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El IV Centenario de las “Novelas Ejemplares” y de una obra póstuma

16/03/2010

Dado que el IV Centenario de la primera edición del “Quijote” ha sido prolongado hasta 2015, para incluir así en la celebración su “Segunda Parte” impresa en 1615, este columnista opina que también deberíamos celebrar  la primera edición de las “Novelas Ejemplares” que tuvo lugar en 1613. Es cierto que no hay otra obra cervantina del calado del “Quijote”, pero esas doce novelas (trece, con “La tía fingida”) también merecen recordarse por haber marcado un hito en la Historia de la Literatura Española. En una época en la que los libreros se afanaban en publicar traducciones de novelas ejemplares italianas, Cervantes tuvo el acierto de escribir sus propias narraciones en ese género, y de reinventarlo. Una vez más, don Miguel innovaba, convirtiéndose, sin pretenderlo, en el creador de la novela corta española.
La verdad es que sería atinado conmemorar en estos años no sólo las dos partes del “Quijote” y esas geniales “Novelas Ejemplares” que hoy traigo a colación, sino también las sabrosísimas comedias y entremeses, porque todas esas obras fueron editadas en la década prodigiosa –  de 1605 a 1615 – en la que Cervantes, despertando de su letargo literario, logra ofrecer al mundo las más admirables muestras de su genio. Y aún habría que añadir “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, magna obra escrita por Cervantes, “puesto ya un pie en el estribo” para emprender su último viaje, que viera la luz, póstumamente, en 1616.
Limitarnos a conmemorar el “Quijote”, cuando también cumplen cuatro siglos esas otras obras igualmente universales, sería una exclusión injusta. Sin la febril actividad creadora de Cervantes durante el periodo comprendido entre la publicación de una y otra parte del “Quijote” (1605-1615), su apasionante Segunda Parte – que acaso no habría visto la luz sin la provocativa aparición en 1614 de la apócrifa de Avellaneda -no habría contenido, a buen seguro, la sustancia que en el mundo entero se celebra. 
Bien habría podido suceder que Cervantes, el autor que quiso incluir sus narraciones cortas “El Curioso Impertinente”, “La Historia del Cautivo”, la de la “Dueña Dolorida”, las de “Cardenio”, “Dorotea”, “El loco de Sevilla” y varias más, en su obra cumbre, hubiera querido incluir algunas de las que en 1613 publicó de golpe bajo el título genérico de “Novelas Ejemplares”. Sabemos que no lo hizo, pero, ¿por qué excluirlas de una celebración histórica de la importancia de un IV Centenario? Cualquier personaje e historia de los que Cervantes crea para sus “Novelas Ejemplares” habría podido encajar perfectamente en el “Quijote”, en el contexto de una narración independiente y bien traída. No en vano se ha apuntado que el “Quijote”, amén de la gran novela pionera de la literatura moderna, es también un compendio de breves y ejemplarizantes narraciones, algunas autobiográficas. Y, de otro lado, no es menor el peso específico de los protagonistas de “La Gitanilla”, “El Coloquio de los Perros” o “Rinconete y Cortadillo”, que el de los numerosos personajes que Cervantes inventa para esas historias que amenizan  el “Quijote” y nos ayudan a respirar.
Tal vez nuestra Junta de Comunidades, o el Ayuntamiento capitalino podrían tomar en consideración la posibilidad de conmemorar – sin distraer la atención de la Segunda Parte del “Quijote” en 2015 – los aniversarios intermedios de esos históricos acontecimientos literarios ocurridos en 1613 y 1616.

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  15 de marzo de 2010
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El Quijote en la Medicina y como medicina

10/03/2010

Discurso inaugural del I Congreso de Estomatología

celebrado en Ciudad Real

“Es un honor para mi esta oportunidad que me ha brindado mi admirado amigo, el Dr. Eduardo Rodríguez, de dirigirme a Ustedes, distinguidos médicos, en estas vísperas del IV Centenario de la primera edición del “Quijote”, y señalar algunas de las connotaciones que esta obra universal, que es mucho más que el mejor texto literario jamás escrito, tiene, en mi modesta opinión, con la Medicina. 

No he de ocultarles, ya que soy un ignorante en la difícil y delicada profesión que ustedes ejercen, que me siento muy cohibido, porque me parece una imprudencia esta incursión mía para hablar ante ilustres doctores en Medicina, cuando yo no lo soy. Hace dos mil años, un adolescente de Nazaret entró en un templo para hablar ante los doctores de la Ley, y salió, según cuentan las crónicas, más que airoso de aquel trance. Pero no hay que olvidar que Él era …quien era. Así que Ustedes, doctores de la Ley Médica, sean clementes conmigo en méritos a la incuestionable realidad de que una cosa es hablar como Dios, es decir, como lo que aquel Joven era, y otra hablar como este pobre mortal va a intentar hacerlo, es decir, “como Dios le da a entender”.

 En el “Quijote”, estimados amigos, que es obra en la que se trata de todo y no hay faceta del humano proceder que no halle su asiento en ella, no se habla mucho de Medicina, o al menos de la Medicina como hoy la entendemos. Tal ves sea el humilde “Bálsamo de Fierabrás”, el remedio que con más frecuencia se cita en la gran Novela. Vino, romero, aceite y sal, todo ello bien removido, era la receta preferida de Don Quijote para alivio no sólo de problemas intestinales, sino también como pócima de uso externo para sanar un sinfín de feridas y quebrantamiento de huesos. Su escudero Sancho Panza, no obstante, y por más que lo intentó, jamás llegaría a compartir la entusiasta opinión de su señor sobre aquel bálsamo prodigioso.

