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Las lenguas del Quijote -IV- “Cervantes, joven promesa …”

06/02/2010
La primera imagen de Cervantes, en una traducción de sus Novelas Ejemplares (1705)

La primera imagen de Cervantes, en una traducción de sus Novelas Ejemplares (Amsterdam, 1705)

Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá de Henares en 1547, según su propia manifestación en documento autógrafo que ha llegado hasta nuestros días. Si bien se desconoce el día exacto en que vino al mundo, en el primer libro de nacimientos de Santa María, parroquia mayor de aquella ciudad, bajo la fecha del 9 de octubre de 1547, consta que “fue baptizado Miguel, hijo de Rodrigo Cervantes e su mujer doña Leonor”.
Es creencia generalizada, no obstante, que Cervantes debió de nacer diez días antes, el día de San Miguel, es decir, el 29 de septiembre, dada la costumbre de la época de imponer a los nacidos el nombre propio correspondiente al santo del día de su nacimiento.
Los Cervantes, otrora orgullosos e influyentes, se hallaban a la sazón muy venidos a menos. El cabeza de familia, modesto cirujano, amén de sordo, viajaba de un lugar a otro de España en busca de trabajo; siendo ésta la causa de los continuos cambios de residencia de la familia durante la infancia de Miguel. Fue educado desde niño por los jesuitas de Sevilla y, más tarde, en la escuela literaria que dirigía en Madrid el humanista Juan López de Hoyos, a pesar de que aquel aplicado estudiante de Letras se sentía interiormente destinado a seguir la carrera de las armas. Blas Nasarre, el primero que nos da noticias sobre la asistencia del joven Miguel a la escuela de López de Hoyos, escribió que Cervantes, desde su temprana juventud, habíase aplicado a la lectura de cuantos libros caían en sus manos (…) y que compuso varios versos entre los que destaca por su calidad una Elegía a la Reina de España, Doña Isabel de Valois, compuesta con ocasión de su enfermedad y muerte”. Las referencias que Cervantes haría más tarde en sus escritos a la vida universitaria – por ejemplo, en La Tía Fingida – han dado pie a pensar que Cervantes estudió durante algún tiempo en la universidad de Salamanca, tal vez en los años siguientes a su periodo escolar en Sevilla (1566-68).
En la biografía de la Hispanic Society of America, (1932), leemos lo siguiente: “Aceptemos o no la supuesta escolarización de Cervantes en Madrid y Sevilla, y su residencia en la gran universidad, uno puede estar seguro, al menos, de que en su juventud fue ávido lector; en segundo lugar, que fue amante de la comedia y capaz de recordar diálogos enteros de multitud de obras escénicas; y, por último, que Cervantes ya componía hermosos versos a la edad de veintiún años”. Curiosamente, la biografía añade que “hay razones para creer que destacó en varios deportes (…) que su carácter era cortés y  encantador (…) si bien no emanaba aún signo alguno del genio por el que hoy el mundo entero le venera”. Trataremos en próximas columnas de su azarosa vida de soldado y de cautivo, y de su sorprendente actividad literaria en llegando a la edad madura. Acompaña hoy estas líneas un retrato de Cervantes adulto (grabado holandés del setecientos), ya que no ha llegado a nuestro tiempo retrato alguno de sus años de juventud.
Algo sucedió, no obstante, que motivó la inesperada marcha de Miguel a Roma. Se da hoy por cierto que pudo tratarse de una huida para eludir determinada condena, ya que hay constancia (carta conservada en el Archivo General de Simancas) de que Miguel se había visto envuelto en una riña, o duelo, con un tal Antonio de Segura, a quien había herido con su espada. Cualquiera que fuera la causa de su viaje, Miguel consiguió hacerse con un certificado de limpieza de sangre, acreditativo de su larga estirpe cristiana, lo que en 1569 le permitiría zarpar para Italia y entrar al servicio del cardenal Acquaviva. Ignoramos lo que sucedió a Cervantes durante los dos años siguientes; pero lo encontramos de nuevo el 7 de octubre de 1571, a bordo de la galera Marquesa, combatiendo heroicamente contra la armada turca en la decisiva batalla de Lepanto. Su vocación castrense veíase finalmente realizada en detrimento, siquiera por unos años, de su prometedora carrera literaria. Su brillante participación en aquella batalla, de la que salió con dos heridas en el pecho y la mano izquierda lisiada, le valió merecida fama de valiente y el célebre sobrenombre de “el manco de Lepanto”.
Tras intervenir en 1572 en la expedición naval a Navarino, toma parte, en 1573, en las acciones que culminaron en la conquista de Túnez y Bizerta. En 1975 embarca en la galera Sol, acompañado de su hermano Rodrigo, rumbo a España, donde confiaba conseguir un importante ascenso militar. No podía esperar menos de las cartas de recomendación que portaba. Pero tampoco podía prever que la nave en la que regresaba a la patria sería de improviso atacada por tres navíos turcos, y que él y su hermano serían apresados y conducidos a Argel donde consumirían cinco y dos años, respectivamente, de durísimo cautiverio. La entereza de Miguel y su talante altruista y generoso para con los demás cautivos, se hicieron patentes durante aquellos años de prueba. Rescatado Miguel tres años después que su hermano, tras interminables esfuerzos de su familia y de los frailes Trinitarios, pudo embarcar hacia España en octubre de 1580, recién cumplidos los treinta y tres años.
Tan intensa y novelesca fue la vida del futuro autor del Quijote en aquellos años, que no puede causarnos la menor sorpresa esta reflexión del novelista inglés Walter Starkie:
“el Quijote es una de esas raras novelas en las que el héroe y el autor están tan estrechamente relacionados entre sí que no es posible estudiarlos por separado”. Y tampoco esta otra: “De igual forma que Don Quijote fue el reflejo de Cervantes el hombre, sólo en la biografía de este último podemos encontrar la verdadera interpretación del Caballero de la Triste Figura”.

