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Crónicas de África – V – Ante la insolidaridad mundial, África se ayuda a sí misma

21/03/2010

Reconforta comprobar que Ciudad Real, principalmente a través de su Diputación, es una de las regiones del Primer Mundo que más solidaridad efectiva muestra ante las necesidades de África. Llena de orgullo conocer que la generosa ayuda que esta tierra castellano-manchega presta al continente, supera con creces el monto de la ayuda que la mayor parte de países desarrollados le destina. Don Quijote, mito emblemático de nuestra región, se sentiría satisfecho de ella, como nos sucede a cuantos gozamos del privilegio de vivir en esta solidaria tierra. Importante dato el de la identificación castellano-manchega con los pueblos más necesitados de África, que nos place recordar en estas fechas señaladas en las que conmemoramos el nacimiento de aquel Jesús, Alfa y Omega de nuestra Fe, que nos convocó a participar en la hermosa misión de compartir.
Son numerosas, de otro lado, las organizaciones privadas de esta región que se vuelcan en aquellos lugares de África – y de otros continentes – que se hallan en situación de pobreza extrema. Y nunca está de más recordar que en muchos casos esta situación es consecuencia de la explotación llevada a cabo durante siglos por los poderosos de nuestra raza, así como de la monumental deuda externa generada por los usureros del mundo blanco capitalista.
Pero son muchos todavía, por desgracia, los que en nuestro Norte “desarrollado” siguen abrigando sentimientos de rechazo hacia esos emigrantes que llegan a nuestros países en pos de una mejora de vida para ellos y para los suyos. Tal vez habría que explicar a los españoles insolidarios, o a los xenófobos franceses de Le Pen, que gracias a esa emigración que procede de África  y que no sólo recala en España sino en muchos otros países “ricos”, ese continente genera la mayor de todas las ayudas que recibe. Es un hecho comprobado que el monto de las remesas de emigrantes que el continente negro recibe, supera con diferencia el importe global de las ayudas internacionales. Se nos llena la boca hablando de nuestras ayudas, sin considerar que son nuestros países los más beneficiados por el fenómeno migratorio. África no sólo pierde con la emigración de una buena parte de sus jóvenes, sino que se ve privada de la práctica totalidad de esas primeras generaciones de titulados universitarios que tanto les ha costado formar y que ven en Estados Unidos, Australia, Canadá y en los países más ricos de la UE, su mejor futuro profesional. El producto más valioso de la nueva África emergente – sus titulados superiores – se ve ahora absorbido por los países que pueden pagar los altos sueldos que su buena formación merece. El expolio, aunque sea de otras formas, continua.
Como se dice de Goethe, que solía bajar a Italia para encontrar la luz, los ciudadanos del mundo rico deberíamos bajar a África para comprender todo lo que debemos a ese continente y lo mucho que, aunque ahora no lo creamos, tendremos que contar en él en el futuro.
Para abundar algo más en este tema de la emigración, quiero destacar el dato de que 74 mil titulados superiores abandonaron África en 2005, según un estudio del Banco Mundial. Parece ser que este éxodo cualificado representa el 31 % de la emigración total africana. No son, pues, únicamente albañiles, o jornaleros, los que emigran; y es de lamentar que esta fuga de cerebros, que por lo general no elige como destino a España, se produzca cuando África está por fin consiguiendo sus primeras promociones de africanos “con carrera”. Y aún lo es más si consideramos que sólo con la última partida presupuestaria aprobada por el Congreso estadounidense para continuar su guerra en Irak, podría haberse cancelado la totalidad de esa deuda externa que impide a todo un continente salir de su estancamiento.
Y otro dato preocupante: con una población total de casi 900 millones de habitantes, África cuenta con menos médicos que Alemania (82 millones de habitantes), e incluso que Italia (58 millones). Según la OMS, 34 países africanos cuentan con menos de dos médicos por cada diez mil habitantes. Y en un país, Zimbabwe, sólo un tercio de los 1200 médicos formados en sus facultades en la década de los 90, ejercía en el país en el año 2000. En Ghana, por citar otro ejemplo, el 60 % de los médicos formados en el país en los años 80, ya estaba trabajando en el extranjero en 1992. Cifras que hablan por sí solas.
No es preciso que todos los españoles se apunten a una ONG; pero uno se siente reconfortado al enterarse de las actividades solidarias que en nuestro país se organizan y llevan a cabo. Este reportero recuerda la emoción con la que presenció el paso, en dirección a Senegal, de una larga caravana de camiones españoles, todos pintados de blanco como los de la ONU, en cuyos laterales podía leerse: “Universidad de Navarra-Formación Profesional”; o la satisfacción de leer en una calle de la capital mauritana, el texto de una enorme valla en la que “Cooperación Canaria” ofrecía los cursos gratuitos de su “Centro de Enseñanza a Distancia de Lengua Española”. Y mayor fue la sorpresa al descubrir en una céntrica avenida de Nouadibou, las flamantes oficinas y clínica de nuestro Instituto Social de la Marina, y escuchar de boca de su Director Médico – Dr. Mohamed Alí – , el relato de la fascinante labor que el Instituto realiza en el área de Asistencia y Salvamento marítimo. El buque-hospital con que cuenta, que ostenta el hermoso nombre “Esperanza del Mar”, puede presumir del más impresionante palmarés de rescates en el mar, prestación de comprometidas ayudas a barcos en peligro (¡de cualquier nacionalidad!), salvamento de cayucos y pateras, y asistencias médicas y quirúrgicas. Y también alegra a este reportero descubrir, de vez en cuando, las instalaciones de empresas privadas españolas que decidieron establecerse en África y crear puestos de trabajo en estas poblaciones de las que, precisamente por  falta de ellos, parte la emigración ilegal. Tal es el caso de un edificio de Nouadhibou que comparten por mitad, con sus rótulos bien visibles, las filiales españolas de “Roca” y “Porcelanosa”.
¡Feliz Navidad a todos! Pero muy en especial a esas personas, entidades y organizaciones públicas o privadas que tanto ayudan en África, y en cualquier punto del mundo, a los más necesitados.

Remitida desde Agadir

© 2006 José Romagosa Gironella
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 24 de diciembre de 2006
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Crónicas de África – IV- El Sahara “marroquí”, manzana de la discordia.

