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El IV Centenario de las “Novelas Ejemplares” y de una obra póstuma

16/03/2010

Dado que el IV Centenario de la primera edición del “Quijote” ha sido prolongado hasta 2015, para incluir así en la celebración su “Segunda Parte” impresa en 1615, este columnista opina que también deberíamos celebrar  la primera edición de las “Novelas Ejemplares” que tuvo lugar en 1613. Es cierto que no hay otra obra cervantina del calado del “Quijote”, pero esas doce novelas (trece, con “La tía fingida”) también merecen recordarse por haber marcado un hito en la Historia de la Literatura Española. En una época en la que los libreros se afanaban en publicar traducciones de novelas ejemplares italianas, Cervantes tuvo el acierto de escribir sus propias narraciones en ese género, y de reinventarlo. Una vez más, don Miguel innovaba, convirtiéndose, sin pretenderlo, en el creador de la novela corta española.
La verdad es que sería atinado conmemorar en estos años no sólo las dos partes del “Quijote” y esas geniales “Novelas Ejemplares” que hoy traigo a colación, sino también las sabrosísimas comedias y entremeses, porque todas esas obras fueron editadas en la década prodigiosa –  de 1605 a 1615 – en la que Cervantes, despertando de su letargo literario, logra ofrecer al mundo las más admirables muestras de su genio. Y aún habría que añadir “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, magna obra escrita por Cervantes, “puesto ya un pie en el estribo” para emprender su último viaje, que viera la luz, póstumamente, en 1616.
Limitarnos a conmemorar el “Quijote”, cuando también cumplen cuatro siglos esas otras obras igualmente universales, sería una exclusión injusta. Sin la febril actividad creadora de Cervantes durante el periodo comprendido entre la publicación de una y otra parte del “Quijote” (1605-1615), su apasionante Segunda Parte – que acaso no habría visto la luz sin la provocativa aparición en 1614 de la apócrifa de Avellaneda -no habría contenido, a buen seguro, la sustancia que en el mundo entero se celebra. 
Bien habría podido suceder que Cervantes, el autor que quiso incluir sus narraciones cortas “El Curioso Impertinente”, “La Historia del Cautivo”, la de la “Dueña Dolorida”, las de “Cardenio”, “Dorotea”, “El loco de Sevilla” y varias más, en su obra cumbre, hubiera querido incluir algunas de las que en 1613 publicó de golpe bajo el título genérico de “Novelas Ejemplares”. Sabemos que no lo hizo, pero, ¿por qué excluirlas de una celebración histórica de la importancia de un IV Centenario? Cualquier personaje e historia de los que Cervantes crea para sus “Novelas Ejemplares” habría podido encajar perfectamente en el “Quijote”, en el contexto de una narración independiente y bien traída. No en vano se ha apuntado que el “Quijote”, amén de la gran novela pionera de la literatura moderna, es también un compendio de breves y ejemplarizantes narraciones, algunas autobiográficas. Y, de otro lado, no es menor el peso específico de los protagonistas de “La Gitanilla”, “El Coloquio de los Perros” o “Rinconete y Cortadillo”, que el de los numerosos personajes que Cervantes inventa para esas historias que amenizan  el “Quijote” y nos ayudan a respirar.
Tal vez nuestra Junta de Comunidades, o el Ayuntamiento capitalino podrían tomar en consideración la posibilidad de conmemorar – sin distraer la atención de la Segunda Parte del “Quijote” en 2015 – los aniversarios intermedios de esos históricos acontecimientos literarios ocurridos en 1613 y 1616.

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre las íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  15 de marzo de 2010
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El Quijote en la Medicina y como medicina

10/03/2010

Discurso inaugural del I Congreso de Estomatología

celebrado en Ciudad Real

“Es un honor para mi esta oportunidad que me ha brindado mi admirado amigo, el Dr. Eduardo Rodríguez, de dirigirme a Ustedes, distinguidos médicos, en estas vísperas del IV Centenario de la primera edición del “Quijote”, y señalar algunas de las connotaciones que esta obra universal, que es mucho más que el mejor texto literario jamás escrito, tiene, en mi modesta opinión, con la Medicina. 

No he de ocultarles, ya que soy un ignorante en la difícil y delicada profesión que ustedes ejercen, que me siento muy cohibido, porque me parece una imprudencia esta incursión mía para hablar ante ilustres doctores en Medicina, cuando yo no lo soy. Hace dos mil años, un adolescente de Nazaret entró en un templo para hablar ante los doctores de la Ley, y salió, según cuentan las crónicas, más que airoso de aquel trance. Pero no hay que olvidar que Él era …quien era. Así que Ustedes, doctores de la Ley Médica, sean clementes conmigo en méritos a la incuestionable realidad de que una cosa es hablar como Dios, es decir, como lo que aquel Joven era, y otra hablar como este pobre mortal va a intentar hacerlo, es decir, “como Dios le da a entender”.

 En el “Quijote”, estimados amigos, que es obra en la que se trata de todo y no hay faceta del humano proceder que no halle su asiento en ella, no se habla mucho de Medicina, o al menos de la Medicina como hoy la entendemos. Tal ves sea el humilde “Bálsamo de Fierabrás”, el remedio que con más frecuencia se cita en la gran Novela. Vino, romero, aceite y sal, todo ello bien removido, era la receta preferida de Don Quijote para alivio no sólo de problemas intestinales, sino también como pócima de uso externo para sanar un sinfín de feridas y quebrantamiento de huesos. Su escudero Sancho Panza, no obstante, y por más que lo intentó, jamás llegaría a compartir la entusiasta opinión de su señor sobre aquel bálsamo prodigioso.

 En el capítulo VI de la Primera Parte, el Cura menciona el ruibarbo, cuya raíz ya se usaba en la época de Cervantes como purgante. Lo menciona en relación con el libro de caballerías “Don Belianis”, uno de los predilectos de Don Alonso Quijano, El Bueno, respecto al cual observa, metafóricamente, que tiene necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya.