 En el capítulo VI de la Primera Parte, el Cura menciona el ruibarbo, cuya raíz ya se usaba en la época de Cervantes como purgante. Lo menciona en relación con el libro de caballerías “Don Belianis”, uno de los predilectos de Don Alonso Quijano, El Bueno, respecto al cual observa, metafóricamente, que tiene necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya.

 En el siguiente capítulo XI, Don Quijote vuelve a lamentarse a su escudero del dolor que siente en la oreja tras el sablazo que le ha propinado el gallardo vizcaíno. Viendo uno de los cabreros, con quienes a la sazón estaban, la sangrante herida, “le dixo” – cito textualmente – “que no tuviese pena, que él pondría remedio con que fácilmente se sanase: y tomando algunas hojas de romero, del mucho que por allí había, las mascó y las mezcló con un poco de sal, y aplicándolas a la oreja, se la vendó muy bien, asegurándole que no había menester otra medicina, y así fue la verdad”. El remedio del cabrero se me antoja precursor de aquellos “cataplasmas Llenas” que los menos jóvenes de ustedes recordarán porque se usaban cuando yo era niño.

 En el XVIII, por una sola vez echa de menos Don Quijote un cuartal de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques de las alforjas de Sancho. Por una vez siente hambre el frugal caballero. Y su escudero, socarrón, le remite a las “yerbas de los prados, “que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan mal aventurados caballeros andantes como vuestra merced es”. Hace el amo mención, acto seguido, a “quantas yerbas describe Discórides en su libro, así como al tratado del anatomista Doctor Laguna”, médico y herbolario de Felipe II, concluyendo “que Dios que es proveedor de todas las cosas no nos ha de faltar, y más andando tan en su servicio como andamos…”, Cervantes muestra aquí su conocimiento de esa inagotable fuente de medicamentos, antiguos y modernos, que es el reino vegetal. También de las cuitas del odontólogo sabía Don Quijote, como muestra al decir, tras el apedreamiento de que fuera objeto por parte de los pastores, “que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante”.

“He menester tu ayuda y favor”, – ruega a su escudero – “llégate a mí y mira cuántas muelas y dientes me faltan, que me parece que no me ha quedado ninguno en la boca”. “Metió Sancho los dedos” – seguimos leyendo – “y estándole atentando, le dixo: ¿cuántas muelas solía vuestra merced tener en esta parte?” – “Cuatro”, respondió Don Quijote” -. “Mire vuestra merced lo que dice, señor”, respondió Sancho”. “Digo cuatro, si no eran cinco…”- masculló el caballero. “Pues en esta parte de abaixo” – dijo Sancho “no tiene vuestra merced más de dos muelas y media, y en la de arriba, ni media, ni ninguna, que toda está rasa como la palma de la mano”.

El barbero, en la Mancha y en todos los pueblos de España, era en tiempos el sangrador local, alguien a quien decían “el cirujano” y que afeitaba barbas, aplicaba las sanguijuelas a cuanto enfermo las podía precisar, y extraía muelas podridas con tenazas, cuando era menester. Ese oficio profesaban el vecino de Don Quijote llamado Maese Nicolás, tertuliano habitual del Cura y de nuestro hidalgo, y también aquel barbero infortunado a quien nuestro héroe arrebató un célebre “yelmo de Mambrino” que no era más que una pintipirada bacía de azófar.

Manifiesta Cervantes en el “Quijote”, así mismo, un gran conocimiento de las ciencias de la mente. El proceso entero de la locura padecida por don Alonso Quijano ha dado y seguirá dando pábulo inagotable a  psiquiatras, neurólogos y psicólogos. Magistral es la dirección de ese proceso, como lo es la de ese mal de amores que lleva a Grisóstomo al suicidio, a Cardenio a la demencia y al propio protagonista de la Novela a la creación de un ser utópico, jamás superado, en la universal figura de Dulcinea.

Plantea Cervantes situaciones harto prolijas, desde el punto de vista médico, como la de “la medicina recetada por famoso Médico al enfermo que recibir no la quiere”. Con mayúscula escribe Cervantes, hijo por cierto de un cirujano, la palabra “Médico”, en este pasaje del capítulo XXVII, mostrando así su profundo respeto por vuestra profesión. “¿Dónde estás, Señora mía, que no te duele mi mal…?” – exclama Don Quijote, tras su desafortunada primera salida. “Yo no quiero salud sin Luscinda…”- confiesa el desventurado Cardenio. En la carta que Don Quijote escribe a Dulcinea, le dice que “le envía la salud que él no tiene”. Y al final de la historia, vemos a Sancho suplicando, junto el lecho de muerte de su señor: ” ¡Ay! (…) no se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dexarse morir sin más, ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben, que las de la melancolía…”  Y puntualiza el Autor que “fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan”.

En cuanto a los médicos de medicina interna, Cervantes usa de unos de ellos, el doctor don Pedro Recio de Agüero, aquél que se decía natural de un lugar llamado Tirteafuera -“que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo a la derecha mano” – para tejer el divertido episodio de la cena de Sancho en su palacio de Barataria, uno de los más sabrosos de la inmortal novela.