21/03/2010

Ningún asunto irrita más al actual rey de Marruecos – según han declarado a este cronista varios ciudadanos marroquíes – que alguien cuestione o ponga en entredicho la “integridad territorial” de su país, es decir, que se atreva a insinuar que la anexión de facto del Sahara Occidental a Marruecos, no es legítima. Hasta el gobierno español ha tenido que modificar su postura en aras de mantener las buenas relaciones que se desean con el Reino Alauí. No obstante, la cuestión del Sahara sigue encabezando la lista de asuntos espinosos que los respectivos gobiernos se esfuerzan por capear. En un comentario publicado en la revista Aujourd´huí, sobre la reciente visita de Estado de S.M. el Rey de España, se ha señalado que la complaciente posición española respecto al Frente Polisario, y al referéndum que éste exige, ha cedido el paso a una nueva actitud de “compromiso activo y positivo encaminada a una solución política de este dossier”. Incluso este nombre – dossier – referido a tan grave problema,  constituye un eufemismo.
Uno no está convencido de que nuestros representantes políticos, que sí se percatan de hallarse entre la espada alauita y la pared saharaui (y argelina), se den suficiente cuenta de lo que sienten y piensan los pueblos. Porque uno puede entrar en los cafés y hablar con gentes de todas las clases en Tánger o Marrakech, en Dakhla o en Tarfaya; pero ellos, los políticos, están ocupados con el dossier y no bajan a la calle. Por eso teme uno tanto que no lleguen a enterarse de la misa la mitad. Y cuando leemos que el gobierno de Rodríguez Zapatero está determinado a contribuir a una paz justa y definitiva en el Sahara Occidental, no podemos menos de preguntarnos por qué hemos tardado treinta años en determinarnos, si tal contribución podía prestarse.
Y es que, entretanto, esta cuestión del Sahara no sólo ha obstaculizado el proceso de integración de los países magrebíes, y la propia unión del Magreb árabe, sino que ha hecho crónico el sufrimiento de buena parte del pueblo saharaui. Los diplomáticos españoles y marroquíes se han puesto de acuerdo para no transformar el contencioso en litis causa, preservando así el clima de amistad y cooperación propiciado por las dos monarquías en presencia. Pero alguna solución urgente habrá que arbitrar para ese pueblo saharahui que es, desde hace tres décadas, el único que paga el pato. España y la UE tienen una delicada labor que realizar en esta orilla meridional del Mediterráneo, en la que Estados Unidos un día mima a Marruecos, y al siguiente a Argelia, política errática ésta – o acaso bien calculada – que aviva el antagonismo entre ambos países.
Desde África se percibe con claridad la absoluta determinación del Rey Mohammed VI y su gobierno de no renunciar jamás al Sahara Occidental. Cualquier otro asunto podrá ser negociado, pero no éste. No hay un marroquí que no comparta esta impresión y que no advierta al reportero extranjero que este es un tema tabú. También Mauritania debió de entenderlo así cuando depuso las armas y dejó el campo libre a la ocupación marroquí. Convendría, pues, empezar a estudiar soluciones partiendo de esta premisa, porque restarle importancia equivaldría a malgastar otras tres décadas sin lograr un resultado.
Se percibe, así mismo, palpando la opinión del pueblo, que Ceuta y Melilla no constituirán prioridad alguna para la monarquía marroquí, mientras (anótese el dato) España no haga de Gibraltar una prioridad. ¿Por qué tendría que hacerla – cabría preguntar – si en esa roca, contrariamente a lo que ocurre en nuestras ciudades norteafricanas, no hay un solo llanito que quiera ser español? Pero el Sahara, amigo lector, es harina de otro costal: el contencioso más serio, quizá, de todo este continente. Ni los separatistas enfrentamientos armados del Sur de Senegal, o los de Somalia, ni las guerras civiles actualmente en curso en otros quince países africanos, encierran en su seno mayor riesgo.
Para Benjamín Stora, profesor de Historia del Magreb en el Instituto de Lenguas y Civilizaciones orientales, de París, “el problema del Sahara debe ser tratado en el marco de la ONU y en el de las negociaciones entre las partes implicadas: Marruecos, Argelia y Frente Polisario”. Pero, ¿cómo conciliar la posición de Naciones Unidas, favorable a la autodeterminación que Argelia y el Polisario exigen, con la cerrada postura marroquí que niega incluso la viabilidad del estatuto de autonomía que Francia propone?
Es lamentable, de otro lado, que este conflicto empañe los esfuerzos que Marruecos está realizando en el campo de su democratización progresiva y del desarrollo general del país. Según estudios de la multinacional Procter & Gamble, Marruecos lleva ya diez años de ventaja a Túnez, y veinte a Argelia. La poderosa Maroc Telecom ha pasado del sector público al privado; Dino de Laurentiis y Cinecittà han erigido una réplica de Hollywood en Ouarzazate; Marrakech celebra estos días por todo lo alto su I Festival Internacional de Cine, y no hay día en que no se inaugure un nuevo y lujoso hotel, o un moderno palacio de congresos, en algún lugar del país. Seiscientas firmas españolas, el 40 por ciento de ellas catalanas, ya se hallan implantadas en Marruecos, y este país colabora ahora estrechamente con el nuestro en la lucha contra el terrorismo y la emigración clandestina. Una reciente Ley de Prensa acelerará el proceso hacia la libertad de expresión, y el nuevo Código de Familia contribuirá a aproximar la sociedad marroquí a la europea. Al mismo tiempo, nuevos centros para discapacitados se han venido construyendo en diversas regiones del Reino, al igual que otros muchos dedicados ¡a la reinserción social de la mujer!; y la nueva política de “vecindad europea”, impulsada por España, proporcionará a ese Reino, en bandeja, un nuevo estatuto avanzado con Europa, más allá del actual Acuerdo de Asociación.
Son, pues, numerosas las señales de que Marruecos va convirtiéndose, paso a paso, en un país moderno y democrático, y con una creciente voluntad de respeto de los Derechos Humanos. Sólo resta ahora, en opinión de este cronista, que Marruecos reduzca sin tardanza las enormes bolsas de pobreza de las que he tratado en anteriores reportajes, y…el asunto más crucial que este país tiene pendiente: el “dossier” mencionado más arriba; es decir, el gravísimo problema que se deriva de esta firme e inapelable declaración de Su Majestad Mohammed VI: “Marruecos está en su casa en el Sahara, y nadie nos sacará de ella”. Podrá decirse más alto, pero no más claro.

Remitida desde Marrakech

© 2006 José Romagosa Gironella
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 17 de diciembre de 2006

Crónicas de África – III- Reflexiones de un blanco en tierras de Kunta Kinte.

