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La única verdad de Castro

14/09/2010

No es preciso recordar que el régimen de Fidel Castro es el último baluarte de la ex Unión Soviética que aún queda por barrer. La romántica Revolución que lograra acabar con el dictador Batista, se ha trocado en otro totalitarismo salvaje que ni el omnímodo poder del Imperio ha conseguido aniquilar. Todo el mundo occidental, con muy raras excepciones, condena al dictador cubano y admite la evidencia de que para tan miserable viaje no hacían falta tantas alforjas. Castro ha traicionado a un pueblo, ansioso de libertad, que un día, cuando ya arañaba con los dedos su anhelada autonomía, soñó con ser independiente. Los efectos de aquella guerra hispano-cubana-estadounidense (la Spanish-American War, en realidad) que siguió, fueron más funestos para Cuba que para la propia España, si cabe. El  Desastre del 98 significó la gran derrota de España; pero también le señaló el camino hacia su única salvación posible como nación. Para la Perla de las Antillas, en cambio, apenas marcó el inicio de un siglo de esclavitud. Y para el vecino norteño, Cuba ha sido en el siglo XX, y sigue siendo (lo llevan bien merecido), la eterna avispa en el ojo.
Tras este telegráfico resumen, y todos los engaños que han caracterizado el reinado de ese retoño bastardo de un emigrante gallego, me interesa destacar en esta columna lo que, en mi modesta opinión, podría constituir la única verdad pronunciada por el dictador de marras hasta la fecha. Me refiero al último comentario del comandante sobre el inminente peligro de una tercera guerra mundial que hoy se cierne, según él, sobre la Humanidad. Y lo quiero mencionar porque la evolución de la guerra de Afganistán, la expansión imparable del terrorismo islámico y la alta probabilidad de que Irán fabrique sus propias armas nucleares, hacen más que plausible su pronóstico.
De otro lado, nuestro pesimismo crece al constatar el estrepitoso fracaso de las políticas encaminadas a la gradual integración de inmigrantes musulmanes en el mundo occidental. Crece, sobre todo, al descubrir que ni siquiera la hospitalidad de los países receptores se agradece y que, con harta frecuencia, no todos los inmigrantes llegan a nuestros países desarrollados con el único afán de mejorar su nivel de vida y el de sus familias: algunos, obedientes al expansionismo islámico, vienen con la prefijada consigna de actuar como caballos de Troya y ya han logrado establecer grupos más que peligrosos. Su estrategia, que tienen bien estudiada, consiste en capitalizar en favor del Islam las debilidades legislativas de nuestros sistemas democráticos. Y el peligro va in crescendo. Finalmente, el aumento de la población musulmana, en Europa y Estados Unidos, parece un hecho imparable.  
Quiera Dios que nunca tengamos que admitir que Castro, siquiera por una vez, dijo algo coherente.

© 2010 José Romagosa Gironella
“Puntos sobre la íes”
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día  13  de septiembre de 2010