Excesivo amante de lo que hoy llamamos “dietas adelgazantes”, aquel doctor por Salamanca arruinó el yantar del bueno de Sancho, si bien dio pretexto a Cervantes para traer a colación su profundo sentido del humor. “Yo, señor,” – explica al Gobernador – “soy médico, y estoy asalariado en esta ínsula para serlo de los Gobernadores della, estudiando de noche y de día, y tanteando la complexión del Gobernador para acertar a curarle, cuando cayere enfermo, y lo principal que hago es asistir a sus comidas y cenas, y a dexarle comer de lo que me parece que le conviene, y a quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño, y ser nocivo al estómago, y así mandé quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente húmeda, y el plato de otro manjar también le mandé quitar, por ser demasiado caliente, y tener muchas especias, que acrecientan la sed, y el que mucho bebe, mata y consume el húmedo radical, donde consiste la vida”. Y contestó Sancho: “Desa manera aquel plato de perdices que están allí asadas, y a mi parecer bien sazonadas, no me harán ningún daño”. A lo que el médico respondió: “esas no comerá el señor Gobernador en tanto que yo tuviere vida (…) porque nuestro maestro Hipócrates, norte y luz de la medicina, en un aforismo suyo dice: omnis saturatio mala, perdix autem pessima”. “Aquel platonazo que está más adelante vahando, -dijo Sancho – me parece que es olla podrida, que por la diversidad de cosas que en tales ollas podridas hay, no podré dexar de topar con alguna que me sea de gusto, y de provecho”. “Absit, dijo el médico, vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida (…) y dexemos libres las mesas de los Gobernadores, donde ha de asistir todo primor y toda atildadura (…) y porque siempre son más estimadas las medicinas simples, que las compuestas. (…) Mas lo que yo se que ha de comer el Gobernador, ahora, para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de canutillos de suplicaciones, y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le asienten el estómago, y le ayuden a la digestión”. “Quíteseme luego de delante” – tronó Sancho, incapaz de aguantar tanto rigor – “si no, voto al sol, que tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por vos, no me ha de quedar médico en toda la Ínsula, alomenos de aquellos que yo entiendo que son ignorantes, que a los médicos sabios, prudentes y discretos, los pondré sobre mi cabeza, y los honraré como a personas divinas (…) y…¡ denme de comer, o si no tómense su Gobierno, que oficio que no da de comer a su dueño, no vale dos habas!

 Broma a parte, Cervantes aprovecha la ocasión para afirmar su alta consideración por la profesión médica; opinión que no duda en reiterar en sus Novelas Ejemplares y en multitud de sus otras obras siempre que se presenta la ocasión.

En cualquier caso, amigos, tengo para mi que el “Quijote”, antes que tratar de médicos y medicinas, es una medicina en sí mismo. Y me atrevo a decir más: que una sociedad compuesta en buena parte por lectores de esta obra, sería sin duda una sociedad mejor; una sociedad más sana y más justa.. El “Quijote” es, al igual que los entrañables galenos de antaño, un médico “de cabecera”; que está siempre a nuestro alcance y presto a ayudarnos. Su medicina actúa, como ocurre con la buena música, en nuestro espíritu. Y, por tanto, en nuestra salud física y mental. Giosué Carducci, una de las grandes plumas de la Literatura Universal, recomendaba a sus lectores que no leyeran ninguno de sus libros antes de leer el “Quijote”. Flaubert, Dostowyeski y milllares de intelectuales de todo el mundo se han volcado en encendidos elogios hacia esta obra española,  la mejor pieza literaria jamás escrita. Y un prestigioso actor de nuestro tiempo, Peter O´Toole, acertó plenamente al declarar que el “Quijote” es el mejor regalo que España ha hecho al mundo, que es como decir “la mejor medicina”. Una medicina carente de contraindicaciones que, no obstante, conviene administrar a pequeños sorbos, sobre todo al principio del “tratamiento”.

 Tob de Carrión escribió una vez en uno de sus poemas: “Aquí la rosa, vive mientras muere”. También Cervantes, enfermo de diabetes (aún tendrían que pasar tres siglos para que la medicina diagnosticara esta enfermedad),… también Cervantes, digo, el mejor de los escritores, “escribe mientras muere”, porque cuando concluye la segunda parte del “Quijote”, la publicada en 1616, Cervantes es ya un enfermo terminal. El propio hecho de haber sido invitado a pronunciar estas palabras inaugurales de vuestro Congreso, en atención a mi pertenencia a la Asociación Cultural “Ciudad Real Quijote 2000”, constituye, directamente, un tributo de pleitesía a ese monstruo de nuestras letras – don Miguel de Cervantes – y a esa magna obra suya cuya segunda parte completó, sorprendentemente, en su madurez, y bajo los achaques de una grave enfermedad. Apasionante tema, sin duda, para su investigación desde el punto de vista geriátrico.

 Mi ilustre paisano y nunca bastante recordado Dr. Puigvert, quien hace treinta años me curó del “mal de piedra”, era, amén de lector devoto del “Quijote”, un quijote en sí mismo. Sus pacientes no lo sabían, pero eran ellos quienes fijaban los honorarios del eminente cirujano. La tarifa, en tres niveles distintos, se aplicaba en función de la categoría y precio de la habitación de la clínica que el paciente elegía en la secretaría de la clínica. Y a muchos enfermos que no podían pagar una habitación, ésta se les ofrecía gratis, al igual que la delicada operación que realizaba en multitud de casos el propio maestro. A pesar de que fingía cierta brusquedad, Puigvert era el arquetipo del médico humano y comprensivo. En su conferencia de ingreso en la Sociedad Española de Médicos Escritores, insistió precisamente en esto: “Creo que estamos” – dijo – “en un momento en el que el médico debe aprovechar cuanto la técnica y la ordenación burocrática aportan a nuestra labor, y sumar estos elementos al saber hipocrático, pero teniendo en cuenta que la calidad humanística y servicial de la medicina no se transforme en una fría servidumbre tecnocrática olvidando que el “hacer médico” no es una simple función sino que comporta  el más elevado culto del hombre médico al hombre doliente”.