02/03/2010

Todos recordamos una producción televisiva emitida hace años en España, titulada Raíces, que se basaba en la obra literaria del afroamericano Alex Haley; pero pocos deben de saber que el clan Kinte, de la tribu Mandinka-Malinké, una de las más extendidas en esta parte del África, aún existe, al igual que su idioma. No estábamos, pues, como algunos pudimos pensar, ante una mera obra de ficción. Una anciana llamada Binde Kinte, del poblado de Jefuré, en Gambia, pasa por ser, según las investigaciones genealógicas realizadas por Haley, el último eslabón de aquella maltratada estirpe de la que – hoy lo sabemos – también el escritor desciende.
Como si de un reproche a la raza blanca se tratara, la dramática historia de la esclavitud africana y del lucrativo tráfico que ella produjo entre los siglos XVI y XIX, sigue viva y recordada en numerosos lugares del África Occidental, donde proliferan los museos dedicados al tema y se conservan las antiguas instalaciones costeras desde las que 18 millones de africanos – se calcula – partieron encadenados hacia América. Lo único que podría aliviar la conciencia histórica de los miembros de la raza blanca que visitamos estos lugares,  es el hecho probado de que la esclavitud ya se hallaba muy extendida en todo este continente muchos antes de la llegada del hombre blanco.
Ya en el siglo VIII se vendían esclavos africanos a mercaderes árabes que practicaban el comercio transahariano y el costero en el océano Índico. En aquellas épocas, los esclavos eran llevados al norte de África, y también a Arabia, donde se revendían para convertirlos en criados, obreros o soldados. La trata se incrementó considerablemente con la creciente demanda de mano de obra por parte de los europeos que regentaban minas y plantaciones en América. Los africanos al servicio de los blancos, que se encargaban de organizar las razzías, incendiaban los poblados y capturaban a todo hombre o mujer capaz de trabajar, así como a los menores más fuertes.
En un museo que este cronista ha podido visitar – La Maison des Esclaves – en la isla de Goreé, se describen detalladamente las épocas más boyantes de aquel ignominioso tráfico, en las que fueron muchas las tribus de nativos que se dedicaron a capturar esclavos en los poblados de otras tribus, para luego descargarlos como vulgar mercancía en los barcos de los traficantes portugueses, ingleses o españoles. También la propia raza negra participó en el sórdido negocio. Y así pudo desarrollarse una forma de comercio que vino en llamarse “triangular”, porque consistía en transportar los esclavos a América, importar a Europa las materias primas que esos esclavos producían allá, y, por último, llevar de Europa a África productos manufacturados susceptibles de ser cambiados de nuevo por esclavos. Tal fue el círculo vicioso que hizo posible mantener operativa por tanto tiempo la inhumana trata de negros. 

De otro lado, tardaron mucho los de nuestra raza en reconocer que también los negros tenían alma; que también se van al cielo – como cantaría siglos después un célebre negro cubano – todos los negritos buenos… Y hoy, cuando ya hemos descubierto las antiguas culturas africanas, y estudiado los imperios que señorearon estas regiones – los de Ghana, Malí y Songhai, entre otros – sabemos que no sólo tienen alma, sino que también poseen corazón y talento. Por eso la juventud africana actual, cansada de tanta lucha separatista y de las  interminables guerras entre etnias, así como de la corrupción generalizada de sus elites no representativas, exige ahora firmemente – como ha declarado el cineasta mauritano Abderrahmane Sissako – justicia, un mayor control de las cuentas públicas, y políticas eficaces dirigidas a la consolidación de las jóvenes democracias. No hay que olvidar que, frente al  envejecimiento de Europa, entre el 40 y el 50 por ciento (según los países) de la población humana del Sur del Sahara, no supera los 15 años de edad; lo que representa un inmenso contingente  humano que, en buena parte y por primera vez en la Historia de África está recibiendo educación media o superior; si bien sigue constituyendo el segmento social más castigado por las pandemias – en particular el Sida – que asolan esta parte del mundo.
Reconociendo la existencia de este enorme capital humano, que no eclipsa el drama de su aún altísima tasa de analfabetismo (del 55 al 70%), son muchos los africanos cultos que se revelan ante el hecho desalentador de que tantos jóvenes opten hoy por la emigración, sea ésta legal o ilegal. Deploran el mal ejemplo que las clases dirigentes están dando cuando envían a su hijos a estudiar o a enriquecerse en Europa, porque con ello refuerzan la destructiva idea de que en África no hay salida para los jóvenes.
En relación con este problema de la emigración, deseo citar un artículo de Anne-Cecile Robert, que apareció en noviembre en Le Monde Diplomatique, en el que aportaba su opinión sobre el origen de este fenómeno migratorio. El fragmento del artículo que me interesa resaltar, una vez traducido, reza así: “…La emigración viene a veces estimulada por familias y tribus que se endeudan para lograr hacer partir a un joven, en la esperanza de que éste podrá, a cambio, sostenerles”.
En el artículo citado se aporta el dato, que tiene también su importancia, de que esa emigración que de un lado priva a los Estados de sus fuerzas vivas, proporciona, de otro, al continente negro, la friolera de 17.000 millones de euros al año por el concepto de remesas de emigrantes, cantidad que casi dobla la cifra del PIB senegalés. En esta cifra se incluye, además de las remesas correspondientes a emigrantes que partieron de puertos africanos del Océano Atlántico, las derivadas de la emigración realizada por la llamada “ruta libia” (con destino a Italia), y las que atañen a emigrantes que arribaron a Europa procedentes de la costa mediterránea del Magreb. 
Cambiando de tema les diré que una de las primeras cosas que el autor de estas crónicas suele hacer cuando llega por primera vez a un país, es dirigirse a una librería de textos escolares y comprar uno de Historia y otro de Geografía, de los que se utilizan en las escuelas locales. Su lectura siempre proporciona una amplia información que ningún mapa o guía al uso proporciona. En ciertos países, sobre todo en lo tocante a la Historia, algunas lecciones pueden resultar algo chocantes; pero en otros nos aportarán valiosos puntos de vista que posiblemente nunca habríamos considerado. Pero no en todos los países podemos recurrir a esos textos, porque suelen estar escritos en lenguas que no comprendemos, que es lo que ocurre en Marruecos, Sahara Occidental y Mauritania, donde prácticamente todos los libros escolares se editan en lengua árabe. Caso distinto es el de Senegal, ya que en este país, con excepción de las ediciones del Corán que casi siempre se imprimen en la lengua del Profeta, todos los libros escolares se publican en francés, que es el único idioma oficial del país. Las demás lenguas habladas por las distintas etnias de esta nación – wolof, fula, sèrér, diola, mandinga-malinké – tienen la categoría, junto con el inglés y el español, de segundas lenguas. Un buen ejemplo de pragmatismo, sin duda, para ciertos países europeos en los que algunas de sus regiones tienden a priorizar su lengua local. Con todo, amigo lector, no le conviene seguir mi citada costumbre si usted viaja a Filipinas, o a México, salvo que no le importe en absoluto que en los textos escolares de esas naciones se interpreten más que subjetivamente ciertos episodios históricos que conciernen a la nuestra. Pero, prosigamos.
En una grata conversación que mantengo con Amadou Aissa Sy, Responsable de Comunicación de la Universidad Gaston Berger, en Saint-Louis, descubro que sus cuatro mil estudiantes, todos residentes en el campus, alcanzan a fin de curso el  98 % de éxito académico, cota muy superior a la que suelen conseguir los sesenta mil estudiantes de la masificada Universidad de Dakar, la capital. Hablamos de la importancia de la calidad sobre la cantidad; de la colaboración que les presta la universidad española de La Laguna, para que los pupilos de Saint-Louis puedan cursar sus master en Canarias, una vez graduados aquí; y de la asistencia que reciben de la universidad canadiense de Laval, para su vasto programa UVA (Université Virtuelle Africaine) de universidad a distancia. Mientras otros países de su entorno vegetan (Mauritania es uno de ellos), Senegal, con todos sus problemas crónicos – y un índice de esperanza de vida de 55 años – avanza paso a paso. Y España (siento orgullo al constatarlo) no es ajena a este proceso. La creación de nuevos centros de enseñanza altamente informatizados y la buena educación que hoy se imparte entre los jóvenes, permiten esperar un futuro muy distinto para esta nación africana que alberga un 90 % de población musulmana, y es patria de Léopold Senghor, primer presidente elegido democráticamente – en 1960 – del nuevo Senegal independiente; creador del nuevo concepto de “negritud” que se ha extendido por buena parte del continente; y Premio Nobel de Literatura, por más señas. En este año 2006, cumplirá 100 años de edad.
Ahora me gustaría hablarles un poco de Saint-Louis, la antigua capital del país, hoy en elegante y francesa “decadence”, en cuyo emblemático Hotel de la Poste , situado juanto al impresionante puente de hierro, ¡de Eiffel!, que sobrevuela el río, he pasado las más gratas y reconfortantes horas de mi ajetreado viaje.

