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“Guerracivilismo”

20/04/2010

El historiador Giuliano Bonfante, estudioso de los pueblos ibéricos, constataba, en 1965, que si bien españoles y portugueses compartimos ciertas características, tales como la ausencia de prejuicios raciales y la facilidad de adaptarnos a diversos climas, existen importantes diferencias entre nosotros. Mientras los portugueses – observaba – se han labrado justa fama de flexibles y dialogantes, los españoles son en extremo orgullosos y están siempre dispuestos a reaccionar violentamente ante cualquier agravio. 
Podríamos apostillar que nuestra cruenta guerra civil en la segunda parte de los años 30, y la pacífica “revolución de los claveles”, de abril del 74, ofrecen el mejor ejemplo de aquellas diferencias. Tal vez con menos orgullo y con algo más de mano izquierda, habríamos podido evitar aquella guerra fraticida y los estrepitosos desastres que España tuvo que sufrir, unas décadas atrás, en Cuba, Filipinas y Norte de África. 
Ya en pleno siglo XXI, y viviendo bajo una Constitución democrática que ha cumplido treinta y un años, un servidor se declara incapaz de entender que alguien siga identificándose con uno u otro de los bandos que en aquella guerra demencial se enfrentaron a degüello, y sigue adhiriéndose al criterio que en 2005 defendiera don Gabriel Cardona, profesor de Historia en la Universidad de Barcelona, en el sentido de que (sic) “no sólo existían dos Españas en aquellos años, porque había una tercera y mayoritaria España que nunca se habría lanzado al cuello de sus enemigos; que sólo quería vivir, pero que fue arrasada por la guerra, la revolución y las diversas represiones”.
El propio léxico de nuestro idioma es sintomático. La mayor parte de vocablos y términos que tienen que ver con la crueldad, la guerra, o las acciones desestabilizadoras, son de origen español: garrote vil, quinta columna, golpe, pronunciamiento, guerrilla, pucherazo, generalísimo, junta militar, semana trágica, etcétera. ¡Qué triste palmarés! No obstante, seguimos inventando términos enemigos de la buena convivencia, que, más tarde, como ocurre con los ya citados, pasarán a utilizarse como españolismos en todas las demás lenguas.
El último término acuñado – “guerracivilismo” – ya se ha convertido en nueva arma arrojadiza de usos múltiples. ¿Cuándo abandonarán la escena los políticos inservibles, esos que reavivan la involutiva idea de las dos Españas de Larra, y veremos aparecer en ella eficaces gestores sin soberbia, capaces de devolvernos la esperanza?

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  19 de abril de 2010
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El idioma y las meninges