© 2004  José Romagosa Gironella
“Las lenguas del Quijote”
Publicado en “Lanza, Diario de La Mancha” el día 29 de febrero de 2004

ARGAMASILLA DE ALBA Y EL CABALLERO DEL VIOLÍN

05/02/2010

Ha caído en mis manos un ejemplar de la obra Don Gipsy (Don Gitano), que allá por 1935 compuso Walter Starkie para dar continuación a sus exitosas Aventuras de un Irlandés en España. O sea que mientras mi madre apretaba en una apartada ciudad del otro extremo de España para darme a luz, el célebre hispanista recorría, bloc en mano e inseparable violín a cuestas, esa Andalucía gitana de Carmen y cante jondo que anhelaba retratar.

¡Y vaya si la retrató!. Con la máxima precisión y detalle, como sólo de un gran observador de su talla se habría podido esperar. Hay una parte en el libro, titulada Viernes Santo en Sevilla, de auténtica antología. Leerla hoy es como si el tiempo no hubiera pasado, salvo por aquellas saetas cantoras que en esa Semana Santa del año en que yo nací , y ante el célebre paso del Cristo del Gran Poder, improvisaba en las calles sevillanas la Niña de los Peines. El lector, concentrado en la narración, viene arrastrado por el ritmo ensordecedor de las palmas de acompañamiento y la embriagadora fragancia del azahar, el incienso y la cera quemada. “La cabeza me daba vueltas”- anotaría el irlandés en su diario. – “Estaba ebrio de ritmos y excitación. Mis piernas rehusaban llevarme más lejos y me tumbé a un lado de la carretera…Poco a poco el aire fresco de la mañana me reanimó…”. Y termina el ajetreado capítulo con estas palabras: “Llegué a mi cenit en esta Semana Santa por las calles de Sevilla. Necesitaba huir a algún solitario paraje, donde meditar algún tiempo y recobrar mi equilibrio mental, después de Andalucía… Por este motivo partí para Sierra Morena…”