Y, naturalmente, Dakar, la capital nueva, la súper poblada, la loca de la casa senegalesa.
En Saint-Louis, Mustafá – el joven que me vigila el Jeep día y noche – y Ahmed – el vendedor de artículos de ébano – me gritan “Pepe, Pepe!” cada vez que me ven. Los primeros días de mi estancia en la ciudad, se acercaban para ofrecerme insistentemente sus servicios, o cualquier información que pudiera precisar, a cambio de algún dinero. Pero luego, desde que les advertí (no se cómo se me ocurrió esta tontería) que yo no era un turista al uso, lo hacen sin interés alguno y siguen gritándome “¡Pepe, Pepe!”. Al principio ignoraba que ese saludo responde a una fuerte tradición senegalesa que consiste en pronunciar repetidamente el apellido de la persona conocida, en muestra de respeto para con su familia o tribu. A mi me llaman así porque desconocen mi apellido. Según su cultura, todo individuo es inseparable de su estirpe familiar, la cual continua viviendo a través de él. No es, pues, a un individuo aislado a quien saludan, sino que honran en mi a todo mi árbol genealógico. ¡Poco podían pensar mis antepasados que en el Senegal iban a ser un día tan respetados!
Saint-Louis es así. Acaban de indicarme el modo de llegar al mercado, sin esperar nada a cambio, y encima me quieren invitar a un té con menta. Les gusta un montón que les cuente cómo es España. Mustafá, sobre todo, me escucha tan embelesado que me recuerda a mi nieto Javier, que ya es un hombre pero que de niño me ponía la misma cara cuando le contaba el cuento del gusano Timoteo, inventado sobre la marcha.
De modo que no voy a seguir hablándoles de esta vieja pero encantadora ciudad. Ya se habrán hecho ustedes una idea y seguro que completarán su conocimiento de ella cuando, como sinceramente les deseo, vengan un día a visitarla.
Y de Dakar, ciudad que tuve que recorrer con las manos pegadas en los bolsillos, por si acaso, me limitaré a transcribir lo que de ella dice la excelente guía de Lonely Planet, porque no se puede decir algo mejor. “Alguna gente piensa que Dakar no representa el África real, pero se equivoca. Esta ciudad es el rostro más grande, caótico, sucio, ambicioso, provocativo y sin afeites del continente negro”. Y añade: “Su atmósfera cosmopolita, templado clima, inmensa variedad de bares y salas de fiesta, fascinante mezcla de lo africano y lo colonial francés, así como su arquitectura y la variada gastronomía de alta calidad que ofrece, bien merecen que se la conozca a fondo”.
Sólo podría añadir que durante mi corta estancia en Dakar me abstuve de conversar con extraños. Comí muy bien, eso sí, pero no encontré en sus cafés ni en sus abigarradas calles a ningún Mustafá, ni a un Ahmed que me hiciera prometer que volveré un día a verles.
Echaré de menos a estas gentes cuando me aleje de su río silencioso. Un grupo de gazelles (muchachas), envueltas en sus vistosos bubús, pasan por mi lado sonriendo. Y el harmattan, que hoy sopla con más fuerza en su barrido hacia el mar, levanta sus ligeros velos y los vuelve transparentes. Alhamdoulilá!  Doy gracias a Dios por el regalo de la Vida.

© 2006 José Romagosa Gironella – (Remitido desde Senegal) Publicada en La Tribuna de Ciudad Real, el 16 de Diciembre de 2006

Crónicas de África – I. Pateras y cayucos rumbo a España.

27/01/2010
Puerto pesquero de Labouirda - Punto de partida de pateras
Puerto Pesquero de Labouirda

Lo primero que se descubre al recorrer estos países del Noroeste de África – Marruecos, Sahara Occidental, Mauritania, Senegal – es que el emigrante que se lanza al mar en una floka (patera) marroquí o saharaui, o en un cayak (cayuco) senegalés o mauritano, para alcanzar las costas españolas, es ante todo un héroe.
El autor de esta crónica ha podido conversar con jóvenes y viejos de multitud de familias en las cuales, y por lo general sin el conocimiento de la madre – que siempre es la primera de todos los seres queridos -, alguno de los hijos ha realizado, con mejor o peor fortuna, su viaje a ese país llamado España que para los africanos es sinónimo de Eldorado.
Uno de estos jóvenes, senegalés por más señas, devuelto por las autoridades españolas tras ser interceptado frente a Fuerteventura el cayuco en el que viajaba, me comunica que su madre se desmayó al saber que él se hallaba en el ancho mar, rumbo a una tierra extraña e inmerso en esa arriesgada aventura que para miles de africanos representa la única opción para arrancar de la miseria a diez o quince miembros de la familia. Otro, éste de El Aaiún, me relata cómo, a quince millas de Lanzarote, el capitán de la patera tuvo que llamar por el móvil ¡a la policía española! para solicitar socorro, porque el motor de la frágil embarcación se había parado y se hallaban a la deriva y a merced de un fuerte temporal. En este caso – siguió contándome – el helicóptero de salvamento tardó diez interminables horas en localizar la floka, que ya se encontraba a punto de zozobrar, y en iniciar después la arriesgada maniobra de rescate. Gracias a muchos otros africanos con los que logro conversar en sórdidos cafés de los puertos de Kenitra, Agadir y Tarfaya, anoto diversidad de historias, cada una diferente pero todas dramáticas, en las que el desesperado afán de conseguir una vida mejor es, invariablemente, el denominador común.
Los peores momentos – reconocen todos – son el de la partida desde la costa africana, cargadas como van con veintitantas personas las pateras, y con alrededor de ochenta los cayucos; y el momento crucial del ansiado desembarco en alguna playa española. A menudo, los alisios y las corrientes les llevan hacia peligrosas costas escarpadas, o a perder el rumbo. Son éstos los casos en los que un mayor número de muertos y desaparecidos se produce. Durante el resto de la travesía – según me dice un joven de 18 años que a pesar de su edad ya ha hecho  dos veces este viaje – se limitan a acurrucarse, hacinados, en el fondo de la embarcación y a procurar no pensar en nada. Inchaláh!  (Aláh es grande y todo queda en sus manos) – añade con un gesto fatalista.
También me informan de que por lo general dependen de un único y decrépito motor que ha tenido que ser reparado infinidad de veces, aunque algunos cayucos van equipados con dos motores. Son más, por lo que he podido constatar, los emigrantes que acaban repatriados por las autoridades españolas, que los que consiguen desembarcar en España. Uno de estos afortunados me relata, con todo lujo de detalles, cómo logró llegar a Ciudad Real, y más tarde a Barcelona, donde estuvo trabajando seis meses sin papeles, para luego volver a su país con la firme intención de comprar una Zodiac de gran tamaño, equiparla con dos potentes motores y un navegador GPS, para así poder alcanzar la costa española en pocas horas y con menos probabilidades de ser interceptado. Todos están al corriente del hecho de que las entradas en nuestro país van a hacerse más difíciles a partir de ahora, debido a las medidas que España y la Unión Europea están adoptando al respecto; y ello ya ha reducido considerablemente el número de embarcaciones ilegales que en estas semanas parten para España. De otro lado, la gendarmería marroquí y la senegalesa han incrementado su control de las costas y puertos africanos.