17/04/2010

El idioma y la mente tienen en común que los humanos sólo utilizamos una mínima parte de su inmenso potencial. Respecto al cerebro, aseguran los expertos que apenas aprovechamos el tres por ciento de su capacidad; y en cuanto al idioma, es evidente que el uso extremamente restringido que hacemos de él, o el directamente incorrecto, limita nuestras funciones cognitivas y discursivas. La consecuencia de ello no es otra que un razonamiento deficiente, falto de rigor semántico, y su inevitable secuela: una dificultad añadida a la hora de comunicarnos y entendernos. De aquí que las sociedades más cultas, aquellas que mejor uso han conseguido hacer del pensamiento y del lenguaje, sean las que han alcanzado un mayor grado de convivencia, organización y, en general, de desarrollo humano.
Como país poco distinguido por el hábito de la introspección – situación tal vez debida al clima y a nuestro extrovertido estilo de vida – España es una de las naciones que más maltrata su idioma. Comparándolo con Francia, o Inglaterra, defensoras a ultranza de sus respectivas lenguas, nuestro país sobresale por la nula protección que la lengua española recibe de sus instancias oficiales. Multitud de bustos parlantes lo ponen de manifiesto a diario, a través, sobre todo, de los medios de comunicación.
Es posible oír, de boca de un presentador de televisión (Protagonistas), una expresión como ésta: «….(fulanito) no se atiende a las consecuencias…», donde el verbo «atender» suplanta al reflexivo «atenerse». O a una terapeuta televisiva advirtiéndonos que una mala postura ante el ordenador puede acarrearnos malformaciones «congénitas». (Nunca habríamos supuesto que los efectos de una mala posición pudieran ser tan retroactivos). Nada nos sorprende ya que toda una ministra de Cultura nos diga que ha sido cocinera antes que «fraila», que el español está lleno de «anglicanismos», o que «el Rocío es la explosión de la primavera en el Mediterráneo». Tampoco nos altera escuchar a un maestro de Segunda Enseñanza que, hablando de los problemas de la educación, incurre en inaceptables dequeismos, o repite cuatro veces el adjetivo «importante» en su intervención de diez segundos.
El prolífico novelista Arturo Pérez Reverte ha señalado que «los españoles no tienen la culpa de ser incultos, o no la han tenido hasta ahora». Se refiere a que antaño sólo podían estudiar los hijos de familias acomodadas, mientras que hoy, con la enseñanza gratuita, la cultura está al alcance de todos. El problema es que ahora son pocos los que verdaderamente quieren estudiar. La cultura del esfuerzo feneció cuando empezamos a creernos ricos, y la búsqueda de la excelencia se está viendo sustituida por el culto a la mediocridad. Llegar a ser funcionario es, lamentablemente, el sueño dorado de la inmensa mayoría de nuestros universitarios. Y pocos nos atrevemos a reconocer que Jauja ha pasado a la Historia y que un 30 por ciento de fracaso escolar es un problema tan grave como el 20 por ciento de paro, porque vamos a precisar gente muy bien formada para deshacer tanto entuerto. 

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  12 de abril de 2010

Peculiaridades manchegas

23/03/2010

Siempre me llama la atención esta expresión eminentemente manchega: “a orilla de…”, que se usa para dar a entender “junto a…” Me hace pensar en un río, o en el mar, aunque quien la pronuncia se refiera a un lugar junto al mercado, o pegado a la farmacia (“pegadito”, dicen en Madrid). “A orilla de…”, e incluso su versión más corta “orilla de…”, es decir, “muy cerca de…”, viene a significar lo contrario de esa otra locución, no menos manchega, “muy largo de…”. Así nos resultan muy habituales las frases de este tenor: “La Poblachuela queda orilla de Ciudad Real, pero muy largo de Valdepeñas”. Para el forastero, este “muy largo” le crea en un principio cierta confusión, hasta que lo asocia con “muy lejos”, o “muy distante”.
Son muchas las peculiaridades de la forma manchega de hablar español. Hace unas semanas, en un programa televisivo que se emitía desde Barcelona, uno de los invitados dijo: “siempre he oído de decir a mi padre…”, y yo inmediatamente pensé que esa persona debía de ser manchega. Al poco rato, oí que decía: “cuando le vi de venir, aluciné…”. En este preciso momento ya no tuve la menor duda: forzosamente tenía que ser de la Mancha. Efectivamente, tal como yo esperaba, el presentador del programa confirmó su procedencia unos minutos después. Esos “oír de decir…”, “ver de venir…” y tantas otras variantes en las que se adhiere ese simpático y gratuito “de”, son tan manchegos como las mismísimas berenjenas de Almagro; aunque son pocos los manchegos que lo admiten. Creen hablar como en el resto de España, cuando acaban de decir “le he dejado de salir a la discoteca…”, o “espero de poder venir a las migas del sábado…”. Por último, a nadie deben molestar observaciones como las vertidas en esta columna, ya que todas las regiones españolas, sin excepción, han desarrollado su léxico peculiar. ¡Viva la diversidad!