 Profesáis el oficio más hermoso, porque lucháis por la vida. Al combatir la enfermedad, tratáis de deshacer, como hiciera Don Quijote, entuertos y sinrazones que a menudo el ser humano no acierta a comprender. Y hay momentos, lo sabéis bien, en los que la Medicina, ciencia avanzada pero siempre en pos de nuevas metas, poco puede hacer. Como en la muerte de Don Quijote. Y para esos trances, el mencionado urólogo catalán daba este consejo: “Cuando la dolencia abre al hombre el último capítulo de su vivir, en el cual finaliza la misión del médico, éste, para respetar tan sagrado momento, debe recordar una frase del poeta Rainer María Rilke en que dice: ” ¡Oh, Señor, da a cada uno su muerte propia , una muerte que derive de su vida, en la cual hubo amor, comprensión y desinterés..!” “De ahí – concluía el doctor – cuán necesaria es la búsqueda de la verdad en nuestro incierto saber, supliendo tal incertidumbre con la mayor ternura en nuestro cotidiano hacer.

Les deseo un feliz y provechoso Congreso. Su éxito será también un éxito para toda la sociedad. Parafraseando a Cervantes, y en concreto el último párrafo del prólogo a la Primera Parte del “Quijote”, me despido de ustedes diciéndoles: “Dios les de salud y a mí no olvide”.

 

Defensa del refranero

15/02/2010

Un colega mío, al que un día me juré no volver a incomodar, ha afirmado en un artículo publicado en este periódico que no cree en los refranes. Supone – copio literalmente – “que el éxito de los refranes está en el casticismo que añaden a nuestro discurso, pero no en la sabiduría que aportan”. Y añade que “cualquier hipótesis se puede apoyar en un refrán”. Así que un servidor, que opina todo lo contrario, se ve hoy en la obligación, maguer aquel juramento, de entrar “do no pensaba”.
No apelaré a los clásicos para armar mi defensa, sino a ese libro de Cervantes que tengo de cabecera y que, debido a su fama, tampoco hace falta nombrar. Veamos: “No hay refrán que no sea verdadero,” – leo en el libro en cuestión (I, 21) – “porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas”. Esta frase de nuestro máximo pensador debería bastar para dar por concluida mi defensa; pero quiero proseguir.
Numerosas veces he constatado que el autor de esa peregrina afirmación, ha transcrito con gran respeto determinados pasajes de la célebre novela en la que hoy baso mi protesta, y ello me permite colegir que también él la estima en mucho. Luego, no me explico su peyorativo aserto sobre un acervo de refranes que Cervantes, el autor de ese libro que a los dos nos fascina, ponderó tan altamente. No le hallo explicación, porque no me encajan las piezas; y tampoco me casan con esta otra verdad que don Miguel nos legó en “Rinconete y Cortadillo”: que “quien bien quiere a Bertrán, bien quiere a su can”. Como exclamaría Sancho Panza, estupefacto: ¡adóbame esos candiles! (I, 47).
Me temo que “quizá, y aun sin quizá” (Q. I, 12), mi admirado colega, como la paloma de Alberti, se ha equivocado. He aquí una prueba de que ni los mejores mensajeros, sean aves o seres humanos, están libres de perderse. En todo caso, y como usted, benévolo lector, podrá comprobar, “ciertos son los toros” (Q. I, 35). O sea: “callen barbas y hablen cartas” (Q. II, 7).
Mi amor por los refranes y demás fraseología que salpimentan nuestra lengua – quizá se deba (y aun sin quizá), en una parte, a ese rústico personaje que Cervantes elevó al rango, por primera vez en la historia de la Literatura, de filósofo de la sensatez. La otra parte la atribuyo a Díaz de Mendoza, Núñez de Guzmán, Santillana, Correas, Rodríguez Marín, Cortejón, y a cuantos se afanaron por preservar tan rico caudal de sabiduría popular.
Con todo, no dejo de sorprenderme viéndome en estas cuítas, pues también soy defensor de ese refrán que nos recuerda, no con mucha exactitud, que “al buen callar llaman Sancho” (Q. II, 43). ¿Y si fueran los de esta laya – los refranes discutibles – los que han hecho que mi colega escribiera lo que ha escrito?

Las lenguas del Quijote -III – El “tiempo” de la gran novela

30/01/2010

La extensa serie de libros conocida como “Hymark Outlines” (Esbozos  Hymark), que hace más de medio siglo viene publicando la Students Outline Company, de Boston, ofrece atinados análisis de las grandes obras de la literatura universal que ayudan extraordinariamente al lector y al estudiante. Antes de comenzar a leer una de esas grandes obras, ya se trate de “La Ilíada” o de los “Cuentos de Canterbury”, el interesado puede encontrar en los tratados de dicha colección toda la información previa que precisará para aprovechar y disfrutar a fondo de su lectura. En el volumen dedicado a “Don Quijote” (1960), descubrimos dos capítulos, uno sobre la España en la que vivió Cervantes, y otro a modo de breve comentario crítico sobre la novela; ambos de gran interés, tanto por su concisión como por la valiosa perspectiva que la distancia geográfica parece haber proporcionado a su autor estadounidense.

Abordar la lectura de un libro, máxime si es de un gran autor, requiere una preparación de la ruta y la acumulación de conocimientos previos sobre el tiempo y circunstancias en los que la acción se desarrolla. Algo parecido a lo que todo buen viajero debe hacer antes de emprender un viaje importante. Lamentablemente, nos olvidamos con frecuencia de procurarnos ese bagaje previo. Y es también de lamentar que no dispongamos en España de traducciones de esos libros utilísimos a los que me estoy refiriendo.