Pesqueros en paro biológicoPesqueros en "paro biológico"

El paro biológico que rige en la actualidad en el banco canario-sahariano, con el impresionante espectáculo de todas las flotas amarradas en los puertos, y los problemas humanos que todo ello conlleva, se ve ahora agravado por las nuevas medidas europeas contra la inmigración ilegal, aunque ésta continúa. En lo tocante a Senegal, la reciente condonación de la deuda externa que este país mantenía con España, ha dado lugar a una colaboración más efectiva de sus autoridades en este delicado asunto. Pero hay que señalar que a estas costas también llega la peregrinación interminable de millares de subsaharianos – de Mali, Costa de Marfil, Burkina Fasso, etc. – cuya meta común no es otra que la de poder embarcar un día para España; penoso periplo que a menudo realizan mujeres solas. Y hay que recordar que sólo en una semana del pasado mes de octubre, llegaron a Fuerteventura cinco madres de raza negra que habían partido de sus países de origen cinco años atrás, en busca de la esperanza, y traían con ellas a sus hijos, fruto de los embarazos habidos por el camino. Como publicó ABC en un lacerante artículo titulado Bebés de ninguna parte, “muchas veces pasan largas temporadas en distintas regiones donde se procuran algún empleo para seguir ganando dinero y poder continuar el trayecto. Y en este tiempo, como sucede en la vida de cualquier persona, pueden conocer a un compañero y tener a sus niños”.
Como anécdota pintoresca de mi viaje les diré, amigos lectores, que al saber el marinero de la Zodiac a quien antes me refería, que estaba hablando con un colaborador de La Tribuna, llegó a ofrecerme una plaza en el primer viaje a realizar rumbo a Canarias, al precio especial de dos mil euros (el normal es de tres mil), con lo que conseguiría  una interesante exclusiva periodística y… – transcribo aquí sus palabras – “…tu ganar mucho dinero”. Pero el redactor de esta crónica, que ama profundamente su actividad de reportero, se percata sin esfuerzo de que ama mucho más la vida.
También me expresan su gratitud por la generosa ayuda que la Cruz Roja Española les presta cuando a su llegada a España son detenidos e internados en los centros de acogida (que ellos llaman “la cárcel”), así como por el buen trato que reciben de nuestros policías. Me cuentan que a los quince o veinte días de su apresamiento vienen sistemáticamente trasladados en avión a Ceuta, y enviados en autobús, desde esta ciudad española – tras ser fichados rutinariamente por la gendarmería marroquí – a sus respectivos lugares de orígen. No suelen ser objeto, me aseguran (?), de ninguna penalización o represalia por parte de las autoridades marroquíes. Menos mal – pienso – después de todo, porque estos emigrantes que luchan por integrarse en nuestra nación, son – de forma más que evidente en el caso de los marroquíes – el lamentable fruto de las injusticias que atenazan a sus países. Son los ricos de los países pobres los que mantienen al pueblo en la pobreza. No se compadece el hecho de que un trabajador marroquí (sólo una de cada diez personas en edad laboral percibe un salario) gane una media de tres euros diarios, con la inmensa fortuna que atesoran los miembros de la monarquía actual. Impresiona el dato de que sólo las cuatro personas más relevantes de la familia real marroquí sean propietarias de casi un millón de hectáreas de terrenos preferentes, y de un sinnúmero de palacios, rodeados de inmensos parques, en todas las ciudades del Reino y en numerosas localidades turísticas del litoral; por no hablar de otras muchas rentas y bienes. Ante tan inmensa fortuna, nuestra Duquesa de Alba resulta una mendicante. He de decir, en aras de la objetividad, que estos datos los he extraido de una revista de la “oposición” que se puede comprar sin problemas en cualquier quiosco marroquí. (Es bueno verificar que, a pesar de los pesares, y gracias, seguramente, a la presión de Estados Unidos, Marruecos va plegándose, tímida y gradualmente, a las exigencias de la democracia).
Pero volviendo a lo de arriba, las bolsas de extrema miseria que este redactor ha podido contemplar en Essauira y Agadir, y en las ciudades del Sahara Occidental hoy ocupado por Marruecos, sobrecogen el ánimo. Contrasta brutalmente el nuevo esplendor de los centros urbanos de Rabat y Casablanca, por citar dos de las ciudades mejor maquilladas del país, y la moderna red de carreteras y autovías que se extiende por sus regiones atlánticas, con las inhabitables villas-miseria amuralladas que circundan en la actualidad la mayor parte de las ciudades. Espectáculo que se repite en las incontables bidonvilles de ese territorio infinito – el Sahara Occidental –  que fue territorio español hasta la oportunista Marcha Verde de 1975.
El libro de Memorias de Hassan II nos invita a la reflexión cuando leemos en él la confesión de que dicha marcha obedeció a un farol. En las memorias se reconoce que el desaparecido monarca no las tuvo todas consigo cuando se marcó el órdago, ante la evidente superioridad militar de nuestro país en aquella época. Episodio histórico éste que, sorprendentemente, aún no ha sido explicado con claridad a los españoles; pero que en el mundo magrebí tuvo la virtud de revestir de popularidad y prestigio al anterior monarca alahuí, al tiempo que condenaba al más injusto no ser a todo el pueblo saharaui. Cuatrocientos mil saharauis continúan soñando en la argelina Tindouf con el retorno a su tierra amada. Rechazada definitivamente por Marruecos la vía del referendum que antes propugnaba (cuando creía poder ganarlo), los pobladores del Sahara ignoran hoy totalmente cuál va a ser su destino.

