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Abomino del Gobierno

29/12/2010

Como demócrata que soy – y me siento – estaría dispuesto a respetar cualquier gobierno que en nuestro país surgiera de las urnas. Pero como cristiano que soy – y que me siento por encima de cualquier otra consideración – me niego a reconocer como legítimo a un Gobierno como el actual que ataca nuestra Fe. Acepto, como cristiano, la condición de aconfesionalidad de nuestro Estado democrático, porque entiendo que es justo que mi Religión pueda coexistir en armonía con otros credos diferentes; y que España pueda estar presidida por la firme convicción que emana de la libertad religiosa. Pero abomino abiertamente de un Gobierno como el que hoy padecemos, que ataca mi Religión (que es mayoritaria en el Estado), dificulta su práctica (pensemos en el atropello que se ha intentado perpetrar, aunque sin éxito, contra la comunidad religiosa de Cuelgamuros), discrimina y desprestigia socialmente a los cristianos, y carga contra la Familia Cristiana y el sagrado Derecho a la Vida por todos los medios a su alcance. Abomino abiertamente, “me cueste lo que me cueste”, de un Gobierno mal llamado “socialista”, ya que el primer socialista de la Historia, y el único verdaderamente sincero, fue y seguirá siendo Jesús, nuestro Salvador, por los siglos de los siglos. No en vano su Doctrina se resume en dos mandamientos supremos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.
No soy capaz de reconocer a un Gobierno que en medio de la severa crisis económica que padecemos, destina ingentes cantidades del dinero que no es suyo, porque es – o era – de todos los españoles, a bizarras atenciones a extraños colectivos, incluso en otros países; mientras se afana vanamente por erradicar todo sentimiento religioso del corazón de los católicos españoles. ¡Vano intento, como digo, porque nadie puede echar un pulso a Dios! 
Como el Santo Padre nos recuerda a diario – y también algunos medios de Comunicación – el Cristianismo vuelve a ser perseguido en varias regiones del mundo. Ya suman legión los cristianos que están siendo masacrados por el integrismo islámico. Pero el Gobierno de España, formado por individuos sin cultura ni formación humanística alguna, fomenta la implantación – en particular en Cataluña – de ese fundamentalismo foráneo que ya anuncia mayorías electorales en distintos municipios de mi castigada patria chica. Entre ese nuevo factor transformador contra natura de mi católica tierra catalana, y las minorías, igualmente foráneas, surgidas del cinturón industrial de Barcelona (que no de la Cataluña histórica), se está logrando el objetivo, enunciado por Gadafi y otros locos revanchistas, de afianzar la quinta columna de una futura UE islámica.
Me desmarco abiertamente de un Gobierno que se ha tornado en paladín del desacato a nuestra Ley Fundamental, y en adalid imparable del desmembramiento de España. Pero, por encima de todo, abomino de un Gobierno impresentable que osa retar a Dios, inventa el “bautismo civil” y nos hace preguntarnos sin cesar qué fuerza del Maligno lo mueve, qué suerte de masonería lo impulsa. No tengamos miedo, amigos míos, de hablar claro. Rechacemos de una vez el cobarde silencio de los corderos.    

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  27  de diciembre de 2010

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Crónicas de África – y VI – Al Andalus, la gran añoranza islámica