Es aquí, ya en las páginas finales del diario, donde encontramos a nuestro irlandés errante vivaqueando, como antes hiciera  Don Quijote, en las profundidades de Sierra Morena, muy cerca de Venta de Cárdenas. “Debió de ser en esta pradera” – maquinaba el escritor, gran conocedor y amante de la fábula cervantina- “donde Don Quijote cumplió su penitencia amorosa”. “Y cerca de aquí debió de andar el andrajoso Cardenio, triscando de roca en roca, en su vano intento por huir de una mala conciencia que no le daba tregua…”. Con Don Quijote en la mente,  Starkie se pregunta si no podría reclamar para sí el sobrenombre de “Caballero del Violín”, tras haber recorrido gran parte de España con su instrumento musical a cuestas. “Al poco tiempo…”- seguimos leyendo en la obra- “llegaba a Argamasilla de Alba, la patria de Don Quijote, tan orgulloso de mis proezas como el propio Amadís de Gaula”.

No le cabe duda al hispanista –ni siquiera se lo cuestiona- de que Argamasilla de Alba es el lugar de la Mancha del que Cervantes no quiso acordarse. Y divierte seguir aprendiendo, al tiempo que leemos, que “en Argamasilla hay un exceso de filósofos” que Starkie divide en dos clases: los ascéticos y los epicúreos; es decir, altos y delgados quijotes y sanchopanzas barrigones. Nos habla, así mismo, de esos lienzos con escenas de Don Quijote que admiró en el casino local hace ya sesenta y cinco años, y que aún pueden contemplarse hoy, algo más deteriorados; y de un tal don Jaime (“que no era de Argamasilla, sino de un pueblo vecino e industrioso llamado Tomelloso”), que le sirvió de cicerone durante su estancia. Recuerda, igualmente, que llegó a tocar su violín ante los tertulianos del casino, y a consumir largos ratos de charla sobre Don Quijote con aquel culto y ascético “don Jaime” que tanto le había recordado al Ingenioso Hidalgo.

También nos habla de una venta de Villarta de San Juan en la que paró y donde obtuvo permiso para tocar de nuevo su violín (imagino que para pagar la posada). “Pagué al pregonero para que tocase su campana anunciando mi concierto” –confiesa. Y narra, a continuación, la curiosa cena con unos arrieros manchegos, en la que las navajas –llamadas en la época “fe de bautismo”- hacían las veces de tenedor y cuchillo a la hora de llevarse a la boca los trozos de cordero del caldero. El cuento nos traslada, inevitablemente, a la escenografía zarzuelística de “El Cantar del Arriero”, y creemos estar oyendo la bronca voz del susodicho cuando ordena el vino al mesonero (“…del más negro que tenga, del menos fino”).  “Los hombres iban sacando sus navajas” –recuerda el irlandés- “abriéndolas con un ruido de muelles”. Rememora más tarde su paso por Herencia, donde una turba de chiquillos, pegada a sus talones, se dedicó a hacer burla de su aspecto estrafalario, obligándole a “acogerse a sagrado” en la iglesia del pueblo. El lector tiene la sensación de que Herencia  fue para Walter Starkie su particular lugar de la Mancha del que jamás querría acordarse.

Y de Herencia pasó a Alcázar, donde deseaba saludar al gallego don Juan González Paramós, renombrado director de la banda del pueblo. Llegado a su domicilio, preguntó por él, alargando una tarjeta personal a la sirvienta que salió a abrirle. Al rato regresaba ésta para devolverle la tarjeta y entregarle una peseta, diciéndole: “esto es lo que el señor puede darle”. “¡Pero, señora, yo no soy un mendigo! Tengo mucho dinero…”- protestó arrogante, “como si fuera propietario de los tesoros de Creso”. Aclarada la confusión, y afirmada con el dueño de la casa esa celta afinidad de gallegos e irlandeses, hubo de escuchar la consabida historia de que “Cervantes nació aquí, en Alcázar de San Juan”. En cuanto a Don Quijote, reconoció el gallego, como está mandado, su patria argamasillera, mientras situaba la de Sancho en Campo de Criptana.

