hacia el siglo XVIII) y, finalmente, en lágrima (siglo XIX). Gracias habría que dar, en todo caso, a los traductores y prologuistas ingleses – Jarvis, Warburton y Bowle – que antes, mucho antes que los españoles, supieron levantar en triunfo –  cito a Santos Oliver – “como obra príncipe, como la más universal, benévola y perenne de las historias, esa desconcertante humorada manchega, hija de una cárcel”.

Desconcertante fue también, en aquellos tiempos, la precoz devoción de los ingleses por la obra de un autor español. No olvidemos que Felipe II había enviado la “Invencible” a invadir Inglaterra apenas dos décadas atrás. Reconforta pensar que el mundo de la cultura, o el de las artes, puedan lograr la proeza se sobreponerse al odio. Tal vez deberíamos utilizarlas más como instrumento de concordia.

La pintura que ilustra estas líneas constituye una de las primeras interpretaciones al óleo realizadas de Don Quijote. Trátase de una obra del italiano Alessandro Magnasco (1690 circa). Prueba evidente de la temprana popularidad alcanzada por el “Quijote”, también en Italia.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 1 de febrero de 2004

Las lenguas del Quijote -I- “Haciendo boca…”

29/01/2010

Inauguro esta columna, dedicada a las lenguas del “Quijote”, con el doble deseo de permanencia en las páginas de este diario a lo largo de la conmemoración del IV Centenario de la primera edición de la universal novela, y de poder analizar, de consuno con el lector, el “prodigio de expresividad y de arte” que en dicha obra se encierra. La certera frase entrecomillada, que es de Ángel Rosenblat, viene como de molde para calificar un texto, cimero en la Historia de la Literatura, en el que el habla propia de cada estrato social se nos hace presente de un modo magistral e insuperable. Ese “coloquio” entre las distintas formas de nuestra lengua, máxima invención de nuestro inmortal Cervantes, sigue brindándonos hoy, en el fondo y en la forma, la sorprendente cualidad de su validez intemporal. Reconocemos en ellas, a pesar del tiempo transcurrido, las mismas formas de nuestro idioma actual; o, cuando menos, sus formas más directamente precursoras.

Exploraremos esa obra – “Don Quijote de la Mancha”- con sencillez y humildad y desde el punto de visión del lector medio, no erudito. Sólo así podremos entendernos y saborear, paso a paso, observaciones y hallazgos – del modesto autor de estas líneas y de estudiosos de verdadera autoridad – dignos de ser compartidos. Cuatro siglos son muchos para que una obra literaria mantenga incólumes la frescura y el interés que ofrecía cuando se compuso. El “Quijote”, no obstante, lo ha logrado. Veremos, también, que el “Quijote” es más que la primera y la mejor de las novelas. Para ello nos apoyaremos, a menudo,  en algunos de los juicios y reflexiones que las mentes más preclaras han producido al respecto desde aquel siglo XVII en el que la mejor novela jamás escrita viera la luz.

He hablado del “lector”, porque sería absurdo conversar sobre el “Quijote” con quien no lo ha leído.  Tal vez esta columna sirva para animar a su lectura a aquellos que, por una razón u otra, aún no han sentido la necesidad de hacerlo. Sería imperdonable que dejásemos pasar esta histórica efeméride – la del IV Centenario – sin franquear la sicológica barrera que con frecuencia nos separa de tan caudalosa fuente de agua viva.

La distribución ya iniciada de esa edición de la empresa pública “Don Quijote de la Mancha 2005”, que se encarta en la campaña “Un Quijote, Un Euro”, conseguirá, sin duda,  – como ha declarado su presidente, don José María Barreda Fontes – “que todos los castellano-manchegos tengan en su biblioteca el paraíso que nos desea Borges, otro gran habitante del territorio del Quijote, un ejemplar, usado por la relectura, de la gran obra de Cervantes por la que nos conoceremos mejor a nosotros mismos”.

La misma empresa citada, creada bajo los auspicios de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha para impulsar y dirigir los actos conmemorativos del IV Centenario del Quijote, ha lanzado, así mismo – en soporte DVD y a precio muy reducido – el  “Quijote” en dibujos animados; la producción española en la que to intervine como productor y que hace unos veinticinco años hizo las delicias de más de diez millones de españoles, niños y mayores. Otra nueva generación podrá, por tanto, saborear un producto audiovisual que convoca eficazmente a la lectura de la gran novela. Trátase en suma de conseguir que sea cada día menor el número de ciudadanos de esta Comunidad que no haya leído ese “Quijote” reconocido por todos como máximo exponente de nuestro común acervo cultural.

Balzac, Tolstoy, Flaubert, Carducci, el propio Shakespeare, coetáneo éste de Cervantes, y un sinnúmero de escritores célebres de todos los tiempos y latitudes, cuya lista sería imposible de reproducir, fueron devotos lectores del “Quijote”, obra literaria sobre la que volcaron unánimes y encendidos elogios. ¿Qué otro aval, qué otro impulso necesitamos los españoles, y en especial los castellano-manchegos para ponernos a leer, ¡pero ya!, tan importante obra? ¿No sentimos curiosidad por comprobar personalmente si son ciertos esos méritos y ese embrujo que en el mundo entero se atribuyen al “Quijote”? Resulta extraño observar que esta misma sociedad que a menudo se desvive por indagar en la vida privada  de personajes hueros que nada legan ni legarán jamás a nuestro tiempo, sea la que desdeña conocer esa gran historia en la que todos los tipos de España estamos representados.

Ningún español alcanzará a realizar plenamente la clásica consigna “noscete ipsum” (conócete a tí mismo) si no conoce el “Quijote”, porque es una lectura básica y fundamental para organizar nuestra personal y particular forma de ser, de pensar y de sentir.  Con razón insiste Barreda no sólo en la lectura, sino en la “relectura” de esta obra “por la que nos reconoceremos mejor a nosotros mismos”. Como ciudadano de un país en el que se lee muy poco, o en el que no se lee lo que más habría que leer, he pensado una y otra vez en que ello afecta negativamente a nuestra democracia porque impide el constante desarrollo del “mejor criterio” de los electores y pone en cuestión, por tanto, la calidad y madurez de su voto. Las lenguas del “Quijote” encierran por ello – y de añadidura – un incuestionable “valor” político.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 19 de enero de 2004