21/03/2010

Érase una vez un imperio africano, en un principio bereber, después almorávide y almohade, que señoreó por luengos siglos el Noroeste de África – desde los ríos Senegal y Niger hasta el mar Mediterráneo – y aproximadamente dos tercios de la Península Ibérica. Ocupaba en buena parte el espacio geográfico que otro gran dominador, el Imperio Romano, dejara algún tiempo atrás a medio civilizar.Aquella fuerza poderosa, recién convertida al Islam, que pretendía extenderse por Europa – ¡y llegó hasta Poitiers! – introdujo en la vieja Hispania el refinamiento y el amor por las Artes y las Ciencias que ninguna civilización anterior le había podido inculcar.
No logró su intento de islamizar la Península y más tarde el resto del continente europeo, pero sí el de alumbrar – en Córdoba, Granada, Sevilla…- la más grande de las culturas hasta entonces conocida: el deslumbrante emporio de Al Andalus, que alcanzó a eclipsar el pasado esplendor de Bagdad, Damasco y Bizancio.
Con todo, no fue Al Andalus fruto exclusivo de aquella invasión, sino el feliz resultado de la fusión de dos culturas, o tres, si incluimos la hebrea, las cuales, ora guerreando entre sí, ora conviviendo constructivamente, convergieron en un espacio geográfico y en un periodo de tiempo históricamente propicios. Frente a una Europa medieval, empobrecida por las guerras y las pestes, y permanentemente a merced de invasores extranjeros, ese Al Andalus de las tres culturas brilló con luz propia y admiró al mundo.  
La memoria de aquella época, la más gloriosa de la historia del Islam, y de todo el Medievo, sigue viva y recordada en el mundo musulmán de nuestros días, al igua que el de otros momentos posteriores, los más aciagos de esa historia, que pueden resumirse en la definitiva derrota sufrida por el Islam en las Navas de Tolosa, en 1212, la trascendental toma de Granada, en 1492, y la trágica expulsión de los moriscos en el siglo XVII.
Sobre este último episodio, resulta interesante conocer cómo lo explican hoy a sus alumnos los maestros marroquíes. Les señalan, como razón de la expulsión, la imposibilidad de que los reyes cristianos siguieran tolerando una población dudosamente conversa y susceptible, por tanto, de convertirse en quinta columna de un previsible proyecto de desembarco en España de navíos de guerra turcos.
Son numerosos los signos de este recuerdo de Al Andalus, que, a pesar del paso del tiempo, permanece imborrable en la mente de todas las gentes del Norte de África con los que el viajero español se topa. Hasta el más humilde pastor, que puede ser un ignorante en muchísimas otras cosas, conoce a la perfección esa historia que le enseñaron (en su versión musulmana, como es obvio) sobre lo que para ellos constituye la epopeya descollante de su raza y de su religión. 
Este reportero recuerda, por ejemplo, el enorme interés que estos días ha venido despertando una magna exposición itinerante sobre la Arquitecture Andalusie que se exhibe en las principales ciudades del Sahara, región en la que se fraguó, allá por el siglo VIII, la histórica invasión de la Península Ibérica. Ni las innumerables bellezas arquitectónicas que monumentales ciudades como Fez  o Marrakech ofrecen a la admiración del mundo, alcanzan a despertar en el musulmán de hoy el orgullo y la emoción que su Alhambra de Granada, o su mezquita cordobesa mantienen vivos en su memoria.  
Más de siete siglos de convivencia en Al Andalus, y una consanguinidad que nunca ha sido suficientemente estudiada, han dado como resultado un fuerte parentesco racial entre el pueblo español y el bereber-saharaui, por más que a muchos no les apetezca tratar de ello. De otro lado, son más las coincidencias doctrinales entre Cristianismo e Islam, que los irreconciliables conceptos teológicos que hacen a ambas religiones diferentes. El Concilio Vaticano II, del que tampoco hablamos como merecería, cumplió la histórica función de situar a los tres grandes credos monoteístas en un mismo plano, así como la de reconocer – cosa que no ha secundado el Islam – que los creyentes de buena voluntad de cualquiera de ellas podrá alcanzar la Salvación. Es bueno recordarlo en estas fechas en que los cristianos – 1100 millones de católicos, 900 millones de protestantes y 230 millones de cristianos ortodoxos – despedimos la Navidad; y los musulmanes – cerca de un millón de creyentes – acaban de conmemorar el Ramadán correspondiente al año 1426 de la Hégira.