 Antonio, a la izquierda, es un malagueño residente en Dakhla desde los tiempos de la colonia (entonces, Villa Cisneros) Antonio -a la izquierda-  residente en Dakhla (Villa Cisneros)

 Un español que encontré en Dahkla (nuestra antigua Villa Cisneros), con 34 años de residencia en el Sahara, me habla con nostalgia de la época española. Su nostalgia es compartida por otros muchos saharauis, ataviados con el tradicional derraá, con los que se reúne a diario en el café que antaño frecuentaban nuestros soldados y legionarios . Veo el antiguo cine, hace años cerrado, y la iglesia de la misión católica, con cuyo sacerdote – uno de los tres que Propaganda Fides mantiene destinados en el Sahara Occidental – me paro a conversar. Contemplo la nueva plaza construída junto a la iglesia, en el lugar donde se alzó el fuerte más antiguo del África Occidental; el cual, a pesar de las intervenciones de la Unesco y del gobierno español, fue demolido hace unos años. No hubo nada que hacer. Y la misma suerte corrió, según me explican, el histórico faro español que un día salvara la vida al célebre escritor francés Antoine de Saint Exupery – autor de El Principito y legendario aviador de la no menos célebre compañía L´Aeropostale – cuando su aeroplano, sobrevolando el océano, se extravió una noche frente a la ciudad.

 

Huellas de la época española “Casa Luis” en Dakhla

 

He aquí el poema que una escritora canaria, defensora a ultranza de aquel fuerte, dedicó a la Villa Cisneros de su infancia y a su hermosa bahía formada por el delta del Río de Oro:

 “Cielo, arena y mar,
perfume de salitre, incienso y flores.
Todas las voces del mundo
construyen tu silencio,
y el desierto se alarga hasta la orilla
para que beduinos y sirenas
se enamoren”  

 Tampoco se dijo en España que nuestros legionarios tuvieron que embarcar para la Península bajo una lluvia de piedras arrojadas por algunos residentes marroquíes, mientras otros izaban apresuradamente la enseña de Marruecos en todos los lugares donde – desde 1885, año de la Conferencia de Berlín – había venido ondeando nuestra bandera española. Mi nuevo amigo me confiesa conmovido que aquel día lloró.

 Y me confía, así mismo, que nigún saharaui alcanzó a comprender – al igual que nos sucediera a los españoles de la Península – por qué España, su España, les abandonaba de tan insólita manera. Hoy, todos los acuartelamientos e instalaciones militares que un día fueron españoles, se encuentran ocupados por destacamentos marroquíes, y todo el Sahara Occidental – que así se denomina ahora nuestro antiguo protectorado – es un territorio marroquí de hecho, pero no de derecho, o lo que vendría a ser lo mismo: un territorio sin papeles.

De esta situación deriva el hecho de que algunas de sus regiones tengan restringido el paso a cualquier civil. El autor de estas líneas, bajando por carretera desde El Aaiún, vió frustrado su propósito de acercarse a visitar las ricas e históricas canteras de Foss Boukrá, fundadas por los españoles, al serle terminantemente prohibido el paso por un nada amable destacamento de la gendarmería real marroquí, que le salió al idem. Sólo le fue posible fotografiar más tarde, a prudencial distancia y exponiéndose a ver su cámara fotográfica confiscada, las humeantes chimeneas de ese importante complejo industrial tan celosamente vigilado hoy como hábilmente birlado ayer. Tras la precipitada descolonización española, el Sahara Occidental se ve ahora ocupado por el vecino de arriba. Algo parecido, en cierta forma, a nuestra historia particular de almorávides y almohades; si bien, en aquel caso, los ocupantes llegaron de abajo 

Unos días más tarde, cuando ya he dejado atrás los rigores de la sabana, del desierto mauritano y de buena parte del Sahel – ¡y los cerca de veinte controles policiales que forzosamente hay que sufrir para cruzar Mauritania! – pero también mis afortunados encuentros con las gentes más humildes de Nouadibou y Nouackchot, penetro en el Senegal, el país del río silencioso (que éste es el significado del topónimo), y destino final de mi viaje.

Puente de Eiffel sobre el río Senegal - Saint Louis de Senegal

 

A mis setenta y un años cumplidos, son las gentes, sobre todo, los “paisajes” que más me atraen de África, y no dejo de sorprenderme, entre tantas otras cosas, por la envidiable cultura oral de que hacen gala los nativos de mi edad (aunque aquí, por su envejecido aspecto, parece que me la doblan); cultura ésta, la de la oralidad, de clara influencia sufí, que a menudo aventaja a la que puedan proporcionar los libros. Pero también el repentino choque con el África negra impresiona. La luz y los colores cobran de pronto una dimensión cegadora, como a la salida de un túnel en pleno día.
Un anciano se interesa por saber si soy un “blanco, blanco” (como antes llamaban a los europeos para distinguirlos de los “blancos, negros”, o europeos africanizados); y esto me hace recordar a unos chiquillos mauritanos de piel azabache que unos días atrás me preguntaban, dentro de su jaima del desierto y en un rudimentario francés casi inintelegible, si “les excrements” de los “blancs, blancs” también eran de este color; y a la hermana mayor que les reprendía, ahora en lengua bereber, por hacerme esta clase de preguntas.
Leo en un libro de un gran escritor de Malí – Amadou Hampaté Bâ – que he adquirido para ocupar las noches en las que en Senegal conviene estar recogido, que “un viejo que se muere es como una biblioteca que arde”, hermoso pensamiento que expresa, de un lado, ese culto a la oralidad que acabo de referirles, y, de otro, el profundo respeto que los africanos sienten por sus mayores; sentimientos que un extranjero puede constatar en multitud de ocasiones. ¡Cuántos ancianos europeos envidiarían (que no es, afortunadamente, mi caso) el extraordinario cariño con que los hijos y los nietos de estas humildes tribus cuidan a sus homólogos africanos!  Y cuán cierto es, también, que hay miserias, en nuestro privilegiado “primer mundo”, mil veces peores que la pobreza. Continuaré hablándoles de África, aunque sea con este estilo mío anárquico y desordenado, en el próximo episodio. Bshlama! (Queden ustedes con Dios).    © 2006 José Romagosa Gironella – (Remitido desde Senegal) Publicada en La Tribuna de Ciudad Real, el 9 de diciembre de 2006

“¡Pardiez, cómo está la Ruta!”