Sigue Starkie su periplo por la famosa población en cuyo cerro divisara Don Quijote treinta o cuarenta molinos de viento, lamentándose el escritor de que “hoy, al pasar por la ventosa carretera, veo sobre la cresta de la montaña las giratorias aspas de siete u ocho molinos de viento…”. Así que, constatamos, en 1935 ya sólo había siete u ocho molinos en el Cerro de la Paz, aunque todavía se realizaba en algunos de ellos su tradicional función: “…trepé vacilante por la torcida escalera y llegué a la plataforma en que se hallaba el molinero”. Refiere Starkie, acto seguido, que  “estaba todo blanco de harina …; una enorme rueda crujía con estrépito y todo el molino trepidaba como un velero agitado por la tempestad”. Y aquí, en Criptana, un pastor explica al irlandés su particular versión sobre ese célebre plato, los “duelos y quebrantos”, que le ofrecen en la posada para cenar. “Los pastores” –le dice- “desempeñan un puesto de confianza cerca de sus amos y son responsables de cada oveja que está a su cuidado. Si muere una por accidente, el pastor la desuella y cura la carne con sal y ajo. Luego, el sábado, día de entregar la cuenta, va a ver a su amo y le enseña la piel como prueba de que el cordero ha muerto. Entonces él se lleva la carne para cocerla en su casa. La pérdida del cordero es una pena (duelo) y un ,,quebranto,, para el amo. He aquí la explicación”. También le sorprende a Starkie, unos días más tarde, que el combustible del fuego en el que se cuecen unos galianos sea estiércol seco. Y uno cae en la cuenta de que esta práctica, ya desaparecida, bien pudo ser una herencia de aquellas tribus invasoras, procedentes del Sahara, que siglos atrás habitaron estas tierras. Piensa el lector que Starkie debiera habérselo preguntado a algún viejo pastor, pues era éste, en el medio rural, quien solía saberlo todo; como en la actualidad sucede, en cualquier ciudad, con el taxista avezado.

En El Toboso conoce nuestro viajero a don Jaime Pantoja, el alcalde del pueblo que desde 1922 ha venido proclamando al mundo entero la importancia de El Toboso como patria de la “hermosa doncella imaginaria a quien Don Quijote juró eterna fidelidad”. “En su antigua y hermosa mansión”- sigue informándonos el hispanista- “construida en 1520, ha formado una biblioteca dedicada a la literatura de Cervantes. Escribe a todos los gobiernos del mundo para obtener de ellos traducciones del Quijote en varios idiomas, con dedicatorias a la ciudad de Dulcinea, firmadas por los primeros ministros…”.  Al leer estos pasajes, el ávido lector se pregunta si se habrá seguido honrando en El Toboso la memoria de ese alcalde irrepetible. Puede ser tan ingrata a veces nuestra España…

Es admirable constatar, en todo caso, cómo supo captar la Mancha Walter Starkie. La lectura de su libro nos permite imaginárnoslo, como él mismo nos describe, reposando por la noche bajo un árbol mientras tañe el violín para poblar su soledad, o “alimentándose de pan, jamón crudo (como un trozo de correa del cual cortaba finas lonchas), queso manchego (conservado en aceite) y rojo vino de la Mancha cuyo gusto se parece al borgoña”.  Retrató estas tierras a la perfección al afirmar que “la atmósfera de la Mancha es tan diáfana que tuve la sensación de caminar con botas de siete leguas por estepas ilimitadas…”. O cuando consigna en su diario, recordando el paisaje recorrido, que “era una tierra encantada y silenciosa”; o nos explica la leyenda de la aparición de la Virgen en el castillo de Peñarroya; o su interesante visita a la cueva de Montesinos (“los manchegos de Ruidera dicen que la caverna tiene varios kilómetros y termina en el castillo feudal de Rochefría…”). Y publicitó, también, madrugador, justo es constatarlo -¡y agradecerlo!-, los productos tradicionales de esta región.