Crónicas de África – y VI – Al Andalus, la gran añoranza islámica

21/03/2010

Érase una vez un imperio africano, en un principio bereber, después almorávide y almohade, que señoreó por luengos siglos el Noroeste de África – desde los ríos Senegal y Niger hasta el mar Mediterráneo – y aproximadamente dos tercios de la Península Ibérica. Ocupaba en buena parte el espacio geográfico que otro gran dominador, el Imperio Romano, dejara algún tiempo atrás a medio civilizar.Aquella fuerza poderosa, recién convertida al Islam, que pretendía extenderse por Europa – ¡y llegó hasta Poitiers! – introdujo en la vieja Hispania el refinamiento y el amor por las Artes y las Ciencias que ninguna civilización anterior le había podido inculcar.
No logró su intento de islamizar la Península y más tarde el resto del continente europeo, pero sí el de alumbrar – en Córdoba, Granada, Sevilla…- la más grande de las culturas hasta entonces conocida: el deslumbrante emporio de Al Andalus, que alcanzó a eclipsar el pasado esplendor de Bagdad, Damasco y Bizancio.
Con todo, no fue Al Andalus fruto exclusivo de aquella invasión, sino el feliz resultado de la fusión de dos culturas, o tres, si incluimos la hebrea, las cuales, ora guerreando entre sí, ora conviviendo constructivamente, convergieron en un espacio geográfico y en un periodo de tiempo históricamente propicios. Frente a una Europa medieval, empobrecida por las guerras y las pestes, y permanentemente a merced de invasores extranjeros, ese Al Andalus de las tres culturas brilló con luz propia y admiró al mundo.  
La memoria de aquella época, la más gloriosa de la historia del Islam, y de todo el Medievo, sigue viva y recordada en el mundo musulmán de nuestros días, al igua que el de otros momentos posteriores, los más aciagos de esa historia, que pueden resumirse en la definitiva derrota sufrida por el Islam en las Navas de Tolosa, en 1212, la trascendental toma de Granada, en 1492, y la trágica expulsión de los moriscos en el siglo XVII.
Sobre este último episodio, resulta interesante conocer cómo lo explican hoy a sus alumnos los maestros marroquíes. Les señalan, como razón de la expulsión, la imposibilidad de que los reyes cristianos siguieran tolerando una población dudosamente conversa y susceptible, por tanto, de convertirse en quinta columna de un previsible proyecto de desembarco en España de navíos de guerra turcos.
Son numerosos los signos de este recuerdo de Al Andalus, que, a pesar del paso del tiempo, permanece imborrable en la mente de todas las gentes del Norte de África con los que el viajero español se topa. Hasta el más humilde pastor, que puede ser un ignorante en muchísimas otras cosas, conoce a la perfección esa historia que le enseñaron (en su versión musulmana, como es obvio) sobre lo que para ellos constituye la epopeya descollante de su raza y de su religión. 
Este reportero recuerda, por ejemplo, el enorme interés que estos días ha venido despertando una magna exposición itinerante sobre la Arquitecture Andalusie que se exhibe en las principales ciudades del Sahara, región en la que se fraguó, allá por el siglo VIII, la histórica invasión de la Península Ibérica. Ni las innumerables bellezas arquitectónicas que monumentales ciudades como Fez  o Marrakech ofrecen a la admiración del mundo, alcanzan a despertar en el musulmán de hoy el orgullo y la emoción que su Alhambra de Granada, o su mezquita cordobesa mantienen vivos en su memoria.  
Más de siete siglos de convivencia en Al Andalus, y una consanguinidad que nunca ha sido suficientemente estudiada, han dado como resultado un fuerte parentesco racial entre el pueblo español y el bereber-saharaui, por más que a muchos no les apetezca tratar de ello. De otro lado, son más las coincidencias doctrinales entre Cristianismo e Islam, que los irreconciliables conceptos teológicos que hacen a ambas religiones diferentes. El Concilio Vaticano II, del que tampoco hablamos como merecería, cumplió la histórica función de situar a los tres grandes credos monoteístas en un mismo plano, así como la de reconocer – cosa que no ha secundado el Islam – que los creyentes de buena voluntad de cualquiera de ellas podrá alcanzar la Salvación. Es bueno recordarlo en estas fechas en que los cristianos – 1100 millones de católicos, 900 millones de protestantes y 230 millones de cristianos ortodoxos – despedimos la Navidad; y los musulmanes – cerca de un millón de creyentes – acaban de conmemorar el Ramadán correspondiente al año 1426 de la Hégira.