 En el siguiente capítulo XI, Don Quijote vuelve a lamentarse a su escudero del dolor que siente en la oreja tras el sablazo que le ha propinado el gallardo vizcaíno. Viendo uno de los cabreros, con quienes a la sazón estaban, la sangrante herida, “le dixo” – cito textualmente – “que no tuviese pena, que él pondría remedio con que fácilmente se sanase: y tomando algunas hojas de romero, del mucho que por allí había, las mascó y las mezcló con un poco de sal, y aplicándolas a la oreja, se la vendó muy bien, asegurándole que no había menester otra medicina, y así fue la verdad”. El remedio del cabrero se me antoja precursor de aquellos “cataplasmas Llenas” que los menos jóvenes de ustedes recordarán porque se usaban cuando yo era niño.

 En el XVIII, por una sola vez echa de menos Don Quijote un cuartal de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques de las alforjas de Sancho. Por una vez siente hambre el frugal caballero. Y su escudero, socarrón, le remite a las “yerbas de los prados, “que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan mal aventurados caballeros andantes como vuestra merced es”. Hace el amo mención, acto seguido, a “quantas yerbas describe Discórides en su libro, así como al tratado del anatomista Doctor Laguna”, médico y herbolario de Felipe II, concluyendo “que Dios que es proveedor de todas las cosas no nos ha de faltar, y más andando tan en su servicio como andamos…”, Cervantes muestra aquí su conocimiento de esa inagotable fuente de medicamentos, antiguos y modernos, que es el reino vegetal. También de las cuitas del odontólogo sabía Don Quijote, como muestra al decir, tras el apedreamiento de que fuera objeto por parte de los pastores, “que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante”.

“He menester tu ayuda y favor”, – ruega a su escudero – “llégate a mí y mira cuántas muelas y dientes me faltan, que me parece que no me ha quedado ninguno en la boca”. “Metió Sancho los dedos” – seguimos leyendo – “y estándole atentando, le dixo: ¿cuántas muelas solía vuestra merced tener en esta parte?” – “Cuatro”, respondió Don Quijote” -. “Mire vuestra merced lo que dice, señor”, respondió Sancho”. “Digo cuatro, si no eran cinco…”- masculló el caballero. “Pues en esta parte de abaixo” – dijo Sancho “no tiene vuestra merced más de dos muelas y media, y en la de arriba, ni media, ni ninguna, que toda está rasa como la palma de la mano”.

El barbero, en la Mancha y en todos los pueblos de España, era en tiempos el sangrador local, alguien a quien decían “el cirujano” y que afeitaba barbas, aplicaba las sanguijuelas a cuanto enfermo las podía precisar, y extraía muelas podridas con tenazas, cuando era menester. Ese oficio profesaban el vecino de Don Quijote llamado Maese Nicolás, tertuliano habitual del Cura y de nuestro hidalgo, y también aquel barbero infortunado a quien nuestro héroe arrebató un célebre “yelmo de Mambrino” que no era más que una pintipirada bacía de azófar.

Manifiesta Cervantes en el “Quijote”, así mismo, un gran conocimiento de las ciencias de la mente. El proceso entero de la locura padecida por don Alonso Quijano ha dado y seguirá dando pábulo inagotable a  psiquiatras, neurólogos y psicólogos. Magistral es la dirección de ese proceso, como lo es la de ese mal de amores que lleva a Grisóstomo al suicidio, a Cardenio a la demencia y al propio protagonista de la Novela a la creación de un ser utópico, jamás superado, en la universal figura de Dulcinea.

Plantea Cervantes situaciones harto prolijas, desde el punto de vista médico, como la de “la medicina recetada por famoso Médico al enfermo que recibir no la quiere”. Con mayúscula escribe Cervantes, hijo por cierto de un cirujano, la palabra “Médico”, en este pasaje del capítulo XXVII, mostrando así su profundo respeto por vuestra profesión. “¿Dónde estás, Señora mía, que no te duele mi mal…?” – exclama Don Quijote, tras su desafortunada primera salida. “Yo no quiero salud sin Luscinda…”- confiesa el desventurado Cardenio. En la carta que Don Quijote escribe a Dulcinea, le dice que “le envía la salud que él no tiene”. Y al final de la historia, vemos a Sancho suplicando, junto el lecho de muerte de su señor: ” ¡Ay! (…) no se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dexarse morir sin más, ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben, que las de la melancolía…”  Y puntualiza el Autor que “fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan”.

En cuanto a los médicos de medicina interna, Cervantes usa de unos de ellos, el doctor don Pedro Recio de Agüero, aquél que se decía natural de un lugar llamado Tirteafuera -“que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo a la derecha mano” – para tejer el divertido episodio de la cena de Sancho en su palacio de Barataria, uno de los más sabrosos de la inmortal novela.

Excesivo amante de lo que hoy llamamos “dietas adelgazantes”, aquel doctor por Salamanca arruinó el yantar del bueno de Sancho, si bien dio pretexto a Cervantes para traer a colación su profundo sentido del humor. “Yo, señor,” – explica al Gobernador – “soy médico, y estoy asalariado en esta ínsula para serlo de los Gobernadores della, estudiando de noche y de día, y tanteando la complexión del Gobernador para acertar a curarle, cuando cayere enfermo, y lo principal que hago es asistir a sus comidas y cenas, y a dexarle comer de lo que me parece que le conviene, y a quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño, y ser nocivo al estómago, y así mandé quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente húmeda, y el plato de otro manjar también le mandé quitar, por ser demasiado caliente, y tener muchas especias, que acrecientan la sed, y el que mucho bebe, mata y consume el húmedo radical, donde consiste la vida”. Y contestó Sancho: “Desa manera aquel plato de perdices que están allí asadas, y a mi parecer bien sazonadas, no me harán ningún daño”. A lo que el médico respondió: “esas no comerá el señor Gobernador en tanto que yo tuviere vida (…) porque nuestro maestro Hipócrates, norte y luz de la medicina, en un aforismo suyo dice: omnis saturatio mala, perdix autem pessima”. “Aquel platonazo que está más adelante vahando, -dijo Sancho – me parece que es olla podrida, que por la diversidad de cosas que en tales ollas podridas hay, no podré dexar de topar con alguna que me sea de gusto, y de provecho”. “Absit, dijo el médico, vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida (…) y dexemos libres las mesas de los Gobernadores, donde ha de asistir todo primor y toda atildadura (…) y porque siempre son más estimadas las medicinas simples, que las compuestas. (…) Mas lo que yo se que ha de comer el Gobernador, ahora, para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de canutillos de suplicaciones, y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le asienten el estómago, y le ayuden a la digestión”. “Quíteseme luego de delante” – tronó Sancho, incapaz de aguantar tanto rigor – “si no, voto al sol, que tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por vos, no me ha de quedar médico en toda la Ínsula, alomenos de aquellos que yo entiendo que son ignorantes, que a los médicos sabios, prudentes y discretos, los pondré sobre mi cabeza, y los honraré como a personas divinas (…) y…¡ denme de comer, o si no tómense su Gobierno, que oficio que no da de comer a su dueño, no vale dos habas!