También sería saludable reflexionar sobre el hecho de que no todos los países musulmanes son integristas, y que muchos de ellos – Marruecos, por ejemplo – está haciendo un gran esfuerzo para evitar que los motivos religiosos sigan esgrimiéndose como arma arrojadiza por esos líderes musulmanes – anacrónicos defensores de la yidah – que amenazan la paz mundial tanto o más que ciertos líderes occidentales que dicen defenderla. Conviene recordar, así mismo, que nuestro mundo cristiano fue un día – por no decir muchos años – fundamentalista. ¿Qué nombre dar, si no, a nuestras cruzadas y a esa fanática locura de la Inquisición?
Hoy son muchos, por fortuna, los musulmanes que entienden y profesan su religión de una forma nueva, basándose en una interpretación del Corán más acorde con los tiempos. Quiera Dios – O Aláh, que es el mismo – que el concepto de “hereje” que el citado Concilio ha venido a proscribir, desaparezca de todos los idiomas, como ya ha desaparecido de un libro singular – L´Islam expliqué aux enfants – escrito por Tahar Ben Jelloun, un musulmán de nuestro tiempo. Trátase de una obra objetiva en la que se explica – no enseña – el Islam y la civilización árabe a los hijos del autor y a todos los niños del mundo, y se les aconseja respetar como a la propia las otras grandes religiones. Se habla incluso en ese libro de ese histórico Concilio ecuménico que declaró solemnemente que también el Islam es depositario de “preciosos valores”.
Los cristianos, aunque nos duela, debemos aceptar la evidencia de que los musulmanes nieguen la naturaleza divina de Jesús y no asuman nuestra creencia en María, Madre de Dios. También debemos comprender que no admitan el misterio de nuestro Dios único, que es a un tiempo trino, porque tampoco nosotros los cristianos lo entendemos muy bien, por mucho que, por obedecer el dogma, afirmemos creer en él. Consuélenos a los cristianos considerar que en el Corán no se omite la figura de Jesús, a quien ven como el profeta que precedió a su Mahoma, ni la de María – Lela Mairén – aunque solo reconozcan su maternidad biológica.
Más conflictiva resulta de cara a la buena convivencia entre cristianos y musulmanes, la misión que en el Corán se asigna a la mujer y, consecuentemente, el inhumano sometimiento al varón que ella sigue sufriendo en buena parte del mundo mahometano; situación que se va viendo gradualmente mejorada en los países que van experimentado un mayor progreso democrático. Viene a cuento recordar aquí que fue en esa sociedad andalusí que antes glosábamos, donde la mujer musulmana conoció su momento álgido de igualdad con respecto al varón. Y es que el verdadero progreso siempre se manifiesta a través de múltiples facetas. Basta leer El collar de la paloma, del andalusí Ben Hazm, para calibrar el respeto y la consideración con que a la sazón se trataba a la mujer. Y sería justo preguntar por qué la decadencia del Islam, tras la pérdida del emporio andalusí, conllevó la pérdida, por parte de la mujer, de la dignidad social que ya había alcanzado. 
La mundialización a la que tendemos, y el buen ejemplo que ya están dando algunos países de mayoría musulmana, contribuirá a reducir la magnitud de este problema – la marginación de la mujer – que ha pasado a constituir uno de los mayores obstáculos para la convivencia de distintas culturas en nuestro siglo XXI. No es éste, pues, el menor de los lastres que África deberá sacudirse.
Con todo, el quid de la cuestión africana seguirá residiendo en la mejor o peor fortuna, o en la mayor o menor libertad que los pueblos puedan tener a la hora de elegir a sus dirigentes políticos, pues son éstos, por lo general, quienes impiden el auténtico desarrollo de los pueblos del Tercer Mundo. Y, por último, lamentar que la ONU, útil algunas veces para el sostenimiento de la paz, resulte siempre ineficaz cuando se trata de construirla.