Volviendo a ellos, leo en el primero de los citados capítulos el resumido retrato de una España, la de Carlos I, caracterizada por una prosperidad, un poder y un prestigio sin precedentes; y la descripción de un país cuyas flotas surcaban todos los mares y sus conquistadores contaban a su regreso historias de grandes gestas realizadas en los más apartados lugares del globo. Dichas narraciones, tan reales para aquellos que sin salir de sus casas llegaban a conocerlas, como para los aventureros que las habían vivido, constituían temas de máxima atracción. No era, pues, de extrañar que la gente, interesada por las nuevas glorias atribuidas a la nación por las hazañas personales de sus héroes, se sintiera hechizada por cualquier narración romántica que tuviera por centro una figura heroica individual, aunque ésta fuera imaginaria.

Sigo leyendo ese opúsculo, que refleja la historia tal como se debe de enseñar a los escolares de Estados Unidos – al tiempo que lo voy traduciendo al español y resumiéndolo – y anoto que también en aquella época circulaban en España multitud de romances caballerescos, escritos en la forma literaria iniciada por el llamado “ciclo artúrico”. No me descubre de hecho nada nuevo, pero me agrada proseguir con tan concisa, objetiva y pedagógica versión, en la que no falta puntual mención a las historias de “Amadís” y de esos héroes y libros de los que en el propio “Quijote” se hace exhaustiva relación; y se nos recuerda que aquellos libros de caballerías seguían siendo lectura preferida del pueblo en los tiempos de Cervantes; y que éste probó conocer a fondo, aunque lo aborrecía, este género literario. También se indica en el librito de marras que la moda de los libros de caballerías se desvaneció definitivamente debido a la aparición del “Quijote” en el mercado literario europeo, porque la novela de Cervantes los atacaba frontalmente.

Es interesante la constancia que en el librillo se da sobre el hecho de que el vacío vino ocupado , principalmente, por la literatura pastoral y la novela picaresca, ambas representativas de una España, posterior al desastre de Trafalgar y a la desafortunada expulsión de los industriosos moriscos, otra vez empobrecida; de una nueva España en la que la lucha por la supervivencia había vuelto a ser la mayor aventura de buena parte de los españoles.

En el capítulo dedicado al análisis crítico del “Quijote”, se apunta certeramente el carácter pretencioso y artificial de muchas de las obras que en aquel tiempo se componían, y al hecho de que el “Quijote”, por el contrario, no sólo fue un arma para destruir la absurda seriedad con la que los mitos caballerescos eran tomados por el público, sino el instrumento para infundir naturalidad a una literatura sobrada de afectación y grandilocuencia. Lo que Don Quijote fundamentalmente representa – sigo leyendo – es al romántico idealista, al hombre que insiste en transformar el mundo en un lugar más justo. En cuanto a Sancho, es también interesante la versión que este texto nos ofrece de que este hombre rústico, aún reteniendo las características del personaje literario más humilde, hace gala de una sabiduría que viola abiertamente la tradición literaria. Cuando Sancho se convierte en gobernador de la ínsula, nos revela que también él, un miembro de la clase baja, puede tener ideales. En contraste con los ideales de Don Quijote, los de Sancho son enteramente terrenales: para él, el estómago lleno y un lecho confortable son las cosas más importantes de la vida; y ello porque Cervantes quiso hacernos ver que sólo cuando el hombre carece de estas cosas básicas, alcanza a idealizarlas. No es tanto, pues, cuestión de materialismo – sugiere Paul B. Bass, perspicaz autor del texto que hoy utilizamos – sino de otra forma de idealismo con los pies en la tierra.

Como verás, querido lector, intento cumplir en estas columnas la promesa de ir glosando algunas de las infinitas reflexiones que la obra maestra de Cervantes ha inspirado a lectores y estudiosos. La universalidad de la obra y la talla intelectual de muchos de sus apologistas, nos obligan a tomar sus juicios y apreciaciones con la mayor consideración. Al igual que solemos afirmar que todo lo importante que el hombre pueda decir hoy, ya se dijo ayer en griego, en lo tocante al “Quijote” debemos admitir que los que somos sus “fans” ya sólo podemos repetirnos en nuestras opiniones o pretendidos hallazgos. Se han escrito tantas cosas, en tantas épocas y en tantas lenguas distintas sobre esta siempre impresionante obra, que sería ingenuo pretender – aunque no hay pecado en intentarlo – que podamos añadir algo nuevo.

Ilustran hoy estas líneas el célebre óleo de Daumier cuyo original se conserva en la Nueva Pinacoteca de Munich.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 15 de febrero de 2004