 Broma a parte, Cervantes aprovecha la ocasión para afirmar su alta consideración por la profesión médica; opinión que no duda en reiterar en sus Novelas Ejemplares y en multitud de sus otras obras siempre que se presenta la ocasión.

En cualquier caso, amigos, tengo para mi que el “Quijote”, antes que tratar de médicos y medicinas, es una medicina en sí mismo. Y me atrevo a decir más: que una sociedad compuesta en buena parte por lectores de esta obra, sería sin duda una sociedad mejor; una sociedad más sana y más justa.. El “Quijote” es, al igual que los entrañables galenos de antaño, un médico “de cabecera”; que está siempre a nuestro alcance y presto a ayudarnos. Su medicina actúa, como ocurre con la buena música, en nuestro espíritu. Y, por tanto, en nuestra salud física y mental. Giosué Carducci, una de las grandes plumas de la Literatura Universal, recomendaba a sus lectores que no leyeran ninguno de sus libros antes de leer el “Quijote”. Flaubert, Dostowyeski y milllares de intelectuales de todo el mundo se han volcado en encendidos elogios hacia esta obra española,  la mejor pieza literaria jamás escrita. Y un prestigioso actor de nuestro tiempo, Peter O´Toole, acertó plenamente al declarar que el “Quijote” es el mejor regalo que España ha hecho al mundo, que es como decir “la mejor medicina”. Una medicina carente de contraindicaciones que, no obstante, conviene administrar a pequeños sorbos, sobre todo al principio del “tratamiento”.

 Tob de Carrión escribió una vez en uno de sus poemas: “Aquí la rosa, vive mientras muere”. También Cervantes, enfermo de diabetes (aún tendrían que pasar tres siglos para que la medicina diagnosticara esta enfermedad),… también Cervantes, digo, el mejor de los escritores, “escribe mientras muere”, porque cuando concluye la segunda parte del “Quijote”, la publicada en 1616, Cervantes es ya un enfermo terminal. El propio hecho de haber sido invitado a pronunciar estas palabras inaugurales de vuestro Congreso, en atención a mi pertenencia a la Asociación Cultural “Ciudad Real Quijote 2000”, constituye, directamente, un tributo de pleitesía a ese monstruo de nuestras letras – don Miguel de Cervantes – y a esa magna obra suya cuya segunda parte completó, sorprendentemente, en su madurez, y bajo los achaques de una grave enfermedad. Apasionante tema, sin duda, para su investigación desde el punto de vista geriátrico.

 Mi ilustre paisano y nunca bastante recordado Dr. Puigvert, quien hace treinta años me curó del “mal de piedra”, era, amén de lector devoto del “Quijote”, un quijote en sí mismo. Sus pacientes no lo sabían, pero eran ellos quienes fijaban los honorarios del eminente cirujano. La tarifa, en tres niveles distintos, se aplicaba en función de la categoría y precio de la habitación de la clínica que el paciente elegía en la secretaría de la clínica. Y a muchos enfermos que no podían pagar una habitación, ésta se les ofrecía gratis, al igual que la delicada operación que realizaba en multitud de casos el propio maestro. A pesar de que fingía cierta brusquedad, Puigvert era el arquetipo del médico humano y comprensivo. En su conferencia de ingreso en la Sociedad Española de Médicos Escritores, insistió precisamente en esto: “Creo que estamos” – dijo – “en un momento en el que el médico debe aprovechar cuanto la técnica y la ordenación burocrática aportan a nuestra labor, y sumar estos elementos al saber hipocrático, pero teniendo en cuenta que la calidad humanística y servicial de la medicina no se transforme en una fría servidumbre tecnocrática olvidando que el “hacer médico” no es una simple función sino que comporta  el más elevado culto del hombre médico al hombre doliente”.

 Profesáis el oficio más hermoso, porque lucháis por la vida. Al combatir la enfermedad, tratáis de deshacer, como hiciera Don Quijote, entuertos y sinrazones que a menudo el ser humano no acierta a comprender. Y hay momentos, lo sabéis bien, en los que la Medicina, ciencia avanzada pero siempre en pos de nuevas metas, poco puede hacer. Como en la muerte de Don Quijote. Y para esos trances, el mencionado urólogo catalán daba este consejo: “Cuando la dolencia abre al hombre el último capítulo de su vivir, en el cual finaliza la misión del médico, éste, para respetar tan sagrado momento, debe recordar una frase del poeta Rainer María Rilke en que dice: ” ¡Oh, Señor, da a cada uno su muerte propia , una muerte que derive de su vida, en la cual hubo amor, comprensión y desinterés..!” “De ahí – concluía el doctor – cuán necesaria es la búsqueda de la verdad en nuestro incierto saber, supliendo tal incertidumbre con la mayor ternura en nuestro cotidiano hacer.

Les deseo un feliz y provechoso Congreso. Su éxito será también un éxito para toda la sociedad. Parafraseando a Cervantes, y en concreto el último párrafo del prólogo a la Primera Parte del “Quijote”, me despido de ustedes diciéndoles: “Dios les de salud y a mí no olvide”.