También sería saludable reflexionar sobre el hecho de que no todos los países musulmanes son integristas, y que muchos de ellos – Marruecos, por ejemplo – está haciendo un gran esfuerzo para evitar que los motivos religiosos sigan esgrimiéndose como arma arrojadiza por esos líderes musulmanes – anacrónicos defensores de la yidah – que amenazan la paz mundial tanto o más que ciertos líderes occidentales que dicen defenderla. Conviene recordar, así mismo, que nuestro mundo cristiano fue un día – por no decir muchos años – fundamentalista. ¿Qué nombre dar, si no, a nuestras cruzadas y a esa fanática locura de la Inquisición?
Hoy son muchos, por fortuna, los musulmanes que entienden y profesan su religión de una forma nueva, basándose en una interpretación del Corán más acorde con los tiempos. Quiera Dios – O Aláh, que es el mismo – que el concepto de “hereje” que el citado Concilio ha venido a proscribir, desaparezca de todos los idiomas, como ya ha desaparecido de un libro singular – L´Islam expliqué aux enfants – escrito por Tahar Ben Jelloun, un musulmán de nuestro tiempo. Trátase de una obra objetiva en la que se explica – no enseña – el Islam y la civilización árabe a los hijos del autor y a todos los niños del mundo, y se les aconseja respetar como a la propia las otras grandes religiones. Se habla incluso en ese libro de ese histórico Concilio ecuménico que declaró solemnemente que también el Islam es depositario de “preciosos valores”.
Los cristianos, aunque nos duela, debemos aceptar la evidencia de que los musulmanes nieguen la naturaleza divina de Jesús y no asuman nuestra creencia en María, Madre de Dios. También debemos comprender que no admitan el misterio de nuestro Dios único, que es a un tiempo trino, porque tampoco nosotros los cristianos lo entendemos muy bien, por mucho que, por obedecer el dogma, afirmemos creer en él. Consuélenos a los cristianos considerar que en el Corán no se omite la figura de Jesús, a quien ven como el profeta que precedió a su Mahoma, ni la de María – Lela Mairén – aunque solo reconozcan su maternidad biológica.
Más conflictiva resulta de cara a la buena convivencia entre cristianos y musulmanes, la misión que en el Corán se asigna a la mujer y, consecuentemente, el inhumano sometimiento al varón que ella sigue sufriendo en buena parte del mundo mahometano; situación que se va viendo gradualmente mejorada en los países que van experimentado un mayor progreso democrático. Viene a cuento recordar aquí que fue en esa sociedad andalusí que antes glosábamos, donde la mujer musulmana conoció su momento álgido de igualdad con respecto al varón. Y es que el verdadero progreso siempre se manifiesta a través de múltiples facetas. Basta leer El collar de la paloma, del andalusí Ben Hazm, para calibrar el respeto y la consideración con que a la sazón se trataba a la mujer. Y sería justo preguntar por qué la decadencia del Islam, tras la pérdida del emporio andalusí, conllevó la pérdida, por parte de la mujer, de la dignidad social que ya había alcanzado. 
La mundialización a la que tendemos, y el buen ejemplo que ya están dando algunos países de mayoría musulmana, contribuirá a reducir la magnitud de este problema – la marginación de la mujer – que ha pasado a constituir uno de los mayores obstáculos para la convivencia de distintas culturas en nuestro siglo XXI. No es éste, pues, el menor de los lastres que África deberá sacudirse.
Con todo, el quid de la cuestión africana seguirá residiendo en la mejor o peor fortuna, o en la mayor o menor libertad que los pueblos puedan tener a la hora de elegir a sus dirigentes políticos, pues son éstos, por lo general, quienes impiden el auténtico desarrollo de los pueblos del Tercer Mundo. Y, por último, lamentar que la ONU, útil algunas veces para el sostenimiento de la paz, resulte siempre ineficaz cuando se trata de construirla.