© 2004 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  19 de enero de 2004

Previendo”, sí; “preveyendo”, no

23/03/2010

Existe, al parecer, un verbo fantasma, no reconocido que yo sepa, que algunos incluso conjugan con toda naturalidad, es decir, sin inmutarse. Me refiero a ese ilegítimo verbo “preveer”, con doble “e”, que nos asalta cual petardo inoportuno en cualquier charla o conversación. “Me he comprado un paraguas preveyendo que va a llover…”. “Alejandro cree tener el don de preveer el futuro…”, son apenas un par de ejemplos de este sorprendente uso de un verbo que no existe y que suplanta, sin que nadie se rasgue las vestiduras, a otro verbo que sí existe: “prever”.
Utlizando este último, como manda la ortodoxia, las citadas frases habrían debido de ser: “Me he comprado un paraguas previendo que va a llover”, y “Alejandro cree tener el don de prever el futuro…”. “Prever”, como todo el mundo sabe (¿?), significa “ver con anticipación”, “conjeturar por algunas señales e indicios lo que ha de suceder”; y, también, “disponer o preparar medios contra futuras contingencias”. ¿De dónde, pues, habremos sacado los españoles ese “preveer” sin papeles?, cabe que nos preguntemos.
Y cabe así mismo estar alerta sobre otros verbos – “prevenir”, “anticipar”, “intuir” – muy próximos a “prever”, pero no del mismo significado.
En las escuelas, supongo, se enseña lo correcto, pero no siempre se informa al alumno sobre lo incorrecto que hay que evitar. Preguntemos al azar a algunos universitarios y comprobaremos que gran parte de ellos duda entre ambos verbos – el legítimo “prever” y el ilegítimo “preveer”- y, lo que es más preocupante, que nadie les ha advertido de la trampa que el segundo de ellos encierra.
Si los maestros conocen el hecho de que en la calle se usa ese verbo fantasma, no estaría de más que se lo hicieran ver a los alumnos. Como ocurre con las setas, conociendo las venenosas distinguiremos las comestibles con mayor facilidad.

© 2004 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  26 de enero de 2004

 

“Camarada”, “colega”, “compañero”

21/03/2010

Hay palabras en nuestra lengua que nos parecen sinónimos, pero no lo son. Si entramos a comparar su etimología observamos que presentan diferencias sustanciales entre sí. La voz “camarada”, por ejemplo, que juraríamos es sinónimo de “colega”, y también de “compañero”, puede aportarnos la primera sorpresa. “Camarada”, para empezar, proviene del vocablo latino “camera”, es decir, de un espacio cerrado a modo de sala, o aposento, de cuya puerta cuelga (o así me lo parece) un letrero que reza: “reservado el derecho de admisión”. Dando un pequeño rodeo, descubriremos “antecámara”, lugar en el que supuestamente hay que esperar antes de ser recibido en la cámara; así como “camarero”, sirviente encargado de prestar servicio en ella. Con tales antecedentes, empezamos a sospechar que un “camarada” es un tipo cualificado, digno de formar parte de una elite de poder regida jerárquicamente, que se reúne a puerta cerrada. Si a continuación comprobamos que “camarada” deriva, así mismo, del griego “kamara” (“bóveda”, “cúpula”), casi podremos afirmar que no íbamos tan descaminados.
Curioseando ahora en el pedigrí de “colega”, averiguaremos que es nombre procedente del latino “collegium”, es decir, asociación colegial. Luego, se trata de ese profesional que hoy también llamamos “homólogo”. Vamos descubriendo, pues, que “camarada” y “colega” no son términos tan sinónimos como en un principio pensábamos. Y, en cuanto a “compañero”, completamos nuestro estudio desvelando que sus progenitores latinos son “compania” y “panis”. Es el fruto, por tanto, de la acción de compartir el pan o, acaso, de haber hecho la mili juntos. Poco parecida, también, esta última palabra con cualquiera de las otras diseccionadas más arriba. El poder, en “camarada”; la profesión, en “colega”; y las cuitas compartidas en “compañero”, son sus marcas distintivas. (Siempre se aprende algo nuevo).