 

Defensa del refranero

15/02/2010

Un colega mío, al que un día me juré no volver a incomodar, ha afirmado en un artículo publicado en este periódico que no cree en los refranes. Supone – copio literalmente – “que el éxito de los refranes está en el casticismo que añaden a nuestro discurso, pero no en la sabiduría que aportan”. Y añade que “cualquier hipótesis se puede apoyar en un refrán”. Así que un servidor, que opina todo lo contrario, se ve hoy en la obligación, maguer aquel juramento, de entrar “do no pensaba”.
No apelaré a los clásicos para armar mi defensa, sino a ese libro de Cervantes que tengo de cabecera y que, debido a su fama, tampoco hace falta nombrar. Veamos: “No hay refrán que no sea verdadero,” – leo en el libro en cuestión (I, 21) – “porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas”. Esta frase de nuestro máximo pensador debería bastar para dar por concluida mi defensa; pero quiero proseguir.
Numerosas veces he constatado que el autor de esa peregrina afirmación, ha transcrito con gran respeto determinados pasajes de la célebre novela en la que hoy baso mi protesta, y ello me permite colegir que también él la estima en mucho. Luego, no me explico su peyorativo aserto sobre un acervo de refranes que Cervantes, el autor de ese libro que a los dos nos fascina, ponderó tan altamente. No le hallo explicación, porque no me encajan las piezas; y tampoco me casan con esta otra verdad que don Miguel nos legó en “Rinconete y Cortadillo”: que “quien bien quiere a Bertrán, bien quiere a su can”. Como exclamaría Sancho Panza, estupefacto: ¡adóbame esos candiles! (I, 47).
Me temo que “quizá, y aun sin quizá” (Q. I, 12), mi admirado colega, como la paloma de Alberti, se ha equivocado. He aquí una prueba de que ni los mejores mensajeros, sean aves o seres humanos, están libres de perderse. En todo caso, y como usted, benévolo lector, podrá comprobar, “ciertos son los toros” (Q. I, 35). O sea: “callen barbas y hablen cartas” (Q. II, 7).
Mi amor por los refranes y demás fraseología que salpimentan nuestra lengua – quizá se deba (y aun sin quizá), en una parte, a ese rústico personaje que Cervantes elevó al rango, por primera vez en la historia de la Literatura, de filósofo de la sensatez. La otra parte la atribuyo a Díaz de Mendoza, Núñez de Guzmán, Santillana, Correas, Rodríguez Marín, Cortejón, y a cuantos se afanaron por preservar tan rico caudal de sabiduría popular.
Con todo, no dejo de sorprenderme viéndome en estas cuítas, pues también soy defensor de ese refrán que nos recuerda, no con mucha exactitud, que “al buen callar llaman Sancho” (Q. II, 43). ¿Y si fueran los de esta laya – los refranes discutibles – los que han hecho que mi colega escribiera lo que ha escrito?

ARGAMASILLA DE ALBA Y EL CABALLERO DEL VIOLÍN

05/02/2010

Ha caído en mis manos un ejemplar de la obra Don Gipsy (Don Gitano), que allá por 1935 compuso Walter Starkie para dar continuación a sus exitosas Aventuras de un Irlandés en España. O sea que mientras mi madre apretaba en una apartada ciudad del otro extremo de España para darme a luz, el célebre hispanista recorría, bloc en mano e inseparable violín a cuestas, esa Andalucía gitana de Carmen y cante jondo que anhelaba retratar.

¡Y vaya si la retrató!. Con la máxima precisión y detalle, como sólo de un gran observador de su talla se habría podido esperar. Hay una parte en el libro, titulada Viernes Santo en Sevilla, de auténtica antología. Leerla hoy es como si el tiempo no hubiera pasado, salvo por aquellas saetas cantoras que en esa Semana Santa del año en que yo nací , y ante el célebre paso del Cristo del Gran Poder, improvisaba en las calles sevillanas la Niña de los Peines. El lector, concentrado en la narración, viene arrastrado por el ritmo ensordecedor de las palmas de acompañamiento y la embriagadora fragancia del azahar, el incienso y la cera quemada. “La cabeza me daba vueltas”- anotaría el irlandés en su diario. – “Estaba ebrio de ritmos y excitación. Mis piernas rehusaban llevarme más lejos y me tumbé a un lado de la carretera…Poco a poco el aire fresco de la mañana me reanimó…”. Y termina el ajetreado capítulo con estas palabras: “Llegué a mi cenit en esta Semana Santa por las calles de Sevilla. Necesitaba huir a algún solitario paraje, donde meditar algún tiempo y recobrar mi equilibrio mental, después de Andalucía… Por este motivo partí para Sierra Morena…”

Es aquí, ya en las páginas finales del diario, donde encontramos a nuestro irlandés errante vivaqueando, como antes hiciera  Don Quijote, en las profundidades de Sierra Morena, muy cerca de Venta de Cárdenas. “Debió de ser en esta pradera” – maquinaba el escritor, gran conocedor y amante de la fábula cervantina- “donde Don Quijote cumplió su penitencia amorosa”. “Y cerca de aquí debió de andar el andrajoso Cardenio, triscando de roca en roca, en su vano intento por huir de una mala conciencia que no le daba tregua…”. Con Don Quijote en la mente,  Starkie se pregunta si no podría reclamar para sí el sobrenombre de “Caballero del Violín”, tras haber recorrido gran parte de España con su instrumento musical a cuestas. “Al poco tiempo…”- seguimos leyendo en la obra- “llegaba a Argamasilla de Alba, la patria de Don Quijote, tan orgulloso de mis proezas como el propio Amadís de Gaula”.

No le cabe duda al hispanista –ni siquiera se lo cuestiona- de que Argamasilla de Alba es el lugar de la Mancha del que Cervantes no quiso acordarse. Y divierte seguir aprendiendo, al tiempo que leemos, que “en Argamasilla hay un exceso de filósofos” que Starkie divide en dos clases: los ascéticos y los epicúreos; es decir, altos y delgados quijotes y sanchopanzas barrigones. Nos habla, así mismo, de esos lienzos con escenas de Don Quijote que admiró en el casino local hace ya sesenta y cinco años, y que aún pueden contemplarse hoy, algo más deteriorados; y de un tal don Jaime (“que no era de Argamasilla, sino de un pueblo vecino e industrioso llamado Tomelloso”), que le sirvió de cicerone durante su estancia. Recuerda, igualmente, que llegó a tocar su violín ante los tertulianos del casino, y a consumir largos ratos de charla sobre Don Quijote con aquel culto y ascético “don Jaime” que tanto le había recordado al Ingenioso Hidalgo.