Remitida desde Peralvillo

© 2006 José Romagosa Gironella
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 07 de enero de 2007

Jesucristo fue un día un embrión

31/12/2009

Jesús es, según declaramos en el Credo, de la misma naturaleza que el Padre por quien todo fue hecho. Y por obra del Espíritu Santo se encarnó en María, la Virgen, y se hizo hombre. Acepto por tanto el dogma de que María quedó milagrosamente embarazada y tuvo que pasar por ese proceso que permite que el nuevo ser concebido alcance la maduración necesaria para acometer con éxito la aventura de nacer. De ahí que también crea que el Hijo de Dios que así se hizo hombre fue un día un embrión y, más tarde, feto. Debió de desarrollar sus huesos y cartílagos, así como su sistema digestivo, boca, ojos y nariz durante sus ocho primeras semanas de gestación, y sería pocas semanas después cuando empezaría a recordar a María su presencia con las sólitas pataditas. Todo ello, pues, como en el caso de cualquier otra mujer.
En estos tiempos en que el hombre parece olvidar su insignificancia cósmica y pretende suplantar a Dios, cuando no negarlo, uno se siente tentado a compararse con un ruin insecto, ignorante y vanidoso; e invitarse a considerar si una hormiga, por poner el ejemplo de otro ser “organizado” creado por Dios, sería capaz de comprender la Teoría de la Relatividad, la telefonía inalámbrica, o Internet. Nosotros, los hombres, hemos conseguido descubrir infinidad de técnicas, pero no hemos sabido aplicarlas para lograr la Paz y la Justicia, ni hemos querido comprender el incomparable valor de la palabra de Dios; y aún menos admitir que jamás podrá el hombre penetrar en sus misteriosos designios. Nuestros avances, ridículos e insignificantes aunque nos parezcan proezas, no nos han hecho mejores. Tal vez las hormigas, o las abejas, se sientan también ebrias de éxito por su capacidad de organización y espectaculares logros sociales, y nieguen así mismo a Dios.
La manida cuestión “¿cómo permite Dios, si es omnipotente, si en verdad existe, que tantas catástrofes sucedan?”, jamás deberíamos planteárnosla, porque Él nos hizo libres de elegir nuestras conductas y nos señaló hasta la saciedad las virtudes que debíamos practicar para ser felices; la primera de ellas: que nos amáramos los unos a los otros. Y también nos relacionó las costumbres y pecados que debíamos evitar. Pero el hombre, en lugar de auto culparse por no haber seguido el mensaje salvador de Cristo, se ha vuelto con soberbia contra Él.
Y he aquí que el mundo se ve de nuevo dividido por una grave cuestión: la del derecho o no derecho de la mujer a abortar cuando no hay causa médica que lo justifique. La posición de este columnista ya ha sido expuesta reiteradamente en este mismo periódico. Es la lógica respuesta de un cristiano corriente ante un asunto ético que deriva del estricto mandato divino de defender la vida desde el instante en que ésta se produce; y del hecho de que también hay que considerar bendito el fruto de todo vientre de mujer . Si hoy puedo escribir estas líneas, y usted, estimado lector, leerlas, es porque nadie decidió un mal día que no debíamos nacer.

© 2009 José Romagosa Gironella

“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el 20 de Marzo de 2009,
y en la Revista “Amistad”, de la Asociación de Antiguos Alumnos Marianistas, de Junio de 2009

¡Buen provecho!

24/12/2009

Seguimos hablando de que el crecimiento económico se ha estancado y de la necesidad de recuperar los índices de hace unos años, sin darnos cuenta de que es precisamente ese crecimiento ilimitado el que nos ha impedido construir, a estas alturas del siglo XXI, ese mundo más justo y solidario que a la postre se ha quedado en mera utopía literaria.
De nuevo estamos en Navidad y constatamos que muchos ricos de antaño, aquellos que aún no han muerto, son hogaño mileuristas; y que los descendientes de aquellos que se creyeron desheredados acaparan hoy el poder político y por ende el económico. El mundo parece obedecer a una ley de turnos, no escrita, que da a distintos grupos la oportunidad de mandar, sentirse alguien por un día y pasar fatalmente a repetir, antes de caer, todos los errores históricos de la condición humana.
Pero en esta Navidad, en la que discutimos en Copenhague el futuro de nuestro planeta amenazado, hay un turno que sigue sin producirse; hay un inmenso grupo de población humana que allá abajo, en África, en América Latina, en el Sudeste Asiático, sigue sin alcanzar lo que sería su primera oportunidad no ya de mandar, ¡por Dios!, ni de decidir la más nimia de las cuestiones que el mundo tiene planteadas, sino de ser apenas dueño de su propio destino.
Estamos deslumbrados, a pesar de la crisis relativa que en Occidente sufrimos, por las iluminaciones navideñas, el repicar consumista de millares de jingle bells y los preparativos para la gran Fiesta del espíritu que hemos tornado en profana; y una vez más nos olvidamos de esos grupos formados por millones de hermanos nuestros sufrientes que jamás tuvieron una oportunidad. Nos olvidamos de la explotación que de sus gentes, pueblos y riquezas hemos venido realizando durante siglos, desde nuestro Norte avaricioso. Son magníficos, sin duda, los monumentos que exhibimos en Europa y en los demás países del mundo desarrollado, máxime en estos días en que los vemos iluminados por billones de kilovatios; pero olvidamos que los construimos con sangre de esclavos africanos y con riquezas arrancadas por la fuerza a esos pueblos que hoy llamamos Tercer Mundo.
Deberíamos avergonzarnos de lo que hemos hecho con nuestras conciencias; de que en esa rica ciudad de Copenhague estemos estos días debatiendo sobre la forma de luchar contra el cambio climático, a costa de los más pobres. Deseo que disfrutemos de los turrones en nuestro mundo rico, pero ante todo deseo que la leche de las madres del Tercer Mundo siga manando de sus pechos y que sus bebés, por lo menos ellos, dejen de morirse de hambre en Nochebuena.