© 2004 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  16 de febrero de 2004

“Con el mismo arma…”

21/03/2010

¡Por Dios, amiga presentadora de Radio Cinco! Triste, verdaderamente, la noticia que usted dio hace unos días sobre esa persona que, tras asesinar a otra, se suicidó con “el mismo arma”; pero lamentable también el lapso que le hizo olvidar que “arma” es vocablo femenino. Una cosa es decir “el arma”, usando excepcionalmente artículo masculino para evitar el desagradable hiato de dos sonidos iguales (“la arma”), y otra muy distinta seguir aplicando el artículo masculino cuando la cataplasma ya no es necesaria. La frase correcta, admirada Carolina, habría sido: “con la misma arma”.
Perdone que la corrija. Igual tiene que corregirme usted mañana, y no sería la primera vez, porque en este mundo de las palabras nadie escapa a esos encantadores que tanto viven en las cuartillas como en los micrófonos, ni a los inconvenientes propios de no ser una máquina. Y yo me alegro sobremanera de que usted no lo sea.
Me dirá que también hay hiato en “la misma arma”, ya que en esta locución se codean dos vocales iguales (como ocurre en “la arma), y yo tendría que contestarle “¡touché!”, si no fuera que la caprichosa ley lingüística del uso y la costumbre ha determinado que “la arma” presenta un hiato que obligatoriamente hay que corregir, mientras que “misma arma” tiene, como suele decirse, “bula”. Ya sabe usted que a falta de norma escrita, el uso y la costumbre adquiere rango de ley. En el fondo, Carolina, la lengua es como una república – la República de las Letras – en la que el pueblo es el soberano y la Academia su notario. Yo, como comprenderá, ni quito ni pongo rey; sólo ayudo a esa República.
  

© 2004 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  01 de marzo de 2004

Críticas constructivas

06/03/2010

“La función del escritor no es aplaudir al político, sino criticarlo”. Lo dijo Carlos Fuentes. Lo malo es que no hay tantos políticos con suficientes espaldas para aguantarlo, ni siquiera si sólo les criticamos por su manera de hablar. Veamos. Si un servidor se metiera, pongamos por caso, con Pepe Blanco, porque habló en televisión  de una guerra “descarnizada” que le ha declarado el PP, y le señalara sutilmente que ese adjetivo no existe (aunque sí existe “encarnizada”), el nombre de un servidor podría acabar inscrito – y no es un chiste – en la lista negra del señor Blanco. Y si, por poner otro ejemplo, felicitara a una señora alcaldesa por haber batido el récord  de decir mil veces “en definitiva”, y otras tantas “por supuesto”, me quedaría el escozor de haber podido molestarla.
A nuestros políticos parece irritarles que les observemos con rigor como personas públicas que son; escuchemos atentamente lo que dicen, analicemos con pelos y señales lo que hacen y, de vez en cuando, les critiquemos. Cuando Carlos Fuentes nos recomendó criticar a nuestro representantes públicos, no nos dijo que actuásemos animus iniurandi, sino con el ánimo de mostrarles cómo pueden mejorar. Y esto es todo lo que hacemos. 
No está bien que los políticos maltraten sistemáticamente nuestra lengua con giros incorrectos, vocablos mal aplicados, o verbos inexistentes. ¿Cree usted, lector, que un alto cargo español puede aparecer en público y largar una frase tan mal construida que podríamos jurar que no ha cursado secundaria? Pues vean, vean la que un político de altura pronunció hace unos días ante millones de televidentes: (sic) “Ayudaremos a las personas que se les acabe la prestación de desempleo”. La frasecita omitía ese elemental “a las que” (“a las cuales”, o “a quienes”) que pedía a gritos ser incluido. ¿Cómo lograremos hablar  mejor si muchos de nuestros “dirigentes” nos muestran desconocer la gramática más básica? ¿Cómo mejorar en el uso del idioma si nuestras autoridades han olvidado incluso que el primer Diccionario de la Lengua Castellana (1726-39) recibió el nombre popular de “Diccionario de Autoridades”, porque eran entonces las autoridades del país quienes que aplicaban con más rigor sus normas y contenidos?
La llegada de la democracia y la igualdad de oportunidades (?), parecía presagiar que el lujo de usar la lengua con propiedad – limitado antaño a las clases más favorecidas, es decir, a las propietarias – estaría al alcance de todos los españoles; pero, paradójicamente, ha sido la lengua más vulgar, y  no la culta, la que se ha generalizado, alcanzando las altas franjas hoy copadas, en su mayor parte, por nuevos ricos y políticos.

© 2009 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  6 de julio de 2009