También nos habla de una venta de Villarta de San Juan en la que paró y donde obtuvo permiso para tocar de nuevo su violín (imagino que para pagar la posada). “Pagué al pregonero para que tocase su campana anunciando mi concierto” –confiesa. Y narra, a continuación, la curiosa cena con unos arrieros manchegos, en la que las navajas –llamadas en la época “fe de bautismo”- hacían las veces de tenedor y cuchillo a la hora de llevarse a la boca los trozos de cordero del caldero. El cuento nos traslada, inevitablemente, a la escenografía zarzuelística de “El Cantar del Arriero”, y creemos estar oyendo la bronca voz del susodicho cuando ordena el vino al mesonero (“…del más negro que tenga, del menos fino”).  “Los hombres iban sacando sus navajas” –recuerda el irlandés- “abriéndolas con un ruido de muelles”. Rememora más tarde su paso por Herencia, donde una turba de chiquillos, pegada a sus talones, se dedicó a hacer burla de su aspecto estrafalario, obligándole a “acogerse a sagrado” en la iglesia del pueblo. El lector tiene la sensación de que Herencia  fue para Walter Starkie su particular lugar de la Mancha del que jamás querría acordarse.

Y de Herencia pasó a Alcázar, donde deseaba saludar al gallego don Juan González Paramós, renombrado director de la banda del pueblo. Llegado a su domicilio, preguntó por él, alargando una tarjeta personal a la sirvienta que salió a abrirle. Al rato regresaba ésta para devolverle la tarjeta y entregarle una peseta, diciéndole: “esto es lo que el señor puede darle”. “¡Pero, señora, yo no soy un mendigo! Tengo mucho dinero…”- protestó arrogante, “como si fuera propietario de los tesoros de Creso”. Aclarada la confusión, y afirmada con el dueño de la casa esa celta afinidad de gallegos e irlandeses, hubo de escuchar la consabida historia de que “Cervantes nació aquí, en Alcázar de San Juan”. En cuanto a Don Quijote, reconoció el gallego, como está mandado, su patria argamasillera, mientras situaba la de Sancho en Campo de Criptana.

Sigue Starkie su periplo por la famosa población en cuyo cerro divisara Don Quijote treinta o cuarenta molinos de viento, lamentándose el escritor de que “hoy, al pasar por la ventosa carretera, veo sobre la cresta de la montaña las giratorias aspas de siete u ocho molinos de viento…”. Así que, constatamos, en 1935 ya sólo había siete u ocho molinos en el Cerro de la Paz, aunque todavía se realizaba en algunos de ellos su tradicional función: “…trepé vacilante por la torcida escalera y llegué a la plataforma en que se hallaba el molinero”. Refiere Starkie, acto seguido, que  “estaba todo blanco de harina …; una enorme rueda crujía con estrépito y todo el molino trepidaba como un velero agitado por la tempestad”. Y aquí, en Criptana, un pastor explica al irlandés su particular versión sobre ese célebre plato, los “duelos y quebrantos”, que le ofrecen en la posada para cenar. “Los pastores” –le dice- “desempeñan un puesto de confianza cerca de sus amos y son responsables de cada oveja que está a su cuidado. Si muere una por accidente, el pastor la desuella y cura la carne con sal y ajo. Luego, el sábado, día de entregar la cuenta, va a ver a su amo y le enseña la piel como prueba de que el cordero ha muerto. Entonces él se lleva la carne para cocerla en su casa. La pérdida del cordero es una pena (duelo) y un ,,quebranto,, para el amo. He aquí la explicación”. También le sorprende a Starkie, unos días más tarde, que el combustible del fuego en el que se cuecen unos galianos sea estiércol seco. Y uno cae en la cuenta de que esta práctica, ya desaparecida, bien pudo ser una herencia de aquellas tribus invasoras, procedentes del Sahara, que siglos atrás habitaron estas tierras. Piensa el lector que Starkie debiera habérselo preguntado a algún viejo pastor, pues era éste, en el medio rural, quien solía saberlo todo; como en la actualidad sucede, en cualquier ciudad, con el taxista avezado.

En El Toboso conoce nuestro viajero a don Jaime Pantoja, el alcalde del pueblo que desde 1922 ha venido proclamando al mundo entero la importancia de El Toboso como patria de la “hermosa doncella imaginaria a quien Don Quijote juró eterna fidelidad”. “En su antigua y hermosa mansión”- sigue informándonos el hispanista- “construida en 1520, ha formado una biblioteca dedicada a la literatura de Cervantes. Escribe a todos los gobiernos del mundo para obtener de ellos traducciones del Quijote en varios idiomas, con dedicatorias a la ciudad de Dulcinea, firmadas por los primeros ministros…”.  Al leer estos pasajes, el ávido lector se pregunta si se habrá seguido honrando en El Toboso la memoria de ese alcalde irrepetible. Puede ser tan ingrata a veces nuestra España…

Es admirable constatar, en todo caso, cómo supo captar la Mancha Walter Starkie. La lectura de su libro nos permite imaginárnoslo, como él mismo nos describe, reposando por la noche bajo un árbol mientras tañe el violín para poblar su soledad, o “alimentándose de pan, jamón crudo (como un trozo de correa del cual cortaba finas lonchas), queso manchego (conservado en aceite) y rojo vino de la Mancha cuyo gusto se parece al borgoña”.  Retrató estas tierras a la perfección al afirmar que “la atmósfera de la Mancha es tan diáfana que tuve la sensación de caminar con botas de siete leguas por estepas ilimitadas…”. O cuando consigna en su diario, recordando el paisaje recorrido, que “era una tierra encantada y silenciosa”; o nos explica la leyenda de la aparición de la Virgen en el castillo de Peñarroya; o su interesante visita a la cueva de Montesinos (“los manchegos de Ruidera dicen que la caverna tiene varios kilómetros y termina en el castillo feudal de Rochefría…”). Y publicitó, también, madrugador, justo es constatarlo -¡y agradecerlo!-, los productos tradicionales de esta región.