25/12/2009

Contemplo, desplegada ante mis ojos por enésima vez, una generosa ampliación que hace tiempo me agencié de “el mapa”. Me refiero a ese mapa de la Ruta del Quijote, delineado “hacia 1765”, que tengo para mí como el más fiable. Se trata, sin duda alguna, del primer trazado de la Ruta, y mi credulidad se basa en las siguientes razones: PRIMERA, que su confección fue encargada de forma expresa por el propio Rey de España. SEGUNDA, que fue delineado por D. Tomás López, geógrafo de S.M., según las observaciones hechas sobre el terreno por D. Joseph de Hermosillla, Capitán de Ingenieros. TERCERA, que el trabajo se realizó cuando apenas habrían transcurrido 149 años desde la muerte de Cervantes, o 160 desde la primera edición del “Quijote”. Y CUARTA, que tanto el mapa como la Ruta (“Mapa de una porción del Reyno de España que comprehende los pasages por donde anduvo Don Quixote, y los sitios de sus aventuras”), fueron oficialmente adoptados por la Real Academia Española ya en el año 1780.

De igual forma, convendría salir al paso de quienes pudieran objetar que en el mapa de esta Ruta que me he atrevido a llamar “de 1765” (con la matización cautelar “circa”), Argamasilla de Alba no figura señalada con el número “1”, y que este número sí figura, en cambio, indicando el paraje donde los autores del mapa y de la Ruta sitúan la “Venta donde (Don Quijote) fue armado Caballero”. La explicación está en que los autores, al señalar los 35 hitos que habían decidido resaltar, comenzaron la numeración con la primera aventura que le sucedió a Don Quijote tras efectuar cada una de sus célebres salidas. Por decirlo de otro modo, es como si al lugar de partida de la primera salida – Argamasilla de Alba – le hubieran asignado el número “0”, reservando el “1” para la inmediata primera aventura. En cualquier caso, el objetor debería admitir que la venta donde Don Quijote fue armado caballero nunca podría haber sido, simultáneamente, su pueblo, por mucho número “1” que se asignara a la tal venta en la delineación del mapa. A la misma economía numeradora responde el hito “35” y último de la Ruta, que los autores sitúan en un lugar próximo al Ebro, al nordeste de “Osera”, “donde le encontraron (a Don Quijote) los criados del Duque y le llevaron al Palacio desde donde se volvió á su aldea, y murió.” A lo que le sucede a nuestro héroe después del citado encuentro, ya no le asignan número alguno, como si la aventura de los cerdos hubiese sido, como bien puede argüirse, la última de las que le sucedieron. Pero es más que suficiente el encarnado trazo de la Ruta –y los hitos tan claramente señalados en ella – para reconocer en Argamasilla de Alba la patria y el solar de nuestro Hidalgo. El hito “4”de dicha Ruta, que los autores sitúan exactamente en Argamasilla de Alba, se explica al margen del mapa con este más que elocuente doble texto: “Aventura de los Mercaderes donde (Don Quijote) quedó molido a palos, y le conduxo a su lugar Pedro Alonso su vecino. Segunda salida con Sancho por el Campo de Montiel”. Luego, si a la Argamasilla de Alba llega Don Quijote cuando el vecino le conduce “a su lugar”, y de la Argamasilla de Alba sale, esta vez con Sancho, para empezar a caminar por el Campo de Montiel, ¿tan difícil es deducir que Argamasilla de Alba, punto de partida y de regreso del Ingenioso Hidalgo, es el famoso “lugar de la Mancha” al que Cervantes alude al principio de la Novela? ¿A qué viene el empeño por contradecir a los ilustres profesionales que así lo entendieron al confeccionar el mapa y la Ruta, y a estudiosos como Pellicer, Fernández de Navarrete, Clemencín, Hartzenbusch, Robinson Smith, Rivadeneyra, “Azorín”, Walter Starkie, y tantos otros?

Respaldo a la verdadera Ruta

En cuanto al año 1765, en el que me ha parecido razonable datar el mapa de forma aproximada, acepto de antemano cualquier réplica que pudiera proporcionar una datación más precisa. Aunque ello, a la postre, sería menos trascendente que reconocer, de una vez por todas, que la mejor “ruta del “Quijote” que se nos ha dado o, si se quiere, “la menos mala”, es la elaborada por Tomás López y Joseph de Hermosilla hace la friolera de 235 años (“circa”). Así debió de considerarlo la Real Academia Española, cuando incluyó dicha Ruta en su edición corregida del “Quijote”, de 1780: En el prólogo de la citada edición, la propia Academia declaraba que “… para satisfacer mas la curiosidad de los lectores, se ha puesto un mapa, que comprehende una buena porción de España, y en el qual se ven demarcados con una linea encarnada los viages de Don Quixote, trabajado con toda exâctitud por Don Tomas Lopez Geógrafo de S.M. con arreglo á las observaciones hechas sobre el mismo terreno por Don Joseph de Hermosilla, Capitán que fue del Real Cuerpo de Ingenieros”. Es en esa misma edición de la Academia, y concretamente en el “Plan Cronológico” que figura a continuación del prólogo citado, donde puede leerse: “…El día 28 continuaron su camino: á la noche acabó Sancho de azotarse por el desencanto de Dulcinea, y al siguiente dia 29 entráron en Argamasilla de Alba su patria”. He aquí, casi sin buscarla, una razón de más para renunciar a estériles discusiones sobre la verdadera patria de Don Quijote. ¿Qué dirían los Académicos de 1780, si levantaran la cabeza, de la unilateral corrección que, andando el tiempo, otro académico intentaría introducir en aquella Ruta, enmendándoles drásticamente la plana?. El hecho de que Cervantes sufriera prisión en dos ocasiones en la cárcel real de Sevilla, parece haber sido el gran argumento, huérfano de rigurosa metodología científica, del interesado repudio que Rodríguez Marín hace de Argamasilla de Alba. A esta conclusión, o a la duda en el mejor de los casos, podrá llegar quien examine objetivamente la controvertida “Crónica del Centenario del Don Quijote”, de 1905. E incluso esa duda, si la abrigara, le vendría de inmediato disipada con sólo hojear el “Quijote” apócrifo de ese coetáneo de Cervantes que se ocultó bajo el falso nombre de “Avellaneda”, ya que en este libro, que pretendía pasar por una continuación de la novela de Cervantes, se menciona repetidamente a la “Argamesilla” como patria del célebre hidalgo, desde la propia dedicatoria que reza: “Al Alcalde, Regidores e Hidalgos de la Noble Villa de la Argamesilla de la Mancha, Patria Feliz del Hidalgo Caballero Don Quijote, Ilustre de los Profesores de la Caballería Andante”, hasta el penúltimo capítulo en el que se dice taxativamente “el Argamesilla de la Mancha, junto al Toboso”. Y lo que venimos diciendo todos, (menos esos “especialistas” que parecen no tener otra cosa mejor en la que entretenerse) es, simple y llanamente, lo que cualquiera puede comprobar: que no hay más Argamasilla “junto a El Toboso”, que Argamasilla de Alba.