Pero antes de dar por concluido su viaje por la Mancha, siente Walter Starkie la necesidad de regresar a la Argamasilla, para dar su último adiós, “desde la villa del tomillo y del romero más fragantes”, a esta tierra mágica que le ha hechizado y que nunca volverá a visitar. El “peregrino en la ruta de Don Quijote” (así se define a sí mismo en la obra comentada), concluye melancólicamente su diario: “Desde un otero contemplé el pueblo de Argamasilla. Era avanzada la tarde y oía remotas voces de muchachos y el chirriar de las carretas volviendo al pueblo…”. Y la última línea, en la página 429 del libro, como en un deseo de dejar constancia geográfica y temporal de su viajera experiencia,  reza, escuetamente: “Argamasilla de Alba, 1935”. Anotación ésta que nos recuerda el célebre colofón – “Hoc scriptserunt”- con el que también unos antiguos Académicos quisieron dejar testimonio para la posteridad del lugar –“la Argamasilla”- en el que “compusieron” sus no menos célebres sonetos.

Concluyo también yo esta reseña, a la que la lectura de tan apasionante obra me ha llevado, lamentando (aunque sea off the record, para no molestar a nadie) que no se mencione a Walter Starkie en el libro “Viajeros por la Historia, Extranjeros en Castilla-La Mancha”, de Ángel y Jesús Villar Garrido, impreso en Toledo en 1997. En la exhaustiva e interesante publicación se relatan los viajes por Castilla-la Mancha de notables viajeros y escritores desde el siglo XIII hasta nuestros días (Abu-abd-Alla, Abulfeda, León de Blatna, Jerónimo Münzer, Andrés Navagero, Jacobo Sobieski, A. Jouvin, Madame D´Aulnoy, cierto embajador marroquí, José Blanco White, Giacomo Casanova, el Barón de Bourgoing, José Townsend, el mayor W. Dalrymple, Richard Ford, George Borrow, Ricardo Quetin, Hans Christian Andersen, Gustave Doré y Ch. Davillier, August Jaccaci, Vasily Namirovich-Danchenko, Maurice Barrés, Rainer M. Rilke, Jan Morris, etc.). Pero en dicho libro se omite cualquier mención a Walter Starkie, el penúltimo extranjero célebre que se prendó de la Mancha, y al cual debemos también, por si los relatos de sus viajes por España no bastaran, una de las mejores traducciones a la lengua inglesa de nuestro Quijote inmortal.

De modo que…, para que este artículo encierre un fin práctico concreto,  pido una calle en la Argamasilla  para ese gran tipo irlandés –Walter Starkie-, “caballero del violín”, que supo ensalzar nuestra tierra. Sería un acto de justicia. Leo en la “Guía Turística y Callejero de Argamasilla de Alba”, del cronista argamasillero José Díaz-Pintado Carretón, que este municipio dedicó una calle al poeta y escritor español Víctor de la Serna, entre otras razones, por haber escrito un libro (“Nuevo Viaje de España”) en el que mencionaba las lagunas de Ruidera, Argamasilla de Alba y la Mancha en general. No es tan peregrina mi petición, por tanto; máxime cuando también constato en la citada “Guía” que otros muchos literatos nacionales (José María Pemán, Rafael Alberti, Azorín,  Antonio Machado, León Felipe, Blas de Otero…) merecieron este tipo de distinción, y aún no se ha producido el hecho de que una calle de la Argamasilla luzca nombre extranjero. ¡Venga, pues, esa ”Calle Walter Starkie”, señor Alcalde, y démosle un toque cosmopolita al callejero!

 © 2004  José Romagosa Gironella