© 2009 José Romagosa Gironella

Artículo publicado por el diario La Tribuna de Ciudad Real, el 14/12/2009

“EL QUIJOTE, RÍO DE AGUA VIVA”

24/12/2009

¡Feliz Navidad, …y PAZ!

EL QUIJOTE , RÍO DE AGUA VIVA”


En el “Quijote” encontramos la fórmula para construir un mundo más justo, esto es: la preocupación por los más débiles, la defensa del amor, la libertad y la justicia. Es el gran mensaje de Cervantes a la sociedad positivista; al capitalismo desaforado de esta nueva edad de piedra, ebria de tecnología, que no alcanza a comprender la simplicísima verdad de que en la ayuda al desarrollo de los pueblos más pobres de la tierra se esconde su futuro.

 Es igualmente interesante advertir que los conceptos cristianos que brotan con fluidez del madurado espíritu del Autor, vienen a ser tan universalmente aceptados, a fuer de irrefutables, que ningún otro credo o cultura ha osado alzarse en alambrada ante la formidable expansión de una obra que se muestra a un tiempo ecuménica y revolucionaria. Ni aun aquellos regímenes que han propugnado el ateísmo, han puesto jamás traba alguna a la serena difusión de una obra que, cual bálsamo perfecto, carece de contraindicaciones.

Un gran actor anglosajón declaraba hace algún tiempo que el “Quijote” es el mejor regalo que España ha hecho al mundo. Manifestaciones como ésta deberían henchirnos de orgullo, máxime si las sumamos a mil encendidos elogios que las mentes más esclarecidas han venido dedicando a la inmortal novela a lo largo de cuatro siglos. No en vano la vemos hoy elevada, por sufragio universal, a un primerísimo lugar entre todas las obras que se han escrito, después de la Biblia. No obstante, son muy pocos los españoles que se han preocupado de leer el “Quijote” y demasiados los que por desconocer tan magna obra, la menosprecian; por no citar a quienes la leyeron pero no alcanzaron a comprenderla, ni se percataron de que el “Quijote” es también una suerte de “biblia”; pues no hay enseñanza posible que no halle su asiento en uno u otro pasaje de la obra, o parcela del humano proceder que no se glose en ella, a menudo con la agudeza de esa nueva forma de humor que Cervantes supo inventar. No es solamente el “Quijote” la obra adelantada de un modo de narrar, ni el texto cimero de la literatura universal: es, sobre todo, el más convincente tratado de Ética y de Moral. y si alcanza a serlo, débelo sin duda a la extraordinaria calidad humana de su autor -cuya biografía anticipa, en buena parte, la de su más célebre personaje -y a las hondas convicciones religiosas que aquél abrigaba.

El hispanista Havelock Ellis corrobora esta evidencia al descubrir en el “Quijote” una “autobiografía espiritual”, y aun es más conciso René Moreau al afirmar que “don Quijote es Cervantes”. Ni siquiera el paso del tiempo o los cambios en las costumbres han logrado restar vigencia a uno solo de los discursos, coloquios, consejas o arrebatos verbales de don Quijote que leemos hoy en la obra inmarcesible, los cuales están preñados de la idea de Dios. A lo largo de toda la novela constatamos la presencia de la palabra divina en el verbo humano de Cervantes y en las pláticas y ocurrencias del genial caballero atípico, usado como “alter ego”, o testaferro.


Así, leemos en el discurso que pronuncia don Quijote sobre las armas y las letras, que “…las primeras buenas nuevas que tuvo el mundo, y tuvieron los hombres, fueron las que dieron los Ángeles, la noche que fue nuestro día, cuando cantaron a los aires: Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad; y la salutación, que el mejor maestro del cielo y de la tierra enseñó a sus allegados, y favorecidos, fue decirles que cuando entraran en alguna casa, dijesen: Paz sea en esta casa. Y otras muchas veces les dijo: Mi paz os doy, mi paz os dejo, paz sea con vosotros; Bien como joya, y prenda dada, y dejada de tal mano, joya que sin ella en la tierra, ni en el cielo, puede haber bien alguno