Pero antes de dar por concluido su viaje por la Mancha, siente Walter Starkie la necesidad de regresar a la Argamasilla, para dar su último adiós, “desde la villa del tomillo y del romero más fragantes”, a esta tierra mágica que le ha hechizado y que nunca volverá a visitar. El “peregrino en la ruta de Don Quijote” (así se define a sí mismo en la obra comentada), concluye melancólicamente su diario: “Desde un otero contemplé el pueblo de Argamasilla. Era avanzada la tarde y oía remotas voces de muchachos y el chirriar de las carretas volviendo al pueblo…”. Y la última línea, en la página 429 del libro, como en un deseo de dejar constancia geográfica y temporal de su viajera experiencia,  reza, escuetamente: “Argamasilla de Alba, 1935”. Anotación ésta que nos recuerda el célebre colofón – “Hoc scriptserunt”- con el que también unos antiguos Académicos quisieron dejar testimonio para la posteridad del lugar –“la Argamasilla”- en el que “compusieron” sus no menos célebres sonetos.

Concluyo también yo esta reseña, a la que la lectura de tan apasionante obra me ha llevado, lamentando (aunque sea off the record, para no molestar a nadie) que no se mencione a Walter Starkie en el libro “Viajeros por la Historia, Extranjeros en Castilla-La Mancha”, de Ángel y Jesús Villar Garrido, impreso en Toledo en 1997. En la exhaustiva e interesante publicación se relatan los viajes por Castilla-la Mancha de notables viajeros y escritores desde el siglo XIII hasta nuestros días (Abu-abd-Alla, Abulfeda, León de Blatna, Jerónimo Münzer, Andrés Navagero, Jacobo Sobieski, A. Jouvin, Madame D´Aulnoy, cierto embajador marroquí, José Blanco White, Giacomo Casanova, el Barón de Bourgoing, José Townsend, el mayor W. Dalrymple, Richard Ford, George Borrow, Ricardo Quetin, Hans Christian Andersen, Gustave Doré y Ch. Davillier, August Jaccaci, Vasily Namirovich-Danchenko, Maurice Barrés, Rainer M. Rilke, Jan Morris, etc.). Pero en dicho libro se omite cualquier mención a Walter Starkie, el penúltimo extranjero célebre que se prendó de la Mancha, y al cual debemos también, por si los relatos de sus viajes por España no bastaran, una de las mejores traducciones a la lengua inglesa de nuestro Quijote inmortal.

De modo que…, para que este artículo encierre un fin práctico concreto,  pido una calle en la Argamasilla  para ese gran tipo irlandés –Walter Starkie-, “caballero del violín”, que supo ensalzar nuestra tierra. Sería un acto de justicia. Leo en la “Guía Turística y Callejero de Argamasilla de Alba”, del cronista argamasillero José Díaz-Pintado Carretón, que este municipio dedicó una calle al poeta y escritor español Víctor de la Serna, entre otras razones, por haber escrito un libro (“Nuevo Viaje de España”) en el que mencionaba las lagunas de Ruidera, Argamasilla de Alba y la Mancha en general. No es tan peregrina mi petición, por tanto; máxime cuando también constato en la citada “Guía” que otros muchos literatos nacionales (José María Pemán, Rafael Alberti, Azorín,  Antonio Machado, León Felipe, Blas de Otero…) merecieron este tipo de distinción, y aún no se ha producido el hecho de que una calle de la Argamasilla luzca nombre extranjero. ¡Venga, pues, esa ”Calle Walter Starkie”, señor Alcalde, y démosle un toque cosmopolita al callejero!

 © 2004  José Romagosa Gironella

Las lenguas del Quijote -III – El “tiempo” de la gran novela

30/01/2010

La extensa serie de libros conocida como “Hymark Outlines” (Esbozos  Hymark), que hace más de medio siglo viene publicando la Students Outline Company, de Boston, ofrece atinados análisis de las grandes obras de la literatura universal que ayudan extraordinariamente al lector y al estudiante. Antes de comenzar a leer una de esas grandes obras, ya se trate de “La Ilíada” o de los “Cuentos de Canterbury”, el interesado puede encontrar en los tratados de dicha colección toda la información previa que precisará para aprovechar y disfrutar a fondo de su lectura. En el volumen dedicado a “Don Quijote” (1960), descubrimos dos capítulos, uno sobre la España en la que vivió Cervantes, y otro a modo de breve comentario crítico sobre la novela; ambos de gran interés, tanto por su concisión como por la valiosa perspectiva que la distancia geográfica parece haber proporcionado a su autor estadounidense.

Abordar la lectura de un libro, máxime si es de un gran autor, requiere una preparación de la ruta y la acumulación de conocimientos previos sobre el tiempo y circunstancias en los que la acción se desarrolla. Algo parecido a lo que todo buen viajero debe hacer antes de emprender un viaje importante. Lamentablemente, nos olvidamos con frecuencia de procurarnos ese bagaje previo. Y es también de lamentar que no dispongamos en España de traducciones de esos libros utilísimos a los que me estoy refiriendo.

Volviendo a ellos, leo en el primero de los citados capítulos el resumido retrato de una España, la de Carlos I, caracterizada por una prosperidad, un poder y un prestigio sin precedentes; y la descripción de un país cuyas flotas surcaban todos los mares y sus conquistadores contaban a su regreso historias de grandes gestas realizadas en los más apartados lugares del globo. Dichas narraciones, tan reales para aquellos que sin salir de sus casas llegaban a conocerlas, como para los aventureros que las habían vivido, constituían temas de máxima atracción. No era, pues, de extrañar que la gente, interesada por las nuevas glorias atribuidas a la nación por las hazañas personales de sus héroes, se sintiera hechizada por cualquier narración romántica que tuviera por centro una figura heroica individual, aunque ésta fuera imaginaria.