El Guadiana muere en Ruidera

16/01/2010

“El Guadiana ya no nace en las Lagunas de Ruidera”. Así reza el triste titular que encabeza un reciente y bien documentado artículo en El País. ¿Tendremos que decir a nuestros jóvenes que el Guadiana, el Nilo de la Mancha, hastiado de tanto saqueo y pillaje, se ha ido a nacer a otra parte? ¿Cómo vamos a explicarles que mientras el Ebro, por ejemplo, seguirá naciendo en Fontibre, como hace un millón de años, el Guadiana ya no brotará más de la tierra de Ruidera porque malvendimos su primogenitura por un plato de hortalizas? ¿Colgaremos el muerto a los infinitos pozos ilegales que sangraban el acuífero mientras mirábamos hacia otro lado, o a esos otros, “legales”, cuya perforación tan imprudentemente consentimos?  Los chicos, por fortuna, no aquilatarán la importancia del desastre, porque son demasiado bisoños para apiadarse de un mar subterráneo que no ven, o condolerse por un río mutilado que pronto dejarán de ver. Se limitarán a coger el tippex y quitar del mapa un par de centímetros de ondulante línea azul: de Ruidera al borde occidental de las Tablas de Daimiel, para ser precisos.   El maltrecho Acuífero 24, incapaz de seguir bombeando más hectómetros de agua tras tantos arponazos, pasa el relevo a su vecino, el 23, que tampoco está ya para estos trotes. ¡Cómo iba estar en mejor forma si ya venimos extrayéndole al pobre mucha más agua de la que recarga! Pero, ¿y los mayores?. ¿Nos hemos apiadado los mayores de ese mar, o de ese río? ¿Se han condolido los regantes, en su ceguera, al descubrir que también los Ojos del río se cegaban y las Tablas y demás humedales del sistema agonizaban de sed?  Leemos en el artículo citado que ciento ochenta y dos kilómetros del Guadiana se han perdido en su cabecera, y sobrecoge pensar que acaso nuestros jóvenes tengan que peregrinar algún día cauce seco abajo, para poder encontrarlo, ancho y ufano -¡e incluso navegable!-, allá por las vegas extremeñas o lusitanas.  ¡Qué tristeza, amigos, que tras un año como éste, único en medio siglo, en el que el espejismo de las lluvias nos ha permitido gozar del oasis manchego en su máximo esplendor, tengamos ahora que admitir que podemos perderlo para siempre! Señores políticos, señores confederados hidrográficos, señores regantes: poneos de acuerdo de una maldita vez para salvar con generosidad y talento esta región exuberante de la tierra de Don Quijote. Que los que vengan después puedan seguir embriagándose contemplando, como pudimos contemplar nosotros, el insólito espectáculo de este río guasón que, tras dejarse alumbrar por la tierra, teje ganchillo con ella. Que no seamos los últimos en gozar de estas lagunas lapislázuli que ora fluyen apacibles entre los lirios y las espadañas del Parque, ora saltan, blancas y alborozadas, en su atracción favorita: el Hundimiento.   Como resumió el Ayuntamiento de Argamasilla de Alba al prologar un magistral estudio de José Díaz-Pintado, debemos “denunciar y combatir cualquier intento, soterrado o abierto, de alterar, manipular, secuestrar o supeditar a intereses particulares este natural y verdadero bien común que es el Alto Guadiana”.

© 1998  José Romagosa Gironella

 

“¡Pardiez, cómo está la Ruta!”

25/12/2009

Contemplo, desplegada ante mis ojos por enésima vez, una generosa ampliación que hace tiempo me agencié de “el mapa”. Me refiero a ese mapa de la Ruta del Quijote, delineado “hacia 1765”, que tengo para mí como el más fiable. Se trata, sin duda alguna, del primer trazado de la Ruta, y mi credulidad se basa en las siguientes razones: PRIMERA, que su confección fue encargada de forma expresa por el propio Rey de España. SEGUNDA, que fue delineado por D. Tomás López, geógrafo de S.M., según las observaciones hechas sobre el terreno por D. Joseph de Hermosillla, Capitán de Ingenieros. TERCERA, que el trabajo se realizó cuando apenas habrían transcurrido 149 años desde la muerte de Cervantes, o 160 desde la primera edición del “Quijote”. Y CUARTA, que tanto el mapa como la Ruta (“Mapa de una porción del Reyno de España que comprehende los pasages por donde anduvo Don Quixote, y los sitios de sus aventuras”), fueron oficialmente adoptados por la Real Academia Española ya en el año 1780.

De igual forma, convendría salir al paso de quienes pudieran objetar que en el mapa de esta Ruta que me he atrevido a llamar “de 1765” (con la matización cautelar “circa”), Argamasilla de Alba no figura señalada con el número “1”, y que este número sí figura, en cambio, indicando el paraje donde los autores del mapa y de la Ruta sitúan la “Venta donde (Don Quijote) fue armado Caballero”. La explicación está en que los autores, al señalar los 35 hitos que habían decidido resaltar, comenzaron la numeración con la primera aventura que le sucedió a Don Quijote tras efectuar cada una de sus célebres salidas. Por decirlo de otro modo, es como si al lugar de partida de la primera salida – Argamasilla de Alba – le hubieran asignado el número “0”, reservando el “1” para la inmediata primera aventura. En cualquier caso, el objetor debería admitir que la venta donde Don Quijote fue armado caballero nunca podría haber sido, simultáneamente, su pueblo, por mucho número “1” que se asignara a la tal venta en la delineación del mapa. A la misma economía numeradora responde el hito “35” y último de la Ruta, que los autores sitúan en un lugar próximo al Ebro, al nordeste de “Osera”, “donde le encontraron (a Don Quijote) los criados del Duque y le llevaron al Palacio desde donde se volvió á su aldea, y murió.” A lo que le sucede a nuestro héroe después del citado encuentro, ya no le asignan número alguno, como si la aventura de los cerdos hubiese sido, como bien puede argüirse, la última de las que le sucedieron. Pero es más que suficiente el encarnado trazo de la Ruta –y los hitos tan claramente señalados en ella – para reconocer en Argamasilla de Alba la patria y el solar de nuestro Hidalgo. El hito “4”de dicha Ruta, que los autores sitúan exactamente en Argamasilla de Alba, se explica al margen del mapa con este más que elocuente doble texto: “Aventura de los Mercaderes donde (Don Quijote) quedó molido a palos, y le conduxo a su lugar Pedro Alonso su vecino. Segunda salida con Sancho por el Campo de Montiel”. Luego, si a la Argamasilla de Alba llega Don Quijote cuando el vecino le conduce “a su lugar”, y de la Argamasilla de Alba sale, esta vez con Sancho, para empezar a caminar por el Campo de Montiel, ¿tan difícil es deducir que Argamasilla de Alba, punto de partida y de regreso del Ingenioso Hidalgo, es el famoso “lugar de la Mancha” al que Cervantes alude al principio de la Novela? ¿A qué viene el empeño por contradecir a los ilustres profesionales que así lo entendieron al confeccionar el mapa y la Ruta, y a estudiosos como Pellicer, Fernández de Navarrete, Clemencín, Hartzenbusch, Robinson Smith, Rivadeneyra, “Azorín”, Walter Starkie, y tantos otros?