Este pasaje del “Quijote” (I-XXXVII), más propio de un texto sagrado que de una novela, vibra del espíritu de Cervantes y nos transporta en estos días navideños al Nacimiento de Cristo en Belén, permitiéndonos imaginar a don Quijote y su escudero envueltos en la noche mágica, camino del Portal, para darnos testimonio, también ellos, del Verbo hecho carne. “Palabra de Dios”, decimos en la Misa tras escuchar las sagradas lecturas, como queriendo recalcar que no hay otra palabra que esté por encima de la de origen divino; pero luego, en saliendo del templo, nos olvidamos de aquélla y obramos como si jamás la hubiésemos escuchado. Mas he aquí que Cervantes, que no es precisamente un orate, sino hombre de su tiempo, con su bagaje de defectos y virtudes, tiene entre estas últimas la de no olvidarse ni un momento del Verbo.

De ahí que su gran novela contenga un mensaje ético-religioso de tal calado que la hace trascender el ámbito natural de las obras humanas, convirtiéndola en obra eterna, como si en su autor se verificara la promesa de Jesús: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva“. Don Miguel, que tampoco fue un pacato, viene a declarar, pluma y corazón en mano, que espera y confía en Dios; pero que al mismo tiempo le teme, con un temor cristiano -hoy periclitado- que no es miedo sino expresión de un sobrecogimiento cósmico ante la infinitud del Ser Supremo. “Spero lucem post tenebras”, reza el lema del escudo de la portada del “Quijote”, e incontables veces se apela en la novela -¡curiosa novela, en verdad! – a la misericordia , la voluntad o la gracia de un Dios próvido y clemente.

¡Que gran producción cinematográfica, jamás rodada, sería aquella que alcanzara a contar fielmente la apasionante historia de ese Manco de Lepanto en quien, como acertara a señalar Walter Starkie, encontramos a la verdadera España! La idea de Dios constituye un “leit motiv” en el “Quijote” y es precisamente esta presencia pertinaz la que confiere a la obra, cual anticipo de esa luz ansiada, su halo sobrehumano. No precisa Cervantes “bajar a Italia”, como Goethe, para encontrar la luz, porque la descubre en su entusiasmo interior (“enthusía”, inspiración divina). Sorprende, por tanto, que seamos tan remisos en reconocerlo, como si por alguna razón o prejuicio mundano los cristianos temiésemos que alguien pudiera reírse en nuestras barbas por buscarle tres pies al gato; o que algún escritor clarividente, pongamos Rabinad, nos tilde de “demodés” por no haber comprendido, ¡ a estas alturas del siglo XXI!, que el componente moral sobra en toda novela.

¿Es acaso extravagante constatar la evidencia de que el “Quijote” no es tan solo un hecho estético, como algunos creen, sino que nos brinda de añadidura las claves y los argumentos mejor traídos para justipreciar toda suerte de conductas y situaciones? “Lo que nos muestra el “Quijote” -ha observado el autor José Carlos Somoza -“se parece tanto a nuestra propia vida como la mano izquierda a la derecha”. Pero su virtud más sorprendente es esa fuerza misteriosa que nos transmite para huir de lo mezquino y convencional.

Todo y con esto, no puede dejar de admiramos esta amabilidad del “Quijote” en cualquier región del mundo, hasta en feudos de otras creencias, considerando la rotundidad sin ambages de su discurso cristiano. Bien al contrario de su ilustre coetáneo William Shakespeare, considerado como el menos moral de los escritores (“the least moral of writers”, en juicio de Philip Krapp) por no haber sentido la necesidad de proclamar lección moral alguna, Cervantes hace del “Quijote” un manantial inagotable de ideas edificantes.

Expresa don Miguel sus más íntimas creencias cada vez que sus personajes se ven, por ejemplo, en la necesidad de reforzar un aserto, como cuando pone en boca de ellos las exclamaciones “por el Dios que crióme. ..”, “por el Dios que nos rige. ..” y
tantas otras de este tenor .