Sigo leyendo ese opúsculo, que refleja la historia tal como se debe de enseñar a los escolares de Estados Unidos – al tiempo que lo voy traduciendo al español y resumiéndolo – y anoto que también en aquella época circulaban en España multitud de romances caballerescos, escritos en la forma literaria iniciada por el llamado “ciclo artúrico”. No me descubre de hecho nada nuevo, pero me agrada proseguir con tan concisa, objetiva y pedagógica versión, en la que no falta puntual mención a las historias de “Amadís” y de esos héroes y libros de los que en el propio “Quijote” se hace exhaustiva relación; y se nos recuerda que aquellos libros de caballerías seguían siendo lectura preferida del pueblo en los tiempos de Cervantes; y que éste probó conocer a fondo, aunque lo aborrecía, este género literario. También se indica en el librito de marras que la moda de los libros de caballerías se desvaneció definitivamente debido a la aparición del “Quijote” en el mercado literario europeo, porque la novela de Cervantes los atacaba frontalmente.

Es interesante la constancia que en el librillo se da sobre el hecho de que el vacío vino ocupado , principalmente, por la literatura pastoral y la novela picaresca, ambas representativas de una España, posterior al desastre de Trafalgar y a la desafortunada expulsión de los industriosos moriscos, otra vez empobrecida; de una nueva España en la que la lucha por la supervivencia había vuelto a ser la mayor aventura de buena parte de los españoles.

En el capítulo dedicado al análisis crítico del “Quijote”, se apunta certeramente el carácter pretencioso y artificial de muchas de las obras que en aquel tiempo se componían, y al hecho de que el “Quijote”, por el contrario, no sólo fue un arma para destruir la absurda seriedad con la que los mitos caballerescos eran tomados por el público, sino el instrumento para infundir naturalidad a una literatura sobrada de afectación y grandilocuencia. Lo que Don Quijote fundamentalmente representa – sigo leyendo – es al romántico idealista, al hombre que insiste en transformar el mundo en un lugar más justo. En cuanto a Sancho, es también interesante la versión que este texto nos ofrece de que este hombre rústico, aún reteniendo las características del personaje literario más humilde, hace gala de una sabiduría que viola abiertamente la tradición literaria. Cuando Sancho se convierte en gobernador de la ínsula, nos revela que también él, un miembro de la clase baja, puede tener ideales. En contraste con los ideales de Don Quijote, los de Sancho son enteramente terrenales: para él, el estómago lleno y un lecho confortable son las cosas más importantes de la vida; y ello porque Cervantes quiso hacernos ver que sólo cuando el hombre carece de estas cosas básicas, alcanza a idealizarlas. No es tanto, pues, cuestión de materialismo – sugiere Paul B. Bass, perspicaz autor del texto que hoy utilizamos – sino de otra forma de idealismo con los pies en la tierra.

Como verás, querido lector, intento cumplir en estas columnas la promesa de ir glosando algunas de las infinitas reflexiones que la obra maestra de Cervantes ha inspirado a lectores y estudiosos. La universalidad de la obra y la talla intelectual de muchos de sus apologistas, nos obligan a tomar sus juicios y apreciaciones con la mayor consideración. Al igual que solemos afirmar que todo lo importante que el hombre pueda decir hoy, ya se dijo ayer en griego, en lo tocante al “Quijote” debemos admitir que los que somos sus “fans” ya sólo podemos repetirnos en nuestras opiniones o pretendidos hallazgos. Se han escrito tantas cosas, en tantas épocas y en tantas lenguas distintas sobre esta siempre impresionante obra, que sería ingenuo pretender – aunque no hay pecado en intentarlo – que podamos añadir algo nuevo.

Ilustran hoy estas líneas el célebre óleo de Daumier cuyo original se conserva en la Nueva Pinacoteca de Munich.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 15 de febrero de 2004

Las lenguas del Quijote -II- “Actos del habla…”

30/01/2010

Parece obligado hablar de lenguas, en plural, si nos referimos al “Quijote”, ya que en la obra convive – democráticamente, usando un vocablo actual – el léxico más variado. No en vano Cervantes confirió la mayor importancia al componente lingüístico de su gran novela, como descubrimos en el propio prólogo de la primera parte de la obra y, ya entrados en materia, en los diálogos de muchos de sus personajes que no sólo nos muestran conocer las más célebres composiciones literarias de la época y de siglos precedentes, sino que discuten con frecuencia sobre ellas.

José Luis Girón Alconchel, tratando de esto, observa que el título de varios capítulos tiene como núcleo palabras que denotan “actos del habla” y los califican muy significativamente. He aquí algunos ejemplos:
“De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos” (II, 32); “De la sabrosa plática que la Duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note” (II, 3); “Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote” (I, 49); “De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos” (I, 50); “Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el Bachiller Sansón Carrasco” (II, 3), etcétera.

Es evidente, según Girón, que Cervantes valoraba explícitamente el diálogo como “acto de habla”. Los sintagmas “discreto coloquio”, “sabrosa plática”, “ridículo razonamiento”, indican que para Cervantes era tan importante el “decir”, como lo “dicho”; tan significante la forma como el fondo.

En nuestra opinión, Cervantes escribe el “Quijote”, en particular su segunda parte, trasladando al folio, con pionera fidelidad, diálogos y coloquios previamente captados por el oído. Las más distintas formas de hablar de aquella España de los siglos XVI y XVII, se hallan presentes en el “Quijote”. Se trata de lenguaje en estado puro: de un inmenso caudal de ideas expresadas por el órgano de la lengua. Manuel Criado de Val (Anales Cervantinos, 1855-56) aprecia toda la obra como un maravilloso coloquio, y considera que “el diálogo es lo que más conserva hoy su plena eficacia estilística”. Gracias a ello, Cervantes sigue mostrándosenos como el gran innovador del arte literario.

El filólogo Ángel Rosenblat, reconocido – junto con Weigert – como indiscutible autoridad en el estudio del “Quijote”, confiesa que “esta obra admira por la perfecta adecuación entre personaje y habla. Cada estrato social, cada profesión y aun cada individuo nos hacen sentir sus peculiaridades lingüísticas”. Y añade que “Don Quijote, hombre de libros, habla como hablan los libros; Sancho, hombre del pueblo, se expresa como el pueblo lo hace. El caballero caerá a veces en la fabla anacrónica; el escudero acudirá al tesoro del pobre, al refranero sin fondo”. “Hay en ella” – concluye – “como un juego sin fin con los distintos niveles del habla (desde lo vulgar y germanesco hasta lo aristocrático) que se entrecruzan y confunden entre sí”.