Remitida desde Peralvillo

© 2006 José Romagosa Gironella
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 07 de enero de 2007

Crónicas de África – IV- El Sahara “marroquí”, manzana de la discordia.

21/03/2010

Ningún asunto irrita más al actual rey de Marruecos – según han declarado a este cronista varios ciudadanos marroquíes – que alguien cuestione o ponga en entredicho la “integridad territorial” de su país, es decir, que se atreva a insinuar que la anexión de facto del Sahara Occidental a Marruecos, no es legítima. Hasta el gobierno español ha tenido que modificar su postura en aras de mantener las buenas relaciones que se desean con el Reino Alauí. No obstante, la cuestión del Sahara sigue encabezando la lista de asuntos espinosos que los respectivos gobiernos se esfuerzan por capear. En un comentario publicado en la revista Aujourd´huí, sobre la reciente visita de Estado de S.M. el Rey de España, se ha señalado que la complaciente posición española respecto al Frente Polisario, y al referéndum que éste exige, ha cedido el paso a una nueva actitud de “compromiso activo y positivo encaminada a una solución política de este dossier”. Incluso este nombre – dossier – referido a tan grave problema,  constituye un eufemismo.
Uno no está convencido de que nuestros representantes políticos, que sí se percatan de hallarse entre la espada alauita y la pared saharaui (y argelina), se den suficiente cuenta de lo que sienten y piensan los pueblos. Porque uno puede entrar en los cafés y hablar con gentes de todas las clases en Tánger o Marrakech, en Dakhla o en Tarfaya; pero ellos, los políticos, están ocupados con el dossier y no bajan a la calle. Por eso teme uno tanto que no lleguen a enterarse de la misa la mitad. Y cuando leemos que el gobierno de Rodríguez Zapatero está determinado a contribuir a una paz justa y definitiva en el Sahara Occidental, no podemos menos de preguntarnos por qué hemos tardado treinta años en determinarnos, si tal contribución podía prestarse.
Y es que, entretanto, esta cuestión del Sahara no sólo ha obstaculizado el proceso de integración de los países magrebíes, y la propia unión del Magreb árabe, sino que ha hecho crónico el sufrimiento de buena parte del pueblo saharaui. Los diplomáticos españoles y marroquíes se han puesto de acuerdo para no transformar el contencioso en litis causa, preservando así el clima de amistad y cooperación propiciado por las dos monarquías en presencia. Pero alguna solución urgente habrá que arbitrar para ese pueblo saharahui que es, desde hace tres décadas, el único que paga el pato. España y la UE tienen una delicada labor que realizar en esta orilla meridional del Mediterráneo, en la que Estados Unidos un día mima a Marruecos, y al siguiente a Argelia, política errática ésta – o acaso bien calculada – que aviva el antagonismo entre ambos países.
Desde África se percibe con claridad la absoluta determinación del Rey Mohammed VI y su gobierno de no renunciar jamás al Sahara Occidental. Cualquier otro asunto podrá ser negociado, pero no éste. No hay un marroquí que no comparta esta impresión y que no advierta al reportero extranjero que este es un tema tabú. También Mauritania debió de entenderlo así cuando depuso las armas y dejó el campo libre a la ocupación marroquí. Convendría, pues, empezar a estudiar soluciones partiendo de esta premisa, porque restarle importancia equivaldría a malgastar otras tres décadas sin lograr un resultado.
Se percibe, así mismo, palpando la opinión del pueblo, que Ceuta y Melilla no constituirán prioridad alguna para la monarquía marroquí, mientras (anótese el dato) España no haga de Gibraltar una prioridad. ¿Por qué tendría que hacerla – cabría preguntar – si en esa roca, contrariamente a lo que ocurre en nuestras ciudades norteafricanas, no hay un solo llanito que quiera ser español? Pero el Sahara, amigo lector, es harina de otro costal: el contencioso más serio, quizá, de todo este continente. Ni los separatistas enfrentamientos armados del Sur de Senegal, o los de Somalia, ni las guerras civiles actualmente en curso en otros quince países africanos, encierran en su seno mayor riesgo.
Para Benjamín Stora, profesor de Historia del Magreb en el Instituto de Lenguas y Civilizaciones orientales, de París, “el problema del Sahara debe ser tratado en el marco de la ONU y en el de las negociaciones entre las partes implicadas: Marruecos, Argelia y Frente Polisario”. Pero, ¿cómo conciliar la posición de Naciones Unidas, favorable a la autodeterminación que Argelia y el Polisario exigen, con la cerrada postura marroquí que niega incluso la viabilidad del estatuto de autonomía que Francia propone?
Es lamentable, de otro lado, que este conflicto empañe los esfuerzos que Marruecos está realizando en el campo de su democratización progresiva y del desarrollo general del país. Según estudios de la multinacional Procter & Gamble, Marruecos lleva ya diez años de ventaja a Túnez, y veinte a Argelia. La poderosa Maroc Telecom ha pasado del sector público al privado; Dino de Laurentiis y Cinecittà han erigido una réplica de Hollywood en Ouarzazate; Marrakech celebra estos días por todo lo alto su I Festival Internacional de Cine, y no hay día en que no se inaugure un nuevo y lujoso hotel, o un moderno palacio de congresos, en algún lugar del país. Seiscientas firmas españolas, el 40 por ciento de ellas catalanas, ya se hallan implantadas en Marruecos, y este país colabora ahora estrechamente con el nuestro en la lucha contra el terrorismo y la emigración clandestina. Una reciente Ley de Prensa acelerará el proceso hacia la libertad de expresión, y el nuevo Código de Familia contribuirá a aproximar la sociedad marroquí a la europea. Al mismo tiempo, nuevos centros para discapacitados se han venido construyendo en diversas regiones del Reino, al igual que otros muchos dedicados ¡a la reinserción social de la mujer!; y la nueva política de “vecindad europea”, impulsada por España, proporcionará a ese Reino, en bandeja, un nuevo estatuto avanzado con Europa, más allá del actual Acuerdo de Asociación.
Son, pues, numerosas las señales de que Marruecos va convirtiéndose, paso a paso, en un país moderno y democrático, y con una creciente voluntad de respeto de los Derechos Humanos. Sólo resta ahora, en opinión de este cronista, que Marruecos reduzca sin tardanza las enormes bolsas de pobreza de las que he tratado en anteriores reportajes, y…el asunto más crucial que este país tiene pendiente: el “dossier” mencionado más arriba; es decir, el gravísimo problema que se deriva de esta firme e inapelable declaración de Su Majestad Mohammed VI: “Marruecos está en su casa en el Sahara, y nadie nos sacará de ella”. Podrá decirse más alto, pero no más claro.