Su fe en el Ser que todo lo puede está presente, así mismo, en otro centenar de fórmulas pronunciadas en variedad de circunstancias en las que sus personajes impetran la ayuda divina. Todo lector atento del “Quijote” habrá de observar que tales expresiones distan de ser meras frases inertes o añadidos léxicos de los que el autor hubiera podido prescindir, pues nos delatan una clara voluntad de ir destilando grandes conceptos doctrinales a lo largo del texto. Podríamos aventurar que tales conceptos, al igual que ocurre con la profusión de sentencias y refranes que el Autor pone en boca de Sancho, forman parte inseparable del guión. como si don Miguel se hubiera propuesto regalarnos sabiduría por partida doble, para asegurarse de que todos, creyentes o no, la aprehendiésemos y pudiéramos aprovecharla.

Tan claramente se explica en el “Quijote” la bondad del mensaje de Cristo, y tan universal se muestra, que aun el lector más agnóstico podría llegar a convenir, con Voltaire, que si Dios no existiera habría que inventarlo.

Aquel ex alumno de López de Hoyos, que habría de ser soldado y hombre de acción antes que escritor, debió de ahondar en la idea de Dios a través de las vicisitudes sin cuento que le cupo vivir, en especial durante su largo cautiverio en los baños de Argel y en otras ocasiones en las que tuvo que verse privado de la libertad; y, ¿por qué no?, tal vez movido por la pesadumbre de saberse juzgado en su tiempo, según Santos Oliver, como una de las personas menos importantes de la nación.

¿Por qué no pensar que su tardía explosión de genio, la que parece surgir milagrosamente en el “Quijote”, fue acaso la justa recompensa de lo Alto -de donde emana el don genial -por la probidad de sus intenciones cuando aun bullía en su mente el boceto de aquel libro destinado a ser el mejor obsequio de España a la Humanidad? ¿o quizás el premio por humillarse a declarar que su “estéril y mal cultivado ingenio” le había privado de componer el libro soñado: uno que “fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse” ?

Naturalmente que somos los lectores cristianos los más proclives a descubrir componentes de nuestra propia doctrina en la gran novela, y podrán acusarnos de subjetividad en nuestros juicios. ¿Cómo no ser subjetivos, si somos sujetos? , apostillaría Unamuno. y como tales sujetos (la entera tipología humana de nuestro país muéstrase en el “Quijote”) creemos firmemente que aquel alcalaíno que llega a componer ese libro de sus sueños, ha querido condensar en él todos sus pensamientos de cristiano viejo; y en su afán de transmitírnoslos colmados llega al punto de no olvidarse siquiera del Maligno en el tintero. No ceja don Miguel de aconsejarnos que estemos alerta a sus asechanzas, incluso cuando venga de tapujo, o no hieda a piedra azufre: “Si a ti te parece, que ese demonio, que dices, huele a ámbar, o tu te engañas, o él quiere engañarte con hacer que no le tengas por demonio”, advierte don Quijote a su escudero, casi iterando la segunda Epístola de Pablo a los Corintios (“Satanás se disfraza de ángel de luz”).

Valoramos en la novela que cuando Cervantes-Quijote habla, lo hace siempre con el humanismo del derviche, con la benevolencia del viejo pecador apaciguado, y la sabiduría de un nuevo Ulises felizmente arribado a Ítaca.

Mal podría prever don Miguel que gran parte de la sociedad española acabaría pagándole con mezquindad su apoteósico y universal suceso, desdeñando la lectura de su incomparable obra. Lejos debió hallarse de intuir, así mismo, hasta qué punto habrían de cebarse en su persona envidiosos sin número, o de sospechar que todo un Lope de Vega, Fénix de los Ingenios para más agravio, llegaría a ensañarse con él y con su “Quijote” aun antes de publicarse oficialmente la primera edición de la obra (“no hay poeta tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote”, dejaría escrito en carta autógrafa). Luego aparecería el Quijote apócrifo, de aviesa y calculada intención, pero que – ¡ ironías del destino ! -serviría en cambio para provocar el alumbramiento de la auténtica “Segunda Parte del Ingenioso Cavallero Don Quixote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra, autor de su Primera
Parte”, la cual jamás habría sido compuesta de no mediar el “Avellaneda”. y quiso el destino que aquella Segunda Parte pudiese ver la luz poco antes de que el bueno de don Miguel, puesto ya el pie en el estribo, se dispusiera a emprender su ultimo y definitivo viaje.

Son estas fechas navideñas las más apropiadas para elevar nuestro agradecido recuerdo a ese español singular e irrepetible que, amén de depararnos placer, enseñanzas y honra a espuertas, supo transmitirnos su confortadora idea de lo trascendente.

© 2009 José Romagosa Gironella