Algunos anotadores del “Quijote” (“…de los interpretadores y de los comentaristas, ¡líbranos Señor!”- exclamaba C. J. Cela en su elegía “La Mancha en el corazón y en los ojos”), han venido proponiendo otros muchos lugares como probables patrias de don Alonso Quijano. En una edición anotada de Editorial Sopena, reproducida recientemente por Editorial Óptima sin indicación alguna sobre quién es el anotador, se incluye la nota “Se presume Argamasilla de Calatrava”, a pie de página y a modo de aclaración de la célebre frase “En un lugar de la Mancha…”. La ceremonia de la confusión, o de las presunciones, como se ve, sigue celebrándose, al margen de cuantos permanecemos fieles a las fuentes clásicas. “No hay razón alguna para dudar”- afirma Teignmouth Shore, en su nota biográfica sobre Cervantes, en la edición del “Quijote” de The Hogarth Press – “que (Cervantes) fue en cierta ocasión empleado por el Prior de la Orden de San Juan en la Mancha, y que habiendo intentado desarrollar su misión en el pueblo de Argamasilla, tuvo ciertos problemas con sus habitantes y acabó encerrado en prisión”. Este pueblo (necesariamente Argamasilla de Alba, por ser la única Argamasilla perteneciente en la época al Priorato de San Juan), y no cualquier otro (Argamasilla de Calatrava indica con su propio y nobilísimo nombre de qué otra Orden dependía), es el que debemos tener como lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes. Ergo, ese “hidalgo de los de lanza en astillero, rocín flaco y galgo corredor…” que, según Cervantes nos dice, “había” en ese preciso lugar, únicamente pudo tener a la Argamasilla de Alba como patria. Obviamente, para este viaje no hacían falta tantas alforjas, pues forman legión cuantos vienen aseverando lo mismo desde el siglo XVIII. Ante la falta de pruebas en contrario de quienes , erre que erre, siguen negando lo evidente, la Ruta de López y Hermosilla va, como se dice vulgarmente, a misa. Y, según el principio clásico: “in claris non fit interpretatio”.

Como he podido comprobar, ninguno de las dos profesionales implicados en la ejecución del encargo era oriundo de población alguna española que posteriormente viniera identificada en la Ruta. El geógrafo, era natural de Madrid, y el ingeniero, de Llerena, provincia de Badajoz. De ello puede inferirse que el trabajo vino confiado a expertos absolutamente imparciales –en cuanto a su origen- y supuestamente capaces, por tanto, de llevarlo a cabo con toda objetividad. En cuanto a la fecha que he osado atribuir al mapa, ya que el mismo no fue datado en su día, sólo añadir que la he conjeturado teniendo en cuenta el año en que el ilustre geógrafo contaba 35 años de edad, y el célebre arquitecto rondaba los 55. Ni demasiado joven el primero, ni excesivamente viejo el segundo. En cualquier caso, edades suficientes para que López hubiera podido completar su ambicioso “Atlas Geográfico de España”(que tan a tiempo llegaría para la confección de la Ruta), y Hermosilla, sus célebres proyectos para el Convento de Trinitarios, Hospital General y Paseo del Prado, de Madrid. Trabajos éstos, indicadores de madurez y excelencia, que no podían pasar inadvertidos a un monarca interesado en emprendimientos solventes. No sería lógico pensar que personas de tal relevancia hubieran podido abordar con ligereza la ejecución del real encargo.

La alusión al tiempo transcurrido desde el año de fallecimiento de Cervantes, o desde la primera edición de su obra inmortal, tiene por objeto avalar los siguientes razonamientos complementarios: UNO, que

en el año 1765, en el que he supuesto el trazado de la Ruta, todavía debían de hallarse presentes y fácilmente identificables, muchas de las referencias toponímicas , topográficas y arquitectónicas (ventas, batanes, arroyos, bosques, etc.) que se mencionan en la Novela. DOS, que la información oral que podían proporcionar los lugareños (aún los de tercera o cuarta generación), tanto respecto a posibles viajes de Cervantes por las regiones recorridas más tarde por Don Quijote, como a la localización geográfica de lugares, caminos o pasajes de la Obra, hubo de ser mucho más útil y fehaciente entonces que cualquiera de las investigaciones – con frecuencia más retóricas que otra cosa – acometidas en siglos posteriores. Y TRES, que las noticias sobre personas reales en las que Cervantes hubiera podido inspirarse para la creación de sus personajes (v.g.: el Caballero del Verde Gabán, el bandolero Roque Guinart, y el propio don Alonso Quijano); o sobre los lugares en los que eventualmente vivieron tales personas, debieron de constituir una valiosa información – y “reciente”, podríamos añadir, desde nuestro remoto mirador actual – para aquellos prestigiosos profesionales que en el siglo XVIII habían recibido la regia comisión de establecer una ruta fiel a una obra literaria del XVII que ya era orgullo de las letras españolas, así como a la intención del Autor.

Debido a estas elucubraciones, se siente uno contrariado por todas esas rutas de moderno cuño que se han ido inventando y que con frecuencia parecen obedecer a extraños intereses de sus postulantes. Las teorías prodigadas por un sinfín de “expertos” y “anotadores” del “Quijote” acerca de la manida ruta – en las que se llega a impugnar a menudo a los impugnadores -, han logrado tejer un tupido velo de confusionismo que ya es imposible desentrañar. (“Los estudios cervantinos son tan caóticos, y las posturas tan contradictorias, que cada especialista disiente profundamente de la mayor parte de lo que se ha escrito”- afirma Daniel Eisenberg en su ensayo “A Study of Don Quixote”). Y tiene razón el norteamericano en esto, pues yo mismo, sin ser un especialista, disiento de muchas de sus apreciaciones, al igual que él disentirá del contenido del presente artículo, si llega a leerlo. Diríase que los nuevos “especialistas” se hallan, como Penélope, ante la problemática de un tapiz interminable, debida en este caso al deliberado extravío del patrón. El mismo Rodríguez Marín, por ejemplo, quien contribuyó con impagables aportaciones a un mejor conocimiento de la obra cervantina, pudo haberse dejado llevar por la fuerza de la sangre, o del paisanaje, al afirmar, en el discurso que pronunció en 1905 ante la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, este sofisma: “Destruida para siempre la absurda fábula de la prisión de Cervantes en la Argamasilla de Alba, no cabe duda que se refirió a la de Sevilla”. Huelga añadir el dato de que el prestigioso autor de “El Alma de Andalucía”, y de aquella sentencia, era natural de Osuna (Sevilla). He aquí por qué me ha parecido oportuno subrayar en esta reflexión que los autores de la “Ruta de 1765”, sí pudieron ser tenidos por imparciales en cuanto a su patria chica de origen, tanto por el soberano a la sazón reinante como por cualquier plebeyo quisquilloso como yo. O, si se quiere, aquel “tándem” de investigadores por designación real, pudo ser considerado bastante menos sospechoso de imparcialidad de lo que hoy se nos antoja el ilustre prócer andaluz. No cabe duda, en todo caso, que aquella culta Academia Sevillana, y Sevilla en pleno, tuvieron que quedar encantadas con el veredicto de un reputado intelectual bético que, para más inri, apuntalaba sus construcciones retóricas con el sólito arbotante: “de la Real Academia Española”. 

© 2009 José Romagosa Gironella