Respaldo a la verdadera Ruta

En cuanto al año 1765, en el que me ha parecido razonable datar el mapa de forma aproximada, acepto de antemano cualquier réplica que pudiera proporcionar una datación más precisa. Aunque ello, a la postre, sería menos trascendente que reconocer, de una vez por todas, que la mejor “ruta del “Quijote” que se nos ha dado o, si se quiere, “la menos mala”, es la elaborada por Tomás López y Joseph de Hermosilla hace la friolera de 235 años (“circa”). Así debió de considerarlo la Real Academia Española, cuando incluyó dicha Ruta en su edición corregida del “Quijote”, de 1780: En el prólogo de la citada edición, la propia Academia declaraba que “… para satisfacer mas la curiosidad de los lectores, se ha puesto un mapa, que comprehende una buena porción de España, y en el qual se ven demarcados con una linea encarnada los viages de Don Quixote, trabajado con toda exâctitud por Don Tomas Lopez Geógrafo de S.M. con arreglo á las observaciones hechas sobre el mismo terreno por Don Joseph de Hermosilla, Capitán que fue del Real Cuerpo de Ingenieros”. Es en esa misma edición de la Academia, y concretamente en el “Plan Cronológico” que figura a continuación del prólogo citado, donde puede leerse: “…El día 28 continuaron su camino: á la noche acabó Sancho de azotarse por el desencanto de Dulcinea, y al siguiente dia 29 entráron en Argamasilla de Alba su patria”. He aquí, casi sin buscarla, una razón de más para renunciar a estériles discusiones sobre la verdadera patria de Don Quijote. ¿Qué dirían los Académicos de 1780, si levantaran la cabeza, de la unilateral corrección que, andando el tiempo, otro académico intentaría introducir en aquella Ruta, enmendándoles drásticamente la plana?. El hecho de que Cervantes sufriera prisión en dos ocasiones en la cárcel real de Sevilla, parece haber sido el gran argumento, huérfano de rigurosa metodología científica, del interesado repudio que Rodríguez Marín hace de Argamasilla de Alba. A esta conclusión, o a la duda en el mejor de los casos, podrá llegar quien examine objetivamente la controvertida “Crónica del Centenario del Don Quijote”, de 1905. E incluso esa duda, si la abrigara, le vendría de inmediato disipada con sólo hojear el “Quijote” apócrifo de ese coetáneo de Cervantes que se ocultó bajo el falso nombre de “Avellaneda”, ya que en este libro, que pretendía pasar por una continuación de la novela de Cervantes, se menciona repetidamente a la “Argamesilla” como patria del célebre hidalgo, desde la propia dedicatoria que reza: “Al Alcalde, Regidores e Hidalgos de la Noble Villa de la Argamesilla de la Mancha, Patria Feliz del Hidalgo Caballero Don Quijote, Ilustre de los Profesores de la Caballería Andante”, hasta el penúltimo capítulo en el que se dice taxativamente “el Argamesilla de la Mancha, junto al Toboso”. Y lo que venimos diciendo todos, (menos esos “especialistas” que parecen no tener otra cosa mejor en la que entretenerse) es, simple y llanamente, lo que cualquiera puede comprobar: que no hay más Argamasilla “junto a El Toboso”, que Argamasilla de Alba.

Algunos anotadores del “Quijote” (“…de los interpretadores y de los comentaristas, ¡líbranos Señor!”- exclamaba C. J. Cela en su elegía “La Mancha en el corazón y en los ojos”), han venido proponiendo otros muchos lugares como probables patrias de don Alonso Quijano. En una edición anotada de Editorial Sopena, reproducida recientemente por Editorial Óptima sin indicación alguna sobre quién es el anotador, se incluye la nota “Se presume Argamasilla de Calatrava”, a pie de página y a modo de aclaración de la célebre frase “En un lugar de la Mancha…”. La ceremonia de la confusión, o de las presunciones, como se ve, sigue celebrándose, al margen de cuantos permanecemos fieles a las fuentes clásicas. “No hay razón alguna para dudar”- afirma Teignmouth Shore, en su nota biográfica sobre Cervantes, en la edición del “Quijote” de The Hogarth Press – “que (Cervantes) fue en cierta ocasión empleado por el Prior de la Orden de San Juan en la Mancha, y que habiendo intentado desarrollar su misión en el pueblo de Argamasilla, tuvo ciertos problemas con sus habitantes y acabó encerrado en prisión”. Este pueblo (necesariamente Argamasilla de Alba, por ser la única Argamasilla perteneciente en la época al Priorato de San Juan), y no cualquier otro (Argamasilla de Calatrava indica con su propio y nobilísimo nombre de qué otra Orden dependía), es el que debemos tener como lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes. Ergo, ese “hidalgo de los de lanza en astillero, rocín flaco y galgo corredor…” que, según Cervantes nos dice, “había” en ese preciso lugar, únicamente pudo tener a la Argamasilla de Alba como patria. Obviamente, para este viaje no hacían falta tantas alforjas, pues forman legión cuantos vienen aseverando lo mismo desde el siglo XVIII. Ante la falta de pruebas en contrario de quienes , erre que erre, siguen negando lo evidente, la Ruta de López y Hermosilla va, como se dice vulgarmente, a misa. Y, según el principio clásico: “in claris non fit interpretatio”.