Remitida desde Marrakech

© 2006 José Romagosa Gironella
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, el día 17 de diciembre de 2006

Crónicas de África – Introducción

07/01/2010

Despidiéndome de mis amigos de Guelmin en la "Puerta del Desierto"

Las seis entregas que componen este reportaje son el resultado de un viaje realizado por cuatro países del Norte y Oeste de África  – Marruecos, Sahara Occidental, Mauritania y Senegal -, principales puntos de origen de los cayucos, pateras y lanchas Zodiac que, sobrecargados de emigrantes, vienen zarpando sin cesar con rumbo a España. El propósito de mi viaje, realizado entre noviembre y diciembre de 2006, no fue otro que el de conocer de primera mano las causas de esta arriesgada forma de emigración, así como el de constatar, con la emoción que ya había supuesto inevitable, las dramáticas situaciones familiares y los sentimientos humanos que este éxodo desencadena.

Las seis entregas vinieron publicadas en La Tribuna de Ciudad Real.
Sobre el viaje propiamente dicho, la Cadena Ser emitió una entrevista telefónica en su programa Ser Aventureros, porque ese viaje (de 9000 kilómetros) lo realicé con 71 tacos cumplidos y la Ser creyó oportuno transmitirla, como mensaje alentador, a sus radioyentes “mayores”; y la revista Clásicos Exclusivos, especializada en “esos locos cacharros”, publicó a su vez un reportaje, redactado por mi hijo Sergio, en el que se vierten merecidos elogios sobre mi vetusto y aguerrido Jeep, protagonista de la aventura. De esas dos publicaciones – la primera radiada, y la segunda impresa – procuraré colgar copias en este blog.