Todas las variantes del habla que Cervantes aprendió de los avatares de su azarosa vida las vuelca, juntas pero jamás revueltas, en la catedral lingüística del “Quijote”. En ella nos topamos, sucesivamente, con el modo de hablar del cabrero, del bachiller y del eclesiástico; del hombre culto, del arriero y de la moza “del partido”. Hablan los galeotes en su jerga, el bandolero o el vizcaíno en las suyas. Hasta el propio autor muda de léxico al compás de las circunstancias. En nada se parece el estilo que utiliza en el prólogo con el que usa en las dedicatorias; y distinto es, así mismo, el idioma del narrador en cada una de las partes de la obra, por no mencionar la gran distancia lingüística que separa el “Quijote” de cualquier otra obra cervantina.

Entendemos a quienes piensan que en el caso de esta gran novela, acaso también por su contenido ético, Dios tocó al escritor con la palma de su mano. Ello nos explicaría más de un misterio encerrado en esta obra admirable que Schiegel calificó de epopeya y, ¡ahí es nada!, “como la más viva imagen que se haya dado jamás de la vida y genio de una nación”. ¡Qué paradójico se nos hace saber que ese libro apenas fue considerado en España, a su publicación, como una divertida parodia, o  “carcajada de ganapanes”, que se transformó luego en sonrisa (hacia el siglo XVIII) y, finalmente, en lágrima (siglo XIX). Gracias habría que dar, en todo caso, a los traductores y prologuistas ingleses – Jarvis, Warburton y Bowle – que antes, mucho antes que los españoles, supieron levantar en triunfo –  cito a Santos Oliver – “como obra príncipe, como la más universal, benévola y perenne de las historias, esa desconcertante humorada manchega, hija de una cárcel”.

Desconcertante fue también, en aquellos tiempos, la precoz devoción de los ingleses por la obra de un autor español. No olvidemos que Felipe II había enviado la “Invencible” a invadir Inglaterra apenas dos décadas atrás. Reconforta pensar que el mundo de la cultura, o el de las artes, puedan lograr la proeza se sobreponerse al odio. Tal vez deberíamos utilizarlas más como instrumento de concordia.

La pintura que ilustra estas líneas constituye una de las primeras interpretaciones al óleo realizadas de Don Quijote. Trátase de una obra del italiano Alessandro Magnasco (1690 circa). Prueba evidente de la temprana popularidad alcanzada por el “Quijote”, también en Italia.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 1 de febrero de 2004

El Guadiana muere en Ruidera

16/01/2010

“El Guadiana ya no nace en las Lagunas de Ruidera”. Así reza el triste titular que encabeza un reciente y bien documentado artículo en El País. ¿Tendremos que decir a nuestros jóvenes que el Guadiana, el Nilo de la Mancha, hastiado de tanto saqueo y pillaje, se ha ido a nacer a otra parte? ¿Cómo vamos a explicarles que mientras el Ebro, por ejemplo, seguirá naciendo en Fontibre, como hace un millón de años, el Guadiana ya no brotará más de la tierra de Ruidera porque malvendimos su primogenitura por un plato de hortalizas? ¿Colgaremos el muerto a los infinitos pozos ilegales que sangraban el acuífero mientras mirábamos hacia otro lado, o a esos otros, “legales”, cuya perforación tan imprudentemente consentimos?  Los chicos, por fortuna, no aquilatarán la importancia del desastre, porque son demasiado bisoños para apiadarse de un mar subterráneo que no ven, o condolerse por un río mutilado que pronto dejarán de ver. Se limitarán a coger el tippex y quitar del mapa un par de centímetros de ondulante línea azul: de Ruidera al borde occidental de las Tablas de Daimiel, para ser precisos.   El maltrecho Acuífero 24, incapaz de seguir bombeando más hectómetros de agua tras tantos arponazos, pasa el relevo a su vecino, el 23, que tampoco está ya para estos trotes. ¡Cómo iba estar en mejor forma si ya venimos extrayéndole al pobre mucha más agua de la que recarga! Pero, ¿y los mayores?. ¿Nos hemos apiadado los mayores de ese mar, o de ese río? ¿Se han condolido los regantes, en su ceguera, al descubrir que también los Ojos del río se cegaban y las Tablas y demás humedales del sistema agonizaban de sed?  Leemos en el artículo citado que ciento ochenta y dos kilómetros del Guadiana se han perdido en su cabecera, y sobrecoge pensar que acaso nuestros jóvenes tengan que peregrinar algún día cauce seco abajo, para poder encontrarlo, ancho y ufano -¡e incluso navegable!-, allá por las vegas extremeñas o lusitanas.  ¡Qué tristeza, amigos, que tras un año como éste, único en medio siglo, en el que el espejismo de las lluvias nos ha permitido gozar del oasis manchego en su máximo esplendor, tengamos ahora que admitir que podemos perderlo para siempre! Señores políticos, señores confederados hidrográficos, señores regantes: poneos de acuerdo de una maldita vez para salvar con generosidad y talento esta región exuberante de la tierra de Don Quijote. Que los que vengan después puedan seguir embriagándose contemplando, como pudimos contemplar nosotros, el insólito espectáculo de este río guasón que, tras dejarse alumbrar por la tierra, teje ganchillo con ella. Que no seamos los últimos en gozar de estas lagunas lapislázuli que ora fluyen apacibles entre los lirios y las espadañas del Parque, ora saltan, blancas y alborozadas, en su atracción favorita: el Hundimiento.   Como resumió el Ayuntamiento de Argamasilla de Alba al prologar un magistral estudio de José Díaz-Pintado, debemos “denunciar y combatir cualquier intento, soterrado o abierto, de alterar, manipular, secuestrar o supeditar a intereses particulares este natural y verdadero bien común que es el Alto Guadiana”.

© 1998  José Romagosa Gironella