Como he podido comprobar, ninguno de las dos profesionales implicados en la ejecución del encargo era oriundo de población alguna española que posteriormente viniera identificada en la Ruta. El geógrafo, era natural de Madrid, y el ingeniero, de Llerena, provincia de Badajoz. De ello puede inferirse que el trabajo vino confiado a expertos absolutamente imparciales –en cuanto a su origen- y supuestamente capaces, por tanto, de llevarlo a cabo con toda objetividad. En cuanto a la fecha que he osado atribuir al mapa, ya que el mismo no fue datado en su día, sólo añadir que la he conjeturado teniendo en cuenta el año en que el ilustre geógrafo contaba 35 años de edad, y el célebre arquitecto rondaba los 55. Ni demasiado joven el primero, ni excesivamente viejo el segundo. En cualquier caso, edades suficientes para que López hubiera podido completar su ambicioso “Atlas Geográfico de España”(que tan a tiempo llegaría para la confección de la Ruta), y Hermosilla, sus célebres proyectos para el Convento de Trinitarios, Hospital General y Paseo del Prado, de Madrid. Trabajos éstos, indicadores de madurez y excelencia, que no podían pasar inadvertidos a un monarca interesado en emprendimientos solventes. No sería lógico pensar que personas de tal relevancia hubieran podido abordar con ligereza la ejecución del real encargo.

La alusión al tiempo transcurrido desde el año de fallecimiento de Cervantes, o desde la primera edición de su obra inmortal, tiene por objeto avalar los siguientes razonamientos complementarios: UNO, que

en el año 1765, en el que he supuesto el trazado de la Ruta, todavía debían de hallarse presentes y fácilmente identificables, muchas de las referencias toponímicas , topográficas y arquitectónicas (ventas, batanes, arroyos, bosques, etc.) que se mencionan en la Novela. DOS, que la información oral que podían proporcionar los lugareños (aún los de tercera o cuarta generación), tanto respecto a posibles viajes de Cervantes por las regiones recorridas más tarde por Don Quijote, como a la localización geográfica de lugares, caminos o pasajes de la Obra, hubo de ser mucho más útil y fehaciente entonces que cualquiera de las investigaciones – con frecuencia más retóricas que otra cosa – acometidas en siglos posteriores. Y TRES, que las noticias sobre personas reales en las que Cervantes hubiera podido inspirarse para la creación de sus personajes (v.g.: el Caballero del Verde Gabán, el bandolero Roque Guinart, y el propio don Alonso Quijano); o sobre los lugares en los que eventualmente vivieron tales personas, debieron de constituir una valiosa información – y “reciente”, podríamos añadir, desde nuestro remoto mirador actual – para aquellos prestigiosos profesionales que en el siglo XVIII habían recibido la regia comisión de establecer una ruta fiel a una obra literaria del XVII que ya era orgullo de las letras españolas, así como a la intención del Autor.

Debido a estas elucubraciones, se siente uno contrariado por todas esas rutas de moderno cuño que se han ido inventando y que con frecuencia parecen obedecer a extraños intereses de sus postulantes. Las teorías prodigadas por un sinfín de “expertos” y “anotadores” del “Quijote” acerca de la manida ruta – en las que se llega a impugnar a menudo a los impugnadores -, han logrado tejer un tupido velo de confusionismo que ya es imposible desentrañar. (“Los estudios cervantinos son tan caóticos, y las posturas tan contradictorias, que cada especialista disiente profundamente de la mayor parte de lo que se ha escrito”- afirma Daniel Eisenberg en su ensayo “A Study of Don Quixote”). Y tiene razón el norteamericano en esto, pues yo mismo, sin ser un especialista, disiento de muchas de sus apreciaciones, al igual que él disentirá del contenido del presente artículo, si llega a leerlo. Diríase que los nuevos “especialistas” se hallan, como Penélope, ante la problemática de un tapiz interminable, debida en este caso al deliberado extravío del patrón. El mismo Rodríguez Marín, por ejemplo, quien contribuyó con impagables aportaciones a un mejor conocimiento de la obra cervantina, pudo haberse dejado llevar por la fuerza de la sangre, o del paisanaje, al afirmar, en el discurso que pronunció en 1905 ante la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, este sofisma: “Destruida para siempre la absurda fábula de la prisión de Cervantes en la Argamasilla de Alba, no cabe duda que se refirió a la de Sevilla”. Huelga añadir el dato de que el prestigioso autor de “El Alma de Andalucía”, y de aquella sentencia, era natural de Osuna (Sevilla). He aquí por qué me ha parecido oportuno subrayar en esta reflexión que los autores de la “Ruta de 1765”, sí pudieron ser tenidos por imparciales en cuanto a su patria chica de origen, tanto por el soberano a la sazón reinante como por cualquier plebeyo quisquilloso como yo. O, si se quiere, aquel “tándem” de investigadores por designación real, pudo ser considerado bastante menos sospechoso de imparcialidad de lo que hoy se nos antoja el ilustre prócer andaluz. No cabe duda, en todo caso, que aquella culta Academia Sevillana, y Sevilla en pleno, tuvieron que quedar encantadas con el veredicto de un reputado intelectual bético que, para más inri, apuntalaba sus construcciones retóricas con el sólito arbotante: “de la Real Academia Española”. 

© 2009 José Romagosa Gironella